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Historia 172336 — capítulo 10

Por alguna extraña razón aquel sueño parecía la perdición de Ron, se veía a sí mismo en el cuerpo de aquella hermosa adolescente que miraba con los ojos llenos de algo que no entendía ¿Por qué se estaba comportando así? Él jamás hubiese hecho, demasiado hiperventilada.

La escena era confusa, estaba totalmente desnuda frente a lo que parecían 3 hombres, que la miraban con interés. Pero él mismo se veía desde mucho más atrás, observando cómo se comportaba delante de aquella situación ¿De verdad iba ella a acercárseles? Tuvo el impulso de detenerla y cubrirla, pero la escena ya había cambiado rápidamente, Rowney estaba besándose con Sirius.

No, no, no… No podía estar haciendo eso… No podía estar actuando contra sus propios pensamientos, él jamás habría… Besado al padrino de su mejor amigo, a él no… A él no le gustaban los chicos, pero entonces ¿Por qué lo había hecho?

No le daba asco mirar cómo se veía a él mismo chica besar de esa forma tan fogosa a Sirius, pero por algún motivo tenía rechazo, estaba avergonzado, por su actuar, trago saliva, cuando se sintió transportar por su sueño a otra escena, se le puso la piel de gallina al verse totalmente indefensa bajo Fred.

Ron parado lejos de ellos, parecía temblar de pies a cabeza con una mueca de miedo en la boca.

¿Por qué Rowney no se defendía? Se sintió insignificante, inseguro y temeroso.

Se despertó con un sobresalto, la habitación de Bill y Charlie que se encontraba vacía, estaba en penumbras. Su pecho subía y bajaba asustado, aquel sueño había sido muy raro…

No pudo volver a pegar ojo en toda la noche, sus pensamientos le atormentaban, no podía imaginarse todo lo que había hecho sin avergonzarse, cuerpo estúpido le estaba haciendo hacer cosas que… Le avergonzaban hasta el grado de aterrarlo.

Se giró en la cama apretando los labios en una mueca, apenas y podía tragar la saliva, se tapó con las sabanas hasta el cuello, temiendo que la oscuridad le viera.

A la mañana siguiente se ducho sin poder verse nuevamente en el espejo, todo lo que había avanzado respecto a su nueva aspecto, había retrocedido en la noche, más pálida de costumbre fue a desayunar cuando el olor a tostadas le llego hasta la habitación, se había calzado unos vaqueros viejos y un gran suertes canguro que le saco del armario a Charlie. Se sentía totalmente insegura, no deseaba que la vieran… Que la observaran… Que le tocaran.

Estaba totalmente confundido… Confundida…

Se ató su largo cabello pelirrojo a una cola y salió luego de abrocharse los tenis rápidamente, el estómago le rugía.

—Buenos días cariño —Le dijo la Señora Weasley mientras le servía café a su esposo.

—Hola mamá… —Dijo Rowney sentándose cabizbaja en la mesa. Junto a su padre estaba el ex profesor de DCAO, Remus Lupin leyendo el profeta, se veía cansado y con las túnicas mucho más raídas que el día anterior.

—¿Sucede algo Rowney cariño? —Dijo la señora Weasley acercándose a servirle un tazón grande de avena.

—No… No pasa nada… —Dijo intentando sonar normal,se llevó una tostada a la boca para morderla, Sirius apareció a los pocos minutos, y les sonrió a todos de un humor extrañamente alegre. Llevaba varios días así.

Rowney esquivo su mirada avergonzada, cada bocado que tragabaparecía sementó en su estomagó.

—Buenos días —Dijo Sirius acercándose para sentarse junto a Rowney. Quien se tensó al sentir su presencia junto a ella.

—B-Buenos días —Susurro Rowney en voz apenas audible, Sirius frunció el ceño alzando una ceja, él Señor Weasley comenzó a hablar sobre su regreso a Hogwarts y por la cara de Sirius entendió que la idea se le era abominable.

En lo que quedo del verano, Rowney se la paso evitando a Sirius, a Fred y a Harry, cosa que le pareció totalmente extraño a algunos, Ron siempre fue un estudiante mediocre, pero a medida que iban fortaleciendo el vínculo con Hermione, se iba dando cuenta de cuanto quería competir y saber tanto como Hermione, así también logro distraerse de no pensar en esas extrañas sensaciones que tenía en el vientre cada vez que se escuchaba el nombre Sirius, o en las cenas le hablaba, y hasta un simple rose de manos lograba ponerla nerviosa y a temblar.

Después de limpiar como cada día el cuartes general, Remus y Rowney se iban a la biblioteca a leer, y aunque por muy increíble que suene, era mucho más fuerte el sentimiento de no ser menos que Hermione que la flojera, y eso le provocaba a Rowney una gran frustración,el hecho de verla cada día tan perfecta, que había comenzado a sentir envidia por su mejor amiga, y aunque a veces se sentía culpable, no podía evitarlo. Es por eso que había superado su flojera hacia el estudió y le pidió al ex profesor Lupin que le enseñara. La señora Weasley se veía bastante orgullosa de su nueva hija, y los elogios no tardaron en llegar.

Fue tal el grado de placer que sintió Rowney cuando corrigió a Hermione con una tontería, que desde ese día quería saber… Tenía hambre de saber…

Ver los rasgos de Ron en Rowney casi era imposible, y la única persona que lograba extrañarle era Harry, que cada día se sentía más solo en esa casa llena de moho y suciedad.

Ni siquiera la misma Rowney lograba encontrar una respuesta lógica a su nueva cambio de personalidad, odiaba estudiar en Hogwarts, sobre todo escribir, pero ahora, deseaba más que nunca volver y sacar las mejores calificaciones.

