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Crepúsculo la saga: Eclipse de fuego — capítulo 11
Las maquinaciones del tiempo proceden en una manera sumamente poderosa. La vida procede de una manera asesina. Irónico, ¿no?
Pocas palabras ayudarían a describir la forma en la que me estaba sintiendo ahora mismo. Yo mismo no he sido capaz de encontrarlas.
Pero el dolor… ¡oh, ese maldito dolor infernal! ¿Cuánto más debemos soportar? ¿Cuánto es el límite para el ser humano?
Fuese cual fuese, estaba seguro de que ya estaba rayándolo.
Me había salido a la modesta terraza a tomar algo de aire fresco. La tarde estaba nublada, el aire soplaba de una manera fresca, rayando en lo gélido. De haber sido un ser humano normal, ya estuviera tiritando aún con chamarras y ropas gruesas. Pero por ser yo, y al tener mi particularidad de licántropo… no me molestaba para nada el viento, a pesar de sólo estar usando los calzoncillos. Apenas había conseguido el autocontrol suficiente para despegarme del chico, ponerme la ropa interior y salir a donde estaba ahora.
Nuestra tarde de escapatoria había terminado en un desastre total. Podía reafirmarlo en base a los sollozos del chico. Lo había lastimado en tantas maneras que no me había percatado de que existía una próxima manera.
Primero estaba el hecho de que el tema del estúpido feto había salido a la luz. Seth sabía perfectamente lo mal que me hace el ver y recordar el poco tiempo que le quedaba a Bella. ¿Para qué demonios mencionarlo a la mitad de…? No era como que eso fuera un tema fácil, y mucho menos cuando el imbécil de Edward ahora se había encariñado de esa alimaña.
¡Edward! ¡Ese asqueroso parásito chupasangre! ¿Cómo le creí? ¿Cómo pensé que podría contar con él para matar al feto? Estúpido, Jake. Realmente fuiste estúpido.
Y para colmo Seth se había llevado la peor parte de la sanación.
Muchas veces he visto y escuchado que el sexo es el mejor agente liberador de estrés. Cuando estás enojado, cansado, tenso, lo mejor recurrir a este asunto. Bueno, para ser franco, ni Seth ni yo habíamos disfrutado esta vez. Podía sentir que todo mi cuerpo empezaba a prenderse en llamas, de unas llamas muy cercanas a las que permiten la metamorfosis. Y eso estaba mal. Jodidamente mal, sobre todo porque no había sido capaz de controlarlo. Lo había lastimado. Aunque sólo me comentó lo del brazo, yo sabía perfectamente que le había mordido el labio. En cuanto me tiró me llevé un sabor a sangre, pero no había sido la mía. Así mismo, intentó restarle importancia a las heridas. ¡Muy mal, Seth! ¡Terriblemente mal el querer hacerme sentir mejor cuando lo único que hacía falta era que alguien me pasara con su vehículo por encima!, aunque eso sólo serviría para hacerle alguna abolladura al auto, por no decir que podría entrar en fase y destruir la mitad del mismo.
En estos momentos ya ni sabía qué pensar. No tenía ganas ni de pensar. Simplemente me había limitado a observar por la terraza hacia la calle, seis pisos más abajo, y al resto de la ciudad. Algo me decía fuertemente que éste no era mi lugar, pero a la vez no quería moverme. Los sollozos de Seth aún me llegaban, y no lo culpaba.
Yo había metido la pata.
Por más que quise cerrar la estúpida boca, no pude. La chispa que había surgido gracias a… bueno, a todos los eventos de hoy, me volvieron a poner muy mal. Decidí interrumpir el acto, confesándole que yo no podía de dejar de pensar en Bella…
— Jake, escúchame —me dijo mientras se sentaba bien en la cama—, sea lo que sea que pasará, estaré contigo. Yo sé que la tasa de riesgo mortal es sumamente elevada, pero podríamos…
— No, no podríamos —le había espetado, acomodándome también en la cama—, porque no habrá mucho que hagas. Ya he dado mi opinión al respecto, Seth.
