Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Crepúsculo la saga: Eclipse de fuego · de

Crepúsculo la saga: Eclipse de fuego — capítulo 7

Estaba más que convencido de que mi regreso abrupto a La Push había sido procesado de la manera equivocada.

Aún cuando en el camino me enteré de que todo estaba completamente bien, me había hecho a la idea de que todos guardaban su apariencia de buenas personas, y que cuando regresara a casa todos empezarían con sus comentarios estúpidos y reprobatorios contra mi estilo de vida.

Sin embargo, no había sido así. Después de ésta tarde, en la que Seth tuvo oportunidad de pasar tiempo conmigo y desahogarse por toda la angustia que le había hecho pasar estas últimas semanas, decidimos reunirnos todos en casa de Emily a eso de las ocho de la noche. Resultó curioso que, al entrar, fuera ella misma la que me recibiera con un abrazo y me dijera al oído que todo estaba bien, que nada se vería afectado siempre y cuando no incluyéramos a Sam en la ecuación romántica. Sabía que lo decía en broma, pero aún así le comenté que a mí no me gustaba la idea de salir con mi jefe.

Seth se había transformado de ese chico tímido e inseguro a un muchacho participativo y más divertido que nunca. Aquélla reunión en la casa de la prometida de Sam estuvo mejor de lo que se esperaba. Además de los incontables estofados que Emily había preparado en la mañana, los pastelillos de linaza y otra cosa —creo que granola—, y la pasta seca en salsa de tomate. Seth me recordó amablemente que se trataba de ravioles.

"— Y era un verdadero calvario ver a nuestro amiguito así de alicaído —comentó Quil con medio pastelillo en la boca, por lo que apenas se le entendía—. Realmente triste. En su forma humana no hacía mucho para disfrutar su vida.

"— Al menos ustedes no lo escuchaban llorar por las noches —añadía Leah, lo que lo volvía un poco más amargo—. Yo creía que se debía a que creía que Jacob sólo era su mejor amigo y que le dolía la partida, con lo puro y sincero que es.

"— Ah, pero sigue siendo mi mejor amigo —añadió el chico. Mí chico, vaya—, pero la diferencia es que ahora tenemos un vínculo especial.

"— ¿No será que te has imprimado de Jake? —inquirió Jared—. En serio, Seth, asusta la forma en que piensas acerca de él. Es como si toda tu existencia se basara justamente en Jacob.

"— No pretendo entender cómo funciona lo de la impronta, pero por lo menos sé que lo amo sin ninguna tonta presión genética —Sam carraspeó la garganta y Seth lo volteó a ver con arrepentimiento—. Lo siento.

El grupo soltó risas nerviosas.

Después de eso, las patrullas de rutina se volvieron aún más armoniosas. Todos me habían extrañado a su manera, y el hecho de que estuviera aquí cerca los volvía más felices.

Pero el que haya dejado ir a Bella de una manera tan fácil los tranquilizaba aún más. Ya nadie estaba sufriendo lo que llamaban "Síndrome de Martirio Amoroso". Bueno, al menos no por mi parte, porque todavía quedaba el asunto de Leah y su eterno amor por Sam, el chico que alguna vez la amó.

Pero podíamos manejar con eso. En cambio, a la manada le calaba más mi antiguo dolor por Bella, por el simple hecho de ser hombres al igual que yo. No era que nos quisiéramos comportar machistas, pero sabían diferenciar entre el dolor de un hombre y el dolor de una mujer. Y a ninguno le quedaba el saco femenino.

No obstante, en cuanto a Leah, los únicos que le entendíamos un poco eran su hermano y yo. A veces conversábamos con ella sobre esa impotencia que sentías cuando te aproximabas mucho a tu amada persona sin tener éxito en tus propósitos.

Resultaba increíble lo rápido que se pasaban las horas desde mi regreso a casa. Hacia la mañana siguiente de la cena espectacular con Emily, los chicos nos fuimos al acantilado. El día estaba inusualmente soleado y caluroso, así que ¿por qué no aprovechar la situación? Todos nos desplazamos hacia allá en forma lobuna, pero los saltos iban a ser en nuestra forma humana. Cuando llegamos, Seth fue rápidamente a ponerse detrás de un árbol.

"¿Es necesario esconderte de ellos? —le pregunté—.Ya se han transformado enfrente de nosotros, y viceversa.

"Les tranquiliza saber que no les vamos a ver nada. Aún no procesan del todo nuestra homosexualidad, tú sabes.

"Creo, y no es por arruinarte la fiesta, que yo entro más en la categoría de bisexual.  Ya sabes, siempre he seguido a las chicas, pero eres el primer chico que me gusta.