Siempre que se topaba con Sirius en los corredores de la casa, o en la cocina y estaban solos, las manos le sudaban y el corazón se le disparaba, escapaba rápidamente excusándose "Voy a estudiar"

Sirius se sentía totalmente mal, por mucho que deseara estar con la pelirroja, habían sido muchas las evasivas que había recibido de su parte estos últimos días, que llego a pensar que la pelirroja, su pelirroja, ya no deseaba ni siquiera verle, el humor del ex convicto, no tardo en volverse como antes, contestaba enojado, era hosco y mucho más grosero de lo que recordaban jamás verlo, pasaba días enteros encerrado en la habitación de la señora Black, con Buckbeak y ni siquiera Rowney tenía el valor de ir a decirle algo. La señora Weasley con suerte le soportaba.

Una mañana de tranquilo desayuno, se formó rápidamente en una pelea casi mundial.

—¡Quieres sentirte útil, pero lo único que haces es lanzar basura a los demás por la boca! —Le dijo exaltada un día la señora Weasley al merodeador.

—Mira Molly, mejor te callas antes de que diga algo que de verdad vas a lamentar —Le amenazo distante el animago, con voz neutral pero recargada de enojo.

—¿Qué tanto podrías decir? —Le desafió con las manos como hachas en sus caderas mirando con el rostro rojo del enojo al ex convicto.

Y como había predicho, lo dijo, y en la cocina no volaba una mosca siquiera, el asombro estaba impreso en todas las caras que se encontraban reunidas en la mesa tomando un "tranquilo" desayuno.

La cara de la señora Weasley daba miedo, parecía echar fuego por las orejas, su rostro estaba tan rojo que se asustaron al pensar que podía pasarle algo.

Con varita alzada la señora Weasley le tiro el caldero más grande que encontró, hubo un grito en general de asombro y espanto, cuando el caldero gigante, le azoto la cabeza al animago.

—¡Mamá! —Grito Rowney con los ojos anegados de lágrimas al ver en primer plano, como se caía Sirius casi inconsciente, corrió hasta donde estaba desesperada. —¡Sirius!

El golpe en la frente con el caldero, había provocado un sonido tan hueco, que Rowney pensó que pudo haberlo matado, comenzó a llorar cuando le vio sangre en la ceja, que comenzaba a chorrear rápidamente por su rostro.

—¡Mamá! —Grito Rowney desesperada pidiéndole ayuda, pero la señora Weasley no se movió, estaban tan sorprendida como los demás de haber hecho eso. Todo había pasado demasiado rápido y Remus se llevó al Sirius inconsciente hasta su habitación, la sobrina de Sirius, Tonks, ayudo a detener la sangre y a curarle la herida rápidamente.

Podía soportar que su madre la mandara a limpiar, que le gritara por ser excesivamente expresiva y a veces holgazana, pero no podía soportar aquello. No le iba a perdonar que lo hiriera de esa forma… El pecho de Rowney subía y bajaba con rapidez a causa del torbellino de emociones que sintió estallar, en cuanto sintió el vació de perder a Sirius.

—Cúralo… Cúralo por favor… —Suplicaba Rowney en un mar de lágrimas, Harry la rodeo con suavidad con su brazo al ver el estado de su amigo, amiga… Eso mismo. Le sorprendió el afecto le podía tener a su padrino y le agradeció que se preocupara tanto o más que él, Hermione también estaba allí, intentando calmar a la desolada Rowney.

—Tranquila… —Le susurraba Hermione acariciando con su mano su espalda, estaban parado a una orilla de la cama, donde se veía recostado al pálido Sirius.

—¡Por Merlín como se le ocurre a mi mamá semejante idiotez! ¡Pudo haberlo matado! —La reacción de Rowney era pura histeria, era un manojo de nervios, las manos le tiritaban al igual que sus piernas.

Nadie dijo nada, aunque estaban de acuerdo con lo que dijo la pelirroja, Sirius había dicho algo, que los tomo totalmente por sorpresa, había sido demasiado, incluso para Sirius Black.

Rowney se pasó todo el día sentada junto a la cama de Sirius, esperando a ver si reaccionaba, tenía la frente vendada, con un enorme chichón en esta, cada vez que lo veía negaba con exasperación. Cegada por lo que sentía, no lograba entender lo que había hecho su madre.

Tuvo suficiente tiempo para pensar, pero se negaba rotundamente a aceptar lo que sentía, aun cuando estaba todo muy claro en su cabeza, su pecho se le hacía un nudo cuando intentaba aceptarlo.

Sirius se removió en la cama, frunciendo el ceño con dolor, se quejó y gruño.

—Sirius… —Dijo Rowney levantándose de un salto para poder verlo de más cerca.

—Mi… Me duele… —Se quejó intentando alzar una de sus manos a su cabeza, pero Rowney tomo su mano y la detuvo, no quería alterarlo. Pero en cuanto lo hizo sintió una fuerte corriente emerger desde su pecho, Sirius intento abrir los ojos para mirarla, pero solo lo logro, luego de varias quejas.

—Tranquilo, descansa… Shh… —Le susurro sentándose con suavidad a orillas de la cama.

—Creo que tengo visiones… —Sentenció Sirius, sonriendo levemente, pero luego se quejó alzando sus manos hasta su cabeza, sentía como si mil hachas se la partieran.

—No digas eso… —Susurro Rowney sintiendo como la sangre comenzaba a correrle rápidamente por las venas, acelerando su corazón.

Sirius volvió a abrir la boca, pero la puerta se abrió entrando Tonks y Remus.

