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El color de los sentimientos — capítulo 27
POV****Sergio
Sentí el silencio rodeándome de pronto, pesado y duro, incluso con un ligero olor a hierro y ácido.
Lucas estaba allí. Delante de mí. Arrodillado en mitad del salón en el que tantas veces habíamos jugado de pequeños. Como si nada hubiese pasado.
Y casi tuve el impulso de correr a abrazarle y decirle lo mucho que le quería, de aferrarme a él con todo mi cariño y no soltarle nunca más. Casi.
Pero, en su lugar, me dejé llevar por ese otro sentimiento, esa ira ciega que inflamó mi sangre como lava ardiendo, y con un grito de frustración di media vuelta y le pegué una patada con todas mis fuerzas a la mesita que había junto a la puerta.
La pata del mueble se partió a la mitad, y todo lo que había sobre él cayó al suelo con un tintinear roto.
Me giré de nuevo para encarar a Lucas, descubriendo así que todos se habían puesto de pie y me miraban con miedo y enfado al mismo tiempo.
—Sergio… —comenzó mi hermano, dando un paso hacia mí. Pero eso solo logró enfadarme aún más: no quería volver a escuchar mi nombre saliendo de sus labios.
—¡CÁLLATE! —grité con todo el aire que guardaban mis pulmones, y sin más eché a correr tan rápido como me fue posible.
Salí a la calle pegando un sonoro portazo que casi arrancó la puerta de sus goznes y proseguí sin detenerme, sintiendo agudas punzadas de dolor en el pecho.
Al pasar junto al flamante deportivo aparcado frente a la casa, giré bruscamente para aproximarme a él, y sin más solté un potente puñetazo directo a la ventanilla del asiento del copiloto, en cuyo centro nació una gran araña de estrías blancas que se extendió por casi todo el cristal.
El puño empezó a dolerme considerablemente, y al mirar descubrí una serie de cortes con mal aspecto atravesando mis nudillos.
Y no me importaba.
Nada importaba.
Escuché la voz horrorizada de mi madre a mis espaldas, los gritos de ira de mi padre y las llamadas interminables de Laura y Lucas, pero no les presté la menor atención.
Salí a toda velocidad del recinto de mi casa, corrí y corrí como si la vida me fuese en ello y no me detuve hasta que no quedó absolutamente nada de oxígeno en mi cuerpo y tuve que parar a respirar.
Entonces, miré a mi alrededor, y descubrí que había ido a parar al paseo marítimo que enmarcaba la pequeña playa de mi ciudad: el lugar al que solía ir con Lucas cuando era pequeño.
Avancé hacia el muro que separaba el paseo de la playa y lo salté, cayendo por el otro lado y aterrizando dos metros más abajo en la húmeda arena.
Y, sin más, me derrumbé, acabando sentado sobre los diminutos granos que se me pegaban a la ropa.
Me recosté contra el muro y enterré la cabeza en los brazos, sintiendo que todo daba vueltas.
Lucas había vuelto. Después de dos años… había vuelto.
De pronto, una voz jadeante me sorprendió a un metro escaso de mí.
—Sergio…
Alcé la mirada y le vi. De nuevo ante mí. Debía de haberme seguido…
Estaba casi igual que antes. Quizás algo más delgado, y con el pelo ligeramente más largo… Pero por lo demás era idéntico a como lo recordaba.
—Lárgate —gruñí ásperamente. Me sentía demasiado cansado, y las ganas de discutir y de romper cosas había ido extinguiéndose lentamente como un incendio bajo una tormenta, dejando a su paso simple y duro dolor.
—No —replicó él, inclinándose para quedar a mi altura. Me miró con tristeza antes de volver a hablar—. Sergio… ¿No piensas ni siquiera dirigirme la palabra?
—¡¿Y qué quieres que te diga?! —le grité—. ¿Que eres un cabrón? ¿Que no sabes lo mucho que te odio ahora mismo por haberte ido? ¿Que no quiero volver a verte nunca más?
