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The Walking Dead, Dark Paradise — capítulo 3
**N. de la A.****:Cuando veáis la almohadilla#**escuchad la canción que he enlazado al presente capítulo.
Música:https://www.youtube.com/watch?v=Ne6VRnUnJmo
King County, 6 de marzo del 2011.
La luz del sol matutino se colaba tímidamente a través del cristal de la ventana, traspasando con eterna sumisión la tela violácea de las cortinas e iluminando en una maravillosa explosión iridiscente las inmediaciones del dormitorio.
Ya eran las siete de la mañana, de manera que la alarma del despertador comenzó a sonar, rompiendo impetuosamente la calma que durante horas había dominado la estancia.
Sin tan siquiera abrir los ojos buscó con su mano izquierda el paradero del dichoso aparato, palpando la superficie de su mesita de noche como si le fuese la vida en ello, hasta que finalmente logró dar con él. Y cuando al fin terminó con el martirio que había interrumpido su descanso, respiró llena de alivio.
*—*Odio los lunes...
Con toda la pereza del mundo se reacomodó en su lecho, concediéndose cinco minutos más de sueño antes de empezar a prepararse para el instituto. No obstante, varios gritos procedentes del primer piso llegaron vagamente a sus oídos, acaparando su atención.
Otra vez no.
Dejó escapar un gruñido de auténtico fastidio, al tiempo que se cubría totalmente con lamanta. Trató de ignorar por todos los medios las estridentes voces de sus padres, pero le resultó imposible.
—**¡¿Es que ya no se puede dormir en esta maldita casa?! —gritó, furiosa. Apartó las sábanas con cierto desdén y se puso en pie de un salto.
Tras un ocioso bostezo maldijo por lo bajo —algo muy común en ella —, y se aproximó a su tocador, dejándose caer en el pequeño asiento. Compuso una mueca de desagrado al contemplar el reflejo que le devolvía el espejo. Dios, estaba horrible, ni todo el maquillaje del mundo sería capaz de ocultar esas terribles ojeras. Se llevó una mano a la frente en un repentino arranque de desesperación, para luego dar paso a una sonrisilla pícara y traviesa. Había pasado la noche con Caleb, en una pequeña "escapada romántica", y ahora su agotado semblante sufría las consecuencias. Pero al menos había merecido la pena.
Y tanto...
Volvió a mirarse en el espejo e inspiró profundamente, procurando ante todo no desesperar, aunque con el panorama que se barruntaba de buena mañana no le sería nada fácil. Sin perder ni un segundo más dirigió sus apresurados pasos hacia el baño que, por suerte para ella, en esos momentos no estaba ocupado. Seguro que una buena ducha le ayudaría a relajarse.
#
Campamento de Atlanta, 10 de junio del 2011.
Mantenía los puños cerrados y pegados al cuerpo, descargando en la palma de sus magulladas manos toda la frustración que había estado guardándose para sí misma desde que toda aquella locura comenzó, ya iba siendo hora de soltarla. Su mandíbula permanecía apretada por la rabia y los ojos le brillaban con lágrimas reprimidas, pero hizo un gran esfuerzo y logró contenerse, aunque a duras penas. La debilidad era un lujo que ya no podía permitirse. Fue entonces cuando el recuerdo de aquella mañana pasó fugazmente por su mente como un soplo de aire fresco. Ese fue el último día que vio a su padredespierto, antes de que cayera en coma, y, en consecuencia, el primero de su infierno personal. Habían pasado tantas cosas desde entonces...demasiadas.
Se secó rápidamente la lágrima que había descendido por su bronceada mejilla y no pudo evitar componer una mueca hostil. Odiaba sentirse así, tan vulnerable.
¡Basta!
Tragó en seco con la esperanza de que el molesto nudo que se había aglutinado en su garganta desapareciese cuanto antes, junto con la exasperante desazón del pecho que apenas le permitía respirar en condiciones, y comprimió la mandíbula con fuerza para evitar que las emociones y los recuerdos aglomerados la estorbasen. Quería estar lúcida, ser inmune al dolor y olvidar aunque tan solo fuese durante unos míseros instantes que el mundo entero se había ido a la mierda. ¿Era tanto pedir? Por lo visto, sí.
