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Memorias de Idhún, el retorno de los descendientes — capítulo 9
Después de la cena, Eva decidió continuar con su entrenamiento de unicornio, para lograr transformarse lo antes posible. Sin embargo, por mucho que practicara, no era capaz de curar ni la más leve herida ni de comportarse como canalizadora de magia. Y eso la inquietaba. Nunca se había visto nadie con su misma situación: medio shek y medio unicornio. No sabía si le ocurriría como a su padre, que nunca fue capaz de emplear sus poderes de mago a causa del poder de su shek interior, o si por el contrarío, el unicornio lograría abrirse paso entre el mar de hielo que habitaba dentro de ella.
Nadie contaba con respuestas para esas preguntas. Por lo tanto, lo único que Eva podía hacer era esperar. Esperar y practicar.
- Eva- interrumpió Victoria-. Déjalo por hoy.
La niña miró a su madre, desolada. No quería abandonar, no todavía, no tan pronto.
-
Pero… dejando las cosas a medias nunca lograré transformarme. Tú dijiste que papá te había ayudado con tus poderes. Tal vez si hace lo mismo conmigo…
-
No- interrumpió tajantemente su madre-. Conmigo fue diferente. Yo lograba controlar la magia. Creo que lo mejor será que dejemos por un tiempo el entrenamiento de unicornio.
Eva se mostró contrariada. No quería dejarlo. No podía dejarlo. No querían que lo dejara. Nunca la aceptarían si lo dejaba.
Poco a poco, Eva se dio cuenta de que el hecho de que no pudiera transformarse a ella le importaba bien poco. Sin embargo, el resto de idhunitas no pensaban igual. Ellos querían ver la muestra de que Kirtash era el último shek de Idhún, que no habría más después de él. La tolerancia de Idhún tenía un límite, una línea que parte de la población no pensaba rebasar. Pero no convenía acatar esa muda orden que la sociedad había impuesto injustamente. Había que demostrar que los sheks no eran el problema. El pensamiento era el problema.
- Me transformaré en shek- sentenció Eva.
Victoria miró a su hija, orgullosa. Al fin se había dado cuenta. Un tema menos del que preocuparse. Lo siguiente era...
Ahmariel y Erik estaban en la habitación de Kelanieh y Eva. O, mejor dicho, la nueva habitación de Kel y Erik.
- Siento como si acabáramos de ser engañados, ¿tú no, Erik?
-¿Ehh? ¿A qué te refieres? Yo estoy contento de poder dormir con tu hermana.
-
No creo que esto sea cuestión de estar contentos o no…- murmuró Ahmariel-. Cambiando de tema, ¿qué te han dicho esos tales Zelinah y Zeil?
-
Pues verás, ha sido un tanto extraño. Al principio solo nos dijeron que eran unos enviados de los dioses y que tenían un cometido muy especial entre manos. En ese momento, Eva salió corriendo. Aún no entiendo muy bien por qué lo hizo, pero, con lo inteligente que es, me imagino que adivinó sus planes antes de oírlos. Yo les hice unas cuantas preguntas, las cuales no quisieron contestar. A pesar de todo, insistí y conseguí sacar algo en claro. Me dijeron que ellos eran criaturas míticas en una forma, como nosotros. La luz de sus ojos los delataba.
Ahmariel palideció visiblemente. No podía ser…
-
Quieres decir que…
-
Así es. Los Seis se lo han pensado. Han pasado ya 15 años. La magia en Idhún no se agota, pero en un tiempo hará falta renovarla. Para eso están Zelinah y Zeil. Para eso estamos Eva y yo.
Los dos amigos se miraron. Ahora todo tenía sentido. Por supuesto, esto no era algo tan grave como la cruel lucha contra el Séptimo que habían sufrido sus padres, pero seguía sin ser calificado de agradable.
-
Pero eso no es todo- añadió Erik-. Hay algo más. Algo que no me han querido decir. Mañana Christian irá a hablar con ellos. Tal vez saque algo en claro…
-
¿Dónde está? Creo que lo había dejado por aquí…
Eva se encontraba agachada, buscando algo bajo su antigua cama para poder llevárselo a su nueva habitación.
Pronto, sus manos tocaron un estuche alargado. Lo sacó de donde estaba y corrió a su habitación, antes de que la viera nadie. Cerró la puerta tras de sí, y respiró tranquila.
- ¿Qué es lo que estás escondiendo, Evita?
La susodicha pegó un respingo. En ese momento se dio cuenta de que no estaba tan sola como creía. Ahmariel se encontraba delante de ella, mirándola con curiosidad.
-
No me llames Evita- respondió cortante.
-
Discúlpame. Pero aún no me has respondido, princesa del hielo.
Eva suspiró. No era la primera vez que Ahmariel la llamaba así. Ya estaba demasiado cansada de regañarle sobre eso, así que lo dejó correr.
-
No es algo importante.
-
Discrepo. Si no fuera importante, me lo dirías.
-
Tengo la sensación de que estos días compartiendo habitación van a ser muy largos- dijo, guardando el estuche en su cómoda-. Voy a ponerme el pijama. Vete.
-
¿Irme? ¿Acaso no te fías de mí? Podría decirte que no voy a mirar, pero mentiría.
-
Pervertido- exclamó Eva, con las mejillas rojas por la vergüenza.