— ¡Qué testarudo eres! —me había gritado—. ¡Te estoy diciendo que no lo hagas, te lo he implorado, y tú te pasas mis palabras por el…!
— ¿De qué otra forma aliviaría mi dolor, Seth? ¡Dímela! ¡Ya lo intenté al salir contigo, ya lo intenté teniendo sexo contigo, dos veces, y ya lo intenté callándome! ¡Pero nada funciona, chico! ¡Absolutamente nada!
— ¡Pues no entiendo qué esperabas que pasara!
— ¡Que mi maldita mente dejara de molestarme tanto con Bella Swan! ¡Es un martirio no poder aceptar que ella ha elegido este camino, y que el resultado no me debería interesar o preocupar tanto! ¡Pero no puedo! ¡Me interesa muchísimo!
— Hablas como si todavía estuvieras enamorado de ella…
— ¡Pues no es así, chico! ¡Sé que no puede ser así! ¡Realmente no puede! ¿Por qué estaría contigo si…?
— Porque conmigo no tienes que estar sufriendo —había susurrado, y lo noté compungido—. Conmigo no hay que hacerte esperar. Y sin embargo, tú no te das cuenta de lo que me haces, que todavía lo haces. Eres un imbécil, Jacob. Un completo imbécil.
— ¡Cállate, Seth!
— ¿Y por qué me iba a callar? Nada ha cambiado para ti, ¿verdad?
— ¿De qué me estás hablando? —le espeté molesto, quizá desconcertado. ¿No le había dejado ya en claro que lo prefería a él? ¿O él creía que lo estaba utilizando para librarme de Bella?—. La verdad es que no te entiendo.
— ¡Ah, claro, ahora hazte el maldito desentendido, Black! ¡Es obvio que no puedes dejar atrás a Bella! ¡Sólo estás conmigo para no sentirte miserable!
Y en eso yo había perdido el control con él. Esas palabras se habían pasado de la raya, por lo que mi instinto animal se había activado. Lo primero que pasó, y que recuerdo con claridad, es que con la mano derecha le había pegado a puño cerrado en la mejilla izquierda. El chico apenas tuvo tiempo de inclinarse por el impacto cuando, con la misma mano le di una bofetada en la otra mejilla, con lo que lo enderecé. Estaba colérico. Apenas me había percatado de lo que había hecho cuando él también se había encendido y se me había dejado venir, provocando que ambos resbaláramos de la cama.
En el suelo, se había iniciado nuestro forcejeo. Como él era más ágil y más liviano que yo, lograba sentarse encima de mí para darme sus buenas venganzas, también a puño cerrado. No sabía ni cómo parar esta ola de violencia mutua, y tampoco quería que siguiera.
Pero aceptémoslo. Somos hombres. La violencia era parte de uno.
Cuando el joven Clearwater me propinó el cuarto puñetazo seguido, le aparté la mano de un manotazo y me traté de erguir, tirando al muchacho contra la orilla de la cama donde, de no haber estado el colchón, seguramente se hubiera dado un feo golpe en la nuca. Me puse de pie y lo miré desafiante, con los puños en alto.
— ¡Vamos, chico! ¡Ven a por mí! —le grazné, sintiendo una ola de fuego en mi espalda. El joven no titubeó a la hora de pararse y mirarme con expresión desafiante.
— ¡Entonces es eso! —me gritó—. ¡Me estás usando para desquitarte por no tener a Bella! Desgraciado malagradecido…
A cada palabra que me había gritado sentía una nueva punzada de dolor psicológico. ¿Desde cuándo pensaba eso de mí? No hace rato, por supuesto; estaba más que emocionado por volver a estar junto a mí. ¿Entonces a qué se debía esto? ¿Otro brote de enojo por ser licántropo? ¿Sería eso?
