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Historia 151791 — capítulo 10

Primera parte

Blanco****inmaculado

Entonces, abrió los ojos y la luz matinal volvió a caer sobre ellos cegándolos por un instante. Acababa de cruzar la barrera con éxito, y frente a él, una locomotora de color escarlata esperaba en el andén repleto de magos y brujas que iban caminando en todas direcciones haciendo frufrú con sus túnicas. A su cabeza, un rótulo decía: «Expreso de Hogwarts, 11 h». El chico miró hacia atrás y vio una arcada de hierro donde debía estar la taquilla, con las palabras «Andén Nueve y Tres Cuartos».

Joffrey empujó su carrito y sonrió satisfecho al comprobar su reloj: había llegado justo a tiempo. Estaba a punto de emprender su tercer viaje rumbo al colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Un nuevo año.

Había mucho movimiento y ruido de las diversas charlas mezclándose con el malhumorado ulular de las lechuzas llamándose unas a otras; el de los pesados baúles siendo arrastrados a lo largo del andén y el maullar de los gatos entre las piernas de la gente. El ferviente acostumbrado caos de principio de curso revoloteaba con efusividad.

El silbido de la locomotora amenazó a la multitud, y un albo humo comenzó a elevarse sobre las cabezas ataviadas de sombreros puntiagudos. Joffrey empujó su equipaje por delante y se dio prisa como todos los demás estudiantes. Desde fuera, pudo ver que los primeros vagones estaban ya repletos de estudiantes; algunos se asomaban por las ventanillas para hablar con sus familiares, otros discutían sobre los asientos que iban a ocupar. Se apresuró entonces hacia un corro de alumnos que se apiñaba en una de las puertas, y esperó su turno para abordar junto con su pesado equipaje. Avanzó a lo largo del estrecho pasillo del tren con un deje de indiferencia para que cada que se asomara por algún compartimento, sus ocupantes pensaran que estaba buscando a alguien en específico y no pareciera estar despistado.

Acababa de dar apenas un par de pasos cuando el tren dio un ruidoso bandazo. Acto seguido, la voz grave de un prefecto hizo un llamado de apremio a los que faltaban de abordar. Joffrey continuó buscando un lugar libre cada vez más agobiado. A medida que avanzaba, comprobaba que efectivamente sus temores eran ciertos: todos los vagones ya estaban ocupados, a excepción del último. Pasos antes de llegar, dio un indeciso giro para mirar entorno al pasillo, preguntándose donde se habrían sentado los demás. Chasqueó la boca. En realidad, aquel vagón no tenía buena fama: allí siempre terminaban los alumnos rezagados o los novicios de primero. Nunca le había tocado ocuparlo... en ninguna ocasión. Tal parecía ser que siempre había una primera vez para todo, y éste era su turno. Dejó caer los hombros redimiendo ese tormento que se le arremolinaba en el pecho, y caminó trabajosamente haciéndose a la idea de que compartiría a lo largo del viaje la incómoda compañía de un grupo de desconocidos. 

Corrió la puerta.

Lo que Joffrey no esperaba, era que al dar un paso dentro, se quedaría solidificado como una estatua de hielo. Sintió algo similar a un golpe en el estómago mientras escuchaba como la puerta corrediza se cerraba de golpe con el segundo bandazo.

En aquel compartimento, únicamente estaba un chico sentado junto a la ventana, mirando lacónicamente  hacia el andén nueve y tres cuartos que empezaba a desfilar lentamente. Aunque no volteaba la vista, Joffrey lo había reconocido inmediatamente.

No supo qué hacer en ese momento; pudo haber dado media vuelta, pero eso hubiera significado tener que ir de pie en algún pasillo conllevando así a convertirse en la burla de alguien. Así que sin mayor reparo, tiró de su equipaje hacia el asiento opuesto y cargo su baúl hacia la rejilla portaequipajes, mientras que la jaula de su mascota la deslizó bajo el asiento.

Sin siquiera voltear a ver al otro sujeto, como si no estuviera allí, Joffrey tomó asiento fijándose en la ventana, cuya imagen oscurecía por el fuerte sol de la mañana la visión de la gente que batía las manos para despedirse. La multitud estaba comenzando a retroceder como llevados por una cinta transportadora; más caras, más manos ondeantes y cuerpos desdibujados hasta que todo se desvaneció tras una pared al final del andén.

Joffrey suspiró silenciosamente. No pudo resistirse en voltear cuando su mascota maulló escrupulosamente a sus talones. El chico pareció no haberlo escuchado; miraba todavía por la ventana y se meció un poco para acomodar su túnica. Joffrey procuró en todo lo posible por que sus miradas no se cruzaran en ese lapso.

