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El color de los sentimientos — capítulo 24

¡Hola! Jajaja, como quizá hayáis adivinado por el título, esto es un POV Sergio… No sé qué tal habrá quedado ni si será lo que esperabais, ¡pero me lo habéis pedido demasiadas veces como para seguir retrasando el momento!

Os dejo con la lectura. ¡Espero que os guste!

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POV****Sergio

"—No, no me gusta nadie."

Las palabras de Marta fueron como una ola de agua helada empapándome desde dentro, y sentí un desagradable lastre en la base del estómago que tiraba de mí hacia abajo como si quisiera hundirme en el suelo.

—Estupendo —mascullé, entrecerrando los ojos y fulminándola con la mirada. Di media vuelta y salí apresuradamente de clase, apartando a empujones a los demás alumnos sin ninguna consideración.

Cuando llegué a la calle inspiré profundamente, llenando mis pulmones de aire con la vana esperanza de que así lograse arrancar de mi pecho esa desagradable sensación de fatiga.

Me di cuenta de pronto de que ni Marta ni yo habíamos cumplido nuestro castigo en el segundo recreo, pero ¿qué importancia tenía eso?

Di un par de pasos hasta llegar a una de las paredes laterales del instituto, en la cual me recosté tratando de serenarme. Saqué un paquete de tabaco del bolsillo interior de mi cazadora, encendí un cigarrillo y me lo llevé a los labios. ¿Por qué diantres estaba tan furioso?

Sujetando el cigarrillo entre dos dedos lo separé de mi boca, soltando bruscamente una nube informe de humo grisáceo.

Los otros estudiantes salían en tropel del instituto, gritando y haciendo ruido. Mucho, mucho ruido. Demasiado.

Le di otra calada al cigarrillo y me aparté un mechón de pelo de la frente. Estaba muy agobiado.

Entonces, por la puerta del edificio salieron las gemelas, acompañadas por el pecoso, el pelirrojo y ese idiota de Álex.

Apreté los puños, conteniendo el impulso de reducir a la nada la distancia que nos separaba y empujarlo contra el asfalto.

En ese momento, Marta se giró para decirle algo a su hermana, que caminaba detrás de ella, y nuestras miradas se cruzaron.

Algo se retorció dentro de mí, un suave y dulce aleteo que solo había sentido el día que la besé, una caricia interior que, sinceramente, me agradaba. Y mucho.

Pero entonces sus palabras resonaron de nuevo en mi cabeza. *"No, no me gusta nadie".*Esa simple frase fue un trueno estallando entre las brumas de mis aletargados pensamientos, por lo que le dirigí una fría mirada y me limité a observar cómo ella, sorprendida y algo intimidada, se volvía de nuevo hacia adelante, casi huyendo de mis ojos.

Y en el mismo instante en que dejó de mirarme, toda la rabia se deshizo como una duna de arena barrida por el viento.

Me sentía abatido, triste, cansado. No quería engañarme a mí mismo, en el fondo sabía exactamente la razón por la que me encontraba así: deseaba que Marta hubiese respondido que sí le gustaba alguien. Más concretamente, deseaba ser yo quien le gustase. Pero obviamente no era así.

"Lógico", me dije a mí mismo, cerrando los ojos. "Después de todo lo que te has metido con ella, ¿qué esperabas?" Suspiré y sacudí la cabeza de un lado a otro, consternado.

Era hora de volver a casa.

Di una última calada al cigarrillo y lo tiré al suelo, pisándolo para apagarlo.

Me incorporé y me alejé del instituto, pasando por delante de un grupo de chicas que me lanzaron miraditas sugerentes de lo más vomitivas. Sin embargo, y por pura costumbre, les dediqué una sonrisa socarrona, de esas que tan nerviosa ponían a Marta…

Y, hablando de ella, ahí estaba: en la parada del autobús escolar, junto con los demás.

Aceleré el paso, tratando de que ninguno de ellos me viese. No tenía ganas de hablar con nadie.

No obstante, al pasar por su lado, escuché lo que Álex le estaba diciendo a Marta:

—…entonces, ¿esta tarde a las cinco te viene bien?

—Que sí, Álex… —resopló ella con impaciencia.

Tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no detenerme y pegarle un puñetazo a ese rubio con delirios de grandeza.

