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Orgullo Merodeador — capítulo 34

Habían pasado varias horas, pero, aun así, cuando el profesor Dumbledore abandonó la enfermería se encontró con Samantha, sentada en el suelo con la vista clavada en la puerta; a su lado, Kevin le hacía compañía, sosteniendo su mano con delicadeza, tratando de trasmitir tranquilidad.

A pesar de que Madame Pomfrey había mandado a vaciar la enfermería, para que nadie pudiese esparcir rumores malintencionados, Samantha había decidido esperar noticias de su mejor amiga, aunque tuviese que esperar todo el día y la noche.

—¿Se pondrá bien? — Preguntó poniéndose de pie de un salto— ¿Profesor?

—Físicamente está bien

Dumbledore sabía que esa respuesta no hacía más que alarmar a la joven tejona, pero no se podía permitir trasmitirle falsas esperanzas. Apoyó su mano delicadamente en el hombro de Jessica y esbozó una media sonrisa.

—La enviaremos a casa por unos días, necesita un tiempo alejada de aquello que le perturba —Explicó el hombre, viendo como las lágrimas de Samantha abandonaban una a una sus ojos.

—Entiendo —Sam tragó saliva para deshacer el nudo que se había formado en su garganta y apretó con fuerza la mano de Kevin— ¿Podré verla antes de que se marche?

Dumbledore negó suevamente y luego se disculpó con los dos jóvenes y se marchó. Entonces Samantha dejó escapar su llanto sin retenciones. Su mejor amiga había intentado quitarse la vida y todo era su culpa. Si tan sólo ella no la hubiese alentado a pelear por lo que quería…

—Jessica estará bien, Sam —Susurró Kevin abrazándola con fuerza— No llores, por favor.

—Todo es mi culpa, Kev —Sollozó ella con el rostro escondido en su pecho— Se volvió completamente loca y todo es culpa mía.

—No digas eso, Samantha

Kevin deshizo el abrazo para poder mirarla a los ojos con severidad. No permitiría que ella cargara con la culpa de la inestabilidad de Jessica. No era su culpa y nadie podía decirle lo contrario.

—Kev, tu no entiendes —alegó ella— Tendría que haber hablado con alguien sobre lo que pasaba con ella, no tendría que haber ocultado sus locuras…

—Sam, tu no eres responsable por las acciones de Jessica, por favor entiéndelo —Suplicó Kevin, dolido por verla tan culposa.

—Por favor, no me regañes —Pidió ella entre sollozos y volvió a abrazarlo— Por favor…

Lo único que pudo hacer Kevin en ese momento fue abrazarla con todas sus fuerzas, acariciándole el cabello.  Pasaron allí varios minutos en completo silencio.

Fue Remus quien los sacó de su pequeño mundo de tranquilidad, cuando apareció en el pasillo de le enfermería buscando noticias sobre Jessica. Dominique venía con él, con una expresión de terror absoluto.

—¿Han sabido algo? —Preguntó Remus, rogando que su interés no fuera mal interpretado por Samantha— ¿Ella está bien?

Sam asintió y luego negó. ¿Estaba bien su amiga? Físicamente sí, eso había dicho Dumbledore, pero eso no significaba que Jessica estuviese bien en absoluto.

—La enviarán a casa —Comentó Kevin, al ver que Samantha no decía nada— Para darle tiempo a recuperarse.

—Siento que esto es culpa mía —Murmuró Remus, mortificado.

—No digas eso, Rems —Pidió Dominique acariciándole el brazo— No es culpa de nadie, ni siquiera de Jessica.

Samantha se sorprendió al escuchar a Dominique decir eso. Sabía la rivalidad que se había instaurado entre ellas, mayormente culpa de Jessica, amenazando su noviazgo con el chico Gryffindor. Ahora podía ver a que se refería Kevin cuando decía que Dominique había derretido su corazón. Remus hacía que su luz interior brillara con más fuerza.

—¿Tiene sentido que sigamos aquí? —Preguntó Kevin, mirando a Sam— Creo que todos necesitamos un chocolate caliente.

