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Historia 157149 — capítulo 12

Una vez dentro de la ciudad, decidimos buscar algún lugar de turismo, pero todos estaban cerrados, y era muy obvio, porque a las 3 de la madrugada todos estaban en sus hogares, durmiendo.

 No nos quedaba otra que buscar nuevamente un hotel, salvo que este sería para personas normales. No sé porque me dio la sensación de que íbamos a destruirlo, posiblemente por lo que paso en la gasolinera.

 Mire a Matt, pero él le estaba prestando atención a su martillo congelado, de no ser porque era algo sumamente raro, hubiese jurado de que estaba enamorado de su herramienta.

 Iba a preguntarle algo a Jack, como: "Oye ¿No tienes una novia escondida que posiblemente podría darnos un alojamiento?" pero decidí no hacerlo, todavía amaba mi vida y no quería perderla.

 Seguimos a Jack por las iluminadas calles de Calgary. Los edificios realmente eran altos, y algunos estaban llenos de publicidades, había uno que otro bar abierto y luego un lugar de comida rápida abierto las 24hs. Por suerte, mis amigos no escucharon cuando mi estomago reclamo comida.

 De repente me vi iluminada por un solo poste de luz. Mire a mi alrededor y todos habían desaparecido. Matt y Jack, las personas, los bares y aquellos edificios. Miré para todos lados a la vez que sacaba una flecha y la colocaba en el arco.

 Aunque estaba segura de que ni siquiera me veía amenazante.

 Los postes de luz se volvieron a encender, a diferencia de ver un lindo barrio, parecía estar atrapada en el más peligroso del lugar. En la vereda de enfrente había varias casas, una más aterradora que otra, incluso una de ellas tenía sangre en la puerta.

 Sentí unos pasos acercándose. Un grupo de matones se acercaba. Medirían unos dos metros o incluso más, tenían los brazos tatuados y la ropa con manchas de sangre. Se detuvieron frente a mí, y ahora que me fijaba mejor, uno de ellos tenía una mano humana estampada en su musculosa.

 Verán, cualquier persona normal estaría asustada y lo primero que haría sería huir, pero en mi caso, primero que nada a pesar de que yo era alta, no era buena corriendo, y segundo, mi cuerpo estaba paralizado de miedo, nunca me había enfrentado a una situación sola, lo de Dylan no daba tanto miedo comparado con estos tipos.

 Ni siquiera pude hacer el esfuerzo de sonreír falsamente para ocultar mi miedo. Sentí aquella sensación de empezar a encogerme, y quedar como si fuera un ratón al lado de ellos.

 El que lideraba el grupo me sonrió, y eso me causo escalofríos. Tenía dientes amarillos puntiagudos, casi como la de los tiburones. Retrocedí, chocándome con el poste.

— ¿Estás perdida, querida? — Inquirió el grandote.

— Para nada, simplemente me gusta dar paseos por aquí. — La voz me tembló a medida de que iba diciendo algo.

— ¿También te gusta dispararle a las personas, eh? — Dijo el tipo a su derecha.

— Una costumbre familiar. — Agrego uno del fondo. — Desde aquí se huele que es una mestiza, hija de Apolo seguramente.

— Con que ella es la pequeña, no creo que Apolo este feliz si eres nuestro desayuno. — Sonrió el líder. — Pero como nosotros odiamos a todos los divinos, no nos importará.

 Iba a replicar algo, pero dos de los gigantes me levantaron como si yo fuera una pluma, podría haberlos golpeado, pero eso empeoraría todo, solo me quedaba pensar un plan hasta que llegáramos a su cueva.

[…]

 Durante mi "lindo" viaje a la guarida de los matones, se me ocurrió un plan, aunque no podía evitar escuchar sus comentarios: "Será más fácil que la matemos ahora antes de que la maldición la mate." "Ella no le perdonará la vida" "Dudo que sobreviva un día más". Comentarios alentadores.

 Una vez dentro de su espeluznante guarida, me ataron a una silla y pusieron un caldero al fuego, mientras discutían la forma en la que me cocinarían. Juraba que si mi plan funcionaba iba a escribir un libro que se llamará "Como cocinar a una Floyd Cooper".

 El líder se me acerco, y me miro, seguramente pensando si tendría un sabor más rico por ser una mestiza. Entonces mi estomago sonó. Genial, gran momento para pedir comida.

 Entonces una idea cruzo mi mente, una mejor que la anterior. Sonreí.

— Um, señor. — Llame.

— ¿Qué quieres, mestiza? — Me pregunto.

— Quería pedirle si puede traerme, ya sabe, algún brazo para que yo pueda comer. — La sola idea de comer la parte de un cuerpo humano me dio asco, pero si fingía ser como ellos, seguramente saldría viva.

 Las posibilidades eran una de cien.

— ¿Un brazo? ¿Eres caníbal o qué? — Me miro como si no me creyera.

— Lo soy, es por eso que mi padre, Apolo no quería reconocerme, ya sabe, soy una deshonra para él. — Mentí, porque ni siquiera sabía que opinaba mi padre sobre esto. — Y realmente ustedes no quieren comer a una mestiza que no está bien alimentada ¡Se morirían de hambre!

— Ugh, está bien, mandaré a mis reclutas para que te consigan algo de comer, pero yo me quedaré aquí a vigilarte. — Dijo el líder, para después acercarse a sus compañeros caníbales y comentarles mis demandas.

