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The Walking Dead, Dark Paradise — capítulo 4

N. de la A.: Muchas gracias a todos por vuestro apoyo. Y ya sabéis, cualquier duda, sugerencia, etc. será más que bienvenida. Gif:http://s1367.photobucket.com/user/Lucy_BF/media/Gifs%20de%20Dark%20Paradise/Capiacutetulo%203_zpsv71dux29.gif.html?sort=3&o=0*******King County, 6 de marzo del 2011.**

—Tranquila, ya acabo yo —dijo Nathalie mientras apilaba los últimos platos y comenzaba a enjabonarlos.

—¿Seguro? —inquirió su hija, indecisa —. No quiero dejarte todo el trabajo a ti.

—Segurísimo —la mujer, de regias facciones y penetrantes ojos azules, afirmó decididamente con la cabeza —. Anda, ve a descansar un rato —añadió, regalándole una sonrisa conciliadora.

La pelirroja asintió y se secó las manos con el paño de cocina, colgándolo después sobre el tirador del horno. Acto seguido cogió el enorme libro de Anatomía Patológica que minutos atrás había dejado sobre la encimera y se encaminó hacia el salón, dejándose caer en su sillón favorito. Emitió un lánguido suspiro a la par que se masajeaba suavemente las sienes. Los estudios estaban acabando con ella. Nunca pensó que el último curso de instituto sería tan duro y estresante, bueno, en realidad sí, pero una cosa era que te lo contaran y otra muy distinta vivirlo en tus propias carnes. Y si a todos los problemas propios de una adolescente —por si fuera poco —, se le sumaban la cantidad de trifulcas que estaba teniendo con su padre y su nueva e insufrible "familia", y la presión ejercida por su deseo de entrar en la Universidad de Harvard, el resultado final era muchísimo más agobiante y turbador, alcanzando límites estratosféricos.

Respiró hondo, esa era su hora de descanso y pretendía aprovecharla al máximo. Aunque para muchos leer un libro de primer año de carrera no es relajarse, para Allison Marshall era lo mejor que se podía hacer para liberar tensiones y evadirse un poco del mundo exterior, a parte del inmenso enriquecimiento intelectual que conllevaba. Estaba hecha toda una rata de biblioteca, pero ¿y qué?, a ella no le suponía ningún impedimento admitirlo y lo que pensasen los demás le daba absolutamente igual. Tenía muy claro sus ideales. No quería pertenecer al prototipo de chica que solo se preocupa por la imagen, ni hablar, ella aspiraba a muchísimo más; quería labrarse un futuro prometedor y convertirse en una mujer independiente.

Su pasión por la medicina no conocía límites, tanto que ella misma había empezado a formarse en sus ratos libres. Leía libros, buscaba información en Internet y siempre que podía atosigaba con preguntas de todo tipo a Joel Bennett, padre de Jeremy y cirujano jefe en el Hospital de King County. Por otro lado, gracias a su madre, que era profesora de biología en el instituto, dominaba dicha materia a la perfección, siendo esta una de sus predilectas junto a las matemáticas.

Guapa, simpática, inteligente… podría decirse que la única hija de los Marshall era todo un ejemplo a seguir. En cambio, no se podía decir lo mismo de su mejor amiga y confidente, Alexandra Grimes. Ella era todo lo contrario a Allison; dos polos que, pese a ser completamente opuestos, se atraían con una fuerza y necesidad sorprendentes. Ambas se complementaban a la perfección, de eso no cabía la menor duda, y quizá ese era el motivo por el que estaban tan unidas. Porque no puede haber día sin noche.

A Lexy nunca le habían preocupado los estudios tanto como a la pelirroja, más bien los aborrecía, prefería invertir su preciado tiempo en cosas más productivas tales como la música, el cine o los chicos. Eso no significaba que fuese una cateta, ni mucho menos, la mayor de los Grimes era condenadamente astuta e inteligente, calculadora a más no poder y pragmática en todos los sentidos, al contrario que Allison, cuya mente era más especulativa. La morena estaba deseando cumplir la mayoría de edad para trasladarse a Atlanta e ingresar en la Academia de Policía, tal y como hicieron su padre y su padrino antes que ella.