Echó una rápida ojeada a su alrededor y respiró hondo, justo antes de dar un par de pasos al frente. De pronto aquella agua cristalina tomó contacto por primera vez con sus pies descalzos, provocando que un agradable cosquilleo le subiese lentamente por las piernas, largas y esbeltas. La joven se mordió ligeramente el labio inferior antes de volver la vista atrás, indecisa. Finalmente, cuando estuvo segura de que se encontraba en la más absoluta soledad, optó por quitarse la camiseta de tirantes y los shorts tejanos que llevaba puestos, quedándose en ropa interior. Un suspiro apenas perceptible escapó de sus carnosos labios. En esos momentos daba gracias a Dios (si es que acaso existía) por que los hermanos Dixon no anduvieran cerca.
Poco a poco fue adentrándose en las profundidades del lago, agradeciendo inmensamente el frescor del agua en un día tan caluroso. Y una vez que todo su cuerpo se hubo sumergido, una grata sensación la embargó por completo. Era extraño, pero por primera vez en semanas se sentía libre de nuevo.
King County, 6 de marzo del 2011.
El eyeliner negro se deslizó con gran maestría sobre su párpado superior derecho, trazando una línea azabache perfecta que realzaba aún más su seductora mirada, mientras cantaba al compás de la música la canciónMy ImmortaldeEvanescence, uno de sus grupos favoritos.
Ya vestida y aseada, Alexandra Grimes comprobó una vez más que todo estaba en orden. Observó minuciosamente su aspecto en el espejo, en busca de cualquier imperfección, y como retoque final se echó un poco de brillo de labios. A continuación apagó el equipo de música —muy a su pesar —, cogió su bolso y su carpeta y fue directa a la cocina.
Allí su hermano pequeño ya estaba desayunando y sus padres, como casi todos los días desde hace un par de meses, discutían probablemente por cualquier chorrada sin importancia. La joven puso los ojos en blanco y dejó escapar un tenue suspiro. Aquella situación comenzaba a exasperarla, ¿cuánto más tendrían que estar así, conviviendo entre continuos gritos y reproches? ¿Acaso ellos mismos no se daban cuenta?
—**¡No te importamos un bledo! —le recriminó Lori a Rick, mientras lo apuntaba de manera amenazante con el dedo índice.
—**¿Cómo puedes decir eso, y más delante del chico? —inquirió su esposo, reflejando decepción y asombro a partes iguales.
Lamuchacha, por su parte, se apostó contra la jamba de la puerta, en pose desenfadada, y carraspeó con cierta brusquedad para hacerse notar. Sus progenitores, nada más verla, guardaron silencio.
*—*Oh, por favor. No paréis por mí —comentó la morena, llevándose una mano al pecho en un gesto dramático.
Lori bajó lentamente la mirada y Rick, que ya lucía su uniforme de sheriff, inhaló abatido. Se apartó de la encimera desde donde había estado discutiendo con su mujer y le lanzó una mirada severa a su primogénita.
»¿Ya has terminado? —le preguntó a Carl en un tono más dulce y afable.
El niño asintió repetidas veces con la cabeza, se notaba que aquella situación estaba empezando a incomodarle (¿y a quién no?), y apartó el bol de cereales ya vacío.
»Pues venga, coge tus cosas, hoy te llevo yo al colegio.
El pequeño, de tan solo doce años, se echó la mochila a los hombros, se despidió de sus padres con un tierno beso en la mejilla y cuando se detuvo al lado de su hermana, ésta le sonrió pícaramente y le revolvió el pelo.
*—*Puedo acercaros yo, si queréis —se ofreció Rick, dando un paso al frente, pero la chica lo cortó con una mirada gélida.
*—*Tranquilo, ya me ocupo yo. Así podréis continuar con vuestra absurda crisis matrimonial —soltó sin contemplaciones.
Cogió las llaves de su coche, dispuesta a salir de allí lo antes posible, pero la estridente voz de su madre la retuvo en el umbral de la puerta:
—**¿No quieres comer nada? —consultó Lori, que se había cruzado de brazos en un gesto impasible.
La aludida tomó una gran bocanada de aire, justo antes de girar sobre sus talones con agilidad.
«Solo unos meses más», se repitió a sí misma.
*—*No, gracias, se me ha quitado el apetito —masculló tras un breve resoplido.
Campamento de Atlanta, 10 de junio del 2011.
La muchacha caminaba distraídamente por el bosque, tratando de esquivar las traicioneras raíces mientras se desenredaba el pelo con los dedos. Iba sola y desarmada, siendo perfectamente consciente del escabroso peligro al que con tanta facilidad y despreocupación se estaba exponiendo. Pero es que en aquellos momentos no pensaba con claridad. Prácticamente deambulaba por entre la floresta como un alma en pena, inmersa en una maraña de recuerdos de la que se veía incapaz de salir.