—Si —Acordó Sam, soltándo un suspiro— Estoy completamente de acuerdo

Realmente ya no tenía sentido quedarse esperando allí. Dumbledore había dejado en claro que no podría ver a Jessica antes de que la enviaran a casa y ya había tenido las noticias que necesitaba.

—Remus tiene la mejor reserva de chocolate en todo Hogwarts —Chismorreó Kevin, como si de un secreto de estado se tratara.

—Pero sólo por esta ocasión, nos convidará un poco —Prosiguió Dominique sonriéndole a su novio.

Remus puso los ojos en blanco. Su reserva de chocolate privada era algo muy importante para él y le costaba mucho compartirla con alguien, por muy novia o mejor amigo que fuera.


A pesar de los esfuerzos de Madame Pomfrey por mantener el asunto en secreto, el rumor del intento de suicidio de Jessica Ridgely llegó hasta el salón de té de Madame Tudipié, donde Willa hacía esfuerzos increíbles por seguir atenta a la conversación.

Habían pasado al menos dos horas, bebiendo té y conversando de cosas tan sencillas como el clima o los difíciles exámenes que se avecinaban. Willa miró a su alrededor, todas las personas que se encontraban en ese momento en el salón de té, estaban hablando de Jessica e incluso algunos se habían marchado con la esperanza de poder ver algo. Willa estaba preocupada por la noticia; Jessica no era precisamente su amiga, pero la conocía y eso era suficiente para generar preocupación.

Lo que más le molestaba era el poco tacto que había tenido Edgar, que sólo se había limitado a levantar la mirada con desprecio y susurrar, sin intenciones de ser escuchado «Ojalá esto no me arruine la cita» Pero Willa lo había oído y desde ese momento todo lo que quería era marcharse de allí.

Podía ser que Edgar no tuviese fama de mujeriego o rompecorazones, pero de haber conocido esa faceta de su personalidad antes, Willa jamás hubiese aceptado una cita con él, ni siquiera para quitarse algunas dudas. Edgar llevaba más de una hora hablando prácticamente sólo, apenas dejaba que ella dijera algunas cosas y sólo contaba anécdotas que seguramente para él era de lo más hilarantes y a Willa sólo le causaban indiferencia.

Sirius podía ser un mujeriego rompecorazones, egocéntrico y dramático, pero también le daba espacio a ella, jamás una conversación con Sirius se había centrado en él. ¿Era esa una señal suficiente? Willa no lo sabía, pero ya no estaba dispuesta a soportar más.

Se puso de pie casi en un salto, haciendo que la mesa se agitara un poco, Edgar la imitó con expresión de sorpresa.

—¿Qué sucede? —Preguntó— ¿Te has hecho daño?

—No Edgar, estoy bien —Aseguró ella— Creo que es momento de marcharme.

Rebuscó en los bolsillos de su túnica unas monedas que dejó sobre la mesa a modo de pago por el té que habían estado bebiendo y se marchó mientras se ponía el abrigo.

A Edgar le tomó unos segundos reaccionar y seguirla.

—¿Willa?

La alcanzó casi en la esquina, caminando a paso seguro hacia la zona de carruajes, dispuesta a volver a Hogwarts. La castaña no se detuvo, por lo que Edgar tuvo que seguirle el paso mientras intentaba obtener una respuesta.

—¿Quieres decirme que he hecho mal?

Luego de unos metros, Edgar se cansó de la indiferencia de la castaña y la tomó con fuerza del brazo, deteniendo su marcha para obligar a Willa a mirarlo a la cara.

—Contéstame

—¿Para empezar? —Miró el lugar exacto donde la mano de Edgar apretaba su brazo— Suéltame —Dijo con severidad.  Edgar la soltó— No es que hayas hecho algo particularmente mal… —intentó explicar— Aunque claro que rogar que una tragedia como la que sucedió no te arruinara una cita, habla mal de ti.

—Pero eso…

—Además —Interrumpió ella— No has parado de hablar de ti en toda la cita y si te soy sincera —Suspiró— Puede que no tenga mucha experiencia, pero me gusta que me tomen en cuenta también.

—Willa lo siento mucho —Pidió el muchacho—A veces me dejo llevar… Por favor, dame otra oportunidad.