"Pues no lo sé —comentó Paul, que fue de los últimos en quedarse en forma lobuna—. Desde siempre me has parecido un poco delicadito, Jacob, aunque si es cierto lo que dices no te molestaría en decirme qué te parecen mis nuevas revistas. Las chicas son espectaculares. Hasta tú las disfrutarías. —se burló.

En cuanto me volví a mi forma humana fui directamente a darle un zape mientras todos reían conmigo, ya que mi golpe casi lograba que el idiota cayera por el acantilado.

El resto de la mañana la pasamos así, y una y otra vez, siendo Sam y yo los mejores clavadistas. Cuando estaba subiendo a aventarme por décima vez, Seth me miró con aprehensión.

— ¿Qué pasa? —le pregunté.

— Faltan unas dos horas para la boda de Bella. ¿Vas a venir, verdad?

Ah, la maldita boda. No la contemplaba en los planes de hoy y ni siquiera había dormido por haber paseado con mis viejos amigos.

— Dime que vas a venir. —me instó Seth.

— Eeee…

— ¡Oh, vamos! Debes ir, por mí. —suplicó ante todos. ¿Cómo cuernos me negaría de esta forma, con toda la presión social por parte de nuestros camaradas?

— Deberías ir —sugirió Sam—. Como siempre dices, Bella podría ser transformada esta noche, tras la boda.

— Algo que no debería pasar tan pronto. —murmuré. Ya no sería la misma Bella, mi amiga Bella, aquella torpe de mejillas sonrosadas. Ahora sería una rara escultura viviente de mármol, sedienta y agresiva…

Y entonces agradecí por haber reconocido a tiempo que mi patética fijación en ella no iba a servirme para nada.

Le debía una más al joven Clearater.

A regañadientes, me devolví a mi casa a trote humano. No tenía muchas ganas de entrar en fase, lo que me daba la excusa perfecta para demorar mi ida al evento. Seguro que me dolería saber que detrás de ello se encontraba el final de mi amiga.

Más que dolerme, en realidad sentía una especie de impotencia. El chupasangre había ganado con todas las de la ley, y ahora estábamos cerca de una violación al tratado, una que Sam estaba permitiendo. ¿Cómo le haríamos, entonces, si él lo estaba dejando pasar como si nada?

Me sacudí la cabeza y decidí concentrarme en la charola de costillas que quedaban en la casa. Algo de comida me quitaría el nerviosismo ante la perspectiva del evento.

 Mientras avanzaba, decidí que no podía aplazar más el corte de cabello. Me lo cortaría yo mismo en cuanto llegara. O en todo caso, le pediría ayuda a mi padre, porque yo siempre encontraba la forma de hacer desastres con mi cabello cuando lo intentaba recortar por mi cuenta. Menos mal que, aquélla primera vez que me lo corté, como requisito para la manada —o mejor, para no parecer una pésima imitación lobuna del Tío Cosa—, no había tanta preocupación. El chiste era que se quedara corto, y una vez que me miré al espejo y noté lo que había hecho, dije que se había quedado como algo pasable.

Sin embargo, el resto de las veces solicitaba ayuda. Usualmente los nuevos cortes de cabello se asociaban a los malos momentos que le había hecho pasar a Bella, cuando se largaba enojada, triste o asustada. Pero cuando hizo un comentario sobre mi cabello, decidí que podría dejármelo crecer, aprovechando ese periodo en el que estaba tan molesto y dolido con ella que nuestro único recurso de conversación eran las ridículas notas. Sonreía ante el recuerdo de todas las plumas que rompí al intentar escribirle algo medianamente decente, pero sin ser tan revelador, pues esa maldita nota pasaba por las manos de Charlie.

Como fuera, el corte de cabello era obligatorio. Nadie va a una boda con un cabello  que caía libre a escasos centímetros de los hombros, desaliñado y algo sucio.

Decidí que un aseo tampoco me iría mal.

Y ya que estaba en eso, una rasurada tampoco estaría de paso.

Recordé lo que el chico me había pedido hacia días, acerca de dejarme la sombra de mi vello facial. Lo tuve muy en consideración. Le pediría a mi padre que me prestara su rasuradora.

Llegué con parsimonia hasta mi casa, en cuya puerta me esperaba mi padre.

— Seth llamó hace unos diez minutos, o quince —me explicó en cuanto salí del bosque. Su tono no era del todo relajado. Aún le costaba procesar eso de que Seth y yo saliéramos—. Me preguntó si ya habías terminado de asearte. Sonaba sospechosamente emocionado.

Ay, ese muchacho.

— Pues evidentemente no. ¿Qué le contaste?