Sintió cómo el estómago se le encogía, dejando un gran vacío, al recordar los funestos semblantes que portaban tanto la Sra. Grimes como Shane Walsh a la salida del instituto. Nada más ver el panorama supo que había pasado algo, probablemente relacionado con Rick, dada su ausencia. Solo esperaba que no fuese nada grave, porque ¿para qué mentir?, apreciaba mucho a ese hombre, ya que desde siempre había velado por ella y su familia, apoyándoles en los momentos más difíciles y brindándoles su ayuda cuando era necesario, y sabía que el cariño era mutuo.

Miró por enésima vez la pantalla táctil de su smartphone, a la espera de encontrarse con alguna llamada perdida o mensaje de texto de su mejor amiga —tal y como le dijo que haría antes de marcharse —, pero nada. Lexy seguía sin dar señales de vida y eso comenzaba a impacientarla.

Nathalie, que ya había terminado de fregar todos los platos, le dedicó una mirada de soslayo a su hija. Al ver que se había quedado sumamente pensativa, frunció el ceño.

—¿Te encuentras bien, cariño? —consultó con voz dulce y aterciopelada, logrando sacarla de su ensimismamiento.

Allison alzó distraídamente la cabeza, para luego asentir.

—Sí, perfectamente —respondió mientras se colocaba un mechón rebelde detrás de la oreja.

Maldijo para sus adentros, eso había sonado de todo menos convincente. Se mordió la lengua y tomó aire, dispuesta a confesar el origen de su desvelo, pero antes de que pudiese retomar la palabra una cálida melodía inundó la estancia, acaparando irremediablemente su atención.

»Es Alex —se incorporó velozmente en su asiento en cuanto vio el nombre de su compañera reflejado en la pantalla del móvil. Descolgó y se llevó el aparato al oído —. Hey, hola. Me tenías preocupada, ¿todo bien? —. La voz de Alexandra Grimes sonó quejumbrosa, incluso desesperada, lo cual alarmó considerablemente a la pelirroja —. Lexy, ¿qué ha pasado? —la inquietud se apoderó por completo de su rostro.

Al percibir la seriedad con la que conversaba su hija, Nathalie se aproximó a ella.

—¿Ocurre algo? —quiso saber, cruzándose inquisitivamente de brazos.

Allison se llevó el dedo índice a los labios, reclamando silencio. Apenas podía entender lo que su amiga le decía, estaba demasiado alterada. Finalmente, tras un minuto más de incertidumbre, volvió a hablar:

—Está bien, ahora mismo vamos para allá —dijo justo antes de colgar.

La Sra. Marshall contempló con notable desasosiego el pálido semblante de la joven, a la espera de una explicación.

»Es Rick, ha tenido un accidente —le comunicó, provocando que se llevase una mano al pecho —. Está muy grave.

Campamento de Atlanta, 10 de junio del 2011.

La mañana había transcurrido con tranquilidad y sin ningún contratiempo —para suerte de todos —, dando paso a una tarde de caluroso bochorno y algunas nubes sobre el cielo que amenazaban con tormenta. Allison dejó escapar un tenue suspiro, al tiempo que se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano. Hacía un calor asfixiante.

Desde su conversación con Lexy había tenido tiempo para reflexionar, algo que verdaderamente necesitaba y más tras los últimos acontecimientos, pero que hasta ahora no se había atrevido a llevar a cabo. Lo cierto es que había conseguido aclararse un poco las ideas y ver las cosas desde otra perspectiva, una más optimista. Se había propuesto cambiar de actitud y dejar de ser un lastre para todos, porque, sinceramente, así era como se sentía. Quería contribuir en las tareas del campamento —que no eran pocas —, consolidar su relación con el resto del grupo, sentirse útil y valorada… cosa que no lograría si permanecía encerrada en su tienda de campaña, compadeciéndose de todo y de todos. No podía seguir lamentándose por algo que ya no tenía remedio, debía empezar a asumir los hechos, de lo contrario acabaría volviéndose loca o peor aún, devorada por esos bichos.