—No es una buena idea —Dijo arrugando la nariz— Lo siento Edgar, no he querido crearte una ilusión o algo por el estilo… —Suspiró— tu no me gustas, no de ese modo.

La mandíbula de Edgar se desencajó al momento en que ella terminó de pronunciar aquella frase. Un segundo después, pareció recomponerse y una sonrisa arrogante apareció en su rostro.

—Lo que en realidad pasa es que eres una mojigata, lo entiendo —Soltó sin medir sus palabras, Willa supo que había herido su orgullo— La que se lo pierde eres tú.


Mientras se escabullía en dirección a la enfermería con una tonta excusa de haber olvidado algo, Samantha rogaba dos cosas: Que Jessica no se hubiese marchado todavía y que Kevin le perdonara la mentira piadosa. Pero el joven Gryffindor debía entender que ni en sueños dejaría marchar a Jessica sin antes corroborar que estuviese al menos, físicamente bien.

Abrió la pesada puerta de la enfermería sólo lo suficiente como para que su delgado cuerpo pasara por el hueco y volvió a cerrarla una vez dentro, no quería levantar sospechas de nadie.

La sala estaba apenas iluminada por el sol del atardecer que se colaba por las ventanas. En la última cama, su mejor amiga la miraba con tristeza.

—Oh por Merlín —Samantha se olvidó que debía guardar silencio, para no levantar sospechas y corrió hacia su mejor amiga para abrazarla— ¿Te encuentras bien?

Ambos brazos de la castaña estaban vendados desde el codo hasta las muñecas, con la sola intención de prevenir que volviera a lastimarse. Samantha intentó concentrar su mirada en el rostro de su amiga, hinchado de llorar.

—Sam…

El hilo de voz que salió de la garganta de su amiga le partió el corazón. Kevin podía decir lo que quisiera, pero la culpa de todo la tenía ella. Jessica se había lastimado por su culpa, había perdido el norte por obra de ella y ni siquiera había sido capaz de ayudarla en el momento adecuado. ¿Por qué había esperado tanto?

—Lo siento mucho, Sam —Sollozó la castaña aferrándole las manos con fuerza— Lo siento tanto… —Sus ojos volvieron a inundarse de lágrimas que escurrieron por sus mejillas.

—¿Por qué lo hiciste, Jess?

Sabía que su pregunta podía tener un tono de reproche, pero ella tenía un interés sincero por conocer los motivos reales de su mejor amiga para intentar quitarse la vida, esa era la única forma que tenía de ayudarla.

Jessica apretó los ojos con fuerza, avergonzada de todo lo que había pasado, del rumbo que había tomado su vida. Esa tarde había llegado a amenazar a una chica enamorada con tal de conseguir lo que quería y aunque no lo hubiese dicho en voz alta, en su mente esa amenaza era asesinarla.

¿Hasta dónde había estado dispuesta a llegar por conseguir el amor de alguien que no era para ella?

—Soy un monstruo —Soltó entre lágrimas— Quise matar a Dominique…

En su mente todo había estado muy claro. Tan claro como semanas antes había estado claro que la poción de amor era la mejor manera de ganar el corazón de Remus.

Pero esta vez, no había estado Samantha para convencerla de lo contrario, esta vez, había sido ella misma quien, después de tocar fondo, había resurgido de la oscuridad.

—No soporté entender todo lo que había hecho —Continuó explicando— Soy un monstro… 

Al ser consciente de la persona en la que se había convertido, Jessica sólo había visto una salida al final del camino. Y la había tomado.

—Pero entonces Hammer me encontró y…

Samantha escuchaba cada palabra de su amiga con su atención. De la peor manera posible, Jessica había vuelto a ser quien era y no había podido con el peso de sus propios pensamientos, de sus propios actos.

—Perdóname Jess —pidió Samantha cuando su amiga terminó de hablar— Todo es culpa mia, to debí

—Tú me empujaste para salir de mi cascarón —Interrumpió ella esbozando una media sonrisa— Hiciste lo que cualquier amiga hubiese hecho, yo lo arruiné.