— Que todavía no aparecías por aquí. Eso lo puso algo perplejo.

— Tiene gracia. Él debió de entrar en fase para poder arreglarse y llegar temprano a la boda de Bella.

— ¿Y tú no piensas ir?

— ¿Debería estar ahí desde el primer momento? Creo que crearía un mejor impacto si llego después de… el evento.

— No si eres el padrino.

Ah, se me olvidaba ese detalle. A la inteligente de Bella se le ocurrió darme ese ostentoso título.

— Estoy seguro de que ella entenderá.

— No le caerá muy bien el saber que has llegado desde ayer pero que no te has molestado en llegar temprano a su boda.

— ¿Y qué hay de ti, papá?

— Te estaba esperando para que llegaras. Mi atuendo ya está preparado. Sólo me tengo que vestir y esperar a Sue, quien se ofreció para llevarme.

— Pero podría llevarte yo. —le reproché.

— Sí, hijo, pero yo quiero estar ahí desde el inicio.

— Bueno, iré a comer algo de costillas.

— No se te olvide la boda, hijo.

— No, claro que no.

Nos metimos uno después del otro. Mi padre se fue hacia su habitación mientras yo iba directamente a la cocina. Abrí el refrigerador y di con las costillas. Con el hambre que tenía, ni siquiera me molesté en calentarlas. Una por una, fueron desapareciendo mientas me las comía con la máxima lentitud posible. Billy me vio comer cuando Sue llegó, y me echó una mirada de reproche.

— Te recuerdo en dónde tienes que estar, Jake.

— Tengo hambre, viejo.

— A Bella le encantaría que estuvieras ahí desde el inicio.

— Ñom, ñom. —repetí cínicamente.

— Eres un caso perdido —sonrió—. Bueno, de perdida sal a despedirte de Seth, aunque técnicamente lo verás en la fiesta.

— De acuerdo.

Me levanté con un poco más de entusiasmo. Por él sí que me movía. Al salir al porche y ver cómo Sue se adelantaba para ayudar a mi padre, detecté a Seth en la cajuela, abriéndola para meter la silla de mi padre. Llevaba un esmoquin negro sencillo, con corbata café oscuro. Al verme con la costilla en la mano y todavía con los shorts mojados y salados de la playa, me intentó reprender con la mirada. Al verlo, le sonreí y levanté mi octava costilla a medio comer, saludándola con ella. Acentuó su mirada, lo que me hizo reír.

— ¿Qué es tan gracioso? —preguntó mi padre cuando Sue ya le había subido al automóvil y Seth iba a recoger la silla de ruedas para guardarla en la cajuela.

— La manera en que tu hijo quiere comerme con la mirada. Eh, ¡no de esa manera, Sue! —intenté corregir con risas, gracias a que ella había puesto cara de haber interpretado mis palabras con la intención equivocada. Ante los ojos de Sue, Seth todavía estaba chico para esas cosas.

Si tan sólo supiera lo que había pasado antes de que llegara a la casa aquél día…

 Bueno pues, nos vamos —anunció mi padre—. No se te ocurra faltar.

— No, papá.

— Adiós. —me dijo Seth, todavía reprendiéndome con la mirada. Le di un mordisco a la costilla con más devoción de la necesaria, lo que hizo que resoplara. Era lindo cuando se enojaba por estos detalles.

Me metí en cuanto desaparecieron por la carretera. Me terminé esta última costilla y me preparé para el evento final de mi amiga humana. Guardé el resto de las costillas en el refrigerador; ya me las comería esta noche. A continuación fui hacia los cajones del mueble de la cocina, buscando las tijeras que tanto me habían servido en los anteriores cortes. Cuando las encontré hacia el tercer cajón, se me salió una palabrota. Las confiables tijeras plateadas y pesadas que tanto me habían ayudado antes ahora estaban lo más lejos de considerarse inmaculadas: aquí y allá había cierta capa de óxido.

Billy, ¿qué hiciste con ellas?

No obstante, al tenerlas en mis manos, y tras abrirlas y cerrarlas un par de veces, noté que el óxido no afectaba mucho al filo. Así, sin mayor preocupación, me ocupe de mi melena.

Cuando termine, me quité el short mientras iba directo a la regadera. El agua estaba templada. Mientras dejaba que el agua y el jabón me limpiaran de la sal, restos de cabello y más suciedad, no dejaba de pensar en lo que le diría a Bella. ¿Cómo iba a estar vestida? ¿Estaría contenta de verme? Seguro que sí, porque mi padre me recordó amablemente que la interpelada había marcado por mí varias veces, algunas a la casa de los Clearwater. No imaginaba a mis dos personas favoritas conversando por teléfono, cuando los dos habían sido rivales hacía semanas. Y lo peor era que Bella ni siquiera sabía contra quién estaba compitiendo.