Caminó hasta donde se encontraba Lori Grimes, justo frente a un improvisado tendedero, y se detuvo a su lado.

—¿Te ayudo? —la atareada mujer dio un ligero respingo, para luego volverse hacia su interlocutora. Compuso una mueca de asombro al ver que se trataba de Allison.

—No, tranquila —respondió, dedicándole una cálida sonrisa.

—Quisiera distraerme un poco —confesó la muchacha algo decaída, procurando que no se le quebrase la voz a causa de la represión de emociones. Cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire.

Ahora debo ser fuerte.

Lori la miró por unos instantes, conmovida. Finalmente asintió y le entregó varias pinzas para que fuese colgando la ropa que había acumulada en un cesto de mimbre. Con tantas personas y el calor que hacía en esa época del año era normal que no diesen abasto con la colada. Se mantuvieron en silencio durante un par de minutos, algo tensos e incómodos, hasta que la mujer reunió el valor suficiente para volver a entablar conversación con la pelirroja:

—¿Cómo estás? —le preguntó con un timbre nervioso en la voz.

Allison inspiró profundamente, meditando la respuesta.

—No lo sé. Aún asimilándolo, supongo —se encogió de hombros, sin ser capaz de entrar en detalles. La verdad, sentía una vorágine de emociones imposible de describir con palabras: estados de ánimo disfóricos, ansiedad, cambios de humor repentinos… síntomas que enseguida vinculó al estrés postraumático y que, con un poco de suerte, desaparecerían en unos días.

La Sra. Grimes tragó saliva, sabiendo lo mal que lo debía de estar pasando (ella mejor que nadie comprendía su dolor). Siempre había considerado a Ally un miembro más de la familia y a su madre, Nathalie —que Dios la tenga en su gloria —, la hermana que nunca tuvo. De manera que ella también había llorado su muerte, aunque en silencio, como la de su esposo.

—Oye, si necesitas algo, lo que sea…

—Lo sé —la interrumpió la chica, mientras sus carnosos labios delineaban el atisbo de lo que podía haber sido una sonrisa —. Sé que apreciabas mucho a mi madre —alegó, consciente de que no había sido la única en sufrir su pérdida.

Al oírlo Lori bajó la mirada y sorbió con la nariz, tratando de contener las lágrimas. Tras varios segundos esforzándose por calmarse, notó la mano de Allison en su hombro derecho. Posteriormente volvió a alzar el rostro y esbozó una sonrisa desvaída.

»Y Carl, ¿cómo lo lleva? —consultó con la vista clavada en el susodicho (y ya de paso cambiando de tema), que charlaba animadamente con Shane a pocos metros de distancia.

—Mucho mejor que todos nosotros —Lori contempló a su retoño con rostro sereno.

La joven asintió sin ser capaz de ocultar su asombro. Le impresionaba el hecho de que un niño de tan solo doce años hubiese sobrellevado con tanta madurez la repentina muerte de su padre, por no hablar del Apocalipsis zombi que había asolado todo Estados Unidos, incluso puede que el mundo entero. Por lo que no podía evitar sentirse avergonzada; mientras ella se había pasado las últimas semanas llorando desconsoladamente, aquel crío había asimilado los últimos acontecimientos de forma admirable. Y en cierto modo le envidiaba por eso.

—Es muy fuerte —musitó para sus adentros.

Ambas prosiguieron con la tarea en absoluto silencio, cada una inmersa en sus propios pensamientos, hasta que Dale Horvath pasó por su lado, deteniéndose abruptamente al reconocer a la pelirroja.

—Me alegra verte por aquí —le dijo con una amplia sonrisa.

Dale era un hombre anciano de unos sesenta y cuatro años de edad, cabello canoso y frondosa barba que siempre vestía un sombrero de pescador a juego con camisas hawaianas y pantalones cargo, evocando cierto aire vacacionista. A Allison le caía bastante bien. Era atento y simpático, y  siempre se preocupaba por ella.