Sam iba a contestar, pero sintieron ruidos en la oficina de Madame Pomfrey, debía marcharse antes de que la descubrieran.

—Pronto te enviarán a casa a descansar, Jess —Explicó Sam mirando por encima de su hombro— Necesito que seas fuerte, que me prometas que vivirás.

—Sam…

—Promételo Jessica —Exigió ella intentando que las lágrimas no resbalaran por sus mejillas— Vive.

Se fundieron en un abrazo y Samantha le besó la frente.

—Te quiero Sam

—Yo te quiero a ti, Jess —Susurró en su oído— Para siempre.


Odiaba las noches en las que Dorcas tenía ronda de prefecta, porque recorrer los oscuros pasillos del castillo a solas le erizaba la piel. Sobre todo, en el último tiempo, con tantas cosas horribles que pasaban fuera del castillo y dentro de él. Sabía que sus compañeros de cuarto le seguían el paso día tras día, esperando que cometiese un error.

Apellidarse Rosier siempre había sido algo de lo que Jakeline se sentía muy orgullosa. Incluso cuando sus compañeros de cuarto le insistían para que se uniera a los mortífagos y ella siempre contestaba orgullosa que los Rosier no aprobaban ese tipo de violencia.

Ahora, pensándolo en retrospectiva, algunos de sus pensamientos lejos estaban de provocarle orgullo.

Un escalofrío recorrió su espalda cuando se cruzó con el resto de sus compañeros de casa en el pasillo más oscuro y recóndito de las mazmorras, justo metros antes de la entrada a la sala común de Slytherin.

—Una hermosa noche — Murmuró Pollux Avery cruzándose en su camino— ¿No crees Rosier?

Jakeline apenas intercambió una mirada con el rubio Slytherin e intentó seguir su camino, pero el chico sacó la varita y se la enterró en el estómago con fuerza. Hizo una pequeña seña con la cabeza y le indicó que caminara, al mismo tiempo que Alecto Carrow le quitaba la varita del bolsillo de los pantalones.

—¿Qué es lo que quieren? —Preguntó con el tono firme, sin permitirse tener miedo.

—Pues verás —Explicó Antonin Dolohov mientras caminaba a su lado— El apellido Rosier es sumamente respetado en nuestra comunidad…

—Y tu, sin embargo —Prosiguió Amycus Carrow— No dejas de avergonzarnos al no adoptar una posición firme.

Jack se volteó a ver a Avery, quien seguía teniendo la varita en alto, ahora contra su espalda.

—Has tenido demasiado tiempo para elegir —Susurró de forma maliciosa mientras le clavaba la varita un poco más— Nosotros decidiremos por ti.

—No lo hagan… —Susurró, casi como una plegaria— Por favor.

El pánico la invadió. Estaban a punto de marcarla. Ya no habría vuelta atrás, por mucho que se negara y dijera lo contrario, el mundo la creería mortífaga por siempre.

Antonin Dolohov pateó su espalda, arrojándola al suelo. El dolor se le hizo insoportable, pero Jack mantuvo la compostura en todo momento, no se permitió llorar ni soltar una sola queja.

Mientras Avery y Amycus Carrow la sostenían, Alecto arrancó la manga de su camisa y le estiró el brazo.

Cualquiera en su situación hubiese gritado de dolor mientras Alecto grababa a fuego su piel, pero Jack no lo hizo. Jamás les daría la satisfacción de demostrarles cuanto la habían herido.

Cuando la chica Slytherin terminó su tarea, Antonin volvió a propinarle una patada, esta vez en las costillas.  Entonces ocurrió algo que Jack supuso que no estaba previsto en sus planes, pues los tres hombres comenzaron a propinarle patadas por todo el cuerpo. Atinó apenas a cubrirse el rostro con los brazos, pero fue Alecto quien los detuvo.

—¡Suficiente! —Exclamó— Ya es suficiente.

—Cuida tu espalda —Escuchó que decía alguno de los hombres— Eres una deshonra para la sangre pura.

Se alejaron entre risas y chistes machistas. Cuando se sintió a salvo, Jack volvió a abrir los ojos y con una fuerza que no sabía que tenía, se puso de pie.