Cuando llegó a su destino decidió dar un pequeño paseo por el campamento —aunque ya lo tuviera más que visto —, pues, al fin y al cabo, no tenía nada mejor que hacer y lo último que necesitaba en ese preciso instante era quedarse de brazos cruzados. Ni hablar, ese era más el estilo de Allison, pero no el suyo. Ella ante todo necesitaba mantener la mente ocupada, así no se comería innecesariamente la cabeza.
Un hombre de edad avanzada, acompañado de una mujer también mayor, pasó por su lado y la saludó afablemente, lo cual descolocó un poco a la chica, que se limitó a responder torpemente al gesto con una sonrisa forzada. Se mordisqueó frenéticamente el labio inferior y entrecerró los ojos. ¿Ese era Bob? Que va, no había ningún Bob en el campamento...¿Alfred, tal vez? Suspiró frustrada, no recordaba su nombre al igual que tantos otros, aunque no sabía de qué se sorprendía.
Las personas con las que tenía que convivir día a día eran de lo más pintorescas: desde un borracho sin escrúpulos que maltrataba a su mujer e hija, hasta la versión lésbica de la Barbie Malibú y su hermanita universitaria. Eso sin olvidarse de los dos afroamericanos, T-Dog y Jacqui; la humilde familia Morales; el viejo de la caravana, ¿cómo se llamaba...?, ¡ah, sí! Dale; Jim, un hombre alto y escuálido con el que apenas había cruzado un par de palabras; y, por supuesto, los hermanos Dixon. Ya llevaba unas seis semanas conviviendo con toda esa gente, no obstante, pese a que la mayoría eran bastante agradables, ella aún se sentía incómoda entre tanto desconocido. De ahí su comportamiento para con ellos, frío y distante. Una simple relación de compañerismo, ya que a todos les había salpicado la misma mierda, pero nada más. El único miembro del grupo que, a su parecer, merecía realmente la pena era Glenn Rhee, un joven coreano de veintipocos años con el que había congeniado bastante bien. Él era de las pocas personas en ese sitio a la que había cogido algo de aprecio. La verdad, le gustaba pasar tiempo con él, era agradable y divertido, por no mencionar que le recordaba mucho a...
—Alexandra Lorraine Grimes, ¿se puede saber dónde diablos has estado? —preguntó su madre, interponiéndose en su camino.
La susodicha rodó los ojos de puro hastío. Odiaba que la llamasen por su nombre completo, simplemente no lo aguantaba.
—¿Acaso no es evidente? —inquirió en tono jocoso, sin apartar las manos de su oscuro cabello.
Lori clavó la vista en él. Estaba húmedo.
—Por favor, dime que no es cierto —suplicó al tiempo que se llevaba una mano a la frente. Su hija se encogió de hombros, en un gesto inocente —. ¡¿Es que te has vuelto loca?!, ¿cómo se te ocurre bajar al lago tú sola? —la mujer iba alzando la voz con cada palabra que salía de su boca.
—¿Sabes?, es impresionante la facilidad que tienes para perder de vista a tus propios hijos —alegó la mayor de los Grimes tras un breve resoplido —. Pero claro, eso no ocurriría sino anduvieses revolcándote con Shane a la mínima de cambio —. Apenas terminó de hablar, su madre le propinó una fuerte bofetada.
—No voy a permitir que me hables así, ¿me oyes? —Lexy se llevó una mano a la mejilla, justo donde había recibido el golpe, no sin antes lanzarle una mirada airada —. Te guste o no sigo siendo tu madre, y merezco un poco de respeto.
La chica alzó el mentón con aire combativo. Era sumamente orgullosa e insolente, por lo que siempre, siempre, tenía que quedar por encima de los demás. Esa vez no iba a ser la excepción.
—La próxima vez que te acuestes con el mejor amigo de mi padre, procura colocarte bien la blusa y quitarte las hojas secas del pelo, ¿o me vas a decir que aparecieron ahí por arte de magia? —espetó con una frialdad inquietante.
El corazón de Lori se aceleró súbitamente, mientras sus pálidas mejillas adquirían un tenue color carmesí que trató de disimular por todos los medios. Su cara era un auténtico poema. ¿Hasta dónde llegaría la crueldad de su primogénita? Bajó la mirada, evitando así el contacto visual con ella.
—¿Mamá? —la voz del pequeño Carl sonó a sus espaldas.
Ambas se giraron velozmente hacia él, mostrando sendas expresiones de sobresalto. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?, ¿habría escuchado toda la conversación?
