El Giramundos: Mochileras de las Dimensiones (HP, Juegos del Hambre, Saga Crepúsculo, Idhun, Divergente, Percy Jackson) — capítulo 13
Jolinne se despertó poco a poco. En seguida se dio cuenta de que estaba recostada sobre el pecho de Will, quien mantenía una respiración regular, aún dormido. Trató de incorporarse despacio para no despertarle, pero el muchacho tenía un sueño liviano y abrió los ojos, reparando en ella al momento.
Buenos días, princesa -sonrió, bostezando- ¿cómo estás?
Bien -respondió ella, tapándose con las sábanas un tanto cohibida- ¿me pasas mi...? Eehm...
¿Esto? -Will alcanzó el sujetador negro de la chica, quien asintió, algo avergonzada- Toma.
Después de ponérselo, sintió sus brazos que la rodeaban desde atrás.
Jolinne, quiero decirte algo, porque quiero que lo tengas claro... -ella se giró a mirarle- Lo de anoche significó mucho para mí. No pensaba sólo en disfrutar porque sí, sino...
Lo sé -respondió ella- para mi fue igual, Will. -Se acercó a darle un tierno beso en los labios, que fue correspondido. Will sonrió, pero ella tenía aún una duda- Por cierto, ehm... bueno, no es que lo pregunte por ser cotilla, pero, tú has..., es decir, ¿tú habías...?
¿Hecho esto antes? Creo que sabías que tú eras la única para mí, Jolinne.
Ya, pero bueno, en este tiempo... es decir, hace ya dos años que no nos veíamos.
Will negó con la cabeza.
Ni un sólo beso con otra. Sólo podía pensar en ti.
¿De verdad?
De verdad.
Ella se sonrojó, algo sorprendida.
¿Y tú has... conocido a otros? -preguntó él.
¿Yo? Para nada.
¿Y por qué te sorprende tanto que yo tampoco?
Porque yo voy saltando de dimensión en dimensión -rió ella- y no puedo conocer a nadie de la misma forma. No es lo mismo que tú.
Él la volvió a besar. Se vistieron y salieron silenciosamente a la pequeña sala, donde las tres chicas seguían durmiendo en los sofás. Mayleen, aprovechando la ausencia de Jolinne, se había esparramado por todo el sofá, con una ligera babilla saliendo de la boca. La castaña se dispuso a despertarlas una a una.
Arriba chicas.
Voy a hacer el desayuno mientras se visten -comentó Will.
Pronto estaban todas vestidas y desayunadas. Elizabeth apareció por las escaleras con los vestidos y el traje de Will; por lo visto se había levantado más temprano.
Un carruaje os está esperando abajo. He alquilado el más elegante que he encontrado y pagado al cochero más discreto. Yo marcharé primero con otro caballo, y luego me seguiréis, sin tardar demasiado.
Se ataviaron con las prendas que se habían probado el día anterior. Incluso Will estaba muy elegante con su traje. Pero entre las telas ostentosas escondieron también armas y objetos mágicos extraños de la tienda que les iban a ayudar en su plan. Llegaron abajo y ahí estaba el carruaje y el caballo de Elizabeth.
Ella se despidió de su hijo con un fuerte abrazo y los ojos rojos de contener las lágrimas. No se dijeron nada, simplemente se abrazaron. Will seguía con la cara contrariada por tener que dejar ir a su madre a un juicio donde seguro la condenarían.
Finalmente, ella se separó y subió al caballo castaño. Lo apoleó y salió galopando hacia el este. Los demás, Will y las chicas, subieron al carruaje y se pusieron en marcha.
No debemos dejar mucha distancia entre tu madre y nosotros -indicó Katherine, girándose para decirle al cochero que fueran aprisa.
Will seguía con expresión de enfado y tristeza. Jolinne, notándolo, le cogió la mano.
¿Estás bien?
Tardó un poco en contestarle.
No es fácil tener que escoger entre la vida de tu padre y la de tu madre.
No lo estás escogiendo tú -recordó la castaña- es tu madre quien lo está decidiendo.
No dejo de sentirme mal por permitírselo.
Jolinne meditó unos instantes, con la mirada perdida.
¿Y si la tratáramos de rescatar mientras buscamos el cofre?
El muchacho negó con la cabeza.
Ella no lo permitiría. Diría que haría echar a perder todo nuestro plan.