—Sergio, yo solo…
—¡Dos años! —le interrumpí, cerrando los puños sobre la arena y apretándola con fuerza, como si quisiera compactarla en duras piedras. Después, bajé la voz, convirtiéndola en un siseo teñido de rencor—. Dos años. Te fuiste durante dos años. Me abandonaste. Jamás me dijiste adónde ibas o si volverías. Te largaste sin más, y me dejaste solo —me detuve durante un segundo para tragar saliva. Me pareció ver que Lucas bajaba la cabeza y fijaba la mirada en el suelo, pero no estaba seguro debido a la densa capa de lágrimas que empezaba a ofuscar mi visión—. Te esperé durante meses. Creía en ti, creía que regresarías, aunque solo fuese para llevarme contigo. Incluso salí a buscarte yo mismo… Solo tenía catorce años aquella noche, la noche en que fui a por ti, sin tener ni idea de dónde podías estar. Simplemente eché a correr por la carretera bajo la lluvia, y corrí durante horas, hasta que se hizo de noche, hasta que la policía apareció para llevarme de vuelta a casa, encontrándome ya a muchos kilómetros de aquí. Y en aquel momento comprendí que te habías ido para no volver. Que no regresarías, ni por mí ni por nadie. Que yo no te importaba. Me abandonaste —repetí en un susurró, mientras una lágrima se derramaba y corría por mi mejilla. Mi primera lágrima en dos años.
—No es cierto que no me importes —murmuró él, aún sin levantar la mirada—. Claro que me importas Sergio. Sabes que sí. No podía llevarte conmigo. Y no podía regresar.
—Por supuesto que podías. Lo hubieras hecho, si hubieses querido —gruñí. Entonces él clavó sus ojos en los míos, idénticos, y frunciendo el ceño resopló:
—Venga, no te pongas así. Sabes mejor que nadie que era mi única opción para…
—¿Para librarte de nosotros? —completé con acidez—. Vete a la mierda, Lucas. No quiero escucharte más. Estás muerto para mí.
Me levanté de golpe y me fui en dirección a las escaleras de piedra que subían hasta el paseo. Por un instante creí que él me seguiría, o que al menos trataría de detenerme.
No lo hizo.
Y mientras me alejaba solté una carcajada por lo bajo, una risa seca, desquiciada, cínica. Llena de dolor.
Caminé sin rumbo fijo por la ciudad con la mirada perdida. La gente se detenía a mi paso para observarme de forma reprobatoria al ver mi ropa revuelta y llena de arena y mis nudillos llenos de sangre, pero yo me metí las manos en los bolsillos de los vaqueros y seguí andando, ignorándoles por completo.
De pronto, me encontré frente a un amplio parque cuyos límites no alcanzaba a ver y en el que varios niños correteaban persiguiendo a un perro labrador que sostenía una pelota de colores en el hocico. Varias parejas de enamorados paseaban cogidos de la mano bajo los árboles, que si no me equivocaba eran cerezos.
Suspiré y me acerqué a un banco algo apartado de toda esa gente. Me dejé caer sobre él y hundí la cara entre mis manos, cansado de todo y de todos. Y por segunda vez ese día, una voz me asaltó en aquella posición.
—¿Sergio?
Aparté las manos rápidamente y contemplé con los ojos como platos a Marta, que se encontraba de pie ante mí, con el pelo suelto y revuelto enmarcando la cara de sorpresa con la que me observaba. Tenía en las manos una bolsa de papel marrón y vestía otra ropa distinta a la que había llevado a clase.
—Genial, la que faltaba —resoplé, cruzándome de brazos y recostándome sobre el respaldo del banco mientras apartaba la mirada.
—¡Estás sangrando! —exclamó ella mirándome el puño izquierdo e ignorando mi protesta.
—¿En serio? No me había dado cuenta —ironicé, incómodo.