Bueno, podía agradecer por el giro de las cosas y el acomodo perfecto del universo, en donde todo estaba bien para todos. Bueno, faltaba Leah, eso sí, pero si no dejaba de tener humores cambiantes, con más inclinación hacia la hostilidad, no podría conseguirse a alguien decente. Quizá alguien fuera de la tribu, para que no tuviera que pasar por una imprimación más.

Salí de la regadera y me fui hacia el cuarto de mi padre, porque él tenía las ropas más adecuadas para estos eventos. Yo jamás me habría preocupado por algo así, y de hecho jamás me había comprado un traje de esos para mi propio uso; él siempre me facilitaba uno. Rebusqué en sus cosas para ver cuál me quedaría esta vez, considerando que la última vez que usé uno de sus trajes fue cuando me envió descaradamente a hablar con Bella en el baile de graduación del año pasado, al que había asistido aún con la maldita férula en el pie. Eso debía ser una extravagancia del chupasangre.

Todos los trajes me quedaban cortos en algún lugar: extremidades, torso o incluso a la hora de fajarse. El único traje que me quedaba medianamente decente era un traje sencillo de dos piezas. Era de color negro y de un material extraño. ¿Era satín? No sé distinguirla bien, la tela era suave, y sólo la seda o el satín lo eran. ¿Sí eran esas? No importaba por el momento.

Me vestí empleando un poco más de velocidad. Supuse que la ceremonia ya debía de haber empezado. Sonreí para mis adentros mientras imaginaba a Bella, con sus andares torpes y con tacones altos, intentando llegar hasta el altar sin haberse caído unas cinco veces. No quería imaginarme las cosas malas de mi amiga, por lo que sentía una especie de culpabilidad cuando me reí al imaginar que ella caía directo en el altar, ante los pies del chupasangre. No era nada bueno para Bella, y no me reía por lo que le podría pasar a ella, sino por la cara de idiota que debería poner el vampiro mientras se aseguraba de que ni una capa de piel se le hubiera dañado a la novia.

El Cullen paranoico.

Una vez que estuve listo, salí de la casa y la cerré. Una vez afuera, me debatí entre la posibilidad de irme en la vieja Caribe o en la Harley, y al final me decidí por la motocicleta. Imaginé la cara de todos cuando llegara a la recepción montado en la motocicleta, mientras me acercaba cínicamente al pastel para tomar una rebanada y zampármela antes de voltearme hacia la novia y felicitarla.

Yo pagaría por ver eso, y las ganas de hacerlo no me faltaban, pero me puse a pensar en lo que ella podría interpretar como una burla, así que me limitaría a dejarla estacionada por ahí en el bosque, donde mis compañeros podrían cuidarla. Eso suponiendo que se acercaran por allá.

El viaje hasta Forks, y por extensión, hasta la casa de los Cullen se me hizo algo largo. La luz solar ya se estaba extinguiendo para cuando entré al pueblo, mientras la luz del crepúsculo esbozaba extrañas sombras con los árboles y edificaciones. Era como si todo en el camino se entrelazara para formar una especie de aviso. No sé, así lo veía yo mientras tomaba la 101 y los espesos árboles a los lados de la carretera pasaban como borrones a ambos lados, pues yo estaba concentrado en ir hacia adelante.

No me di cuenta de que estaba cerca hasta que vi las indicaciones de la vampiresa vidente.

Las mismas hileras de luces que funcionaron para su fiestecilla de graduación estaban indicando el camino. Sin embargo, pasé de largo. Para lo que yo buscaba no podía ir por la parte más obvia. Me desvié medio kilómetro más hacia adelante, doblé a la derecha y maniobré hacia cierto punto, en el que la motocicleta ya no podía ir por el camino irregular. La apagué y me bajé de ella. Me metí más mientras llevaba el vehículo conmigo. Al cabo de un minuto, Quil y Sam aparecieron en su forma lobuna.

— Gracias. Ocuparé a un vigía para que no se lleven mi preciada motocicleta.

Sam emitió un leve ladrido, que me indicaba que no debía preocuparme por nada en absoluto.

Nos adentramos unos cinco minutos más. Ahí, recliné la moto contra un joven pino y me preparé psicológicamente para el encuentro.

Habían pasado semanas desde nuestro último contacto, un día después de que Seth me visitara. Aquélla vez habíamos llegado a la conclusión de que, si el chupasangre no hubiera regresado, o siquiera aparecido en su vida, ella y yo seríamos almas gemelas.