Un pie detrás del otro, esa era la clave para ponerse a salvo; jamás detenerse y seguir caminando a pesar del inmenso dolor que sentía en cada centímetro de su cuerpo.

En su interior, sabía que debía ir a la enfermería de inmediato, pero sus pies la estaban llevando por otro camino.

Los oscuros pasillos de Hogwarts se le hicieron eternos. Caminaba sosteniéndose las costillas con una mano, mientras con la otra sostenía su cuerpo contra la pared.

Cuando los brazos protectores de Dorcas la abrazaron, Jack supo en que dirección la habían llevado sus pies.

—Anthony, ayúdame por favor —Escuchó murmurar a la chica y pronto se sintió flotando en el aire— ¿Qué fue lo que ocurrió?

—Ellos… me marcaron —Le enseño su brazo, sin atreverse a mirarlo.

Lo que Dorcas vio no se asemejaba en nada a la marca tenebrosa. Suspiró aliviada, sabiendo que las heridas que tenía su brazo podrían curarse sin problemas. Pidió a Anthony que llevara a la enfermería a su mejor amiga, mientras volvía a echar un vistazo a su brazo.

«Traidora»


Samantha no podía estar más ansiosa esa mañana. Tres semanas habían pasado ya desde el intento de suicidio de Jessica y ese era por fin el día de su regreso a Hogwarts. Días atrás ella misma lo había confirmado en una carta, diciendo lo ansiosa que estaba de volver a verla y abrazarla fuerte.

La emoción embargaba cada centímetro de su cuerpo. Jessica estaba bien, lo había notado en el tono de las cartas que habían estado intercambiando a lo largo de esas semanas.

Su mejor amiga tenía chances de volver a ser quien era y de alguna manera, saber eso aliviaba la culpa que sentía en su espalda.

Quizás Jessica hubiese preferido que la fuera a esperar ella sola, pero Samantha necesitaba que Kevin estuviese allí para ayudarla a contener sus ansias. Estaban esperando fuera del despacho del profesor Dumbledore, donde se había habilitado una chimenea para que funcionara la Red Flu. Jessica llegaría justo al medio día, y aunque faltaban varios minutos, Samantha y Kevin estaba en la puerta, esperando.

La castaña no podía entender porque el profesor no los dejaba esperar adentro, cómodamente sentados, pero no le quedaba otra opción que obedecer.

La emoción de Jessica aumentó a su máximo nivel cuando escucharon el típico ruido de una chimenea funcionando como Red Flu. Samantha se preparó para abrazar a su amiga con todas sus fuerzas, pero la puerta no se abrió de inmediato.

¿Qué estaba pasando? Sam se acercó a la puerta intentando escuchar, quizás Jessica tenía que responder algunas preguntas al director primero, pero no escuchó a su amiga. Alguien hablaba con Dumbledore, pero definitivamente no era su mejor amiga.

—Tranquila, seguro está todo bien —intentó tranquilizarla Kevin— Quizás Dumbledore esperaba a otra persona también…

Samantha quiso creer en las palabras de su amigo e intentó tranquilizarse, pero cuando el tiempo en el que estaría activa la red Flu se evaporó frente a sus ojos y Jessica aún no había aparecido, entró en pánico. ¿Qué es lo que Dumbledore no le estaba diciendo?

Fue entonces cuando por fin se abrió la puerta del despacho y Dumbledore apareció en el umbral, con el semblante entre serio, triste y muy preocupado. A su lado, un hombre que Samantha jamás había visto.

—Samantha… —Susurró el Director, con pesar— Pasa por favor, tengo algo que decirte.

Kevin esperó pacientemente, aunque por el grito desgarrador que se escuchó desde dentro, supo que Jessica Ridgely había muerto.

Cuando Samantha salió del despacho se arrojó a sus brazos y lloró desconsoladamente durante lo que parecieron horas.

El hombre que acompañaba a Dumbledore era el jefe del departamento de Aurores, encargado en este caso, de comunicarle las malas noticias al director de Hogwarts. Durante la noche, la casa de Jessica Ridgely, Bruja nacida de Muggles, había sido atacada por los seguidores del señor tenebroso. La familia entera había muerto, inclusive Jessica.