De un momento a otro, en la cueva solo nos quedamos él y yo. Fue fácil crear una conversación donde yo explicaba lo "marginada" que era en el campamento por amar comer humanos, y el líder solo asentía como diciendo "Yo te entiendo, sis*." Algo bastante cómico si ustedes no fueran el desayuno.

 Entonces, él me dio una camisa con una frase: "Los humanos son mas deliciosos que los cupcakes". Dude en colocármela, pero tal vez eso significaba que me invitaban a unirme a su grupo.

 Obviamente la camisa me quedaba más como un vestido, y olía a sangre. Seguramente sería algún nuevo perfume francés del cual yo no tenía la menor idea.

— ¿Y esto? — Pregunte.

— Obviamente porque eres una muchacha con bastante agallas. Ninguno de nosotros le dispararía a Hermes una flecha que lo hirió, por más que odiemos a los dioses, y la manera en la que explicaste que volaste esa gasolinera y te comiste los cuerpos de las personas. — Explico. — Mereces tener mi puesto.

 Okay, si, había mentido, pero era para salvar mi pellejo, aunque no era del todo mentira, ya que si le dispare a Hermes y si había hecho volar una gasolinera. No creía que fueran a creerme, pero eran bastante idiotas al parecer.

— ¿En serio? — Parpadee varias veces, tratando de parecer tierna. — Desde ahora, juro que a mi grupo sin importar que.

 El tipo me desato, y me coloco en la piedra más alta, el muy idiota también me dio mis armas. En ese momento me sentí como si fuera la reina de los caníbales, algo extraño y perturbador, pero al menos era algo así como de la realeza.

 Rogaba a todos los dioses que hicieran que los gigantes caníbales se tardarán en buscarme un brazo humano, porque vomitaría, y eso me delataría, lo cual sería malo.

 Empecé a pensar un plan para escapar sin que se dieran cuenta. La única salida posible era la entrada de la cueva. Me adelante un paso, para mirar hacia abajo y choque con algo.

 Frente a mi había una larga cuerda llena de vacas, para mi suerte no estaban muertas, solo adormecidas, parecía que de los grandulones no se salvaba nadie.

 La cuerda finalizaba a un metro de la entrada. Si me deslizaba al mejor estilo espía, tal vez saldría viva, pero tendría que hacerlo antes de que los otros grandulones lleguen.

 Me colgué el arco en la espalda y agarre el gancho que colgaba. Mire al único grandulón que había en la cueva, al parecer en realidad si iban a cocinarme, ya que tenía un caldero al fuego que decía "Hija de Apolo", bien, eso me enseño que los caníbales no son personas confiables.

 Entonces me lance. Seguro que ustedes alguna vez se han llevado por delante a las personas cuando caminaban en la calle, bueno, imagínense golpeándose cada tanto con una vaca. Totalmente horrible y doloroso.

 Trate de no quejarme, porque si no él se daría cuenta de que su preciado desayuno estaba escapando. Cuando llegué al final de la cuerda me encontré con el "pequeño" problema de que no había nada más que un vació entre yo y el suelo.

 Bien, no le tenía miedo a las alturas, pero si me lanzaba al mejor estilo espía, seguramente me rompería las piernas. Fue muy tarde cuando decidí lanzarme, porque los otros grandulones habían llegado de su búsqueda.

 Todos comenzaron a preguntar dónde estaba yo. Me solté y caí sobre los hombros de uno de ellos, ni siquiera pareció darse cuenta hasta que lo pise fuerte para volver a saltar, esta vez caí al piso.

 Las piernas me temblaron, pero corrí fuera de la cueva. Ellos comenzaron a perseguirme, y podría decirse que fue casi instintivo cuando una de mis flechas voló hacía una roca y tapo la entrada de su guarida.

 Me mire las manos. Una de ellas sujetaba el arco, y la otra temblaba. No sentía mis pies. Estuve cinco minutos sentada a las afuera de la cueva, pensando en la nada.

 Entonces me levanté, no sé cómo, pero lo hice. Las piernas me temblaban todavía, por lo que camine lento. Pasé por el barrio donde tuve mi encuentro con los matones. Digamos que daba miedo.

 Debí de haber hecho unas 30 cuadras, cuando por fin salí de aquel barrio. Me di cuenta al ver el lugar de comida rápida y a Jack y Matt sentados en la acera. Con cautela me acerque, estaba seguro de que se levantarían y me dirían: "Oye ¿Dónde estabas? El mundo está a punto de acabarse."

— ¡Ahí está! — Exclamo Matt mientras se levantaba de un salto y me señalaba.

 Vi que venía hacía mi, en plan de: "Voy a matarte porque no pude dormir", pero hizo algo que me sorprendió.

 Me abrazo. Si, solo un simple abrazo, pero era extraño viniendo de Matt, el tipo que amaba más a su martillo que a cualquier persona. Le di unos golpecitos en la espalda, como diciendo: "Descuida, estoy bien."

— Hueles a ganado. — Me susurro, mientras se separaba. — ¿Y por qué estás usando esa camiseta? ¿Y esa sangre? ¿Dónde estuviste, boba?

— Hey, son muchas preguntas y necesito descansar. — Dije, mientras sonreía.

— Me temo que eso no es posible, estuve pensando en la profecía. — Jack se acercó, mientras me miraba. — Y la caja que buscamos es la de Pandora.

*Sis sería el diminutivo de sister que significa "hermana" en inglés.