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Crepúsculo la saga: Eclipse de fuego — capítulo 10
Me desperté repentinamente, como si hubiera recibido una corriente eléctrica.
Bostecé y estiré mis patas, clavando las garras en la tierra suelta, cosa que se sentía tan relajante. Nada más al despertar, me recibió una vista de árboles pasando a toda velocidad ante los ojos de alguien.
Buenos días, dormilón, me dijo Leah.
¡Hola, hermana! ¿Qué tal las cosas?
Todo bien. Vuélvete a dormir, chico. Estás demasiado cansado.
¿Dónde está Jake?
En casa de los vampiros. Ya volverá para seguir con la ronda. Tú tranquilo. Descansa, corriste doce horas.
¿Cuánto me dormí?
Como una hora, más o menos. No es suficiente, hermano.
Yo sé que no lo es, le dije mientras bostezaba con el hocico abierto a más no poder. Al mismo tiempo, me estiré tanto en las patas delanteras como las traseras. Miré en su mente, y la noté algo tensa. ¿Segura de que no me estoy perdiendo de nada, Leah?
Segurísima. Duérmete.
Intenté no dejar en claro que no me fiaba de su respuesta.
Me estiré un poco más, lo que mis músculos agradecieron enormemente, pidiéndome a gritos que descansara. Y estaba por hacerlo, pero sentí que algo no estaba bien con Leah.
Para empezar, ¿en dónde estaba ella?
Patrullando en el perímetros, ya sabes, me respondió.
¿Qué está haciendo Jake?
Seguramente atendiendo a la embarazada. Ve a dormir, por favor.
De acuerdo, de acuerdo.
No entendía bien qué obsesión tenía mi hermana porque yo cumpliera, pero no me molesté en protestar al respecto. Me recosté una vez más sobre el suelo, bostecé y dejé que el cansancio adormeciera todo mi cuerpo. Me planteé tanto la posibilidad de ir a la casa y pedir una de las camas que los Cullen tanto nos ofrecían que no dudé en ponerme de pie y empezar a trotar hacia la casa, aún en forma lobuna.
No fue sino hasta que estuve cerca de ella cuando escuché que un carro se encendía en la cochera de los Cullen. ¿Quién iba a salir, con los demás lobos allá afuera? ¡Estaba loco!
Me eché a correr en dirección a la carretera principal, esperando poder anticipar los movimientos del vampiro suicida, pero al llegar a la orilla del sendero paralelo a la misma, y ver el vehículo plateado, por no decir al conductor, me quedé pasmado.
¿A dónde cuernos tenía que ir Jake que no podía irse en su forma lobuna?
En cuanto pasó literalmente al lado de mí, aullé con ganas. No me importaba mucho que los Cullen lo hubieran interpretado como una señal de peligro; si Edward estaba atento a las señales, comprendería por qué lo había hecho. El vehículo plateado (un Aston Martin no sé qué, por casualidad) frenó en seco, se quedó en su lugar unos segundos y luego Jake dio reversa hasta quedar conmigo. Bajó la ventanilla del copiloto y se asomó. Su camisa blanca y larga de botones estaba mal puesta, como si lo hubiera hecho a la carrera.
— ¡Sal de fase y entra inmediatamente al auto! ¡Gracias por aparecer! —bramó con un humor entre enojado, decepcionado, irritado, aliviado, dolido e impresionado, todo a la vez. Miré en derredor para evitar curiosos, y al no encontrarlos, salí de fase e intenté ponerme el short.
— ¡Déjalo! ¡Te lo pones adentro! ¡Sube!
No me quedó duda alguna: algo había pasado. Aceleró en cuanto cerré la puerta.
Sé que, de haber sido un humano común y corriente, el asiento me hubiera calado por lo frío que estaba. No obstante, apenas y sentí la diferencia extrema de temperatura.
— ¿Jake…?
— Calla un momento, Seth. Necesito tranquilizarme primero.
— Cielo, ¿qué tienes…?
— Ese desgraciado malagradecido, asquerosa sanguijuela traidora…
No estaba comprendiendo absolutamente nada de lo que estaba viendo. ¿Mi Jake, enojado con Edward, a pesar de que ya se estaban llevando bien?
— ¿Qué pasa? —inquirí, intentando usar la mayor suavidad posible.
— Ese maldito… yo pensé… yo pensé… ah, ¡pero no! ¡Nada más escucha los pensamientos del maldito demonio y ya es libre de todos los cargos!
Aquello no me gustaba mucho, pero por otro lado parecía ser un progreso.