Pero no tiene porqué saberlo. Y aunque vea que lo intentamos, no podrá hacer nada por impedirlo, porque ya estará a merced de los guardas.
¿Crees que podría hacerse?
Yo misma la seguiré, Will -le dijo ella- Así podrás concentrarte del todo en el cofre de tu padre, sin tener que estar pendiente de qué le harán a tu madre.
Él la miró a sus brillantes ojos verdes.
Eres increíble -sentenció, dándole un dulce beso- ¿De verdad lo harías?
¿Por ti? Lo que sea.
Las otras tres chicas los contemplaban sin decir nada. Sylvie sonreía emocionada con la escena, mientras que Katherine se centró en el plan de acción.
Sí, vale, muy bonito todo. Pero entonces tendremos que cambiar un par de cositas de nuestro plan.
Repasaron los detalles mientras llegaban a su destino. Cuando entraron en la ciudad bulliciosa, sus nervios salieron a flor de piel. Respiraron hondo conforme llegaban al lujoso edificio del gobierno.
Bajaron del carruaje alzando sus barbillas, fingiendo arrogancia. El cochero se acercó a los guardas para presentarlos, tal como le habían indicado ellas.
Anuncio a Sir Francis Gérard y a su esposa, Anabel Gérard, duques de Noruega. Les acompañan las primas de la señora Gérard, Jósephine, Rose y Miranda.
Will y Sylvie avanzaron los primeros, cogidos del brazo, fingiendo ser un matrimonio de la realeza. Al ser los dos rubios daban el pego como extranjeros del norte, y nadie puso en duda que fueran ellos, fingiendo que sabían de sobras quiénes eran para no quedar mal.
Bienvenido, señor Gérard -uno de los elegantes guardas les condujo hacia dentro- ¿A qué debemos el placer de esta inesperada visita?
Me temo que eso es algo que tendré que hablar con el gobernador a solas -contestó Will con firmeza.
Por supuesto, señor. El gobernador le atenderá enseguida, si tiene bien a esperar unos minutos, ya que ahora mismo está tratando un tema de suma importancia respecto a una delincuente...
No me gusta esperar -resopló Will-, pero entiendo los quehaceres del gobernador. ¿Le importa que mis bellas acompañantes y yo demos una vuelta por los jardines?
Para nada, señor. Siéntase libre de pasear por nuestro agradable jardín.
Gracias. Si mi esposa y su prima pudieran usar un momento vuestro aseo...
Por aquí, duquesa.
Sylvie entró dentro del lujoso edificio, acompañada de Jolinne y del guarda. Una vez las dejó allí, tardaron unos segundos en volver a salir del aseo.
Bien. Recuerda lo que tienes que hacer; luego sólo tienes que salir por los jardines por allí... -indicó Jolinne- te acordarás del camino, ¿no?
Sí, tranquila. Y tú... buena suerte.
Se lanzaron una mirada breve de ánimo y se dirigieron en sentidos opuestos del pasillo.
Sylvie merodeó por los pasillos, subió escaleras hacia el segundo piso, buscando con la mirada. Caminaba con la cabeza alta, como si tuviera todo el derecho a andar por allí, y funcionaba: nadie le llamó la atención para decirle que se fuera. Al fin encontró lo que buscaba: una puerta rodeada por dos guardas, ambos armados con una lanza y en posición de guardia. Sylvie sacó la pequeña caja que llevaba en el bolso, sin destaparla aún: contenía un mejunje verde que producía a todo aquél que lo olía un ralentizamiento en su pensamiento y en sus reflejos. Se acercó a los guardas con seguridad, y cuando estuvo lo bastante cerca, destapó la tapa.
Buenos días -trató de respirar por la boca- ¿Es ésta la sala dónde se custodia el cofre del corazón?
Los guardas cambiaron su expresión neutra a la de sorpresa, pero lentamente. Empezaba a hacer efecto el mejunje.
¿Cómo sabe usted...? -recordaron tardíamente que no podían revelar información- Disculpe, pero no podemos decir nada.
No se preocupe. Estoy al corriente del caso, sólo quiero asegurarme de que está bien resguardado, por ejemplo, con seis guardas...
Tardaron en responderle unos segundos.
No, sólo cuatro... Quiero decir, señorita, no nos está permitido dar información...
De acuerdo, gracias.
