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El Giramundos: Mochileras de las Dimensiones (HP, Juegos del Hambre, Saga Crepúsculo, Idhun, Divergente, Percy Jackson) — capítulo 11

Cuando llegaron a la tienda de la señora Turner estaba tan oscuro que apenas se veían entre ellos. Will cogió una antorcha de la pared exterior de la tienda y la encendió con una cerilla. Le pidió a Jolinne que la sujetara mientras él abría la puerta con llave; crujió un poco y entraron todos.

Olía a cerrado y a madera vieja. Dieron un par de pasos lentamente, con Jolinne manteniendo la antorcha en alto y la madera crujiendo a sus pies.

No debe entrar mucha gente a esta tienda, ¿verdad? -susurró Mayleen a Will- es un poco siniestra.

Los que entran saben a dónde vienen. -contestó, hablando también en voz baja.

¿A qué te refieres? ¿No era un negocio de plantas medicinales?

No exactamente. Lo que vende son objetos extraños y únicos que encuentra en sus viajes. Es un poco…

Chsst! -Katherine los cortó, girando la cabeza hacia un punto en concreto de la tienda- ¿Habéis oído eso?

¿El qué?

Voy a mirar -Katherine sacó el cuchillo y lo sostuvo firme en la mano.

Te acompaño -susurró Mayleen, sacando otro cuchillo.

Se acercaron al punto donde Katherine había escuchado un ruido. Los demás se quedaron mirando, a la expectativa. De repente, se oyeron voces y gritos de un hombre, así como forcejeos. Jolinne se acercó asustada, alumbrando con el fuego para ver mejor. Cuando Will estaba ya listo para entrar en combate, aparecieron Katherine y Mayleen sosteniendo a un hombre entre los brazos, mientras le amenazaban ambas con el cuchillo.

¿Puede ser este el ladrón, Will?

No, no es él -dijo el rubio, aunque le echó una mirada de asco. Sylvie lo entendió, ya que el hombre parecía borracho y algo maloliente- dejadlo al suelo, no creo que os ataque en el estado en el que está.

Hicieron lo que les dijo, y el hombre cayó al suelo sin apenas sostenerse sobre sus piernas.

Tu padre habría sido más considerado conmigo, hijo.

Cállate, Sparrow -Will se acercó a él, mirándolo desde arriba- ¿Puedo preguntarte qué hacías en mi tienda?

Tu madre me dijo que viniera cuando quisiera. Honrada, tu madre. Cabezota, pero honrada. -el hombre arrastraba las palabras por su embriaguez.

No se refería a que usaras nuestra tienda como cobijo para beber el ron que te pagas con lo que robas.

¿Es que ya no acoges a viejos amigos, muchacho? -se alzó como puedo del suelo, tambaleándose.

Podemos seguir buscando, chicas -Will se giró hacia ellas, sin hacer caso al borracho- voy a repartir el fuego por las antorchas de las paredes para que nos veamos.

Jack Sparrow se tambaleó hacia el joven y le pasó un brazo por los hombros, acercando demasiado su cara a la suya.

  • Tu padre me debe una gorda, chico. Recuérdalo antes de deshacerte de un capitán con poder...

Tu poder no alcanza este pueblo, y menos la casa de mi madre.

¿Y estas monadas? -el borracho, con su voz ronca, acarició la piel de Sylvie, quien se apartó asqueada- ¿Las has traído como regalo a tu tío Jack, pequeño Willy?

Katherine le dio tal tunda que lo lanzó al suelo de nuevo. Inconsciente, no se volvió a levantar.

Lo siento. No soporto tíos así.

No te disculpes. Vamos a seguir buscando, él ya despertará.

Buscaron durante un par de horas. Las chicas en seguida entendieron lo que quería decir Will con lo de los objetos extraños: había diferentes tipos de amuletos, potingues extraños, cadenas, armas que no sabían ni por dónde se cogían, y un montón de objetos más que ni sabían lo que eran. Registraron todo el comercio, la recámara, los suelos, techos y paredes. En un par de ocasiones, Katherine y Sylvie encontraron dos cofres, pero Will lo descartó diciendo que no eran el del corazón. Exhaustos, se sentaron en círculo para descansar.

Es demasiado tarde para volver a casa -indicó el muchacho-. Durmamos aquí y mañana ya se nos ocurrirá alguna cosa.

Nadie puso objeción, e improvisaron unos lechos para dormir acurrucados. Jolinne se estiró junto a Will, cogiéndole la mano en la oscuridad como si fuera un secreto.