Ella resopló, se acercó al banco y dejó la bolsa sobre él. Entonces se sacó un pañuelo del bolsillo de los vaqueros y, sentándose a mi lado, me cogió la mano y comenzó a limpiarme la sangre, que ya estaba casi seca.
En un principio estuve tentado de apartarme, pero sin saber muy bien por qué le permití que tratase de curarme.
—¿Se puede saber cómo te has hecho esto? —bufó.
Yo me tensé, dirigiendo la mirada hacia algún punto inexistente, más allá de los niños que jugaban con el perro.
Y antes de que pudiese evitarlo, las palabras fluyeron como agua de mi boca:
—Mi hermano ha vuelto.
Marta se detuvo de golpe, mirándome fijamente. Se mordió el labio inferior de esa forma que yo encontraba tan adorable, y suspiró.
—Comprendo —murmuró tristemente.
Y, por extraño que pudiese parecer, tuve la certeza de que efectivamente lo había comprendido, de que había entendido todo lo que eso implicaba.
—¿Necesitas hablar? —preguntó en un susurro. Por un segundo quise decirle que se callase y se fuese, pero finalmente me mordí la lengua a tiempo.
—No. Necesito olvidar —respondí en un murmullo apagado, y ella asintió.
Nos quedamos así durante un rato, callados, el uno al lado del otro, sin siquiera mirarnos. Y entonces ella dijo con tono monocorde:
—¿Has comido?
Me volví hacia ella, aturdido por la pregunta. Negué despacio con la cabeza, incapaz de discernir por qué me había dicho eso, pero molestamente consciente de pronto de que tenía hambre.
—¿Y tú? —pregunté, más por seguir aquella nueva conversación que por cualquier otra cosa.
—No. Mi padre está por ahí y mis hermanos están en casa comiendo tempura de verduras, pero yo la odio, así que he salido a comprar algo de comida para mí…
Sonreí sin poder evitarlo. Yo también detestaba la tempura de verduras.
Entonces, Marta se giró hacia la bolsa de papel y sacó de ella un gran bocadillo envuelto en plástico transparente, un botellín de zumo y dos piezas de fruta.
—Es demasiado para mí, la verdad… ¿quieres la mitad? —me preguntó, desenvolviendo el bocadillo y partiéndolo en dos.
Parpadeé, sorprendido, pero mi estómago rugió en forma de demanda y asentí, encogiéndome de hombros. Tomé la mitad que Marta me tendía y observé cómo ella se llevaba la suya a la boca, dándole un gran mordisco mientras observaba el parque a su alrededor y balanceaba los pies como una niña pequeña. Volví a sonreír, pensando en lo preciosa que estaba así, con ese aire rebelde que le daba su pelo revuelto. Sin embargo, rápidamente recuperé la compostura y, enderezándome, mordí yo también mi trozo de bocadillo.
Pero en cuanto hube tragado me quedé inmóvil.
—¿Marta? —susurré. Ella se volvió y me miró con curiosidad.
—¿Sí? —preguntó, con tono inocente.
Aguardé unos segundos, pensando exactamente lo que quería decirle. Y entonces me decidí.
—Gracias.
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¡Hola! ¿Qué os ha parecido? Aquí habéis visto al fin la reacción de Sergio… La mayoría habéis acertado respecto a que se iba a poner hecho una fiera, jajaja. Pobre, la verdad es que casi me pongo a llorar mientras escribía su conversación con Lucas…
Y de nuevo ha llegado Marta y ha solucionado el asunto, jaja. ¿Os ha gustado ese final?
Ah, por cierto,Aura_Lune, como puedes ver puse tu frase, la que estaba en negrita. Pero resulta que soy idiota y no consigo encontrar el comentario en el que me la decías, así que la he puesto de memoria y no sé si era exactamente así… Corrígeme si me he equivocado :D
¡Muchas gracias por leer y comentar!
Un besazo enorme,
Meri
PD/ ¡Y quiero dar la bienvenida otra vez aKatniss Herondale, que se ha leído mis dos originales principales en solo dos días! ¡Gracias!