—¡Oh ya despertó! —Dijo con alegría Tonks, como si dudara complemente que después de semejante golpe, pudiera abrir siquiera los ojos.

—Un simple caldero no puede con Sirius Black —Animo Remus, haciendo reír ligeramente al enfermo, que gimió luego del dolor.

—Yo… Yo ya me voy… —Dijo Rowney notoriamente incomoda, desde que había comenzado a darse cuenta de sus nuevo pensamientos, todo se había complicado tanto.

Sirius la miro decepcionada, tenía la leve esperanza de que pudiera hablar.

—Sí Rowney, tu madre está preocupada porque no has bajado a almorzar ni a cenar. Ni siquiera has salido de aquí —Dijo Tonks avergonzándola, Sirius se sintió ligeramente mejor al escuchar eso.

—Y no pienso bajar ahora tampoco… —Dijo sintiendo su rostro arder del enojo.

—Pero no haz comido nada desde el desayuno, te vas a enfermar —Le dijo Tonks mirándola con ternura.

Rowney negó y salió de la habitación.

Sirius resoplo entristecido, entendía "perfectamente" a Rowney, ¿Qué va a querer ella de él? Es él fugitivo más buscado, le doblaba la edad y peor aún… No podía ofrecerle nada por ahora, es por eso que no insistió en buscarla. Además ya no estaba tan seguro como antes, de que era su pelirroja, el parecido era impresionante, pero… Otro hondo suspiro escapo de los carnosos labios del ojigris.

Remus lo miraba con el rostro inexpresivo, si pudieran leer el pensamiento de Remus, verían todo lo que esconde.

Los días siguieron pasando, Rowney no le dirigía la palabra a su madre con suerte le miraba, y cuando la mandaba a limpiar, solo asentía sin decir nada y se iba, Sirius se había repuesto rápidamente, los aires estaban tensos.

Un día Rowney se escondió detrás de un libro en la biblioteca, ese día Remus no iba a enseñarle, porque estaba haciendo una misión importante para la orden. Estaba molesta, la última vez que habían enviado a Remus a una misión, había sido descabellada, peligrosa y absurda. O eso pensaba ella, le habían mandado a que se mezclara con los demás hombres lobos, pero cuando volvió estaba mal herido y lo que era peor, se había vuelto un poco agresivo, claro que aquello se le fue con el pasar de los días.

La cosa era que Rowney no se podía concentrar en la lectura, porque además de aquello su corazón no dejaba de zumbar con el nombre de cierto animago y estaba cada vez más deprimida por no poder aceptarlo. Si tan solo no hubiese hecho tantas barbaridades al principio, no tendría la vergüenza de querer esconderse en cuanto Sirius, Fred y hasta Harry le miraban. Si tan solo, no hubiese nacido hombre, sino mujer… Se frustraba con el hecho de pensar aquello, no tenía porque pensar que ser mujer era una opción, él era Ronnald Weasley, le gustaban las mujeres y era un holgazán. ¿Verdad? ¿¡VERDAD!?

Cada día que pasaba en ese cuerpo, aquellas dudas crecían y crecían haciéndola tener aquellas tremendas ojeras debajo de los ojos, se desvelaba demasiado y había bajado notoriamente la ingesta de comida y es que ni el pudin de su madre le parecía tan apetitoso como antes. Se veía incluso más delgada y eso le estaba preocupando a todo el mundo. Aunque no se enterara, la señora Weasley apremiaba todos los días a los gemelos, por haberle hecho eso, y les exigía encontrar una solución próxima.

Pero es que ya no era solamente la necesidad de volver a ser como antes, porque jamás podía hacerlo. Tenía clavado en su piel y sus labios, unos besos y caricias que jamás borraría de su cuerpo… Se estremecía al recordar los ojos grises de Sirius recorrerla con tanta devoción. Extrañaba su calor cerca de él… O ella… Estaba totalmente echa un lio. Había aceptado que todo había cambiado, pero con los últimos acontecimientos, su mente la atormentaba, su cuerpo sufría y su corazón zumbaba. Había logrado "acostumbrarse" a mirar en su cuerpo cosas que no era suyas, había logrado poder mirarse al espejo y no ver una completa extraña, pero en los últimos días todo parecía empeorar.

Las puertas de la biblioteca se abrieron, Rowney levando su mirada del libro, pero sus ojos cansados no captaron de inmediato la imagen de Sirius, que tenía un pequeño parche en la ceja aún. En cuanto su mente proceso aquello, se ruborizo al recordar que la primera vez que había probado sus labios, había sido en esta misma habitación hace poco más que un mes.

—Ya está la cena… —Le dijo Sirius cerrando la puerta detrás de él, y adentrándose hasta los sofás, se sentó frente a la pelirroja para observarla, últimamente se había dedicado a eso.

—Está… Está bien… —Dijo Rowney haciéndose ligeramente más pequeña y escondiendo la mitad de su rostro en el libro. Se le hacía imposible no sentirse nerviosa frente a Sirius.

—Escucha —Empezó con voz lenta y calmada Sirius. — Te debo una disculpa Rowney… Yo… Cometí el error de dejarme llevar por mi soledad… Por mi frustración de estar aquí encerrado sin hacer nada, y… Creo que tú no tuviste la culpa…

¿Sirius se arrepentía de haberla besado? El corazón de Rowney dio un vuelco de dolor, sus mejillas antes sonrosadas, ahora estaban pálidas. Pero se limitó a mirarle.

Sirius espero a que dijera algo, pero no lo hizo, la tristeza se albergó en su corazón bandido, sin duda la vida se había ensimismado en no dejarlo vivir feliz… Primero pierde a sus mejores amigos, estuvo 12 años en Azkaban, la vida se le fue de las manos y ahora que al fin… Al fin había encontrado aquel cálido sentir dentro de su pecho, por la pelirroja que creía ser la de su adolescencia, se sentía más vacío que nunca, la sentía distante, lejos de él, a pesar de estar tan cerca.

