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El color de los sentimientos — capítulo 26
¡Hola! He aquí el POV Guille que queríais, jeje. ¡Espero que os guste!
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POV****Guille
Tras subir al autobús, me dirigí con una suave sonrisa hacia la parte trasera del vehículo, escuchando la divertida discusión que mantenían las gemelas sobre el pésimo humor del profesor de matemáticas.
Entonces, pasé junto a Rafael, que charlaba alegremente con un par de amigos. En cuanto me vio, puso cara de susto y volvió rápidamente la cabeza, ocultándose de mí y fingiendo que yo no existía.
Sintiéndome extremadamente idiota, arrastré los pies hasta mi asiento predilecto y me dejé caer sobre él.
Las gemelas se sentaron una a cada uno de mis lados, y el engreído ese que respondía al nombre de Álex se colocó junto a Marta, que le dirigió una mirada algo desdeñosa.
—¿Estás bien, Guille? —me preguntó Inés con su suave y dulce voz. Me giré hacia ella, mirándola fijamente, y asentí.
¿Por qué no podían gustarme las chicas? ¿Por qué tenía que ser diferente? Contemplé de cerca a mi amiga, fijándome en cada detalle: el brillante verde de sus grandes ojos, las adorables curvas de su rostro, la ordenada perfección de sus rizos castaños… Sí, era muy guapa, pero no me llamaba en absoluto, y me resultaba imposible imaginarme besándola.
Ladeé la cabeza para tratar de ver a Rafa, y cuando lo logré me estremecí.
Su piel blanca contrastaba notoriamente con su pelo negro intenso, ondulado y largo. Los ángulos perfectamente modelados de su rostro parecían conducir invariablemente hacia sus ojos oscuros y sus finos labios…
Tragué saliva, incómodo. A veces me odiaba a mí mismo por ser diferente, por tener gustos tan distintos, y después me odiaba aún más por ser capaz de despreciarme debido a los prejuicios de la sociedad.
Sacudí la cabeza, consternado, y volví a recostarme en el respaldo de mi asiento.
No abrí la boca en lo que restaba de trayecto excepto para despedirme de las gemelas cuando se bajaron en su parada. Así que me quedé solo con Álex.
—Y… ¿qué tal? —dijo este, cruzando los dedos sobre su regazo.
—De maravilla —respondí entre dientes.
—Pues no lo parece, ¿eh? Venga, cuéntame: ¿un desengaño amoroso, tal vez?
Sentí como si me hubiese pegado una patada en el estómago, y le fulminé con la mirada.
—No, aún más sencillo: no me caes nada bien, no me apetece hablar contigo y no quisiera ser borde, pero te agradecería que cerraras la boca.
Álex se quedó mirándome, atónito, con los ojos como platos, y finalmente frunció el ceño y masculló por lo bajo:
—Vaya mala uva que tienen todos por aquí…
Resoplé y me giré hacia la ventana, decidido a ignorarle en la medida de lo posible. Sin embargo, no podía evitar sentirme mal: no me gustaba ser tan brusco y desagradable con los demás, pero no me sentía en mi mejor momento y aquel idiota me desquiciaba.
Por ello, experimenté una inmensa alegría cuando el autobús llegó a mi parada.
Me puse en pie y me dirigí a las puertas traseras del vehículo, bajando de un salto en cuanto se abrieron.
Entonces, me di cuenta de que Rafa había bajado al mismo tiempo por las puertas delanteras.
Durante un par de segundos, ambos nos quedamos mirándonos, quietos en mitad de la acera, separados por escasos metros. Y, finalmente, él puso cara de disculpa, dio media vuelta y se fue.
Apreté los puños, rabioso. La humillación me ofuscaba.
Bufé, metí con fuerza las manos en los bolsillos y eché a andar hacia mi casa.
Llegué en tres minutos escasos, y una vez que hube entrado dejé la mochila en el recibidor y caminé hasta la cocina.
—Hola, mamá —saludé, y mi madre se volvió para darme un beso en la mejilla.
—Hola, cielo… ¿Qué tal en clase?
—Bien —mentí, echando un vistazo a la fuente de macarrones que mi madre estaba preparando.
—La comida estará lista en un par de minutos —dijo ella, tras lo que se giró de nuevo y siguió a lo suyo.
Yo suspiré y salí de la cocina con paso lento. Por el pasillo me crucé con mi padre, que sonriéndome me revolvió el pelo al pasar por mi lado.
Yo me zafé de él sacándole la lengua, divertido, y me escabullí veloz de su alcance.
Entonces, me encontré de bruces con mi propia imagen, que me devolvía la mirada desde el espejo decorativo que colgaba de la pared entre mi cuarto y el de mi hermano.
Me observé con el ceño fruncido, como si fuese un crítico de arte que contempla un cuadro mediocre.