Sylvie tapó rápidamente la caja, pero era tarde para que no le afectara también a ella. Se dirigió hacia abajo, tan rápidamente como le permitía su mente, hacia los jardines. Encontró a Katherine esperándola al lado de la puerta.
¿Y bien? -Sylvie tardó en contestarle, y al hacerlo, su habla era lenta y pausada.
Cuatro guardas. Ventana posición sur. Segunda planta.
Katherine asintió y la tomó de la mano, para dirigirla con rapidez hacia los jardines, donde les esperaban Will y Mayleen.
Tiene que ser una de esas ventanas, chicos.
Se aseguraron de que no hubiera guardas por la zona mirando, y se acercaron a la pared exterior del edificio. La fachada tenía elementos decorativos con relieve, lo que les facilitaba mucho la tarea de trepar.
Sylvie, mejor quédate aquí -comentó Will, viendo que con sus escasos reflejos se caería en seguida- y si ves algún guarda, ve a distraerlo.
Los otros tres aprovecharon para subir y asomarse discretamente ventana por ventana. Mayleen y Katherine estaban teniendo ciertos problemas para moverse con sus grandes vestidos, por lo que iban más lentas al desplazarse, pero no se cayeron. No tuvieron suerte en las primeras ventanas que miraron, sin embargo la cuarta ventana a la que se asomaron tenía las cortinas corridas.
Tiene que ser ésta -aseguró Will- ¿Por qué iban a cerrar las cortinas en pleno día?
Bien, pues tendremos que ser aún más discretos.
Katherine, la especialista en cerraduras, sacó un alfiler y maquinó un rato en la pequeña rendija que había en la ventana. Al fin, pudo abrirla de forma discreta, y levantó muy lentamente la cortina, lo justo para ver qué había.
Era una sala simple, con pocos adornos. Dentro había cuatro guardas que miraban en sentido contrario a Katherine, hacia la puerta. Entre éstos y la ventana había una pequeña mesa redonda en la que descansaba un cofre oscuro.
Will se asomó a mirar también, y asintió, confirmando que era en cofre del corazón de su padre. Mayleen se acercó, sacando un pequeño tubo de hierro e introduciendo un pequeño dardo de efecto somnífero. Respiró hondo, lista para actuar.
Recuerda -apremió Katherine entre susurros- ¡debe ser rápido! Sé que eres la que mejor puntería tiene, pero es que si dan la alarma, la hemos cagado.
La pelirroja asintió, preparándose. Acercó el tubo de hierro a sus labios, y apuntó bien hacia el cuello del guarda más cercano. ¡Zas! Mientras caía al suelo, Mayleen introdujo otro dardo y disparó rápidamente al cuello del segundo guarda. ¡Zas! Los dos guardas en pie se giraron hacia sus compañeros, sin entender porqué habían caído. ¡Zas! El tercero también cayó, pero ahora el último guarda la había descubierto. Mayleen lo hubiera acallado a tiempo, pero vio con horror que su último dardo le había caído de la mano. El guarda estaba cogiendo aire en los pulmones para gritar y dar la alarma...Desesperada, la pelirroja tuvo un acto de impulso: se destapó la parte superior del vestido, para dejarse completamente desnuda de cintura para arriba. Eso sorprendió al guarda, ¡vaya si le sorprendió! se quedó con la boca abierta y algo aturullado. Eso les dio unos segundos de ventaja, que Katherine aprovechó para coger el tubo y el dardo, y lanzárselo al cuello, consiguiendo que cayese al suelo también. Katherine se giró hacia Mayleen.
Estás como una cabra, pelirroja.
Lo sé, pero ha funcionado, ¿verdad? -respondió riendo, tapándose con el vestido otra vez.
¿Ya puedo mirar? -preguntó Will, quien había cerrado sus ojos al ver que Mayleen empezaba a bajarse la ropa.
Sí, tranquilo. Jolinne no se podrá poner celosa.
Basta de cháchara. Cojamos el cofre y salgamos pitando.
Mientras tanto, Jolinne había ido a comprobar cómo le iba a Elizabeth Turner...
Nuevo capítulo! Espero que os esté gustando este mundo, ya no queda mucho hasta que las chicas viajen a la siguiente dimensión... ¿cuál será?? ;)
Gracías por los ánimos que me enviáis por los comentarios!