Kevin había estado leyendo algo esa mañana en el profeta, varias familias de hijos de Muggles habían sido asesinadas sin piedad a lo largo de la última semana.

Samantha sollozaba en su cuello, sin poder pronunciar palabra y él no iba a ser quien le dijera que dejara de llorar. Dumbledore lo había anunciado a principio de año, los tiempos oscuros reinaban entre ellos y nada indicaba que algo fuera a mejorar.


Albus Dumbledore todavía no había acabado su discurso fúnebre cuando Sirius vio por el rabillo del ojo cómo Willa se escabullía del Gran comedor con el rostro oculto tras su larga cabellera. Miró a ambos lados, esperando que Lily o Aspen la hubiesen visto, pero la pelirroja lloraba abrazada a James y Aspen sostenía delicadamente la mano de Allison mientras escuchaban al Director decir adiós a uno de sus alumnos una vez más.

Entonces decidió seguirla, no por faltar el respeto a la memoria de Jessica, sino porque le preocupaba la razón que había llevado a Willa a abandonar la ceremonia de esa manera. Sin saber muy bien porqué, Sirius tomó el camino que lo llevaría a los jardines, cómo si su cuerpo supiese que camino había tomado la castaña.

La alcanzó enseguida, pues sus pasos eran más largos y la urgencia de encontrarla había hecho que caminara deprisa.

—Willa… —Susurró acercándose a ella con cautela.

El corazón de Sirius no estaba preparado para ver a Willa llorar de esa forma. Jamás le había gustado ver a una chica llorar, por ningún motivo, pero la expresión de dolor que trasmitían los ojos de la castaña partieron el corazón de Sirius en pedazos.

—¿Qué sucede? —Sin esperar respuesta, dio dos pasos largos hasta ella y la abrazó con fuerza, envolviéndola con sus brazos.

Aún amortiguados por su pecho, los sollozos de Willa resonaban fuerte por todo el espacio. Sirius estaba completamente desesperado, nunca había sabido que hacer cuando una mujer lloraba, pero necesitaba, quería que Willa dejara de sufrir.

—Willa, por favor… —Susurró acariciándole la espalda con suavidad— háblame…

—¡Hace semanas que no sé nada de ella, Sirius! —Exclamó entre sollozos— ¿Qué sucede si…? ¿Acaso ella…?

Se separó de Sirius de un salto. La sola idea de perder a su madre le estrujaba el corazón. Habían estado mandándose cartas desde pascua, como se habían prometido mientras conversaban, pero de un día para otro, Janice había dejado de responder y eso la tenía sumamente estresada.

—Si eso hubiese pasado, lo sabrías… —Susurró, sin saber muy bien que decir— Willa…

—Mi madre es todo para mí, si ella muere…

Definitivamente Sirius no sabía qué hacer cuando una mujer lloraba, muchos menos si lloraba en sus brazos. Tomó las manos de Willa y la miró a los ojos, tratando de encontrar las palabras correctas.

Tenía los ojos hinchados, el escaso maquillaje corrido y las mejillas más que sonrosadas. Muchos podrían haber dicho que estaba hecha un desastre y aun así, Sirius se encontró a si mismo pensando en que jamás la había visto más hermosa.

Sus muros por fin habían caído, podía verlos en el suelo destrozados y después de tanto tiempo, la verdadera fortaleza de Willa se revelaba ante sus ojos. La joven Ravenclaw, que siempre tenía una respuesta para todo, se encontraba indefensa, con la incertidumbre de no saber qué ocurriría y todo el miedo de averiguarlo.

Con una suavidad impropia de él, le levantó el rostro, sujetándola de ambas mejillas, mientras con los pulgares le limpiaba las lágrimas. Ella lo miró desconcertada al mismo tiempo que hipaba por el llanto.

Atrapó sus labios en un delicado movimiento, desesperado por calmar su llanto. En contra de su naturaleza salvaje, fue un simple beso, suave y con gusto a lágrimas. Labio contra labio y aun así hizo sentir a Sirius algo que jamás había experimentado antes al besar a una chica.