No me consideraba un chico feo, pero tampoco estaba seguro de si era especialmente atractivo. Lo cierto era que nunca me había preocupado por eso, y tal vez iba siendo hora de hacerlo.
En general, de mí se podía decir que era relativamente alto, de piel clara y, como rasgo principal, pelirrojo y con el pelo liso.
Además, al igual que Nico, tenía varias pecas rojizas cubriendo mis pómulos y el puente de mi nariz. Mis ojos tenían ese color indefinido entre el verde y el marrón, y tendían más hacia uno de ellos dependiendo de la incidencia de la luz del sol.
Suspiré. ¿Sería esa la descripción de un chico mínimamente atractivo? No tenía ni idea.
Me giré despacio hacia la habitación de mi hermano. Di un par de pasos y empujé suavemente la puerta, que se abrió fácilmente. Me apoyé en el marco y sonreí, mirándole.
Miguel estaba tumbado sobre su cama, con los auriculares puestos y la música tan alta que hasta yo podía oírla desde donde me encontraba. Mi hermano leía una revista de Fórmula 1 y, cómo no, mascaba chicle, su gran obsesión.
Piqué sobre la puerta abierta sin dejar de observarle, y él, en cuanto alzó la mirada y me vio, sonrió y se bajó los auriculares hasta los hombros.
—Hola, enano —me saludó.
—Hola, gigante —respondí, divertido. Y es que Miguel era una versión en grande de mí, solo que sin pecas y con el pelo algo más largo—. ¿No se supone que deberías estar en la universidad?
—El profesor de audio no vino, así que no consideramos necesario quedarnos más allí —respondió él, y yo reí. Pero de pronto volví a ponerme serio. Di un par de pasos hacia él y me senté en el borde de su cama, pensativo—. Eh, Guille, ¿estás bien? —me preguntó, dejando a un lado la revista y sentándose para verme mejor.
—Bueno, yo… —murmuré, cabizbajo. Pero, ¿por qué no? Miguel siempre había sido mi mejor consejero y mayor confidente, no tenía nada que perder… Además, no tenía por qué mencionar el tema de mi homosexualidad—. Miguel… ¿puedo hacerte una pregunta?
—Claro —respondió él, algo aturdido—. ¿Qué ocurre?
—A ver… —comencé—. Imagínate que estás enamorado de… una persona. Pero resulta que esa persona no está segura de querer tener algo contigo porque vuestra relación sería… diferente…
—Espera, espera —me interrumpió él, alzando ambas manos—. Vamos a ver, si estás enamorado de alguien no puede darte miedo la relación, y si ese miedo existe y te hace dudar, entonces no estás verdaderamente enamorado y simplemente es un capricho o simple amistad… ¿comprendes?
Me quedé unos segundos en silencio, meditando sobre lo que Miguel acababa de decirme. Entonces, si Rafa dudaba, era que no correspondía a mis sentimientos…
Al ver mi cara compungida, Miguel se apresuró a añadir:
—Bueno, no quiero decir que si se lo has pedido a alguien y esa persona te pide un tiempo para pensarlo o algo así significa de forma inmediata que no le gustas… Puede ser que esté confusa. Así que, si yo fuese tú, quedaría esta tarde con esa persona para aclarar bien el asunto y resolver si las dudas las producen los nervios y la indecisión o la falta de sentimientos.
Me estremecí. A veces me asustaba lo mucho que me conocía mi hermano. Me incliné hacia él y le abracé con fuerza, decidido a seguir su consejo.
—Gracias, Miguel —murmuré. Él parpadeó, sorprendido, y respondió:
—De nada, enano.
Me puse en pie, le sonreí y me giré, dispuesto a irme a por el móvil. Sin embargo, cuando ya había llegado a la puerta, su voz me detuvo.
—Y, Guille… Suerte con tu chico.
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¡Hola de nuevo! ¿Qué os ha parecido? Espero que os haya gustado… Bueno, pues aquí tenéis un pedacito de Guillermo. Jajaja, pobrecillo… Rafa está siendo un poco capullo y cobarde, ¿no os parece?
Bueno, siento mucho no haber podido actualizar el viernes, pero me surgió un asunto y no me fue posible. A ver si el siguiente…
**Como hubo alguien (¿puede que fueseAura_Lune?) que me dijo que en realidad no había dicho en ningún momento cómo eran exactamente Rafa y Guille y que, por tanto, le resultaba complicado decir cuál era más atractivo, decidí meter sus descripciones en este capítulo. ¿Qué os parece?**Ah, y de nuevo se me ha hecho tarde para responder a los comentarios del capítulo anterior... ¡lo siento! En cuanto tenga un segundo libre lo haré, pero que sepáis que los he leído todos :D.
¡Muchas gracias por leer y comentar!
Un besazo enorme,
Meri