Claro, si eso hubiera pasado, nunca me hubiera perdonado por haber lastimado a Seth de esa manera. ¿Aunque cómo hubieran estado las cosas, entonces? ¿Ahora mismo Bella y yo estaríamos en La Push, paseando en motocicleta? ¿Cómo haría Seth para explicar lo mal que se sentía? Era un universo muy extraño ahora que lo pensaba, y no encontraba la manera en que todo podía salir bien allá.

Y todo gracias a lo que ahora sabía.

Dos pares de pasos se acercaban por la pista de baile, y luego se encaminaban en la tierra. Inspiré un poco para detectar quién podría venir. Si eran humanos, se espantarían por los lobos. Pero no. Detecté un aroma humano y el otro… ¡puaj! Vampírico.

— Quédense aquí —les dije a los lobos—. Cerca, por si acaso.

Y me adelanté hasta ponerme a la vista de ellos, o al menos de uno de ellos, porque dudaba que la novia me viera entre la oscuridad. El chupasangre, en cambio, me detectó al instante.

— Gracias. Esto es muy… amable de tu parte. —dijo con verdadera gratitud. Sonreí ante la ironía: el que antes me odiaba ahora se portaba amable conmigo.

— Soy la amabilidad personificada. ¿Me permites?

La novia, sorprendida, se llevó una mano a la garganta. Efectivamente, el efecto era el que quería: que se aliviara de verme. Intentó adelantarse hacia mí, con una torpeza tan propia de ella. Se hubiera caído de no ser porque su marido la hubiera sujetado.

— ¡Jacob! ¡Jacob!

— Aquí estoy, Bella. —le dije mientras ella intentaba por todos los medios llegar a mí, con el vampiro sujetándola bien. Cuando estuvo cerca avancé dos pasos, preparándome para sujetarla. Cuando la tuve en mis manos, la sujeté contra mi cuerpo, contemplando lo bien que se veía esta noche con este vestido ajustado a su hermosa silueta, con el velo bastante largo. Demasiado. La abracé y puse mi mejilla derecha encima de su cabeza, que me llegaba  a la barbilla.

Qué hermoso era tener a mi amiga cerca de mí. Pero estaría mejor si aquél nos dejara convivir una última vez, en privado.

— Rosalie no me perdonará si no le concedo su turno oficial en el baile. —contestó al instante. Sonreí mientras él se retiraba.

— Oh, Jacob —comentó Bella con la voz algo quebrada. En ese momento me di cuenta de que estaba al borde del llanto, pero un llanto bueno, de felicidad—. Gracias.

— Deja de lloriquear, Bella —le murmuré—, se te va a arruinar el vestido. Sólo soy yo.

— ¿Sólo? ¡Oh, Jake! Todo está perfecto ahora.

Defíneme "perfecto", pensé. Ya lo tenía todo, ¿no? Estaba casada con el vampiro, esta noche seguro que la transformaría. ¿Por qué mi aparición podía perfeccionar algo que ya lo estaba, al menos para ella?

— Ah, sí, la fiesta puede empezar. El padrino finalmente lo logró. —comenté con sarcasmo.

— Ahora todos los que amo están aquí. —añadió. Como respuesta, le besé el cabello. Ay, Bella, tan humana y sencilla.

— Siento haber llegado tarde, cariño. —le dije en tono juguetón, a la vez que a mí me divertía decirle así. Ahora que no estaba bajo los efectos de mi ilusión romántica por ella, la palabra sonaba divertida cuando se la decía, e incluso algo cínica, porque ahora usaba mucho esa palabra con un hombre.

— ¡Estoy tan feliz de que hayas venido!

— Esa era la idea. —volví a repetir cínicamente. Ni siquiera lo notó. Levantó la mirada y la dirigió hacia sus espaldas, mirando a la pista de baile. ¿Ahora a quién buscaba?

— ¿Sabe Billy que estás aquí? —inquirió. Evité echarme a reír o siquiera sonreír. Seth me había pedido expresamente que no revelara mi verdadera fecha de llegada. Seguramente le haría daño a Bella el pensar que no la había ido a ver directamente, y con mayor razón, considerando que ahora estaba pensando en Seth, mi precioso chico…

Y en eso me acordé del chupasangre.

Si me oyes, nada de una palabra a Bella sobre esto, ¿de acuerdo? Te mataré si le dices algo.

— Estoy seguro de que Sam se lo dijo —espeté atropelladamente, pero ella no parecía haberse dado cuenta de la dicción—. Iré a verlo cuando… cuando se acabe la fiesta.

Sí, y de paso a comerme el resto de las costillas tan deliciosas que me esperaban en el refrigerador. ¿Y quién sabe? Quizá invitar a Seth a quedarse.