—Carl —logró articular la Sra. Grimes tras varios quiebres de voz. Le aterraba la idea de que su otro hijo descubriese también lo suyo con Shane —. Tu hermana y yo solo estábamos...
—Alguien está hablando por radio —le cortó el niño, ajeno a la situación.
Lori dejó escapar un pequeño suspiro, por suerte su retoño no había escuchado nada.
Mientras tanto, a pocos metros de distancia, una joven de cabello dorado y hermosos ojos azules se aproximaba a gran velocidad a la caravana de Dale, junto a la cual había una vieja y destartalada radio.
—**¿Me oye alguien?—una voz masculina, algo distorsionada debido a la mala señal, sonó en una de las frecuencias.
—¡Eh, hola! Sí, yo le oigo. Cambio —la muchacha con transmisor en mano, esbozó una inapreciable sonrisa. A su lado se detuvieron Lori, Lexy y Carl. Poco después se les unió Dale, movido por la curiosidad.
*—*Si me oye alguien, por favor, responda—el desconocido volvió a hablar —. Transmito en frecuencia de emergencia. Me aproximo a Atlanta por la carretera 85. Repito, si alguien me recibe, responda, por favor.
—¿No puede oírnos? —consultó la morena, cuyas manos reposaban sobre los hombros de su hermano.
—Eso me temo —acreditó el anciano con cierto pesar.
—Estamos a las afueras de la ciudad, en un pequeño campamento —comunicó la rubia, que no dejaba de manipular la rueda de mano para así disminuir las constantes interferencias —. Mierda... —maldijo, al ver que la recepción era cada vez peor.
Eso te pasa por toquetear, rubita.
—Genial, estamos apañados —masculló Lexy entre dientes.
—¡Oiga!, ¿puede escucharme? —al no recibir respuesta alguna, la chica llamada Amy, miró desesperadamente al viejo de la caravana —. Lo he intentado, pero...
Ante ellos apareció Shane, que portaba una gran cantidad de leña para el fuego.
—Vamos, hijo. Tú sabes manejar mejor este trasto —apeló Dale, señalando con la mirada el aparato.
El policía asintió. Dejó la madera a un lado y se arrodilló junto a Amy, quien le entregó el transmisor.
—¿Quien ha hablado sigue conectado?
Lexy comenzó a mordisquearse las uñas, nerviosa. No todos los días se establecía contacto con otros posibles supervivientes.
»Aquí el agente Shane Walsh transmitiendo a desconocido, por favor, responda —una vez más, no hubo respuesta.
—Sea quien sea, ya no está —pronunció el anciano, rompiendo el silencio recientemente instaurado.
Shane suspiró lánguidamente.
—Al menos no estamos solos, hay otros ahí fuera —intervino Lori con las manos apoyadas en la cintura.
—Pero eso ya lo sabíamos desde el principio —repuso el hombre, poniéndose nuevamente en pie —, por eso la dejé encendida.
—Ya, ¿y de qué mierdas sirve si no podemos comunicarnos? —contradijo Alexandra, mirándolo con una ceja arqueada.
—¡Eh!, esa lengua —la reprendió su padrino.
Ella bufó de mala gana.
—Llevo varios días diciendo que colguemos carteles en la 85 para que eviten la ciudad —señaló Lori en tono taciturno.
—Dios, ese hombre no tiene ni idea de en dónde se está metiendo —musitó Amy, aún con la mirada perdida.
—No ha habido tiempo, y lo sabéis —el agente de policía inhaló profundamente.
—Pues tenemos que sacar tiempo —insistió su amante, sin darse por vencida —. No podemos dejarlo así.
—Y en el hipotético caso de que lo hagamos —comentó Dale —, ¿a quién coño propones que enviemos? Es una misión suicida —se hizo el silencio.
Alexandra miró de reojo a su progenitora, creyendo saber cuál iba a ser su respuesta.
—Dadme un vehículo e iré yo.
JO-DER.
Carl se estremeció, y la expresión neutral de su hermana se crispó en el acto. ¿Es que acaso su madre se había vuelto loca?, ¿en qué narices estaría pensando?
—Nadie irá solo a ningún lado, es demasiado peligroso —acotó Shane, al tiempo que se frotaba la cabeza con nerviosismo.
Lori soltó un breve resoplido, no soportaba recibir órdenes —en eso era clavadita a su hija —. Sostuvo unos segundos más la autoritaria mirada de Walsh, para finalmente darse media vuelta y dirigirse a su tienda de campaña.