—Lo lamento… —Susurro Rowney con un hilo de voz, su corazón golpeaba su pecho con fuerza, tenía tantas ganas de llorar, que aferro sus uñas al libro para contenerse.

Sirius no volvió a salir de su habitación en los pocos días que quedaban de verano, solo lo hizo una vez cuando los gritos de Rowney llenaron toda la casa, había salido disparado con varita en mano hacía donde provenían los gritos desgarradores.

Rowney se encontraba en la cama totalmente pálida, su cama era un charco de sangre, se había asustado tanto que pensó que moriría desangrada, cuando se dio cuenta, comenzó a gritar desesperada.

—¡MAMAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA! —A los pocos segundos la puerta se abrió de un portazo y varias varitas alzadas miraban a todos lados, intentando encontrar el problema, Remus, La señora Weasley, Sirius y Tonks, encabezaban la lista de miembros que se encontraban afuera de la habitación donde dormía antes Rowney, para ver que había sido lo que provoco semejantes alaridos, lo que también despertó a la señora Black.

—¿Qué pasa? —Pregunto asustada su madre sin soltar la varita.

—¡ME VOY A MORIR! —Grito Rowney histérica, con las piernas abiertas mirando la sangre debajo de ella.

Todos miraron su cara de horror, luego la cama llena de sangre y comprendieron que pasaba, Sirius suspiro aliviado de que no hubiese sido nada malo, pero sus pensamientos comenzaron a viajar de forma pecaminosa hacia el cuerpo de Rowney y el charco de sangre, le había llegado el periodo… Eso significaba que era todo una mujer ahora.

La señora Weasley saco a todos de la habitación y le pidió a Tonks que le trajera un par de cosas.

—No Rowney… No cariño, no te vas a morir… —Dijo lentamente y con la mayor dulzura que pudo la señora Weasley.

—Pero mamá… Me estoy desangrando —Rowney la miro mal, como podía quitarle importancia a algo tan importante.

Ayudo a levantarse a Rowney de la cama, y varios gemidos de dolor provocaron que la pelirroja se cubriera el vientre.

—Me voy a morir… Me voy a morir… —Repetía asustada.

—No mi amor… —La señora Weasley le sonrió y la guio hasta el baño, le ayudo a desvestirse y a meterse en la ducha. Mientras le jabonaba la espalda con ternura le iba explicando que era aquello.

Rowney tenía una cara de trauma, que no se le fue en todo el día, la señora Weasley le había explicado lo que era el periodo, que a todas las mujeres le llegaba una vez al mes, que significaba que podía tener bebes, que votaban todo lo malo a través de eso, que eran las paredes de su útero lo que le dolía y que duraría unos cuantos días. Le dio una posición que le ayudo a mejorar los dolores, le explico con un hechizo contenedor, el cual aplico en algo acolchado que le puso en las bragas y luego se lo acomodo en la entrepierna. La cara de trauma de Rowney era todo un poema mientras iba escuchándola.

—¿Entonces… Entonces… a Ginny… a Ginny también? —Pregunto a penas con un hilo de voz.

—Sí y mucho antes que a ti, bueno que… Solo llevas casi dos meses así… —Explico pensativa la señora Weasley.

—¿Y Hermione?

—Creo que también, yo también.

Rowney saco la lengua en una mueca de asco, eso la había traumado mucho más. Su imaginación era mucho más fértil ahora.

—Que horror… —Dijo Rowney sentándose en la cama ahora perfectamente limpia y estirada. — Primero estas cosas… —Apunto hacia su pecho— Luego las hormonas… ¿Y ahora esto? ¿¡Qué más vida cruel!? ¿Qué más? —Alzo las manos al cielo reclamándole a Merlín.

La señora Weasley la miro casi divertida.

—Nena, te esperan muchas sorpresas… —Le dijo terminando de ayudarle a vestirse.

Cuando bajaron las escaleras Rowney caminaba de forma extraña, se sentía incómodo sentir como por su interior bajaba un líquido, de forma permanente y aquel algodón en sus bragas le irritaban.

Fred y George la esperaban en la cocina, dispuesto a reírse en su cara, pero al ver la cara de amenaza de parte de la señora Weasley, prefirieron no hacerlo.

—¿Cómo esta Andres? —Le pregunto George a Rowney, con falsa inocencia, mientras su hermana se sentaba frente a ellos lentamente y sin poder esconder su mueca de dolor.

—¿Qué Andres? —Le pregunto confundida Rowney.

—Él que viene una vez al mes —Termino Fred, y la cocina se llenó de carcajadas, Ginny intentaba contener las lágrimas y Hermione miraba con lastima a Rowney, que parecía en cualquier momento prenderse fuego.

—¡Mamá! ¿Me prestas el caldero que le tiraste a Sirius? —Dijo Rowney levantándose y caminando enojada hacia los gemelos.

—Ehm, no…

—Pues ni modo, me tendré que ensuciar las manos —Tomo a Fred del cabello, que era el que le daba más coraje y a George de la oreja, con más fuerza de la que sus flacuchos brazos pudieran imaginarse tener, golpeo sus cabezas contra ellos mismos, el sonido que provoco sus cabezas chocarse, fue casi parecido al que había escuchado de Sirius noches atrás.

Los lamentos de los gemelos, no tardaron en aparecer, se frotaban la cabeza mirando enojados a Rowney.

—¡Y no me miréis así! Porque es su culpa —Les grito Rowney. Se devolvió a su habitación, encerrándose.