— ¿Qué pasó, Jake? —intenté preguntar con la voz más queda que pude.
— Pues el maldito feto ya piensa, Seth. ¡Ya piensa! ¿Y sabes qué es lo más siniestro de todo? El mendigo monstruito cínicamente afirma que quiere a Bella, ¡pero no le importa romperle los huesos, no señor!
Por un momento Jake parecía estar al borde de la metamorfosis, pero sus temblores comunes bajaron un poco de nivel. No obstante, su enojo no. Estaba hiperventilando con violencia, respirando expresamente por la boca. Sus ojos estaban empañados.
— ¡Jacob! —me sobresalté al verlo así.
— No importa cuánto te esfuerces —comenzó él, con tanta furia contenida que las lágrimas finalmente resbalaron por sus mejillas. Su tono estaba demasiado tenso, como si quisiera evitar ponerse a gritar—, todo, y digo todo, se tiene que arruinar en el momento en el que crees que estás cerca de descubrir una solución. Como cuando tienes la respuesta que esperabas hace tiempo y se te retira de ella a pocas horas de cometerse. No importa tu desempeño y tu espero, si al final la vida te quita las pocas probabilidades que tienes para ser feliz.
— ¿A qué te refieres?
— Me refiero a ese maldito chupasangre, Seth. ¡A ese maldito traidor! ¡Creí que estábamos juntos en esto, que me ayudaría a matar al maldito engendro! ¡Él y yo hicimos un trato, maldita sea! ¡Lo mataríamos para salvar a Bella! ¡Y ahora resulta que se ha encariñado con el demonio! ¿Cómo pude ser tan ciego, tan estúpido? ¡Nunca, y digo NUNCA, confíes en un asqueroso vampiro!
— Pero Bella…
— ¡Morirá, Seth! ¡A estas horas de mañana estará más que muerta! Mi amiga, ¡oh, mi querida amiga, mi antigua enamorada…!
— Me dijiste que ya la habías olvidado. —mascullé sin pensarlo, pero a la vez exponía mi más grande miedo.
— No se trata de eso, Seth. No en la forma en que tú crees. Los sentimientos se han ido con tu llegada, lo prometo, pero eso no quiere decir que olvide las cosas. Esa chica dejó una impresión tan fuerte en mí que no podía olvidarlo nunca. La quiero mucho, chico —añadió, acompañado de un sollozo tan fuerte que creí que se le descontrolaría el auto. Pero no fue así—. Ha sido muy buena conmigo, aún cuando no lo merecía en muchas ocasiones. ¿Cómo crees que se siente esto, Seth? ¿Cómo crees que se siente saber que perderás a alguien en menos de veinticuatro horas?
Yo no tenía contestación para eso.
Seguimos avanzando por la carretera, pasando al lado de muchos bosques. No había rastro de la civilización, no todavía. Eso presentó una ventaja para él, porque súbitamente redujo la velocidad y se estaciono mal en el sendero de tierra que corría paralelamente a la calle.
— ¿Jake? ¿Qué dem…? —intenté preguntar, pero mi intento fue interrumpido por un beso suyo. Tomó mi rostro con sus dos manos y me lo aprisionó, logrando que nuestros labios se conectaran. No obstante, el beso no era nada romántico. Nuevamente, era de esos besos tensos, en los que parecía haber más una despedida que una declaración romántica. Sus labios sabían a lágrimas, justo como su rostro. Mientras me besaba no dejaba de llorar. Su mano derecha fue recorriendo mi cabeza hasta llegar a mi cabello, al cual se aferró. Su otra mano, en cambio, se fue deslizando lentamente hasta quedar en mi hombro derecho, donde empezó a acariciarme. Yo estaba tan ofuscado que todavía no le había puesto las manos encima…
Hasta que dejé que ellos se movieran por sí solos. Fueron a parar a su cuello, del cual me colgué. Jake seguía sollozando mientras me besaba; no importaba. Ya lo calmaría después.
Él despegó sus labios primero. Me miró aún con los ojos llorosos, pero no despegué los míos de los suyos.
— Tranquilo, amor —le dije—. Estoy aquí para ti. Siempre lo estaré.
— Gracias, Seth. Y gracias por haber venido.
— Técnicamente me echaste el auto encima para que me subiera. —le dije, lo que le sacó una media sonrisa.
— Pero tú aullaste —su sonrisa se ensanchó un poco más. Se despegó de mí y luego bajó la mirada—. Eh, Seth, estás desnudo.
Bajé la vista para comprobarlo. En efecto, lo estaba.
