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El color de los sentimientos — capítulo 25

¡Hola! Sé que muchas preferíais un POV Guille, pero ese es el tercero, ¡el segundo POV de los chicos le toca a Nico! Bueno, pues sin más os dejo con el capítulo. ¡Espero que os guste!

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POV****Nico

Salí de clase siguiendo de cerca a Inés, observándola con calma, tomándome mi tiempo para contemplarla. En un momento dado, ella se giró de golpe, y yo frené bruscamente para no llevármela por delante.

—¿Qué miras tanto, Nico? —preguntó inocentemente.

—Na-nada —respondí con nerviosismo. Ella frunció el ceño, observándome durante un par de segundos con escepticismo. Pero después se encogió de hombros y siguió andando.

Cuando llegamos al final de las escaleras, nos unimos a Guillermo, Marta y otro chico con el pelo castaño muy claro, casi rubio, al que no había visto en mi vida.

Inés también le miró sorprendida, y Marta explicó con cansancio:

—Se llama Álex. Es nuevo en el instituto. Va a mi clase.

—¡Vaya! ¡Sois muy parecidas! —exclamó el chico, mirando con una sonrisa estúpida a Inés—. ¿Sois gemelas?

—Premio para el chico listo —murmuró Guille por lo bajo, dirigiéndole una mirada de ligera molestia.

—Vámonos a casa, anda —dijo Marta, y pisando con fuerza se alejó hacia la entrada.

Todos entablaron pronto una conversación acerca del anterior instituto de Álex, pero yo me mantenía un poco al margen. No me sentía demasiado cómodo entre tanta gente, quizás porque era una experiencia nueva para mí.

Cuando llegamos a la parada del autobús, me pareció ver que Inés miraba a alguien situado detrás de nosotros. Me giré rápidamente, pero no vi a nadie… solo a un chico alto, moreno y despeinado que se alejaba furiosamente por la acera. ¿Sergio?

El autobús llegó entonces y Álex, Guille y las gemelas empezaron a subirse. Yo me quedé abajo, mirándoles con tristeza.

—Bueno, pues… Hasta mañana —dije apresuradamente, dando media vuelta para irme.

—Nico, espera —me detuvo la voz de Inés a mis espaldas. Estaba de pie en los escalones de subida al autobús, inclinada hacia fuera y con los marcados bucles tratando de escapar de su recogido moño. Me sonrojé sin querer al pensar en lo bonita que era.

—¿Sí? —respondí con un hilo de voz. Ella me dirigió una mirada de preocupación.

—¿Estás bien? —preguntó en un susurro para que nadie más la oyera, aunque los demás ya habían ido a sentarse.

Tardé un par de segundos en darme cuenta de que se refería a lo de mis padres.

—Bueno —murmuré—. He estado mejor…

—¿Quieres que quedemos esta tarde para hablar?

Abrí los ojos desmesuradamente y tuve que contener un saltito de alegría ante su proposición.

—Cla-claro —respondí, aturdido—. ¿A las seis en el parque de los cerezos que hay a medio camino entre tu casa y el instituto?

Ella pareció sorprendida porque yo conociese ese lugar, pero en seguida se recompuso y me sonrió.

—Vale, allí nos vemos. Hasta luego, Nico.

—Hasta luego —dije casi sin voz mientras ella desaparecía tras las puertas del autobús.

Una sonrisa estúpida afloró a mis labios, y me quedé ahí parado hasta que el vehículo de color rojo cereza hubo desaparecido por una calle perpendicular.

Entonces, di media vuelta y eché a correr hacia mi casa en un impulso de adrenalina.

Llegué al portal, abrí y me subí al ascensor.

Hice girar la llave en la cerradura de mi casa y solo en ese momento, cuando entré en el que se suponía que era mi "dulce hogar", la alegría me abandonó.

La vivienda estaba a oscuras y en silencio, como lo había estado siempre. Di varios pasos lentos, y el sonido de mis pisadas quedó amortiguado por las gruesas alfombras.

Con mucho cuidado, asomé la cabeza por la puerta de la cocina, temiendo encontrarme con mis padres, pero allí solo estaba Agustina, sacando algo del horno.

—Buenos días, Agustina —saludé rápidamente, y antes de que a la mujer le diese tiempo a responderme salí disparado en dirección a mi habitación, el único lugar de mi casa en el que me sentía a gusto. Carecía de la sobriedad que despedía el resto del apartamento, y estaba decorado tal y como a mí me gustaba: con sencillez y sin pretensiones.

Dejé caer la mochila junto al escritorio y me derrumbé sobre mi cama, agotado. Con cansancio, me froté los ojos. Estaban pasando muchas cosas en muy poco tiempo.