— Estará muy contento de que estés en casa.

Y no sería el único, pensé deliberadamente. Y me acordé del chupasangre.

Me enderecé inmediatamente y coloqué mi mano izquierda en la espalda de Bella, mientras que la otra la destinaba a tomar sus manos y colocarlas contra mi pecho. ¿Por qué lo hice? No sé, se me ocurrió algo para matar una posible tensión creciente. Algo me decía que el marido de mi amiga no debía estar al tanto de… las cosas, así que me comporté como antes.

— No sé si podré tener algo más que sólo un baile. Lo haré lo mejor posible.

Y, como prueba de ello, intenté moverme con ella al ritmo de la música. Ella no dijo nada mientras nos desplazábamos en un círculo. Estaba creciendo la tensión.

— Estoy contento de haber venido, aunque no pensé que fuera así, pero es genial verte… —titubeé. Estaba por decirle "verte viva", pero sería una gran metedura de pata por mi parte— una vez más. No es tan triste como me imaginaba. —añadí rápidamente.

— No quiero que estés triste.

— Ya lo sé. Y no he venido para hacerte sentir culpable.

— No, pero me hace muy feliz que hayas venido. Es el mejor regalo que podrías haberme dado.

Me tomó desprevenido el comentario, por lo cual me reí un poco.

— Eso es estupendo, porque no tuve tiempo de ir a comprar un regalo como Dios manda. —comenté. Me sentí culpable con esas palabras. Vaya que tenía tiempo, pero había estado tan interesado en gastar el tiempo en mí mismo que ni siquiera había considerado esa posibilidad. Mira que ponerse a comer costillas para no llegar a tiempo para la boda de tu mejor amiga…

— ¿Cuándo decidiste regresar? —inquirió tras una ligera pausa.

— ¿Consciente o inconscientemente? —alargué el momento de contestarle. ¿Cómo decirle que había vuelto voluntariamente para rescatar a mi querido chico? No podía, esa era la verdad. Inspiré profundamente—. ¿La verdad? —proseguí con pesadumbre—, no lo sé. Supongo que había estado vagabundeando en esta dirección por un tiempo, y quizá era porque algo me atraía hacia aquí —como el hecho de que mi Seth podría haber estado en peligro por la reacción hasta entonces desconocida de Sam—, pero no fue hasta esta mañana cuando realmente empecé a correr —comenté descaradamente, pues había corrido con mi manada—. No sabía si llegaría tarde —me reí por mi descaro cada vez mayor, y luego proseguí por algo parecido a lo que usé con Seth el día de ayer al abrazarlo—. No tienes ni idea de lo extraño que se siente uno andando en dos piernas otra vez. ¡Y con ropa! —añadí con dramatismo, para darle emoción—. Y todavía es más raro sentirse extraño. No me esperaba esto. He perdido práctica con todo este rollo humano.

Más bien con todo el rollo relacionado con ella, reconocí. No negaría que sentía muy bien el estar aquí con ella a solas, pero por juegos del destino no volvería a ser como antes.

Y me gustaba mucho esta nueva realidad.

— De todos modos —proseguí—, habría sido una pena que me perdiera verte así. Mereció el esfuerzo de venir —acepté. Tarde, pero llegué de todas formas—. Te ves increíble, Bella. Estás muy hermosa. —la adulé con nada más que la verdad. Y que de verdad estaba radiante, muy hermosa, perfecta.

Pero ahora estaba casada. Y yo ya había renunciado a ella. O eso creía.

No. Definitivamente ahora no tenía espacio para Bella, no en el lugar que ahora ocupaba Seth.

— Alice invirtió en mí mucho tiempo, y también la oscuridad ayuda.

— No está tan oscuro para mí; ya sabes.

—Cierto. Te cortaste el pelo.

— Ah, sí. Me resulta más fácil, pensé que sería bueno aprovechar que ahora puedo usar las manos.

— Te queda bien. —me dijo con cierta nota falsa en la voz. ¿Tan horrible me había quedado? Estúpidas tijeras oxidadas.

— Bueno, lo hice yo solo, con las tijeras oxidadas de la cocina. —sonreí ante el recuerdo, pero en el momento volví a reconocer algo. A ella le gustaba más mi cabello cuando estaba largo. ¿La he arruinado? Debía saberlo—. ¿Estás feliz, Bella?

— Sí.

— De acuerdo. Creo que eso es lo más importante.

— ¿Y qué tal estás tú, Jacob? Cuéntame.

De maravilla ahora que tenía a mi Seth, pensé. Intenté no ruborizarme.

