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El color de los sentimientos — capítulo 28

POV****Nico

El resto de la tarde la pasé haciendo un intento de estudio con aire taciturno y distraído. Pensaba en Inés. Cómo no.

Tenía tantas ganas de verla… Era perfectamente consciente de que me iba a avasallar a base de preguntas sobre mis padres, pero me daba igual. La vería, y eso era lo que importaba. ¡Iba a estar a solas con ella!

Suspiré, dejando el lápiz sobre la libreta de matemáticas y recostándome en el respaldo de mi sillón. Los números me aburrían demasiado y no ayudaban lo más mínimo a sacar de mi mente aquel par de ojos grandes y verdes…

Suspiré de nuevo. Cómo me gustaría poder decirle lo que sentía por ella… Aunque claro, ocasiones no me habían faltado. Tampoco era que me diese miedo declararme. No esperaba ninguna respuesta por su parte, solo pretendía expresar mis sentimientos. No, el problema no era ninguna de esas cosas.

El problema eran las palabras.

Yo, que me consideraba un lector empedernido; yo, que mi mayor sueño y aspiración era ver un libro firmado por mí en manos de alguna editorial; yo, que sabía dibujar paisajes casi edénicos con simples combinaciones de letras… y mi traba a la hora de decirle a aquella chica lo mucho que la quería eran precisamente las palabras.

Con lo fácil que parecía escribir sobre el amor cuando era un niño… Y ahora, nada. Podría hacerlo, claro está, si fingiese que era cualquier otra persona, dedicando cada sílaba a cualquier otra chica. Pero me resultaba imposible hallar las palabras adecuadas para expresar lo que yo sentía por Inés.

Al menos, si tenía que decirlas en voz alta.

Allá donde iba me ganaba siempre fama de tímido y reservado, cuando la realidad era que me costaba dar vida a las palabras que latían en mi interior, bombeadas con fuerza desde mi mismísimo corazón. Pero todo eso cambiaba cuando dejabas a mi alcance un lápiz y un papel en blanco. Oh, aquello era todo un mundo de posibilidades…

Y fue en ese instante cuando la bombilla de mi mente se encendió, amenazando con cegarme con su refulgente halo de luz: si no podía declararme en voz alta, lo haría por escrito.

Sonriendo como un niño pequeño, me puse rápidamente manos a la obra. Cogí un folio tintado de verde pálido, pensando en los ojos de Inés. Despejé la mesa de libros sin demasiados miramientos y, armándome con un bolígrafo y un puñado de ilusión renovada, comencé a escribir.

A las seis menos cinco de la tarde me planté en el parque de los cerezos, hecho un manojo de nervios. Por primera vez en muchos meses, me había preocupado un poco por ir más o menos bien vestido y peinado, y con algo de inquietud deslicé los dedos por mi chaqueta en busca de los perfiles rectos del sobre en el cual había guardado la carta. Cuando palpé el objeto, suspiré aliviado. Era la cuarta vez que hacía eso, y empezaba a sentirme realmente estúpido. Obviamente, el sobre no iba a irse a ninguna parte.

Entonces, llegó Inés, caminando con ese andar tan ligero y tan personal que tenía, con los largos rizos castaños recogidos en una trenza hecha con esmero. Vestía unos vaqueros ajustados con botas por las rodillas y una chaqueta color salmón que se amoldaba perfectamente a su estrecha cintura. Todo ello estaba rematado por un bolso de cuero marrón que se bamboleaba sobre sus caderas.

—Hola, Nico —me saludó cuando llegó a mi lado, sonriendo. Yo parpadeé un par de veces, aturdido, y seguidamente esbocé lo que sin lugar a dudas era una sonrisa bastante estúpida.

—Hola, Inés.

—¿Qué te parece si damos un paseo y mientras hablamos? —me propuso, y yo asentí con fervor. No obstante, sospechaba que, si en ese momento me hubiese preguntado si me apetecía lanzarme con ella desde un barranco, mi respuesta no hubiese variado.

Dicho y hecho, juntos empezamos a andar, el uno al lado del otro. Mi corazón se desbocaba en pulsos irregulares, y mentalmente recé porque ella no se diese cuenta.

—¿Cómo te encuentras, Nico? —me preguntó entonces, mirándome con preocupación. Suspiré. Era hora de abordar el tema del divorcio de mis padres.