—Que bipolar —Dijeron los gemelos.

Rowney maldecía acostada en su cama, sin soltar su vientre. ¿Por qué justo el día antes que tendría que volver a Hogwart?

Poco después tocaron a la puerta.

—¿Quién es? —Grito malhumorada Rowney.

—Soy yo, Harry. Llegó la lista de libros de Hogwarts —Anunció Harry.

—Pasa —Dijo Rowney de inmediato. — Ya era hora, pensaba que lo habían olvidado; siempre llegan mucho antes.

—Sí —Concordó Harry abriendo su carta.

La cual contenía dos pergaminos: uno era la nota habitual que le recordaba que el curso empezaba el uno de septiembre, y en el otro estaban detallados los libros que necesitaría para el próximo curso.

—Sólo hay dos nuevos —comentó leyendo la lista—. *Libro reglamentario de hechizos, 5° curso,*de Miranda Goshawk, y *Teoría de defensa mágica,*de Wilbert Slinkhard.

¡CRAC!

Fred y George se habían aparecido al lado de Harry. Él ya estaba tan acostumbrado a que lo hicieran que ni siquiera se cayó de la silla.

—Nos gustaría saber quién ha elegido el libro de Slinkhard —comentó Fred.

—Porque eso significa que Dumbledore ha encontrado un nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras —añadió George.

—Y ya era hora, por cierto —dijo Fred.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó Harry saltando de la silla.

—Verás, hace unas semanas captamos con las orejas extensibles una conversación de papá y mamá —le explicó Fred—, y por lo que decían, a Dumbledore le estaba costando mucho trabajo encontrar a alguien que estuviera dispuesto a dar esa asignatura este año.

—Lo cual no es de extrañar, teniendo en cuenta lo que les ha pasado a los cuatro anteriores —apuntó George.

—Uno despedido, uno muerto, uno sin memoria y uno encerrado nueve meses en un baúl —contó Harry ayudándose con los dedos—. Sí, ya te entiendo.

—¿Qué te pasa, Rowney? —le preguntó Fred a su hermana.

Rowney no contestó, y Harry se dio la vuelta y vio que su amigo o amiga… estaba de pie, muy quieta, con la boca un poco abierta, contemplando la carta que había recibido de Hogwarts.

—¿Qué pasa? —insistió Fred, y se colocó detrás de Rowney para ver el trozo de pergamino por encima de su hombro. Fred también abrió la boca—. ¿Prefecto? —dijo, mirando la nota con incredulidad—. ¿Tú, prefecto?

George se abalanzó sobre su hermana menor, le arrancó el sobre que tenía en la otra mano y lo puso boca abajo. Harry vio que una cosa de color escarlata y dorado caía en la palma de la mano de George.

—No puede ser —murmuró éste en voz baja.

—Tiene que haber un error —aseguró Fred arrancándole la carta de la mano a Rowney y poniéndola a contraluz, como si buscara una filigrana—. Nadie en su sano juicio nombraría prefecto a Ron. Digo Rowney, sin ofender… —Los gemelos giraron la cabeza al unísono y se quedaron mirando a Harry—. ¡Estábamos seguros de que te nombrarían a ti! —exclamó Fred con un tono que sugería que Harry los había engañado.

—¡Creíamos que Dumbledore se vería obligado a nombrarte a ti! —dijo George con indignación.

—¡Después de ganar el Torneo de los tres magos! —añadió Fred.

—Supongo que todo el jaleo lo ha perjudicado —le comentó George a su gemelo.

—Sí —repuso Fred—. Sí, has causado demasiados problemas, amigo. Bueno, al menos uno de vosotros dos tiene claro cuáles son sus prioridades. —Y se acercó a Harry y le dio una palmada en la espalda mientras le lanzaba una mirada mordaz a Rowney—. Prefecta... La pequeña Rowney, prefecta...

—¡Oh, no va a haber quien aguante a mamá! —gruñó George poniéndole la insignia de prefecto en la mano a Rowney, como si pudiera contaminarse con ella.

Rowney, que todavía no había dicho nada, cogió la insignia, se quedó mirándola un momento y luego se la mostró a Harry. Parecía que le pedía una confirmación de su autenticidad. Harry la cogió. Había una gran «P» superpuesta en el león de Gryffindor. Había visto una insignia idéntica en el pecho de Percy en su primer día en Hogwarts.

En ese momento la puerta se abrió de par en par y Hermione irrumpió en la habitación con las mejillas coloradas y el pelo por los aires. Llevaba un sobre en la mano.

—¿Vosotros... también...? —Vio la insignia que Harry tenía en la mano y soltó un chillido—. ¡Lo sabía! —gritó emocionada blandiendo su carta—. ¡Yo también, Harry, yo también!

—No —se apresuró a decir Harry, y le puso la insignia en la mano a Ron—. No es mía, es de Ron.

—¿Cómo dices?

—El prefecto es Ron, no yo.

—¿Ron? —se extrañó la chica, y se quedó con la boca abierta—. Pero... ¿estás seguro? Quiero decir...

Se puso muy roja cuando Rowney la miró con expresión desafiante.

—El sobre va dirigido a mi nombre —afirmó él.

—Yo... —balbuceó Hermione muy apabullada—. Yo... Bueno... ¡Vaya! ¡Felicidades, Ron! Es totalmente...

—Inesperado —acabó George haciendo un movimiento afirmativo con la cabeza.

—No —dijo Hermione ruborizándose aún más—, no, no es nada inesperado. Ron ha hecho cantidad de... Es verdaderamente...

La puerta que había a su espalda se abrió un poco más y la señora Weasley entró en la habitación cargada de ropa recién planchada.