Así que hundí las manos en los bolsillos de mis vaqueros y seguí caminando con rapidez… pero Inés se giró y me vio, por lo que me paré de golpe. Había una pregunta muda en sus ojos, y yo le dirigí una mirada de culpabilidad mezclada con resentimiento que, por extraño que sonase, ella pareció comprender. Volvió la cabeza hacia Álex con desagrado y luego me miró de nuevo a mí. Me limité a asentir en silencio y, sin un solo gesto más, reemprendí mi marcha, alejándome tan velozmente como me lo permitían mis piernas.

Caminé por la acera hasta dejar atrás el barullo del instituto, y entonces me detuve de nuevo. Estaba cansado, cansado de todo. Sabía lo que quería pero desconocía por qué lo quería.

¿Y qué si no era del agrado de Marta? ¿Qué podía importarme eso a mí?

Con todas mis fuerzas, asesté una potente patada a una papelera ubicada dentro de mi radio de alcance, abollándola considerablemente y ganándome así una reprimenda por parte de una anciana mujer que paseaba por la acera de enfrente.

—¡Sinvergüenza! —gritó—. ¡Vete a tratar así las cosas a tu casa!

Alcé la cabeza para replicar la primera grosería que se me pasara por la cabeza, pero en ese momento reparé en lo absurdo que era todo aquello. Ni siquiera sabía por qué estaba tan enfadado y ya me estaba buscando problemas.

No pude evitar revivir en mi mente la imagen de Marta mirándome con ese gesto de reproche tan suyo, como si tuviese demasiadas ganas de pegarme por idiota. Y probablemente me lo mereciese.

—Lo siento —le dije a la señora, que chasqueó la lengua despotricando contra mí por lo bajo.

Me encogí de hombros y seguí mi camino. En realidad, mi casa quedaba lo suficientemente lejos como para ir en el autobús escolar, pero yo nunca lo cogía.

Me gustaba ir solo, caminando a mi aire, sin nadie rondando a mi alrededor, molestándome o gritando incoherencias. Así podía pensar tranquilo. Sin embargo, en ese momento no quería estar solo, no quería pensar.

Resoplé con alivio cuando llegué a mi casa, un pequeño chalé que, junto con otros parecidos, rodeaban una gran urbanización situada perpendicular a la calle Luz de Pola.

No obstante, había algo extraño en la casa, una especie de halo diferente, la presencia de un cambio. Sacudí la cabeza pensando que serían solo imaginaciones mías, pero mis presentimientos se confirmaron cuando me encontré con un flamante coche deportivo rojo aparcado en la entrada de la casa. Rodeé con cuidado el vehículo echándole un vistazo y solté un largo silbido de admiración. ¿De quién sería?

Saqué las llaves del bolsillo para abrir la puerta de entrada y pasé al recibidor. Tiré la mochila de cualquier manera en una esquina, cerré la puerta de una patada y me dirigí al salón, del que provenían una serie de voces emocionadas y lo que sonaba como un llanto amortiguado.

Me asomé y lo que vi me desconcertó en un principio. Mi padre estaba sentado en su viejo sillón de cuero con los codos en las rodillas y el rostro enterrado entre sus manos. Al otro lado, junto a una maleta de viaje, estaban mi madre y mi hermana pequeña, Laura, ambas de rodillas en el suelo, llorando y abrazando efusivamente a un chico de unos veinte años que también estaba sentado sobre la alfombra, rodeándolas con los brazos.

Él se encontraba de espaldas a mí, por lo que solo podía ver su pelo negro, corto y de punta. Sin embargo, había algo en él que me resultaba extrañamente familiar.

Entonces, Laura me vio y, limpiándose las lágrimas, gritó:

—¡Sergio!

Todos los presentes se volvieron hacia mí, y fue en el momento en que los ojos grises del chico se clavaron con sorpresa en los míos cuando lo reconocí.

Habían pasado ya dos años, dos largos y dolorosos años, pero ni siquiera el tiempo y el rencor habían logrado difuminar en mi mente el rostro de la primera persona a la que aprendí a querer, aquel a quien nunca olvidé y al que jamás perdoné.

Lucas.

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¡Hola! ¿Qué os ha parecido? Espero que os haya gustado, para mí personalmente es un capítulo muy especial…

Por fin ha aparecido Lucas, a quien tantas ganas teníaAurade conocer… Y tranquila, que no me he olvidado de esa frase que tengo pendiente ;)

Y, sin más, me despido.

¡Muchas gracias pro vuestros comentarios!

Un besazo enorme,

Meri