Todas agradecieron el descanso, a pesar de ser sobre la madera fría del establecimiento. Sin embargo, al cabo de unas horas algo despertó el sueño liviano de Mayleen: por las rendijas de sus ojos medio cerrados, vio una persona entrar silenciosamente en la tienda. La pelirroja se despertó del todo, pero siguió haciéndose la dormida. Agarró fuertemente el cuchillo guardado en su bolsillo y esperó a que la figura estuviese lo bastante cerca.

Cuando le vio los pies, se levantó de golpe y apuntó el cuchillo en dirección a ese extraño. Descubrió que era una mujer, con además muchos reflejos: ella sacó una espada rapidez y se puso en posición de guardia.

¿Quién eres? -preguntó Mayleen, tratando de demostrar firmeza y agresividad en su voz.

Eso debería preguntártelo yo -la mujer tenía un deje de poderío, mucho mejor que el que trataba de aparentar la pelirroja- Estáis en mi tienda.

Oh, eres... Eres la madre de Will -Mayleen bajó el cuchillo, pero su oponente no hizo lo mismo-. Hemos venido aquí para ayudarlo.

No pareció creerle del todo, pero desvió la mirada hacia su hijo y las otras chicas, quienes empezaban a despertarse también.

¿Mamá? -el adormilado muchacho se levantó y corrió a abrazarla- pensaba que no volverías hasta...

Lo sé, me he adelantado -ahora sí guardó la espada, al tiempo que devolvía su abrazo- Tenía que volver. No me has presentado a tus amigas, Will.

Éstas son Mayleen, Sylvie, Katherine... y ésta es Jolinne.

Todas se saludaron respetuosamente con la cabeza. Jolinne observó a Elizabeth: algunas arrugas surcaban ya su rostro, pero no había duda que había sido una mujer muy bella. Reparó en que la miraba a ella un segundo más que a las demás chicas. ¿La habría visto durmiendo con la mano cogida a la de su hijo?

No te cabrees conmigo, mamá, pero... Les he contado nuestro problema, porque pueden ayudarnos.

¿Que has hecho qué, William Turner? -Elizabeth se puso como una fiera.

Somos de fiar, lo prometemos -aclaró Sylvie.

¿Crees que me sirve con la palabra de una colegiala? -Se dirigió hacia las chicas- Qué sois, ¿del gobierno? ¿Venís como espías?

Id a la recámara un momento, chicas -dijo Will- tengo que hablar a solas con mi madre.

Se apresuraron a salir de la mirada enfurecida de la señora Turner.

Tenemos que largarnos de aquí -dijo Katherine- no quiero morir a manos de una pirada...

No está pirada -reprobó Jolinne.

¿No la has oído? ¿Espías del gobierno? ¡Es una paranoica! Probablemente tenga algún trastorno de la personalidad...

No, nada de eso. Os explicaré lo que me ha contado Will de ella, ¿de acuerdo?

Las demás asintieron, entre curiosas y nerviosas.

Cuando el padre de Will se marchó, Elizabeth se quedó con un navío pirata al que gobernar. Ella tenía principios y no quería robar a gente inocente. Pero pensó que podía aprovechar para luchar contra el enemigo del pueblo: los gobernantes avariciosos que se quedaban con los bienes del pueblo. Empezó a navegar buscando navíos en los que se transportaran riquezas y lujos. Una parte de ello se lo quedaba para mantenerse a ella y a su tripulación, pero la mayoría se lo devolvía a personas que no tenían nada.

Igual que Robin Hood -apostilló Sylvie.

Sí, igual que Robin Hood. Descubrió que estaba embarazada a los pocos meses, así que detuvo los viajes un tiempo. Pero cuando Will creció lo suficiente, retomó sus ataques en el mar. Ella se labró una buena reputación entre su tripulación y entre las personas pobres que le acabaron debiendo la vida. Pero de igual forma, se hizo famosa entre los gobernantes y la aristocracia, por lo que empezaron a buscarla y ponerle precio a su cabeza. En este pueblo la conocen por otro nombre, excepto por algunos pocos de confianza.

Y cree que nosotras pasaremos información sobre ella para el gobierno -entendió Mayleen- ahora comprendo su miedo.

Creo que su miedo es por algo peor -saltó Katherine-: imagínate que se enteraran de lo del corazón desaparecido...

Me temo que eso ya lo saben, querida -fue Elizabeth quien habló. Había entrado en la recámara con Will-. Hace unos días me enviaron un mensaje. Son ellos quienes tienen el corazón de mi marido.