El árbol del ahorcado. — capítulo 73
73
Antes de que el sol salga e interrumpa nuestro sueño, Peeta me despierta, susurrándome que tenemos que darnos prisa, nuestro tren sale en una hora. Romper mi sueño de golpe me deja un poco aturdida, esta noche he soñado con Gale, pero no tengo tiempo para intentar averiguar por qué. Me levanto con rapidez y me doy cuenta que Peeta ya está arreglado y ha sacado todo el equipaje al pasillo. Me ha dicho que nos vamos un mes, pero aún no sé a dónde, dice que es una sorpresa. Me obsesiona bastante desconocer nuestro destino, pero confío en su criterio.
-Voy a preparar algo por si nos entra hambre en el tren.- me da un beso de buenos días antes de bajar y dejarme sola en la habitación.
Sin perder ni un solo segundo, me doy una ducha y me visto. Tengo que comprarme ropa, casi estoy en mi cuarto mes de embarazo y mi anatomía está ensanchándose. Me trenzo el pelo (me ha crecido bastante) e introduzco mis utensilios de aseo en una de las maletas. Por último, hago la cama y cierro las ventanas. Echaré de menos esta casa durante un mes, pero tengo muchas ganas de cambiar de aires. Nunca tuve la oportunidad de viajar cuando era niña, lo más que vi fue lo que me proporcionó la Gira de la Victoria y el primer viaje hasta el Capitolio, y no son recuerdos muy gratos, así que este viaje supone una gran emoción.
Peeta corre a ayudarme cuando oye mis intentos de bajar las maletas por la escalera. Me aparta con delicadeza y las baja él. Me siento muy inútil y el bebé no para de moverse, aunque agradezco no tener náuseas.
-No puedes manejar peso, Katniss.- me repite esa advertencia todos los días.
-Me siento inútil, no pesaba tanto.- me quejo, bajando a la primera planta.
-Solo es por unos meses.- me sonríe.- ¿Preparada para el viaje?
-Me gustaría saber a dónde vamos…- me río.
-Sorpresa.- me guiña un ojo.- No estés nerviosa.
-¿Tengo que dejar el arco aquí?
La pregunta parece resultarle estúpida, porque estalla en una carcajada y me mira con cariño.
-¿Tan rara ha sido la pregunta?
-No creo que a donde vamos necesites un arco.- me toma de las manos con candor.- Estaremos a salvo, Katniss.
Lo miro a los ojos y entiendo lo que está intentando decirme. Vamos a tomar un tren, aunque no sepamos a dónde nos va a llevar, pero no importa, no importa porque estamos juntos.
-Me siento rara si no lo cojo…
-No pasarás muy desapercibida si vas con un arco.- se ríe.- Además, estoy yo para protegerte.
Finalmente lo dejo, y siento que una parte de mí se queda junto al arco de mi padre, aunque supongo que será un recordatorio de que volveremos. Es tan temprano que solo nos cruzamos con los trabajadores de la estación. ¡Cómo ha cambiado todo desde que cesaron los Juegos! Introducirse en un tren ya no parece un viaje al matadero. La gente nos observa, porque reconocen a los trágicos amantes del distrito 12, y porque Peeta ha perdido el equilibrio varias veces por empeñarse en llevar él todo el equipaje. Es una estampa extraña. Intento disuadirle entre risas, pero sigue en sus trece. Me indica con la barbilla (tiene las dos manos ocupadas) que tengo que subir al único tren cuyas compuertas están abiertas, pero sigue sin decirme a dónde nos dirigimos. Entro, está prácticamente vacío, y una señora entrada en años, acompañada por dos chiquillas que parecen sus nietas, me saluda alegremente por mi nombre, aunque no sé decirle dónde vamos a apearnos.
-Por aquí, Katniss.- sigue indicándome.
Me despido de la amable señora y le sigo por el largo pasillo. Después de varios minutos de recorrido, se para en seco frente a una amplia puerta corredera. Alzo la vista y leo: "Zona C. Compartimentos privados".
-¿Es aquí?
-Sí, pasaremos aquí varios días.- abre la puerta con una tarjeta digital (no sé cómo demonios puede hacer tantas cosas a la vez) y le dejo pasar primero.