— Estoy muy bien, Bella, de verdad. No quiero que te preocupes más por mí. Deja de acosar a Seth. —intenté sonreír, pero a la vez sentí que mi palabras llevaban un doble sentido implícito, sin que yo lo hubiera solicitado. ¿Se lo acababa de pedir en serio, que dejara a mi novio en paz?

— Pues no es por ti por quien lo acoso, para que lo sepas. Me gusta Seth.

— Es un buen chico y mejor compañía que la mayoría de la gente —comenté, intentando no dejar muy en evidencia lo que en realidad sentía por mi chico. Poco faltó para que le dijera lo enteramente agradecido que estaba con él, la forma en que me gustaban los cuatro fuegos que entraban en acción cuando nuestros labios se unían…

Curiosamente, llegamos a un punto de la conversación en el que discutíamos sobre la posible locura de Bella, la poca seriedad con la que mi novio se tomaba a los vampiros y sobre la presencia de algunos lobos a escasos metros por detrás de mí, en caso de que yo la arruinara. Pero no encontraba motivos para que yo me pusiera así de frenético. Todo estaba marchando de maravilla, mientras los dos amigos conversaban sobre la vida ahora que los dos estábamos libres y en nuestros territorios: ella con Edward y yo aparentemente solo. Ay, Bella, si supieras…

Por si fuera poco, nuestra conversación se desvió a la majestuosidad con la que su cuñada, Alice, había puesto todo su esmero en la decoración del lugar. Y así seguimos hasta el punto en el que todo estaba a punto de echarse a perder. "No creas que ya me acostumbré a decirte adiós, al menos no de momento". Que cagada.

— No tiene sentido que tú seas la que llores, Bella. —me apresuré a decir.

— Todo mundo llora en las bodas. —respondió.

— Pero esto es lo que quieres, ¿no?

— Correcto.

—Entonces, sonríe. —le sugerí, dando la iniciativa. Ella me siguió tras medio segundo. Emocionado por el momento, le confesé que la extrañaría así tal y como era, como preparación psicológica para el momento en que ella se convirtiera en un vampiro. Me intentó pisar el pie. Bueno, lo hizo, pero no me dolió para nada, lo que me hizo sonreír.

Entonces volvimos a un tema más peliagudo. Me carcomía la idea sobre su transformación próxima, así que intenté preguntarle cuándo sucedería, siendo más o menos sutil.

— No va a ocurrir esta noche, Jacob. —me contestó. Eso me hizo sentirme aliviado un poco.

— Oh, está bien. ¿Cuándo?

— No lo sé con seguridad. Una semana o dos, quizá.

Oh, al menos teníamos algo de tiempo para disfrutar como amigos. Ya después… ¿qué pasaría?

— ¿Y a qué se debe la demora? —pregunté con verdadera curiosidad.

— Pues porque no quiero pasarme mi luna de miel retorciéndome de dolor. —comentó ella con cierta seriedad.

— ¿Y cómo la vas a pasar entonces? ¿Jugando a las damas chinas? Ja, ja. —me mofé. Era curioso pensar que una recién casada se la pasara ante juegos de mesa con su marido, en especial porque no podrían unirse físicamente por obvias razones.

— Muy gracioso. —espetó.

— No te engañes, Bella; con sinceridad, no le veo caso. No vas a tener una luna de miel de verdad con tu vampiro, así que, ¿por qué no hacerlo de una vez? —sugerí con sinceridad—. Llama las cosas por su nombre. Ésta no es la primera vez que lo pospones, lo cual me parece estupendo, la verdad. Que no te dé vergüenza.

— No estoy retrasando nada, y ¡sí, quiero tener una luna de miel auténtica! ¡Puedo tener lo que quiera, así que déjame en paz! —me espetó, pero yo no lo consideraba como lo más pesado en base a sus palabras. Cada una de ellas me llegó con lentitud al cerebro mientas detenía nuestro remedo de baile, y cada una me golpeaba con fuerza. Ella… iba… a… tener… una auténtica…

— ¿Qué? ¿Qué dijiste?

— ¿Sobre qué…?  Jake, ¿qué sucede?

— ¿A qué te refieres con tener una luna de miel auténtica? —espeté palabra por palabra. No podía creer que eso fuera cierto. No podía ser. Bella no sería capaz de usar ese humor tan negro—. ¿Siendo humana aún? ¿Estás bromeando? ¡Eso es un chiste malo, Bella!

Realmente malo. Demasiado negro.

— He dicho que me dejes tranquila, Jake —espetó—. Eso no es asunto tuyo, y yo no debería… —se debatía por usar ciertas palabras— no debería haberte hablado de ese tema. Es un asunto privado…

¿Así que la vida de mi mejor amiga no era asunto mío, eh? ¿Qué no debía importarme ella, eh?