Sin embargo, Ahmariel se marchó en ese instante, alegando que ya que su amiga pensaba en él como un salido, iba a defender su honor esperando detrás de la puerta.
Eva sacudió la cabeza, ligeramente molesta pero divertida a la vez. Sacó de su armario su pijama y se cambió en un minuto. Abrió la puerta para dejar a Ahmariel pasar, el cual le hizo una reverencia antes de entrar.
La chica suspiró, contrariada. Ahmariel era imposible.
En la habitación de al lado, la estampa se repetía, aunque con notables variantes.
Kelanieh había llegado al cuarto un par de minutos después de que Eva saliera con su estuche. Cuando entró, cogió su camisón blanco y se desabrochó la blusa y la falda que llevaba. Fue en ese momento cuando a Erik se le ocurrió entrar en la habitación. Sin llamar a la puerta.
Al ver que Kelanieh llevaba muy poca ropa en la parte superior, Erik cerró la puerta a la velocidad del rayo, pero Kel se dio cuenta de que la había visto.
- ¡Lo siento lo siento lo siento lo siento lo siento!
Las efusivas disculpas de Erik hicieron reír a Kelanieh. En su naturaleza estaba el poco pudor de los celestes, por lo que no iba a enfadarse como una chica humana a la que ven en ropa interior. Terminó de vestirse y le abrió la puerta al todavía avergonzado Erik.
-
Lo siento, Kel- continuó el chico-. De verdad que no era mi intención… Es que cuando compartía habitación con Ahmariel no tenía que llamar a la puerta…
-
Déjalo, Erik- rió la joven-. Ya te he dicho que no pasa nada.
La nueva habitación de Erik no contaba con las literas, sino con camas separadas por varios metros entre si.
-
Me parece que va a ser bastante más cómodo dormir en camas que en literas…- murmuró Erik por lo bajo.
-
Muy bien, Eva. Comencemos con tu entrenamiento.
-
Lo mismo para ti, Erik.
Jack y Christian habían decidido ser los propios maestros de sus hijos. Mientras que Eva se concentraría en su esencia shek, Erik haría lo propio con sus poderes de dragón.
Solo había un problema. Erik no había dado muestras de poseer el más mínimo poder sobre el fuego hasta ahora, a diferencia de Eva, que gozaba de un control sobre el hielo asombroso.
Los dragones habían sido considerados en Idhún como los protectores de dicho mundo debido a su función primaria de destrucción de los sheks. Los dragones eran sabios, a pesar de que los sheks los superaran en inteligencia. Erik conocía todo sobre la historia de sus antepasados, así como el hecho de que su padre había sido el más poderoso de todos los dragones, al verse concentrado en él toda la fuerza de todos los dragones de la historia.
El chico poseía una teoría perfecta en su mente, ordenada y pulcra. El problema, sin embargo, era la práctica. En realidad, Erik no sabía si la transformación y el uso de poderes iban a ser un inconveniente en su paso hacia la esencia de dragón. Nunca había intentado controlar el fuego.
-
¿Qué… qué tengo que hacer?- preguntó el chico, un poco perdido.
-
Me parece que esto ya lo he vivido antes- rió Christian por lo bajo-. No creo que vayas a poder transformarte con la práctica, Erik. A Jack le pasó igual. Tuvimos que esperar por Yandrak hasta que se le ocurrió hacer un larguísimo viaje a Awinor.
-
Christian tiene razón- contestó Jack, lanzándole una mirada no muy amigable a su serpiente "favorita"-. Tal vez lo mejor sea que tú te centres en tu entrenamiento de unicornio. Aún no lo has intentado ni una sola vez.
Erik no quería transformarse en unicornio. No después de lo que Zelinah y Zeil querían hacer con ellos. Y su padre lo sabía.
- Si me transformo en unicornio- argumentó Erik- estaría aprobando de manera indirecta lo que Zelinah quiere hacer conmigo, papá. Y yo no estoy por la labor de crear unicornios pequeñitos por la preservación de la especie. Y menos con ella.
Las palabras de Erik arrancaron una gran carcajada por parte de Jack y Christian. Eva miró a los dos adultos con cierto reproche.
-
¡No creo que sea algo tan divertido!- siguió protestando Erik
-
Y no lo es- contestó seriamente Eva-. Pero me parece que eso no es la labor principal de estos dos unicornios. Se traen algo más importante entre manos.
La enfermería era demasiado aburrida. Sobre todo cuando se es un unicornio en cuerpo humano que no puede salir a explorar porque lo tienen encerrado con su hermana melliza.
-
Estamos perdiendo el tiempo, Zelinah. Lo mejor sería que obligáramos a toda esa familia a venir a vernos juntos, sin que la niñita shek se escape porque cree saber algo.
-
Pienso lo mismo, Zeil. Pero ya sabes que los Seis nos obligan a ser discretos. No diremos nada hasta que la pequeña Lune obedezca por si misma. Aunque no lo parezca, eso acelerará las cosas.
-
Nuestra verdadera misión va a incluir bajas en la pequeña asociación familiar de la Tríada. ¿Cómo les sentará ver la muerte de cerca otra vez?
-¿Cómo les sentará volver a sufrir por desengaños y traiciones? ¿Cómo avanzarán en un mar de obstáculos?
-Me pregunto… ¿Qué podemos hacer para volver este juego más interesante?
Esas fueron las últimas palabras que se escucharon antes de que la oscuridad envolviera de repente a todo Idhún.