—Algo mejor. Supongo que, como dijo Sergio… acabaré por asimilarlo.

Ella asintió en silencio, pensativa.

—Cuando mi madre murió —murmuró entonces— sufrimos muchísimo por su falta. La recordábamos constantemente, con cada detalle, por insignificante que fuese. Y una de las cosas que más dolía era saber que, pasase lo que pasase, no iba a volver. Nunca. No volveríamos a verla jamás —su tono de voz descendió mientras el verde de sus ojos naufragaba en un lago de lágrimas contenidas, pero rápidamente sacudió la cabeza de un lado a otro y se recuperó—. Piensa que tú no tienes ese problema. Tus padres no estarán juntos, pero sí vivos. Los dos. Y aunque pases más tiempo con uno o con otro, siempre podrás verlos cuando quieras. Dentro de lo que cabe, podría ser peor, ¿no?

En esa ocasión fui yo el que asintió en silencio. De pronto, me sentía mal por haberme puesto así por el divorcio de mis padres, habiendo gente que lo había pasado muchísimo peor que yo. Inés era un claro ejemplo de ello.

—Yo… lo siento. Me he comportado como un crío inmaduro, especialmente con Guillermo. Cuando vuelva a verle, le pediré perdón de nuevo. Aunque no esté enfadado… necesito hacerlo —murmuré, no muy seguro de si hablaba para ella o para mí mismo.

—Bueno, me alegra ver que empiezas a asumirlo —comentó ella con una sonrisa triste.

—Soy demasiado sensible. A veces pienso que mi padre tiene razón y que parezco una niña —refunfuñé por lo bajo, molesto conmigo mismo— ¡Ay! —exclamé al sentir en el hombro un puñetazo. Inés me miraba, entre ceñuda y divertida.

—Ser sensible no tiene absolutamente nada que ver con ser un chico o una chica, Nicolás. Y yo creo que es muy respetable que tú lo seas. Te hace más vulnerable, pero también más perceptivo de la realidad que te rodea. Además, opino que un chico sensible es bastante adorable —añadió, bromeando, mientras yo soltaba una breve carcajada.

—No como Sergio, entonces. Ese sí que es de piedra…

—Yo no lo creo —negó ella—. De hecho, pienso que en el fondo es tan sensible como tú, con la diferencia de que él se esfuerza en ocultarlo tras una fachada de chico malo que, en realidad, poco tiene que ver con el verdadero Sergio —dijo. Yo guardé silencio durante un par de minutos, reflexionando sobre sus sabias palabras.

—¿Por qué lo hará? —murmuré finalmente—. Fingir de esa forma, quiero decir.

—No lo sé, pero debe de ser algo importante. No parece feliz debajo de esa máscara que parece una simple protección… Bueno, quién sabe, tal vez Marta lo descubra —rio, y yo me uní a sus carcajadas.

Entonces, ante nosotros vimos un pequeño puesto de manzanas caramelizadas, rodeado por una multitud de ruidosos chiquillos.

—¡Vaya, manzanas caramelizadas! Me encantan —exclamó Inés, mirando con los ojos muy abiertos la gran masa de niños—. Espérame aquí, voy a por un par de ellas… Ten, sujétame el bolso.

Y antes de que yo pudiera objetar nada, me entregó su bolso tras sacar de él la cartera y se aventuró hacia el puesto.

Yo me quedé algo confundido al principio, pero rápidamente espabilé. Era mi oportunidad. Así que, asegurándome de que no me viese, deslicé en el interior de su bolso el sobre con mi carta.

Cuando ella llegó con dos manzanas y me tendió una, me preguntó por la causa de mi gran sonrisa. Y yo, cabeceando ligeramente, me limité a encogerme de hombros.

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¡Hola! ¿Qué tal? ¿Os ha gustado? Siento no haber podido actualizar el viernes, pero no tuve nada de tiempo… Como tampoco tengo tiempo hoy para responder a vuestros comentarios, ¡¡lo siento!! Tengo que organizarme mejor… Esta semana los respondo sin falta >.<

Por cierto, este es el penúltimo capítulo de "La hora de los chicos". Después viene un POV Guille y vuelta a las chicas, jaja. Pero si os apetece, dentro de unas semanas haré algún que otro POV de un chico...

¡Muchas gracias por leer y comentar!

Un besazo enorme,

Meri