—Ginny me ha dicho que por fin han llegado las listas de libros —comentó echando un vistazo a los sobres mientras iba hacia la cama y empezaba a ordenar la ropa en dos montones—. Si me las dais, iré al callejón Diagon esta tarde y os compraré los libros mientras vosotros hacéis el equipaje. Ron, tendré que comprarte más pijamas, éstos se te han quedado demasiado sueltos cortos. No puedo creer que hayas adelgazado tanto... ¿De qué color los quieres? Tienes que alimentarte hija…

—Cómpraselos rojos y dorados para que hagan juego con su insignia —dijo George con una sonrisita de suficiencia.

—¿Para que hagan juego con qué? —preguntó la señora Weasley, distraída, mientras doblaba unos calcetines granates y los colocaba en el montón de ropa de Rowney.

—Con su insignia —respondió Fred como quien quiere liquidar un asunto desagradable cuanto antes—. Su preciosa y reluciente nueva insignia de prefecto.

Las palabras de Fred tardaron un momento en llegar al cerebro de la señora Weasley, pero fulminaron su preocupación por los pijamas de su hija.

—Su... Pero si... Ron, tú no... —Rowney le enseñó la insignia y la señora Weasley soltó un chillido muy parecido al de Hermione—. ¡No puedo creerlo! ¡No puedo creerlo! ¡Oh, Ron, qué maravilla! ¡Prefecto! ¡Como todos en la familia!

—¿Y quiénes somos Fred y yo, los vecinos de enfrente? —preguntó George, indignado, cuando su madre lo apartó de un empujón y se lanzó a abrazar a su hija.

—¡Ya verás cuando lo sepa tu padre! ¡Ron, estoy tan orgullosa de ti, qué noticia tan fabulosa, quizá acaben nombrándote delegado, como a Bill y a Percy, es el primer paso! ¡Oh, qué gran noticia en medio de todos estos problemas, estoy encantada, oh, Rowney!

A espaldas de su madre, Fred y George se pusieron a fingir que vomitaban, pero la señora Weasley no se dio ni cuenta porque estaba abrazada a Rowney, cubriéndole la cara de besos. Rowney estaba más colorado que su insignia.

—Mamá..., no... Mamá, contrólate... —balbuceó intentando apartarla.

La señora Weasley la soltó y, casi sin aliento, dijo:

—Bueno, ¿qué quieres que te regalemos? A Percy le regalamos una lechuza, pero tú ya tienes una, claro.

—¿Qué quieres decir? —preguntó la chica, que no podía dar crédito a sus oídos.

—¡Mereces una recompensa por esto! —afirmó la señora Weasley con cariño— ¿Qué te parece una túnica de gala nueva?

—Nosotros ya le hemos comprado una —dijo Fred con amargura, como si lamentara sinceramente tanta generosidad.

—O un caldero nuevo. El de Charlie está tan viejo que está agujereándose. O una rata nueva; siempre te gustó Scabbers*...*

—Mamá —aventuró Rowney esperanzada—, ¿podéis comprarme una escoba? —El rostro de la mujer se ensombreció un poco, pues las escobas eran caras—. ¡No hace falta que sea muy buena! —se apresuró a añadir Rowney—. Me conformo con que sea nueva...

La señora Weasley vaciló, pero acabó sonriendo.

—Claro que sí, hija mía... Bueno, será mejor que me dé prisa si también tengo que comprar una escoba. Ya os veré más tarde... ¡El pequeño Ronnie, prefecto! Y no os olvidéis de hacer el equipaje... ¡Prefecto! ¡Oh, qué nerviosa estoy!

Volvió a besar a Rowney en la mejilla, aspiró ruidosamente por la nariz y salió toda velocidad de la habitación.

Fred y George se miraron.

—No te importará que nosotros no te besemos, ¿verdad, Rowney? —dijo Fred con una voz falsamente nerviosa.

—Si quieres, podemos hacerte una reverencia —añadió George.

—Dejadme en paz —replicó Rowney frunciendo el entrecejo.

—Y si no te dejamos en paz, ¿qué? —dijo Fred dibujando una maliciosa sonrisa—. ¿Vas a castigarnos?

—Me encantaría ver cómo lo intenta —se burló George.

—¡Podría hacerlo si no os andáis con cuidado! —intervino una enojada Hermione.

Fred y George rompieron a reír, y Rowney murmuró:

—Déjalo ya, Hermione.

—Vamos a tener que ir con mucho cuidado, George —dijo Fred fingiendo que temblaba—, con estas dos vigilándonos...

—Sí, por lo visto se nos ha acabado lo de hacer el gamberro —añadió George

moviendo la cabeza.

—Que desagradable Fred —Le dijo Rowney cruzándose de brazos, su hermano mayor la miro sonriendo y le guiño un ojo.

Y con otro sonoro ¡crac!, los gemelos se desaparecieron.

—¡Vaya par! —exclamó Hermione, furiosa, mirando al techo, a través del cual oían a Fred y a George, que se reían a carcajadas en la habitación del piso de arriba—. No les hagas caso, Ron, lo que ocurre es que están celosos.

—No lo creo —dijo Ron mirando también hacia el techo, ¿De dónde venía ese sentimiento incomodo cuando le decían Ron y no Rowney?—. Siempre han dicho que sólo nombran prefectos a los imbéciles... —Luego, con un tono de voz más alegre, continuó—: Pero ¡ellos nunca han tenido escobas nuevas! Me habría gustado ir con mamá y elegirla... Ella no me puede comprar una Nimbus, pero ha salido una Barredora nueva que me encantaría... Sí, creo que voy a decirle que me gustaría que me comprara una Barredora, para que lo sepa...