— Mira —prosiguió él, volteando para atrás y hurgando en el asiento trasero—, toma estas cosas —me dijo, soltándome una camisa de vestir color azul, de manga corta y a botones— y esto —ahora dejó caer un pantalón diplomático, también azul—. Necesitamos que vistas decentemente.
— ¿Por qué? —le pregunté, analizando bien las prendas que me había soltado.
— Necesito un cambio de ambiente, sólo por unas horas. ¿Puedes revisar la guantera y decirme cuánto hay? El chupasangre mencionó algo de dinero.
No encontré muy útil su comentario, pero obedecí. Al abrir la guantera, vi que no estaba exagerando: cuatro fajos completos de unos cinco mil dólares cada uno parecían resplandecer en ese espacio tan cerrado.
— ¡Vaya! —exclamé—. ¿Para qué tanto dinero?
— ¿Cuánto es? —inquirió con la voz un poco más normal, pero aún tenía fuertes vestigios de seguir llorando.
— Veinte grandes. ¿Qué planeas hacer con esto y conmigo, Jake?
— Ya te dije, Seth. Quiero cambiar de ambiente.
Y aceleró con la vista hacia adelante.
Cuando Jacob me había dicho eso, no tenía contemplado el hecho de que me fuera a traer exclusivamente aquí, con lo que estos lugares significan para las parejas jóvenes. No obstante, era buen detalle el haber elegido la que tuviese colores parecidos a los nuestros, como para acentuar nuestra pertenencia mutua.
Lo cierto era que yo estaba súper nervioso.
Estábamos en un lujoso hotel de Seattle, lejos de toda mirada indiscreta. Tan sólo nuestra habitación tenía lujosos acabados, por no decir el inmueble de color arena y color marrón oscuro. Todo en la habitación parecía reflejar la armonía entre estos dos colores, los colores que nos definían en el mundo.
Él estaba en el sanitario de la suite, vomitando. O lo intentaba. No había ingerido nada que le cayera mal, pero después de toda la conmoción ante el volante se le había revuelto el estómago, y apenas había sido capaz de manejar todas las transacciones para poder llegar a la habitación y salir disparado hasta el baño.
Yo estaba sentado al borde de la cama, en dirección a la puerta del baño, esperando la indicación correcta para poder entrar a asistirlo, aunque fuera para estar ahí. Con sólo estar ahí me sería suficiente.
— Amor… —empecé cuando sus gemidos cesaron un poco, pero fue inútil.
— Ya casi voy, Seth. Tan sólo… espera…
Y sus arcadas volvieron. Sospechaba que en realidad sólo sentía la sensación de nauseas, pues no le había escuchado regurgitar ni pío. Era un efecto secundario del llanto prolongado.
Y mi teoría fue justificada cuando Jake abrió la puerta como si nada, con los ojos llorosos tanto por la mala tarde como por el esfuerzo y con la boca limpia.
— Nada —murmuró—. Al parecer no estaba malo.
— Era bastante obvio, Jake.
Me dedicó una sonrisa extraña, forzada, mientras se encaminaba hacia mí. De inmediato le hice espacio para que también se sentara en la orilla de la cama, pero al faltarle un metro empezó a arrodillarse enfrente de mí.
— Seth —empezó él, extendiendo sus manos hacia mí. Por un instante pensé en darle mis manos, cosa que funcionó bastante bien—, tú sabes que lo que más me importas en esta vida eres tú, ¿correcto? —asentí, ofuscado—. Entonces, quiero que tengas muy en claro que, pase lo que pase en menos de veinticuatro horas, serás lo bastante fuerte como para poder seguir adelante…
— ¿A qué te refieres, Jake? —grazne, siendo yo ahora el que tuviera problema con la voz.
— Creo que sabes a qué me refiero, chico. —me insistió tanto con la voz como con la mirada. En sus ojos estaba reflejado el dolor puro. No estaba comprendiéndolo, pero después de un rato, todo encajó.
— ¡No lo hagas, Jake! —me aferré más hacia él, intentando inclinarme, pero él me echó para atrás con cuidado, levantándose del suelo conforme lo hacía, hasta quedar frente a frente conmigo.
— No tengo otra forma de matarlo, y desde luego que Leah y tú no me ayudarán a hacerlo. No se los voy a permitir de ninguna manera.
— ¿Entonces todo está perdido para ti? —inquirí, llorando. ¿Por qué últimamente predominaban mucho nuestros encuentros tristes, en los que uno de los dos terminaba en llanto?