La batalla había evolucionado hasta una especie de lucha grecorromana real, con todo y golpes. Llegó un momento en el que casi entraba en fase, pero luego recordé que el chico estaba al lado mío. No importaba qué tan cabreado estuviera con él, había aprendido a manejar las fases y no dejaría que se me saliera el control, no con él. Ni con nadie a quien yo apreciara. Ya había aprendido bastante con Sam. Así, pues, me limité al combate en forma humana.
Nunca pensé que llegaría el día en el que tuviera que enfrentarme físicamente con Seth, pero había llegado, y ahora él estaba llorando allá adentro mientras yo tomaba aire para tranquilizarme. Nuestra lucha había terminado en un intento de ahorcamiento por mi parte. Seth entró en fase para librarse de mí, y con ello me produjo una cortada en la pierna izquierda, cerca de mis zonas íntimas.
Ese fue uno de los motivos por el que todavía no me quería poner el pantalón; la fricción hubiera sido fatal.
Ahora mismo, la herida ya casi estaba por convertirse en la característica línea rosada de semanas —o en el caso de una herida de esta magnitud, de meses—. La alfombra se había teñido con unas cuantas gotas de mi sangre, y cuando Seth lo había visto salió rápidamente de fase y empezó a disculparse mientras empezaba a llorar.
No iba a entrar ahí a consolar al chico, no ahora. Estaba demasiado enojado todavía como para ir a arreglar las cosas. Si de por sí el día de hoy ya había sido sumamente pésimo para mí, ahora había que añadirle una pelea seria con mi novio, con el joven Clearwater.
Leah me mataría si yo no fuera su Alfa.
Intenté no mover mucho la pierna, a pesar de que ahora era mejor momento para moverla que hace rato, cuando me abalancé hacia la puerta corrediza de vidrio para dejarme salir. Estúpido niño. ¿Por qué tenía que salir con ese tema?
Sacudí la cabeza. Lo menos que necesitaba ahora era entrar en fase justo en la terraza: no saldría bien.
El seguir escuchando a Seth me produjo un dolor inimaginable. Algo me estaba oprimiendo el pecho, lo calentaba, apachurraba, congelaba y estiraba a la vez. No era una sensación bonita.
Tomé una bocanada de aire y me di la media vuelta para volver a reunirme con él. Al entrar y cerrar la puerta corrediza, lo vi sentado en el suelo, todavía desnudo, con los ojos hinchados y sus manos acariciando mi sangre, que había manchado la alfombra color caqui. En sus pómulos habían aparecido unos tremendos cardenales, por no decir en su abdomen y en el ojo izquierdo.
No quiero ni imaginar cómo estaba yo, pero no era ningún idiota como para no ver que él se había llevado la peor parte.
Alzó la vista tras varios instantes realmente incómodos para ambos.
— Chico… —empecé, pero él sacudió la cabeza.
— No hay ningún tema abierto a discusión. —me dijo con un tono severo. Las lágrimas todavía corrían por sus mejillas, lo que le dolió. Me sentí miserable, monstruoso. ¿Qué tan fuerte le había pegado para que hasta las lágrimas le dolieran al resbalarse por su rostro tan suave?
— Lo siento…
— Ya dije que no hay temas, Jacob —esbozó una sonrisa que a mí no me gustó para nada, porque estaba cargada de todo, menos de alivio—. De verdad fui un idiota.
— Explícate. —le pedí.
— ¿Sabes qué es lo gracioso de todo esto, Black? Nada ha cambiado. Creí que estas últimas semanas habían sido maravillosas. Sí, aún el hecho de que te hayas ido a meditar tu pérdida y aceptarla de manera definitiva. Creí que habías vuelto para estar conmigo…
— Y así hice. —espeté rápidamente, porque no estaba dejando espacio para que yo hablara. Y no me había equivocado, porque ni siquiera reparó en mi observación.
—…, y yo creí que podríamos ser felices juntos. ¿Pero a quién engañaré? A nadie. Ni siquiera a mí mismo. No sé en qué estaba pensando —hipó—. Esto es una situación tóxica, Black. Demasiado tóxica.