Salió corriendo de la habitación.

La señora Weasley regresó del callejón Diagon hacia las seis, cargada de libros y con un largo paquete envuelto con papel marrón que Rowney le quitó de las manos con un gemido de deseo contenido.

—No la desenvuelvas ahora; está llegando la gente para cenar y os quiero a todos abajo —dijo la señora Weasley, pero en cuanto se perdió de vista, Rowney arrancó el papel en un arrebato de euforia y, extasiada, examinó centímetro a centímetro su nueva escoba.

Abajo, en el sótano, la señora Weasley había colgado una pancarta roja sobre la mesa, llena a rebosar de comida, que decía:

FELICIDADES

ROWNEY Y HERMIONE

NUEVAS PREFECTAS

Harry no la había visto de tan buen humor en todas las vacaciones.

—Me ha parecido buena idea celebrar una pequeña fiesta en lugar de servir la cena en la mesa —explicó a Harry, Rowney, Hermione, Fred, George y Ginny cuando entraron en la sala—. Tu padre y Bill están en camino, Rowney. Les he enviado una lechuza y están entusiasmados —añadió, radiante.

Fred puso los ojos en blanco.

Sirius, Lupin, Tonks y Kingsley Shacklebolt ya estaban allí, y Ojoloco Moody entró poco después de que Harry se sirviera una cerveza de mantequilla.

—¡Oh, Alastor, me alegro de verte! —exclamó la señora Weasley jovialmente, mientras Ojoloco se quitaba la capa de viaje haciendo un movimiento con los hombros—. Hace mucho tiempo que queríamos pedírtelo... ¿Podrías echarle un vistazo al escritorio del salón y decirnos qué hay dentro? No hemos querido abrirlo por si se trata de algo peligroso.

—No te preocupes, Molly... —El ojo de color azul eléctrico de Moody giró hacia arriba y se clavó en el techo de la cocina—. En el salón... —gruñó mientras se le contraía la pupila—. ¿Ese escritorio del rincón? ¡Ah, sí, ya lo veo! Sí, es un boggart... ¿Quieres que suba y me deshaga de él, Molly?

—No, no, ya lo haré yo más tarde —dijo la señora Weasley sin dejar de sonreír—. Ahora tómate algo. Verás, hoy hemos organizado una pequeña fiesta... —Señaló la pancarta roja—. ¡El cuarto prefecto de la familia! —añadió con orgullo, alborotándole el pelo a Rowney.

—Conque prefecto... —gruñó Moody observando a Rowney con su ojo normal mientras el mágico giraba y se quedaba mirando hacia la sien. Harry tuvo la desagradable sensación de que lo contemplaba a él, y fue hacia donde estaban Sirius y Lupin—. Bueno..., felicidades —dijo Moody fulminando a Rowney con su ojo normal—, las figuras de autoridad siempre atraen problemas, pero supongo que Dumbledore cree que tú puedes soportar cualquier embrujo, porque si no, no te habría nombrado a ti...

Rowney se asustó un poco ante aquella interpretación del asunto, pero se libró de tener que contestar gracias a la llegada de su padre y de su hermano mayor. La señora Weasley estaba de tan buen humor que ni siquiera protestó porque hubieran llevado a Mundungus con ellos; éste llevaba un largo abrigo que tenía extraños bultos en sitios donde no debía tenerlos, y declinó el ofrecimiento de quitárselo y dejarlo con la capa de viaje de Moody.

—Bueno, creo que la ocasión merece un brindis —anunció el señor Weasley cuando todos tenían ya su copa. Levantó la suya y dijo—: ¡Por Rowney y por Hermione, las nuevas prefectas de Gryffindor!

Rowney y Hermione sonrieron encantadas mientras los demás bebían a su salud, y luego todos aplaudieron.

—Yo nunca fui prefecta —comentó alegremente Tonks, que estaba detrás de Harry, cuando todos fueron hacia la mesa para servirse. Ese día llevaba el cabello de color rojo tomate, y largo hasta la cintura; parecía la hermana mayor de Ginny— El jefe de mi casa decía que me faltaban ciertas cualidades indispensables.

—¿Como cuáles? —preguntó Ginny, que estaba sirviéndose una patata asada.

—Como la capacidad de comportarme —respondió Tonks.

Ginny rió; Hermione no sabía si sonreír o no, y solucionó el dilema bebiendo un enorme trago de cerveza de mantequilla y atragantándose con él.

—¿Y tú, Sirius? —preguntó Ginny mientras le daba una palmada en la espalda a Hermione.

Sirius, que estaba junto a Harry, soltó su atronadora risa.

—A nadie se le habría ocurrido nombrarme prefecto porque me pasaba demasiado tiempo castigado con James. El bueno era Lupin, a él sí le dieron la insignia.

Rowney lo miro sonriendo, mientras que a través de su cerveza de mantequilla, posabada sobre sus labios, se le escapaba un suspiro. Le gustaba la idea de escuchar a Sirius hablar de sus años joviales. Sirius la pillo mirándole y le guiño un ojo haciéndola sonrojar y mirar inmediatamente a otro lado.

—Creo que Dumbledore albergaba esperanzas de que yo ejerciera cierto control sobre mis mejores amigos —terció Lupin—. Ni que decir tiene que fracasé estrepitosamente.

Harry se animó al descubrir que su padre tampoco había sido prefecto y entonces la fiesta empezó a resultar más agradable; se llenó el plato y, de pronto, todo el mundo parecía mucho más simpático.

Rowney no paraba de hablar, entusiasmada, de su nueva escoba con todo el que estuviera dispuesto a escucharlo.