— Ay, Seth. No… —y se abalanzó sobre mí para besarme con suavidad. Al hacerlo, pude apreciarlo de manera un poco más íntima, y al hacerlo descubrí el motivo por el cual me había traído.
Iba a suceder, estaba plenamente convencido de ello. Pero no sería como aquélla primera vez; cosa de niños. No, ésta vez, con todas las presiones y dolores, será una despedida. Él estaba completamente decidido a liquidar al bebé, y sabía qué iba implicado con ello.
Ahora que Edward escuchaba al bebé y lo quería, nadie de los vampiros le dejaría acercarse con intenciones de dañarle. Seguramente Jake lo conseguiría, pero eso le costaría su vida…
Lágrimas de verdad se me escaparon.
— No, amor… —me dijo al separar nuestros labios. Me acerco una mano al rostro y me limpió las lágrimas con suavidad.
— Primero temí por la muerte de todos —empecé—, y ahora temo por tu propia muerte. No hagas, Jake.
— He de hacerlo.
— ¡No tienes excusa! —le dije, y mis manos, que antes estaban alrededor de su cuello, se aferraron a su cabello y traté de halarlo para causarle dolor—. No lo harás, Jacob Black. No me dejarás de esa manera.
— ¿Y qué puedo hacer?
— Lo que viniste a hacer conmigo esta noche.
Él me cautivó con esa seductora sonrisa, aún cuando sus ojos estaban tan llorosos como los míos.
— Te amo. —me dijo.
— Y yo a ti. —le dije, y nuestros labios se unieron por enésima vez.
¿Ya cuántas veces me sentía engatusado por los poderosos hechizos que sólo Jacob sabía emplear? No tenía ni idea, pero este muchacho, mí muchacho, era especial.
No supe en qué momento subieron de tono las cosas, pero sabía que nos habíamos recorrido hacia el centro de la cama. Seguíamos besándonos, dejando en claro cuánto nos pertenecíamos, una vez más. Mis manos se aferraban a su camisa blanca. Traté de no ejercer mucha fuerza para no rompérsela. Jake también parecía dispuesto a respetarme mi ropa, al menos mientras la tuviera puesta.
Él se despegó ligeramente de mí, siempre esbozando esa sonrisa. Sus ojos ya parecían estar mejor.
— Eres tan hermoso. —me murmuró, abalanzándose hacia mí. Preparé mis labios para él, pero no se dirigió hacia mi boca, sino hacia mi pecho. La sensación de sus labios contra mi camisa era maravillosa. Había calor en donde fuera que me tocara con ellos, a tal grado que no pude moverme. Dejé que mis brazos quedaran tendidos en la cama mientras Jake hacía de las suyas. Cerré los ojos y me dejé llevar por la sensación tan hermosa que era esta.
— Jake… —musité, perdido en mis emociones. En eso, él levantó su rostro y me sonrió.
— Esto no es nada. —me dijo, y entonces empezó a desabrocharme los botones de la camisa.
Mi corazón empezó a latir frenéticamente. Finalmente, luego de varias semanas infernales, volvería a pasar. Era algo de lo que me sentía muy orgulloso, pero a la vez me daba nervios el volver a experimentarlo.
Jake finalmente me desabrochó los botones, por lo que yo proseguí a hacer lo mismo con los suyos. No habían pasado ni dos minutos cuando los dos ya no teníamos camisa.
— No dejo de sorprenderme de tu radiante hermosura, chico —me dijo mientras se ruborizaba. Eso me hizo ruborizarme.
— Y tú no me dejas decepcionado jamás, Jake.
Y nos besamos una vez más.
— Ahí están los cuatro fuegos —murmuró cuando tomábamos aire.
— ¿Cuatro fuegos?
— Claro, Seth. Cuatro fuegos: el tuyo, el mío, el amor y la pasión. Esos cuatro.
— Oh. ¿Desde cuándo los detectaste?
— Desde el día del bosque —confesó él—. Al principio sólo estaban el tuyo y el mío, luego surgió el tercero, y cuando menos me di cuenta, el cuarto ya estaba presente.
— Qué hermoso —susurré, tomándolo de la nuca para atraerlo hacia mí una vez más para besarlo con pasión—. Sigamos.
Jake no tenía intenciones de ir a la contraria de esa orden. Como él había mencionado, en nuestros actos sí existían cuatro fuegos diferentes, y los cuatro existían en armonía, complementándose para proveernos de la máxima satisfacción.
El quinto fuego que se formaba con los anteriores.
Poco a poco, la intensidad subía, y no había forma de cambiar eso. Sabía que estábamos yendo un poco lejos con esto, pues la vez pasada nos habíamos limitado a cuatro simples fuegos, lo que lo había hecho muy bello. Ahora, sin embargo, parecía que estábamos intentando llegar al límite.
