← Memorias de Idhún, el retorno de los descendientes · de
Memorias de Idhún, el retorno de los descendientes — capítulo 15
Primero que nada, mis disculpas. El Instituto me ha ocupado demasiado tiempo, aunque sé que para dos meses sin actualizar eso no es excusa. A partir de ahora actualizaré mucho más rápido, la historia se está acabando. Os dejo con el capítulo y, por favor, no me mateis.
- Nos encierran en una habitación y se creen que pueden detenerlo todo. ¿No te parece patético?
Zelinah se encontraba sentada en una litera, con las piernas colgando en el vacío. Se aburría enormemente. Tras toda la explicación a la Tríada de los planes de los Dioses, estos los habían encerrado en un cuarto en un ala del castillo. Zelinah y Zeil sabían que eso no había sido más que una medida de supuesta e infructuosa protección desesperada. No había nada que ellos pudieran hacer para parar lo que se venía.
Ziessel ya estaba al tanto de que sus hijos habían dado a la Tríada los datos suficientes como para atacar poder dar la orden a los sheks de atacar. Esa tarde sería el punto culminante. El baile se había suspendido antes de llegar la medianoche, y Erik y Eva habían sido obligados a permanecer en sus habitaciones hasta nuevo aviso, con la exclusiva compañía de sus compañeros de cuarto.
Zelinah miró a su hermano, que no parecía dispuesto a contestarle. Estaba tumbado en la litera de abajo, mirando hacia arriba, con los ojos abiertos.
- ¿Zeil? ¿Pasa algo?
El chico suspiró y clavó la mirada en su hermana.
-
Zelinah… no sé si esto está bien del todo…
-
¿Tienes dudas? ¿Ahora?
El chico asintió, en silencio. Su hermana lo miró, expectante, pues Zeil siempre había sido el más obediente de los dos hacia los deseos de su madre.
- Verás… ¿No nos hicieron a nosotros algo parecido? Un entrenamiento especial para conseguir estas cosas. Tú y yo no éramos así de pequeños, también nos cambiaron a nosotros. ¿No recuerdas esos horribles años de sufrimiento? Solía ser yo el que, al terminar los pruebas, por la noche, se quedaba en el suelo de la habitación, llorando. Y tú me consolabas. Pero sé que tú también llorabas, que también deseabas que no nos obligaran a pasar por maltratos con el único fin de la hueca y vacía promesa de poder soportarlo mejor más tarde. Dejando a un lado todos los problemas psicológicos que tuviste tú. Aún con solo tres años, sabía por qué no te dejaban estar conmigo demasiado tiempo. ¿Quieres lo mismo para ellos?
La chica guardó silencio. Ella también recordaba todo eso, pero bastante más difusamente que su hermano. Sus memorias de aquella época estaban llenas de lagunas y espacios en blanco, posiblemente debidos a esos problemas mentales que Zeil había mencionado. Fueron unos ligeros desequilibrios que hicieron que su personalidad cambiara radicalmente, y aún de vez en cuando sufría algún repentino, pero breve, ataque. Además de estas secuelas, los hermanos también continuaban con dolores físicos y traumatismos psicológicos. Y eso teniendo en cuenta que ellos tan solo habían sido entrenados para ser los mejores y recuperar Idhún, no para gobernarlo.
- No, pero… no hay nada que podamos hacer, Zeil. Es el fin. Para ellos y también para nosotros.
Un fuerte estruendo sacudió el castillo de Vanissar hasta sus cimientos. La Tríada, que se encontraba en la biblioteca discutiendo sobre su siguiente movimiento, reprimieron una exclamación. Habían llegado. Y pensaban marcharse con sus hijos.
En la habitación de Eva, la temperatura descendió unos 10 grados de golpe, cuando la chica escuchó el ruido. Ahmariel, que estaba con ella en ese momento, la miró, asustado.
-
¿Qué ha sido eso? ¿Qué has hecho?
-
Espero equivocarme- musitó la shek-, pero si es lo que yo creo, es una suerte que mis poderes respondan de una forma tan fuerte.
En la habitación de Erik, la estampa se repetía, pero con sus particulares variaciones. La temperatura en la habitación ascendía, y gracias a los Seis - irónicamente- Kelanieh no se encontraba allí en ese momento.
La Tríada salió corriendo al jardín para encontrarse con aquellos que ya esperaban. Ziessel o, en ese caso, Shizuko, se encontraba en el centro de la estancia, rodeada de una horda de sheks.
- Encontradlos- ordenó-. A mis hijos también. Nos vamos de aquí.
Tras decir estas palabras, la chica se giró para mirar fijamente a los padres de las criaturas.