Me quedo varios segundos en blanco al ver una especie de camarote bastante amplio, como los que teníamos durante nuestros viajes al Capitolio, con una gran cama, una pequeña mesa repleta de comida y un baño demasiado elegante para lo que estoy acostumbrada. ¿Peeta ha organizado todo esto?
-¿Te gusta? Es un sitio algo estrecho y no pararemos de movernos durante días, pero pensé que sería mejor para el bebé y para ti que tomar un avión.- se seca el sudor de la frente y empieza a introducir nuestras prendas de ropa en el armario.
-Me recuerda a Effie.- pienso en voz alta.
-El armario es de caoba.- sonríe.
-¡Eso es caoba!- ambos nos reímos recordando las excentricidades de nuestra querida Effie.- Claro que me gusta, Peeta, es perfecto.
Como no he dormido demasiado, me tumbo sobre la cama cuando deshacemos todo el equipaje y reposo durante largo rato; el embarazo me fatiga en gran medida y me duele muchísimo la espalda. Peeta se sienta a escasos metros mientras pela una naranja.
-Hoy he soñado con Gale.- digo de pronto, sobresaltándole. Se queda en silencio, probablemente porque no entiende muy bien por qué he dicho eso.- Creo que debería hablar con él cuando volvamos. Llevo varios días dándole vueltas…, sé que ha intentado ponerse en contacto conmigo cuando se corrió la voz de que estaba embarazada, supongo que quería darme la enhorabuena, y…, no sé…, quizá haya sido demasiado dura.
-¿Quieres saber mi opinión?- asiento.- Creo que deberíais de hablar.
-¿Tú hablaste con él cuando volviste?
-Sí, claro que hablé con él. Le dije claramente que no me pareció bien que no te diera mis cartas, pero que tenía sus razones para no hacerlo, yo fui el que me marché. Yo no hubiera actuado así, pero no todo el mundo es como yo.
-Él sabía que yo necesitaba saber que estabas bien, que no todo se había ido al traste…, y le importó más su orgullo que lo que yo necesitaba. Le pregunté muchas veces si sabía dónde estabas, y lo supo en todo momento y no me lo dijo. Las cosas hubieran sido diferentes.
-No pongo en duda eso, no soy quién para juzgar, pero piénsalo ahora: ¿realmente quieres seguir culpándole? Yo creo que lo echas de menos pero que no sabes cómo romper el hielo después de lo que ocurrió. Él también puede que esté dolido, quién sabe, y sigue intentando retomar el contacto. No somos perfectos, Katniss.
Tiene razón: lo echo de menos, era el mejor confidente que he podido tener. ¿Realmente merece la pena seguir con este rencor?
-Tienes razón.- suspiro.- ¿Qué cara crees que pondría cuando se enteró de que estaba embarazada?
-Ya sabes qué preguntarle cuando lo veas.- Peeta es demasiado dulce. Poso mi intensa mirada sobre sus ojos azulados y él me mira sin entender.- ¿Tengo algo en la cara?- se ríe.
-¿Vienes?- le indico con la mano que quiero que se tumbe junto a mí. Termina de pelar la naranja con rapidez y se lava las manos. Me siento como en casa cuando se tumba a mi lado y me abraza.
-¿Quieres?- me ofrece un trozo de naranja y dejo que me lo introduzca en la boca.- Duerme un poco, dentro de unas horas podremos salir al exterior un rato.
Es raro. Nadie va a venir a matarme, nadie depende de mí, no tengo que luchar, la supervivencia ya no se gana. Supongo que esto es lo más parecido a ser feliz.
-Despiértame cuando lleguemos.- le susurro, aunque mis párpados ya están cerrándose.
-Descansa.- me besa la frente.- Buenas noches a ti también.- me acaricia el vientre.
Yo también le doy las buenas noches a esa criatura indefinida que llevo dentro y lo último que recuerdo estar pensando antes de caer dormida es que nuestro bebé será feliz, tendrá todo lo que nosotros no tuvimos, pero jamás le contaré que su madre enfundaba su cuerpo adolescente en trajes que ardían en llamas, que su padre vio morir a más de veintena de jóvenes que tenían toda la vida por delante, que nuestro amor fue una de las mentiras que más entretuvo a los habitantes de Panem…, porque eso forma parte del pasado y nunca permitiré que oiga cómo me dicen "chica en llamas".