—Vaya panorama —susurró Lexy para sus adentros, leyéndoles el pensamiento a sus compañeros. Tomó la mano de Carl y juntos comenzaron a alejarse de allí. Shane enseguida fue tras ellos. En cuanto los alcanzó, sostuvo con fuerza la muñeca de su ahijada, forzándola a detenerse.
—Tenemos que hablar —le comunicó en su mejor tono neutral.
La aludida clavó sus penetrantes ojos verdes en él.
—Creo que paso —se zafó de su agarre y echó a andar de nuevo.
—Tú y yo tenemos una conversación pendiente —señaló el hombre, volviendo a aprisionar su brazo.
Lexy frunció el ceño. Tomó una gran bocanada de aire y observó a su hermano, el pobre parecía muy confundido.
—Anda, ve a jugar con Sophia —le dijo.
El crío, no muy convencido, miró a Shane en busca de una explicación. Sabía que algo pasaba.
—Tranquilo, chaval. Solo quiero charlar un rato con tu hermana —sentenció el policía, con media sonrisa en el rostro.
Carl arrugó la nariz, pero acabó cediendo. Y cuando se hubo alejado lo suficiente, la joven fulminó con la mirada a su insistente padrino.
—¿Qué quieres? —preguntó, cáustica y sin la menor intención de dar su brazo a torcer.
Shane se relamió los labios antes de tomar la palabra:
—He hablado con tu madre y...
—No me lo digas, quiere que te llame papia partir de ahora —lo interrumpió la adolescente.
Su voz le sonó demasiado cínica, pero el hombre no cedió:
—Entiendo que estés cabreada —comenzó a decir atropelladamente. La tensión podía sentirse a leguas. Si ya de por sí aquella situación era complicada, la actitud de su ahijada no mejoraba las cosas.
—Já, cabreadaes un término muy suave —una risita sardónica escapó de sus carnosos labios.
—Nunca quisimos hacerte daño —musitó el agente de policía, justo antes de tragar saliva.
Lexy apretó los puños con fuerza. Intentaba mantenerse inexpresiva, pero con Shane nunca lo conseguía. Rebasó impetuosamente los escasos centímetros que los separaban y le miró fijamente a los ojos.
—Mi padre ha muerto hace apenas unas semanas, y te ha faltado tiempo para tirarte a su esposa. ¿Ese es el respeto que le tenías? —le afrontó, provocando que clavase la vista en el suelo. Ante su silencio negó con la cabeza —. Y todavía me pides que lo entienda —. Con un nudo en la garganta, Alexandra se dio la vuelta y desapareció.
Esta vez Shane no intentó detenerla. Se quedó inmóvil, viendo cómo ella se alejaba. Estaba demasiado ocupado sintiéndose culpable.
King County, 6 de marzo del 2011.
—**¿Irás a la fiesta de este sábado? —le preguntó Allison a su mejor amiga.
La aludida chasqueó la lengua, al tiempo que guardaba en su taquilla varios libros de texto.
*—*No puedo, el lunes tengo examen de literatura —contestó, fingiendo aflicción.
La pelirroja la observó con una ceja arqueada.
*—*Sí, claro. Eso no te lo crees ni tú —añadió con una sonrisa burlona.
Lexy rió por lo bajo, al parecer su numerito de estudiante ejemplar no había sido lo suficientemente convincente. Esperó a que Ally cogiese su bolso y ambas comenzaron a recorrer los transitados pasillos del instituto. Cuando atravesaron las puertas y salieron al exterior, la morena divisó en la lejanía las inconfundibles figuras de Shane y su madre. Se detuvo repentinamente al verlos.
—**¿Estás bien? —consultó Allison, posicionándose en frente suyo.
—**¿Qué hace aquí Shane? —inquirió la mayor de los Grimes, confusa.
Ally miró en la misma dirección en que lo hacía su compañera, encontrándose con el policía a pocos metros de distancia. A ella también le extrañaba su presencia.
—**¿Quieres que te acompañe? —se ofreció al ver los funestos semblantes que portaban tanto el agente Walsh como la Sra. Grimes.
La morena negó rotundamente con la cabeza.
*—*Te llamo luego.
Echó a andar lo más rápido que le permitieron sus piernas y cuando llegó hasta ellos, sintió que un nudo le aprisionaba la garganta.
»¿Qué ocurre? —preguntó con voz temblorosa.
Lori se acercó a ella y la envolvió en un cálido abrazo.
—Tu padre ha tenido un accidente.