-
Vaya, vaya- sonrió-. Ha pasado mucho tiempo. Kirtash, Lunnaris, Yandrak. Un gusto volver a veros.
-
Lamentamos no poder decir lo mismo- respondió Jack, con acritud.
- ¡Tiene que haber algo que podamos hacer!- gritó Zeil, tras escuchar el fuerte estruendo.
Su hermana permaneció en silencio. No había solución.
- Si nos ponemos en su contra nos matarán, por mucho que la jefa sea nuestra madre. No quiero que te ocurra nada. Me moriré si te pasa algo, Zeil. Es mejor así. Ellos lo superarán, como lo hicimos nosotros.
El chico miró a su hermana con desprecio. La quería mucho, pero no la reconocía en esas palabras. Era consciente de que era demasiado tarde para tratar de enmendar los errores que había cometido, pero aún así, quería ayudar. Trató de abrir la puerta del cuarto donde estaban encerrados, pero fue inútil. Tan solo le quedaba una oportunidad…
- Por lo menos ese estúpido entrenamiento tuvo una parte positiva…- rió amargamente mientras extendía la mano para colocarla sobre el pomo de la puerta.
En ese instante, una potente luz comenzó a brillar, inundando la habitación y centrándose en el picaporte. Un ligero "clic" fue el único sonido que se escuchó antes de que una violenta explosión sacudiera la estancia.
La puerta ya no estaba, y Zeil tampoco. Su hermana suspiró. El chico era muy rápido, seguro que ya estaba en el rellano de las escaleras, dispuesto a lo que fuera. A veces no le comprendía.
Zeil corrió escaleras abajo una vez que la puerta se salió de sus goznes. Llegó a la velocidad del rayo a la habitación de Eva y abrió la puerta de la misma manera. Cuando el humo de la nueva explosión se disipó ligeramente sintió un violento dolor en su hombro.
Dejando escapar una exclamación de dolor, levantó la mirada. Pudo ver a la chica en el centro de la habitación, su mano brillando con un ligero tono azulado.
- ¡No te acerques!- le gritó.
El chico retrocedió unos pasos. Había contado con ello.
- Léeme la mente si quieres, Eva, no voy a hacerte nada. Corre, si te quedas aquí te encontrarán.
La chica no dudó, pues sabía que Zeil hablaba en serio. Juntos corrieron hasta la habitación de Erik, donde se repitió la operación. El dragón, al ver a su hermana con Zeil, también los acompañó, aunque un poco más receloso, pues no tenía modo de comprobar si todo era o no una trampa.
Juntos bajaron las escaleras hasta el jardín, donde pudieron ver una imagen que tardaría mucho en abandonar sus mentes.
Sus padres, ambos transformados, luchando a duras penas contra la enorme cantidad de sheks que ocupaban los cielos. Entre todos ellos destacaba uno, sobre el cual iba montada Zelinah, dando órdenes en el aire.
Victoria utilizaba el báculo, pero podía lograr contra esa horda de sheks. Shizuko simplemente permanecía de pie, esperando a que los sheks enviados trajeran a los objetivos de la batalla.
-
¡Zeil!- exclamó-. Ya los tienes, que efectivo. Vámonos.
-
No, mamá- interrumpió el joven-. No estoy de acuerdo con esto.
Shizuko sonrió levemente, desconcertando por completo a su hijo. Con un solo movimiento de mano de la shek, un rayo surcó los cielos para impactar justo delante de los tres chicos. Procedente de la joven Zelinah, ese rayó había herido gravemente a su hermano, dejando simplemente ligeramente malheridos a Erik y Eva.
La chica, al darse cuenta de lo que había hecho, dejó escapar una exclamación de sorpresa. Nunca había podido suponer que su madre heriría voluntariamente a su hijo, pero la tranquilizó pensar que Shizuko nunca dejaría que este muriera.
Espero pacientemente a que su madre diera la orden de ir a buscar a su hermano. Esperó mientras la Tríada caía. Espero mientras dos sheks recogían del suelo a Kareth y a Lune. Espero mientras su madre mandaba la retirada de los sheks. Esperó hasta que tan solo quedaron en el jardín su madre y ella, junto con los cuerpos, todavía con vida, de la Tríada y sus amigos y soldados, que poco habían podido hacer en la batalla. Esperó, y tanto esperó que terminó por quedarse ella sola, mirando al vacío.
Su madre había dejado a Zeil allí. Y ella no podía ir a ayudarle. Mientras la figura de la chica desaparecía tenuemente, producto de un hechizo de teletransporte, ella se preguntaba por qué le dolía tanto la desaparición de un traidor, por muy hermano suyo que fuera.
¿Reviews? ¡Acepto amenazas de muerte si son hechas con educación!