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El color de los sentimientos — capítulo 23

¡Hola! ¡Sorpresa! Sí, es viernes y he actualizado, pero es que este capítulo se me ocurrió de improviso y decidí subirlo dos días antes de tiempo… Eso significa que tendréis que esperar algo más de una semana para el próximo capítulo, que subiré el domingo 17, como corresponde… ¡Pero en compensación este es un poco más largo! Además de que está cargado de emociones importantes, jeje. Y, sin más dilación, os dejo con la lectura. ¡Espero que os guste!

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POV****Marta

Después de aquel extraño y revelador recreo, regresamos a nuestras respectivas aulas. Sergio y yo teníamos Lengua y Literatura, y juntos nos dirigimos al piso superior del edificio.

Un incómodo y casi tangible silencio palpitaba entre nosotros, pero me esforcé en ignorarlo en la medida de lo posible.

Cuando llegamos a la clase nos sentamos juntos cerca de la ventana, y yo reparé sorprendida en que eso era algo que ya se había ido convirtiendo en una rutina… pero, ¿provocada por quién?

Fruncí el ceño pensativa mientras sacaba el libro de Lengua, percatándome de que la profesora aún no había llegado.

Y como si hubiese oído mis pensamientos, Lourdes abrió de pronto la puerta y entró en el aula despeinada y algo nerviosa, murmurando por lo bajo.

—… otro chico conflictivo más… esta clase parece ya una especie de reformatorio… ¡Es la segunda vez en un mismo curso!

Nosotros la miramos, confusos, pero entonces otra cosa captó nuestra atención: un chico de nuestra edad entró en clase detrás de la profesora, con las manos en los bolsillos y aspecto aburrido.

—Bien, clase —comenzó Lourdes, tratando de recomponer su peinado—; os presento a Alejandro Matilla, vuestro nuevo compañero a partir de hoy. Al igual que Sergio, está aquí porque ha sido expulsado… pero no de su anterior clase, sino de su antiguo instituto. No conoce nada de esto, así que tratad de llevaros bien con él y ayudarle en todo lo que podáis.

Observé fijamente a Alejandro. Era un chico más bien alto, y vestía ropas aparentemente caras. Su pelo rizado era de un color castaño tan claro que casi parecía rubio, lo cual producía un brillante contraste sobre sus ojos azules e inteligentes.

En un principio, la mueca burlesca y de superioridad de su rostro me recordó a Sergio, pero en el momento en que mis ojos se encontraron con los suyos descubrí que en realidad los dos chicos no se parecían en nada: había algo en la mirada de Alejandro que producía escalofríos, como si pudiese lograr que te retorcieras de dolor solo observándote.

—Bien, Alejandro… ¿Por qué no te pones allí, entre Marta y Sergio? Así ellos podrían ayudarte a adaptarte un poco… Sí, es buena idea. Puedes coger una mesa y una silla del fondo, de aquellas libres…

Alejandro caminó hacia nuestros sitios, que nos apartamos hasta dejar espacio suficiente entre nosotros para que el chico nuevo se colocase. No obstante, en el rostro de Sergio pude apreciar una cierta tensión… o tal vez era molestia.

—¿Sergio? —le llamó la profesora—. ¿Te importaría ayudar a Alejandro a mover su mesa?

Sergio apretó con fuerza los labios y alzó la cabeza, orgulloso.

—Tiene dos manos, es perfectamente capaz de hacerlo él solito.

—Sergio, haz el favor de comportarte —le reprendió Lourdes. Él la miró unos segundos con algo de rabia para después levantarse bufando, alzar una de las mesas del fondo con una facilidad pasmosa y dejarla caer entre las nuestras bruscamente, todo ello bajo la divertida mirada de superioridad de Alejandro—. Sergio, ¡por favor! —gritó de nuevo la profesora ante el tremendo estruendo.

Él no respondió, sino que se limitó a dejarse caer en su silla de nuevo, resoplando.

Alejandro se sentó entonces en su sitio, sin molestarse en sacar nada de la mochila.

En cuanto Lourdes se dio la vuelta, él se giró hacia mí, colocando un codo sobre la mesa y apoyando la cabeza en su mano, de forma que quedó dándole la espalda por completo a Sergio.

—Hola —me saludó en voz baja. Su tono era grave y algo sugestivo. Le miré de reojo, ligeramente intimidada—. ¿Tu nombre es…?

—Marta —respondí escuetamente.

—Marta, ¿eh? Bonito nombre… Es un placer. A mí puedes llamarme Álex —dijo él, esbozando una bonita sonrisa de blancos dientes.