—...de cero a ciento diez en diez segundos. No está mal, ¿eh? Imagínate, la Cometa 290 sólo tiene una aceleración de cero a sesenta, y eso con un viento de cola apropiado, según El mundo de la escoba.

Hermione hablaba muy seriamente con Lupin de su opinión sobre los derechos de los elfos.

—Mire, es tan absurdo como la segregación de los hombres lobo, ¿no le parece? Todo proviene de esa horrible tendencia de los magos a considerarse superiores al resto de las criaturas...

La señora Weasley y Bill discutían sobre el pelo de este, como siempre.

—...se está descontrolando, y eres tan guapo... Te quedaría mucho mejor corto, ¿no crees, Harry?

—Oh... No sé... —contestó él, un tanto alarmado cuando le pidieron su opinión; se alejó de ellos y fue hacia Fred y George, que estaban apiñados en un rincón junto a Mundungus.

Éste dejó de hablar en cuanto vio a Harry, pero Fred le guiñó un ojo e hizo señas al muchacho para que se acercara.

—No pasa nada —aseguró Fred a Mundungus—. Podemos confiar en Harry; es nuestro patrocinador.

—Mira lo que nos ha traído Dung —dijo George mostrándole a Harry una mano llena de unas cosas negras que parecían vainas resecas. Emitían un ruidito vibrante pese a estar completamente quietas—. Son semillas de tentácula venenosa*.*Las necesitamos para los Surtidos Saltaclases, pero son una Sustancia No Comerciable de Clase C, y por eso nos ha costado un poco conseguirlas.

—¿Cuánto dices, Dung? ¿Diez galeones el lote? —preguntó Fred.

—Ya sabes los problemas que he tenido para hacerme con ellas —respondió Mundungus abriendo aún más los caídos y enrojecidos ojos—. Lo siento, muchachos, pero no puedo bajar de veinte.

—A Dung le encanta bromear —le dijo Fred a Harry.

—Sí, hasta ahora su mejor chiste fue pedirnos seis sickles por una bolsa de púas de knarl —añadió George.

—Tened cuidado —les advirtió Harry con disimulo.

—¿Qué pasa? —inquirió Fred—. ¡Ah, no te preocupes! Mamá está muy ocupada arrullando a la prefecta Rowney.

—Pero Moody os podría estar vigilando —señaló Harry.

Mundungus, nervioso, giró la cabeza.

—Es verdad —gruñó—. Está bien, chicos, os las dejo por diez si os las lleváis ahora mismo.

—¡Gracias, Harry! —exclamó Fred con gran alegría cuando Mundungus vació sus bolsillos en las manos de los gemelos y se escabulló hacia donde estaba la comida—. Será mejor que las subamos a la habitación...

Harry vio cómo se marchaban y se quedó un tanto preocupado. Se le acababa de ocurrir que el señor y la señora Weasley querrían saber cómo financiaban Fred y George su negocio de artículos de broma cuando por fin lo descubrieran, lo cual acabaría pasando tarde o temprano.

Todos estaban divertidos hablando de cualquier cosa, ni Rowney ni Sirius se dieron cuenta, que de forma inconciente se acercaban a donde hablaban, Remus se limitaba a asentir con la cabeza, mientras escuchaba a Hermione.

—¡Hermione deja de aburrir a Remus! —Le dijo Rowney con voz ácida, Hermione inflo sus mejillas frunciendo el ceño.

Tonks se había acercado a ellos, al igual que Fred, que tomo de la cintura a Rowney, de forma distraída. Algo que no le pasó desapercibido a Sirius, ni a Rowney. Sirius le fulmino con la mirada, apretó los puños provocando que sus nudillos se emblanquecieran con la presión.

Rowney se zafó con suavidad, como no queriendo la cosa y sin mucho apetito, se fue a la mesa de comida.

—Felicidades —Se estremeció cuando sintió la voz de Sirius a su espalda. Trago saliva y se volteó para verle.

—G-Gracias… Pero creo que hablare con Dumbledore… Yo no sirvo para ser prefecta… Hermione es la prefecta-perfecta, pero ¿Yo? —Negó con un nerviosismo evidente.

—Si Dumbledore te escogió debe de ser por algo.

Rowney lo miro pensativa, regañándose internamente por admirar sus ojos grises tan penetrables que poseía.

Luego de aquellas pocas palabras, no hablaron en toda la noche, las bromas iban y venían. Había descubierto que Tonks tenía un sentido del humor muy parecido al de su tío y le calló incluso mejor.

Al otro día el cuartel general parecía más alborotado que nunca, la señora Weasley gritaba que iban a perder el tren, sino caminaban ahora y se marchaban. Los escoltaron hacia la estación de King's Cross, al llegar un perro negro paso por su lado y le acarició el lomó, el perro le respondió moviendo su cola alegremente, sin duda Sirius estaba contento por haber salido al fin del encierro, aunque fuera solo un momento.

En ese momento, el enorme perro negro soltó un alegre ladrido y se puso a hacer cabriolas a su alrededor, corriendo detrás de las palomas y persiguiéndose la cola. Harry y Rowney no pudieron contener la risa. Sirius había pasado mucho tiempo encerrado en la casa. La señora Weasley, sin embargo, frunció los labios de forma muy parecida a como lo hacía tía Petunia.

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Espero que les guste, y que lo disfruten tanto como yo. Gracias por el apoyo y los comentarios, las criticas son siempre bien recibidas y si me ayudan a complacerlos y cambiar los errores, pues muchísimo mejor.

Lamento no haber publicado antes, estaba con un ligero ataque de no inspiración, además de estar muy deprimida... En fin.

Un millón de besos.

Niquie