— Mira, Clearwater —me sentí extraño al dirigirme a Seth de esa manera; jamás había espacio ni posibilidad para las formalidades entre nosotros dos—, si quieres abandonarme, nada te lo impide. Tú te me declaraste y yo acepté. Sí, al principio era por curiosidad, porque se me hacía algo lindo, e incluso un poco raro…
— No hay nada de malo en ser homosexual, Black.
Mierda. El chico se mostraba demasiado frío.
No era su estilo. Él era tierno, algo empalagoso, y a decir verdad su estilo era contagioso. Era como si un hombre intentara asomarse por esos tiernos ojitos de mi chico de catorce años.
De nuevo me sentí como un monstruo.
— Yo sé que no lo hay, Se… Clearwater. Yo mismo puedo atestiguarlo. Es una sensación maravillosa…
— ¡Sí cómo no, idiota! —se encolerizó, pero no hizo ademanes de moverse ni nada. Por un instante sentí que algo dentro de mí quería reaccionar, pero me aguanté.
— Seth… lo lamento tanto. No sé qué cosas se han maquinado en tu cabeza, pero lo que siento por Bella ahora no difiere de lo que sentiría por Paul, Embry, Quil, Emily, Leah, mi padre y todo aquél que me interese. Saber que alguien se me morirá, y que no puedo hacer nada por impedirlo, crea un conflicto enorme dentro de mí. ¡Tanto que presumía de ser licántropo, porque salvábamos a las personas, y ahora no puedo salvar a una sola, Seth! —le dije sin apenas haber tomado aire. No le iba a dar la satisfacción de que me interrumpiera antes de tiempo.
— Ya veo… —me respondió con el mismo tono glacial. Al instante pensé que se pararía o algo por el estilo, pero mis impresiones fueron erróneas. Más lágrimas resbalaron por su rostro lastimado. De pronto me invadió el impulso de arrodillarme ante él y sobarle las mejillas, pero algo me decía que no lo permitiría.
No esta vez.
Hablas como si ya hubiera habido ocasiones en que le hubieras puesto un dedo encima para lastimarlo, me dije a mí mismo, lo cual era en parte mentira. Ya sabía en qué maneras lo había lastimado previamente, pero no en forma física…
¿Qué me estaba pasando hoy?
— No podemos volver así —comentó él, como si hubiéramos mantenido una conversación muy fluida—. Leah o alguien más nos llamaría la atención. El principal motivo son mis cardenales. Tu nariz ya parece estar bien —me dijo, lo cual era cierto. El chico me la había logrado dislocar con un limpio gancho—, pero mis cardenales tardarán unas cuantas horas en irse. ¿Qué haremos?
— ¿En serio me lo estás preguntando?
— Tú eres el mayor aquí, Jacob. Tú dímelo.
— Basta. —le dije con la voz más queda posible. Ya sabía a dónde iba todo esto. Me iba a responsabilizar por lo que había sucedido, cuando lo había provocado él con su comentario.
No. El culpable era Edward.
Mentiras. El maldito feto era el responsable de todo.
Ese estúpido feto asqueroso.
Noté que las pupilas de los ojos del chico se contraían un poco, identificando la línea invisible que él había cruzado.
— Lo siento. —se disculpó burdamente, con poco éxito en la nota del arrepentimiento. Al parecer esperaba que yo diera el primer paso.
— Sabes que yo no lo voy a dar, ¿verdad? —le pregunté, haciendo una clara observación.
El chico asintió.
— Supuse que no, Jacob.
— Entonces…
— Entonces tienes que reconocer que tienes algo mal, amigo mío. Te pones muy temperamental, incluso para ser licántropo. Poco más y le quitas ese puesto a Paul.
— ¡Oye! ¡No puedo ser tan malo como dices! —repliqué, exagerando en los momentos de indignación para intentar aliviar la tensión para ambos, pero ninguno cedió un ápice en ese aspecto. A decir verdad, creo que en mí subió un poco por haber pasado algo de vergüenza, aún enfrente de él.