Ladeé la cabeza y me quedé así, inmóvil, durante unos segundos, en un estado de vigilia que cada vez me acercaba más al sueño. Y, entonces, mis ojos enfocaron una fotografía clavada en el corcho que había junto al escritorio.

Sin poder evitarlo, me puse en pie, fui hasta allí y cogí la foto.

Caminé de espaldas de forma casi inconsciente y me senté en el borde de la cama, observando la imagen, que contaba ya con varios años.

En ella estaban inmortalizados mis padres, juntando sus cabezas a la de una versión más joven de mí; yo apenas contaría con unos cuatro años en la foto.

Los tres nos abrazábamos y sonreíamos, mirando a la cámara con una chispa de alegría en la mirada. Vestíamos ropas abrigadas y caras, además de gorros, guantes y bufandas, y a nuestro alrededor el suelo estaba revestido de una gruesa capa de nieve, pero ni siquiera el frío parecía ser capaz de derretir nuestro cariño.

Guardaba esa foto desde hacía ya mucho tiempo, pero esa fue la primera vez en toda mi vida que fui consciente de un pequeño detalle que antes había pasado por alto: mis padres entrelazaban sus manos por detrás de mi cabeza, transmitiéndose calor y afecto. Queriéndose. Amándose. Como sin duda ya nunca volverían a hacer.

Una lágrima que no fui consciente de haber derramado cayó sobre la fotografía, distorsionando exactamente las manos unidas de mis padres.

Un sollozo trepó por mi garganta y escapó fuera, huyendo entre mis labios sin mi permiso. Incliné la cabeza hacia delante, hundiéndola entre las rodillas, y dejé caer la fotografía.

Y lloré. Porque ya nunca volvería a ser así, como reflejaba esa imagen del pasado. Porque de nuevo me encontraba solo, terriblemente solo, y la angustia crecía en mi interior al percatarme de que pasaban los años y yo crecía añorando que el ayer se convirtiese en un mañana.

Y, de pronto, toda esa agonía se solidificó, cogiendo peso, tamaño, forma, fondo, y cada lágrima cobró un nuevo sentido.

Me levanté rápidamente y me dirigí a la estantería, de donde saqué un cuaderno y un lápiz. Me dejé caer en el suelo, en mitad del haz de luz que entraba por la ventana y era arrojado al parqué.

Y comencé a escribir.

La punta del lápiz despedía palabras a montones, decenas de letras que se entrelazaban para formar nuevas frases que se unían en párrafos.

"He estado pensando y no he llegado a ninguna conclusión coherente. La rabia me consume y no hallo una razón. Hay cansancio, decepción, ira, y ningún remedio. Una cura, tal vez para el cuerpo, tal vez para el alma. ¿Conoce alguien la solución a mis problemas?

Y sigo riendo ante la ridiculez de una corriente monótona y aburrida en la que insisten en ahogarme, mas el alma de plata dorada que habita en mi encerado corazón tira fuerte de las cadenas opresoras liberando la esencia de mi ser en un grito de rebeldía.

He comprendido que se puede asumir la soledad como una compañera. "

Solté el lápiz con un suspiro y releí lo que había escrito. No se parecía en nada a lo que tenía en la cabeza segundos antes de empezar a redactar, pero era idéntico a lo que quería representar con palabras.

Simplemente, era el mensaje de mi alma.

Otro de tantos.

Arranqué la hoja del cuaderno y la guardé en una carpeta escondida tras varios libros de texto, junto con la fotografía de mi ahora rota familia. Aquello era mío y de nadie más. No dejaría que fuese leído por ninguna otra persona. Sería como desnudarme ante un desconocido… No. Eso eran pedazos de mi "yo" más sincero, y permanecerían ocultos tanto tiempo como me fuese posible.

Así que, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano, di media vuelta y me alejé de la estantería, abandonando a mis espaldas un trozo de mi alma.

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¡Hola de nuevo! ¿Qué os ha parecido? Espero que os haya gustado… Como veis, aquí tenéis el lado más humano de Nico, junto con, como él mismo ha dicho, un pedazo de su alma. Quería enseñaros lo mucho que él sufre, que algunas seguís odiándole a muerte, pobrecillo, jajaja.

Vale, tenía que deciros una cosa: es muy probable que, a partir de ahora, empiece a subir los capítulos los viernes en lugar de los domingos porque dispongo de más tiempo… No es seguro, pero casi.

¡Muchas gracias por leer y comentar!

Un besazo enorme,

Meri

PD/ Siento no haber respondido a los comentarios, ¡se me ha hecho tarde y no me ha dado tiempo! Pero los he leído todos, ¡gracias! Mañana lunes los respondo sin falta en cuanto llegue de clase. ¡Un beso, y lo siento de nuevo!