Asentí en silencio, volviendo a mirar hacia la pizarra. Sentía una serie de ondas de energía negativa fluyendo hacia mí, energía que provenía directamente de Sergio, quien quedaba oculto a mis ojos por el cuerpo de Alejandro.

—¿Sabes, Marta? —prosiguió él, ajeno a mi intranquilidad—. Mi casa y mi antiguo instituto están al otro lado de la ciudad. Es decir, que no conozco mucho este barrio… ¿Tú vives por aquí?

—Cerca —contesté de forma concisa y poco detallada. Él pareció satisfecho, pues asintió con expresión complacida.

—Excelente. En ese caso, conocerás todo esto… Podríamos quedar un día, ya sabes, para que me enseñes la zona y tal…

—Ajá —murmuré, removiéndome incómoda en mi asiento y tratando por todos los medios posibles de no desviar la mirada de la pizarra.

—Me alegra oír eso —continuó él—. Y después podríamos…

—¿Quieres callarte? —gruñó una voz a sus espaldas. Álex se sentó correctamente en la silla y se giró hacia la izquierda para mirar a Sergio, que seguía con los ojos a la profesora apretando fuertemente los dientes—. No puedo escuchar si no paras de parlotear.

Eso me sorprendió. ¿Desde cuándo a Sergio le importaba lo más mínimo lo que explicasen los profesores en clase? ¿Y por qué parecía tan molesto?

Álex rio suavemente.

—Perdona, amigo, no quería molestarte… —dijo con tono divertido. Sergio replicó sin mirarle aún. Sin mirarnos a ninguno de los dos.

—Pues lo has hecho. Ah, y que te quede bien claro que no soy tu amigo.

Álex volvió a reír entre susurros.

—Joder, Martita, menudo gruñón que tienes por compañero… ¿Le aguantas con esas malas pulgas?

En esa ocasión fui yo quien apretó los puños con fuerza, y por varios motivos. En primer lugar, detestaba que me pusiesen diminutivos ridículos, y "Martita" era uno de ellos.

Además, por alguna extraña razón, me había molestado un poco que se metiese así con Sergio, el cual parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano para concentrarse en la clase y no volverse de golpe y pegarle un puñetazo a Álex en toda la boca.

Y me descubrí a mí misma pensando que hasta yo encontraría eso divertido.

—Mira, marquesito —siseó Sergio por lo bajo—. Tengo muy poca paciencia y, siéndote franco, te conozco desde hace cinco minutos y ya me caes terriblemente mal, así que si sabes lo que te conviene te quedarás calladito y nos dejarás en paz.

Abrí los ojos con sorpresa al escuchar a Sergio. "Nos dejarás en paz"… ¿Nos? ¿Se refería a mí también? ¿Por qué tenía Álex que dejarme en paz? Conmigo no se había metido…

—Discúlpeme usted, oh, gran dios de la Lengua y la Literatura —se burló Álex—. Ya me callo, ya…

Me pareció escuchar a Sergio mascullar un "Más te vale" cargado de rabia, pero no habría podido asegurarlo.

El resto de la clase pasó más o menos tranquila, pues ni Sergio ni Alejandro volvieron a abrir la boca, lo cual fue todo un alivio para mí. En cuanto el timbre sonó, comencé a recoger a toda prisa, ansiosa por alejarme de aquellos dos, pero Sergio fue más rápido que yo, y golpeando a Álex con el hombro al pasar se fue apresuradamente, no sin antes dirigirme una extraña e indescifrable mirada.

Yo también me levanté y le seguí hacia la salida de la clase.

A última hora tenía Informática en el aula TIC de la planta baja. Los ordenadores se utilizaban por parejas, pues no había suficientes para todos los alumnos. Yo me dirigí hacia la primera fila, y apenas me hube sentado cuando vi a Álex dejándose caer en la silla contigua a la mía.

Así que tendría que compartir ordenador con él…

Oí un gruñido de protesta no muy lejos de mí, y cuando me volví vi a Sergio sentarse en la segunda fila, justo detrás de mí, junto a una chica llamada Sofía que miró al muchacho con una fascinación rayana a la adoración. Pero él ignoró por completo a la pobre joven, y fijó sus ojos grises en los míos. El remolino tormentoso de su mirada me incomodó, y me giré de nuevo hacia adelante, inevitablemente ruborizada.

—Hey, ¿cómo demonios se enciende este trasto? —preguntó Alejandro a mi lado, dando leves golpes a la base del monitor. Chasqueé la lengua y le empujé con suavidad.