— Sí que lo eres. ¿No te has mirado últimamente al espejo? Estás diferente, más tenso… debe ser por la falta de una cama real. Deberíamos poder usar las camas que los Cullen están poniendo a nuestra dis…
— Jamás. —espeté tajantemente. Ya no me interesaba llevarme bien con ellos en ninguna manera.
— ¿Y qué piensas hacer ahora? ¿Te harás a un lado para dejar que la manada de Sam venga y mate a todos los Cullen, y por extensión, a Bella? ¿Y qué hay de Leah y yo? ¿Crees que querríamos dejarlos desprevenidos?
— No hables por tu hermana, Seth. Sabes que a ella no le agradan los Cullen. No todos pensamos como tú. —comenté.
— Sé que no. He sabido crearme paciencia en los últimos años.
— ¿Años?
— Ya te dije que estaba enamorado de ti desde antes de todo este rollo de la manada.
— Sí me lo contaste. Pero ¿años?
— Siempre me has parecido un buen chico, Jake —el estómago me dio un vuelco. Se le estaba pasando el tono glacial, menos mal—, pero ahora no sé qué pensar de ti.
— Bienvenido al Club de Odiemos a Jacob por sus Estúpidas Hormonas y Genes Licántropos. Con Bella y tu forman dos miembros. —le espeté.
— Bella no te odia —dijo rápidamente—. Y yo tampoco.
— Bien que me estabas haciendo sentir culpable hace unos instantes.
— ¿Y qué esperabas, eh? ¿Qué me pusiera a danzar en honor a tu violencia desmedida, oh Poderoso Alfa?
— Cierra el pico Seth. —le dije, sin ser capaz de contener una sonrisa.
— Me temo que he perdido el candado. —replicó con otra sonrisa en los labios.
¡Qué loco estaba todo el embrollo! Me sentí nuevamente culpable al verle sonreír, aún con los músculos tensándosele en los cardenales, por lo que su sonrisa parecía más una mueca que acentuaba el dolor. No me moví ni un centímetro. Esperaría a que él me lo pidiera.
— Seth…
— Perdóname —soltó él, lo que me sorprendió—. Perdóname por haber sacado a luz ese… ese tema. No sé ni por qué lo hice. Pensé… vaya, pensé que si te lograba convencer de que me prometieras… ya sabes, quedarte conmigo. También lamento haberte amargado la noche. Podríamos intentar lo de nuevo algún otro día. —me intentó sonreír mientras se intentaba parar, pero al estar a la mitad le falló la pierna izquierda, con lo que se puso en cuatro de una manera agresiva. ¿A qué hora le había lastimado la pierna? No recordaba.
Me hinqué para ayudarlo, pero él me apartó con una mano.
— No te preocupes. Yo puedo hacerlo solo, Jake.
— ¿Seguro que puedes?
— Yo puedo, créeme. Ahora, volvamos a Forks. Seguro que Leah ha de estar toda histérica.
— Sí, sería tan típico de ella.
— Ni tanto, porque últimamente está mejorando. ¿Te das cuenta que ahora no está tan amargada que cuando estábamos cerca de Sam?
— Lo sé, ha mejorado bastante.
— Porque tú la has liberado, Jake —admitió mientras finalmente se ponía en pie, se daba la media vuelta y se iba a recoger su ropa, empezando por los calzoncillos que dejó casi en la puerta—. Eres una buena persona, aunque tengas tus momentos.
— No me hagas darte otra cachetada, chico.
— Inténtalo. —me retó al ponerse la ropa interior. En el momento me guiñó un ojo en plan retador.
— Eres imposible, Seth. —bufé.
— Anda ya. Volvamos, pues, a nuestro trabajo. Espero que ya estés mejor.
— Sí… —titubeé. No sabía qué me esperaba al llegar a Forks para la última noche de vigilancia, y seguramente todavía no quería enterarme de ello.
Pero tenía que hacerlo, por la posible última noche de Bella Swan.