Y lo estábamos gozando como si no hubiera un mañana.
— Jake… —empecé, sorprendido de que pudiera expresar palabra alguna en medio de semejante éxtasis. Ni siquiera nos habíamos despojado más allá de las camisas.
— ¿Sí, Seth? —contestó él, perdido en la pasión. A continuación me besó el cuello.
— No hagas lo de mañana. —comenté entre gemidos. Por un momento temí que Jake se comportara de manera grosera conmigo y dejara de besarme.
Pero no lo hizo. A decir verdad, puso todavía más empeño en ello.
Demasiado empeño.
No era muy experto en este tipo de cosas, pero sabía diferenciar cuando él me besaba con pasión y cuándo no. Me sentía confundido gracias a que el beso que me estaba dando en la nuca era demasiado violento, demasiado rudo…
No era típico de él.
— ¿Jake? —inquirí preocupado, pero él seguía besando con violencia. A su vez, lo que antes eran caricias ahora era como si me estuviera apretando.
— ¿Cielo? —repetí, y en eso él se apartó violentamente de mi cuello. En sus ojos se estaba leyendo el odio.
— Calla. —me dijo, y plasmó sus labios en los míos por la fuerza. Estaba comportándose de una manera terriblemente agresiva. Sus manos apretaban mis brazos, motivo por el cual no podía moverlos.
— ¡Ay, Jacob! —protesté cuando uno de esos apretones finalmente me dolió, pero él no hizo ademán de parar. Después de todo parecía que no había dejado pasar lo de la tarde.
No quería reconocer que estaba descargando su tensión en mí, por medio del sexto fuego: la ira. El calor iba creciendo alrededor de nosotros, en nosotros y en medio de nosotros. Y no había forma de pararlo…
Hasta que él me mordió el labio inferior.
— ¡JACOB! —logré espetar, reuniendo todas mis fuerzas. Me alcé rápidamente, a pesar de que él estaba encima de mí. Aún así, saqué mi propia versión de ira y logré sentarme en la cama, no sin antes provocar la caída de Jake al suelo. Mi novio me miró desconcertado e hiperventilando. Como yo.
— ¿Qué pasó? —inquirió, desconcertándose.
— ¡Que me lastimaste, Jake! —le espeté, sobándome el brazo izquierdo, que era el que más daño se había llevado con su apretón.
— Imposible —susurró él, parándose lo suficiente para desplazarse a la cama y sentarse con cuidado—. Déjame verte.
Lo miré con cierta desconfianza.
— Seth, amor… por favor, déjame verte el brazo.
— Basta —le dije, rehusándome a mostrarle el brazo. Seguramente no me había pasado nada, quizá sólo apretó de más en su momento. Si no, estaría mejor en cuestión de minutos.
— Seth… —me suplicó. Bah. ¿Cómo le negaría algo a él? Le mostré mi brazo izquierdo, que él examinó con sumo cuidado y atención.
— ¿Y bien? —pregunté retóricamente.
— No tienes nada.
— Lo sabía. Sólo fue un apretón.
— Perdóname, amor. No supe controlarme…
— Creo que dejaste muy en claro lo que querías decir. Está bien, Jake. No te culpo por sentirte así, es sumamente inhumano que hagas esto, claro, pero en vista de que no puedo convencerte… —me incliné hacia él para besarlo una vez más, mientras todo calor volvía a su lugar.
¡Vaya situación tan más enfermiza! Debí estar loco cuando creí que podía formalizar algo con Jacob Black.
Bueno, nadie dijo que sería sencillo.
Ésta vez no tuvimos prisa por llegar a una parte avanzada de nuestra pequeña fracción de intimidad. Cada beso, cada caricia y cada roce eran mágicos, al menos en lo que cabía esperar de sus respectivas palabras. Los momentos dejaron pasar a los minutos, y los mismos minutos dejaron pasar a las acciones, y vaya que teníamos motivación de sobra para ir acelerando el paso y llegar al máximo fuego, un fuego demasiado ardiente, que consumía hasta la más pequeña célula de nuestros cuerpos, ya expuestos ante el otro, por segunda y posiblemente por última vez.
El séptimo fuego, la lujuria misma, nos cubrió a ambos bajo su sombrilla, permitiéndonos olvidar el mundo exterior, incluso la habitación misma, ya que lo único que estaba existiendo para mí era Jake. Y sólo Jake.
Lo demás era insignificante para mí.