La furia que estaba sintiendo en el momento gracias a la impotencia en el asunto me consumió de tal manera que no había prestado mucha atención. Mi espalda se tensaba en un arco extrañamente forzado, y detrás de él estaba ese fuego tan familiar, el fuego de la metamorfosis…

Por fuera de la capa de temblores y fuego vengativo, me llegaban palabras y reacciones variadas: el chupasangre pidiendo que me alejara de Bella, la voz de mi chico pidiéndome que nos retiráramos, el aroma de un lobo que estaba tocándome, alejándome de mi amiga, la condenada a muerte por un simple deseo de estúpida lujuria.

No podía ver nada más mientras entre Seth y el lobo negro, Sam, me empujaban de vuelta al bosque. Detrás de ellos venía Quil, haciendo la retaguardia. Nos alejábamos estratégicamente de ellos, hasta dejarme a varios metros del árbol en donde estaba posada mi motocicleta.

¿Por qué cuernos Bella seguía siendo tan estúpida, arriesgando su vida por deseos descabellados con el vampiro ese? ¿No podía esperar un tiempo a que fuera vampiresa para así poder hacer lo que quisiera? ¡Ah, no! ¡La niña inteligente quiere ser humana para cuando pase!

— ¡Jake! ¡Jake, amor! —me llamaba Seth. La furia que sentía no me dejaba apreciarlo bien, pero sabía que estaba enfrente de mí, intentando devolverme a la realidad.

Los temblores no podían cesar, pero la metamorfosis no parecía querer desarrollarse. El fuego amenazaba con extenderse por todo mi cuerpo, pero intentaba, con todas mis fuerzas, mantenerlo en mi espalda. No querría transformarme tan cerca de Seth. No iba a pasar por lo mismo que Sam pasó con Emily.

— ¡Jacob Black! —la voz de Seth ahora sonaba más seria y madura que en las últimas semanas. El efecto me tomó por sorpresa que no vi venir la mano abierta que se había estampado limpiamente en mi mejilla derecha.

En una situación más normal, aquélla bofetada me hubiera sacado de quicio. Pero había sido Seth quien me la había dado, y al instante mis temblores desaparecieron.

— ¡Por fin! —exclamó este, preocupado—. Lo escuchamos todo, Jake. Lo siento mucho. —masculló, quien sabe si para disculparse tanto por las palabras de Bella como por la bofetada.

— ¿Cómo se atreve…? —espeté palabra por palabra, acompañadas de saliva y bilis—. ¿Cómo cree que saldrá de ello?

— Tranquilo, Jake —me canturreó Seth mientras me tomaba el rostro con ambas manos—. Calma, todo irá mejor.

— Pero Bella…

— Bella es adulta, cielo, y ella sabe en lo que se mete. Tampoco me agrada mucho la idea, pero no podemos hacer nada. Si ella confía en Edward, yo también lo haré. Deberías hacerlo tú también.

— Pero es mi amiga…

— También es mi amiga.

— No estabas enamorado de ella en el pasado.

Al momento en el que se lo dije, retrocedió y me quitó las manos de encima, como si de pronto mis mejillas hubieran adquirido propiedades ácidas. Me miró con los ojos abiertos de par en par.

— No me digas… que aún… aún…

— No, Seth. No es eso.

— ¿Y entonces?

— Es mi mejor amiga, independientemente de lo que hubo alguna vez.

— Entonces creo que deberías apreciar su decisión, ¿no? Si ella es feliz, deberías serlo también. Los amigos se apoyan mutuamente y se dan ánimos cuando están en búsqueda de lo que realmente desean en el mundo. Es como si persiguiesen sus objetivos máximos. Y si el objetivo máximo de Bella era el poder estar con Edward, ¿quiénes somos para impedirlo?

— ¿Es que acaso ya contemplas tus objetivos máximos en la vida, Seth?

— Los objetivos máximos de todas las personas en este mundo deberían ser vivir y aprender. Y yo los tengo.

— ¿Y qué ganas con eso?

— ¿Aplicándolos bien? Aprender a vivir y vivir para aprender. —me contestó con una forma tan serena, tan madura, que no reconocí al chico sensible que se me había declarado hacía unas semanas, al muchacho dulce y lindo de la parrillada de hamburguesas.

Era curioso pensar que Seth estaba madurando demasiado rápido. Ahora lo veía como si él tuviera dieciséis en lugar de catorce.

Esto me ayudó a tranquilizarme casi por completo. Aún estaba molesto con Bella por su pronta estupidez; me pregunté si de verdad sería tan idiota como para tener sexo con el vampiro que podría matarla en el intento.