—Anda, déjame a mí —presioné los botones necesarios y aguardé a que el ordenador se iniciase. Sin embargo, esa extraña sensación de ansiedad no se iba de mi estómago, y durante toda la clase noté la ardiente mirada de Sergio clavada en mi nuca. No obstante, en ningún momento reuní el valor suficiente para girarme y enfrentarle, lo cual hizo que me enfadase conmigo misma: ¿cuándo me había vuelto tan cobarde?

Pese a todo, seguía desconcertada. ¿Qué le pasaba a Sergio?

Por su parte, Álex se pasó toda la hora haciéndome preguntas sobre mil cosas distintas, ninguna relacionada con los ordenadores, el instituto o las clases, pero sí con temas mucho más personales como mi música favorita, mis hobbies predilectos, la comida que más odiaba, los deportes que había practicado alguna vez, mi colonia preferida, mi familia, mis amigos, y, finalmente…

—¿Cuáles son las cualidades que más aprecias en un chico? Lo cual me lleva a pensar… ¿tienes novio?

—Álex, por favor —murmuré, sonrojada de nuevo—. Estamos en clase, ¿quieres dejar de someterme a un tercer grado? ¿Qué eres, un espía de la CIA?

—Venga, pero si solo son unas preguntitas inocentes de nada… —insistió él, poniendo carita de cordero degollado. Bufé.

—Te respondo esto y me dejas en paz, ¿vale?

Él asintió con fervor. Suspiré y me giré para mirar el reloj de pared que había al fondo del aula, comprobando con alivio que solo quedaban cinco minutos de clase; sin embargo, al bajar la mirada me encontré con que Sergio parecía estar muy atento a nuestra conversación.

Me volví de nuevo bruscamente.

—¿Marta? —susurró Álex, instándome a responder a sus preguntas.

—¿Eh…? Ah, sí. Bueno, pues en un chico busco que sea inteligente, valiente y… no sé, supongo que también cariñoso. Que me haga sentir a gusto y como una princesa… —al decir esto callé de golpe.

"—¿Por qué me llamas princesa todo el rato?

—Porque me recuerdas a una de esas princesas que a menudo aparecen en los cuentos: soñadora, inocente y dulce…"

El recuerdo de aquella conversación mantenida con Sergio un par de días atrás me asaltó de golpe, y con ella vino la evocación del beso… de mi primer beso.

Sentí mis mejillas arder, y la mirada de Sergio sobre mí se hizo mucho más notoria que antes.

—¿Y tienes novio? ¿Sí o no? —repitió Álex, confuso por mi repentino silencio.

—No. No tengo novio —respondí tras unos segundos.

—¿Y hay alguien que te guste?

El timbre sonó de pronto, sobresaltándonos. Me puse en pie para empezar a recoger al igual que el resto de alumnos, pero Alejandro me sujetó por la muñeca, reteniéndome.

—Venga, contesta, por favor… —me pidió.

Yo me giré lentamente… y ahí estaba Sergio. De pie, a unos pasos de mí, con la mochila al hombro y sus ojos inquisitivos fijos en los míos. Parecía querer saber la respuesta a esa pregunta con mucha más urgencia que el propio Álex.

¿Qué respondía? ¿Me gustaba alguien?

Le devolví la mirada a Sergio, permitiéndome a mí misma perderme durante unos segundos en el océano melancólico de sus hipnóticos ojos, que me observaban con una intensidad turbadora.

Recordé el sabor de su boca, la caricia de sus labios, la fuerza de sus incomprensibles miradas, el pesado significado de sus hábiles palabras… pero justo después llegaron a mi mente los insultos, las burlas, la bravuconería, el narcisismo y su actitud déspota, esa necesidad de ser el centro de atención en todas partes, siempre seguido de cerca por aquellas chicas que tanto deseaban su proximidad.

Sin apartar ni por un segundo mi mirada de la suya, respondí con toda la seguridad que me fue posible:

—No, no me gusta nadie.

Y, en ese mismo instante, me pareció ver que algo se rompía tras los ojos grises de Sergio.

¡Hola de nuevo! ¿Qué? ¿Os ha gustado? Espero que síJ. ¡Este es uno de mis capítulos favoritos!

Como veis, ha aparecido un nuevo personaje, Alejandro Matilla, el cual tendrá un papel importante en el fic… Y no parece que le haya caído muy bien al pobre Sergio, ¿eh?

¡Muchas gracias por leer y por comentar!

"Cada palabra mía que es leída me impulsa un poco más alto".

¡Un besazo enorme!

MA.A