Al cabo de unos minutos de recorrido, el silencio en el compartimento se confinó con abochornante incomodidad. Joffrey repasó discretamente las palmas de sus manos sobre su pantalón solo para hacer algo, y casi sin darse cuenta, miró fijamente hacia al muchacho que tenía un semblante relajado y sereno, observando cómo Londres pasaba ante las ventanas con rapidez. 

¿En qué sección del tren estarían los demás? Se preguntó Joffrey nuevamente imaginando a su par de amigos divirtiéndose; conversando sobre las novedades de sus vacaciones o gastándose bromas. Experimentó un grave sentimiento de abandono que se realzó cuando las risas otros de estudiantes se paseo lejanamente por el pasillo. Observó hacia la ventana con desgane. La ciudad se iba convirtiendo gradualmente en suburbios y zonas agrestes y algunas nubes nublaban por momentos la luz del sol. 

Joffrey volvió a mirar a Viserion Baratheon por el rabillo del ojo. Recargaba con desgarbo su cabeza en el respaldo, y descansaba despreocupadamente un brazo en la posadera. No podía comprenderlo. ¿Qué hacía él en aquel asiento, en el último vagón y no con sus decenas y decenas de amigos u admiradoras? Y es que Viserion era uno de los chicos más populares de Hogwarts. Por no mencionar que eran un campeón en casi todo lo que hacía.

Junto con su equipo de Slytherin, había ganado dos copas de quidditchen los últimos dos años; ambas victorias se habían debido principalmente a su majestuosa habilidad de buscador, sólo pudiendo ser comparada con la del famoso Harry Potter. La mayoría de los profesores idolatraban sus trabajos en clase, su forma de hacer las cosas al aplicarlas con desenvoltura y sin mayor dificultad. Viserion Baratheon, no sólo era el chico más reconocido, popular y habilidoso del colegio, sino que además, estaba dotado de una increíble belleza.

Joffrey recordaba perfectamente con rabia, que en la navidad del año pasado, Melisandre, la hermosa chica que había aceptado ir con él al Baile de Navidad, había terminado por retractarse unos días antes para aceptar la propuesta del famoso Slytherin. Aquella había sido una terrible humillación de la que se supo a voces y de la cual se habló durante meses para su molestia.

Se preguntaba con cierta inquina si Viserion lo habría reconocido al entrar a ocupar el mismo compartimento; aunque de no ser así, no le extrañaría en lo más mínimo. A diferencia de él, Joffrey no era nada popular, ni tampoco tenía alguna habilidad en especial. Jamás se habían presentado. No tenían amigos en común, y era posible que ni siquiera supiera su nombre, como él sabía el suyo. Joffrey suspiró cuidadosamente. De todos modos… ¿para qué querría él una amistad como la suya? Por encima de su efectividad en las actividades escolares; sus atributos y habilidades le habían conferido una prepotencia escrupulosa y visceral. Sus aires de grandeza y extrema popularidad, se basaban prácticamente en su dominio categórico con el que se mostraba siempre con seguridad. Esto debido a la familia de sangre pura de la que provenía; una de las que se posicionaba entre las más ricas e influyentes de Gran Bretaña.

¿Qué hacía Viserion Baratheon allí, sólo, en el último vagón del tren?

Debajo del asiento, se produjo otro ruido. Joffrey se inclinó para mirar a su mascota que probablemente iría inquieta en el reducido espacio de su jaula, y acercó una mano para pasear un dedo entre las rejillas. Una garra peluda se lo intentó cazar con agilidad y un par de ojos color esmeralda fulguraron desde su oscuro interior.

—¿Es tu gato? —preguntó una voz gruesa frente a él.

Joffrey todavía inclinado bajo el sillón, sintió que el aire escapaba de sus pulmones indeliberadamente. No entendió nada por un instante, y casi perdió el equilibrio. ¿Viserion acababa de dirigirle la palabra? ¿Había escuchado bien? Sin todavía separar los labios para formular su respuesta, Joffrey levantó precavidamente la vista y contempló los ojos claros y pálidos del muchacho sentado frente a él, esperando con aire estoico.

Si, Viserion acababa de hablarle.

Lo supo porque, aunque tenía su misma expresión habitual de petulancia, de perpetua presunción, casi pudo notar que la comisura de sus labios se curvaba.

En ese momento, el tren dejó atrás unas pequeñas nubes y la luz volvió a iluminar en pleno sobre el vagó. Joffrey contempló como el cabello de Viserion que era de un rubio muy claro, se volvía casi de un blanco inmaculado bajo los rayos pálidos del sol.

—Es gata… —respondió él con un deje de cortedad—. Arya,se llama.

Considerando que la plática había terminado, Joffrey volvió a desviar la vista hacia el paisaje donde en ese momento se fraguaban pliegues de colinas y cordilleras asemejando las ondas de un mar cetrino. 

Tenían por delante varias horas de camino; sería un largo viaje hasta Hogwarts.