—Hay que salir adelante —se limitó a responder, justo antes de tender la última prenda.

El hombre, que no le quitaba ojo de encima, asintió vehementemente con la cabeza.

—No puedo estar más de acuerdo contigo —secundó lleno de vitalidad —. Toma, necesitas comer —le tendió una barra energética que llevaba guardada en el bolsillo de su pantalón —. No es mucho, pero te dará fuerzas.

La pelirroja vaciló unos instantes antes de cogerla. Últimamente había perdido mucho peso, demasiado, y ahora su agotado cuerpo sufría las consecuencias. Se sentía más débil con cada día que pasaba y las jornadas tan calurosas como aquella no hacían más que agravar la situación. Además, el rugido de sus tripas le pedía a gritos esa barrita. No podía negarse.

—Gracias, Dale —el aludido le guiñó un ojo y después emprendió su camino hacia la caravana, donde Jim le esperaba pacientemente para arreglar el manguito del vehículo. Con esa eran ya tres veces las que se averiaba.

Entretanto, a pocos metros de ellos se encontraba Amy, de apenas veinticuatro años de edad, que no dejaba de deambular de un lado a otro con notable desasosiego.

—Es tarde, deberían haber vuelto ya —señaló, refiriéndose a la pequeña comitiva que esa misma mañana había partido a la ciudad en busca de víveres. Y que, obviamente, una de sus integrantes era su hermana mayor, Andrea.

—Preocuparse no sirve de nada —repuso Dale, sin tan siquiera mirarla; estaba demasiado ocupado recubriendo con cinta aislante el manguito de su autocaravana.

—¿Y si les ha pasado algo? —inquirió la chica, haciendo caso omiso a sus palabras. Los latidos de su corazón se aceleraron frenéticamente ante esa posibilidad, pero no llegó a decir nada más, ya que apenas un instante después, la destartalada radio sonó por segunda vez en lo que llevaban de día.

—Hola, campamento—pronunció una voz varonil.

Shane, que hasta ese momento le había estado enseñando a hacer un nudo marinero a Carl, alzó la cabeza al creer reconocer la voz de su compañero.

—¿Me oye alguien ahí fuera?

El agente de policía se levantó y dirigió sus apresurados pasos hacia la caravana, junto a la cual se hallaba la emisora. Lori y Allison también se acercaron, presas de la curiosidad.

—Campamento, aquí T-Dog.

Dale se apresuró en coger el transmisor.

—Hola, la recepción es mala —comenzó a decir —. Repita, repita.

—¿Son ellos? —quiso saber la Sra. Grimes, cuyas manos reposaban sobre su estrecha cintura. El hombre hizo un gesto con la mano para que guardase silencio, pues había muchas interferencias y apenas podía comprender lo que Theodore le decía.

—Tenemos problemas. Nos hemos quedado atrapados en los Grandes Almacenes—ante este último comentario, Shane se restregó la cabeza y maldijo por lo bajo. Definitivamente eso era muy malas noticias, la peores que podían haber recibido.

—¿Ha dicho atrapados? —repitió pausadamente, mientras el pequeño Carl se detenía entre medias de su madre y Allison, totalmente intrigado.

—Tíos, hay bichos por todas partes, estamos rodeados.

La pelirroja se estremeció en el acto. La sola idea de que sus camaradas pudiesen estar a merced de esos seres sedientes de sangre le ponía el vello de punta. Y es que les había cogido aprecio a todos: Andrea, Morales, T-Dog, Jacqui, Glenn y… Merle Dixon. Aunque a este último prefería que lo devorasen los muertos-vivientes, así les haría un favor a todos y dejaría de tocar tanto las narices.

—Ha dicho en los Grandes Almacenes —Lori miró a Dale, quien confirmó lo dicho con un leve asentimiento de cabeza —. Shane… —musitó, aproximándose al mencionado con paso firme y seguro.

—No, ni hablar —refutó él, impasible, sabiendo cuáles eran sus intenciones —. No vamos a ir por ellos, no pienso poner en peligro el resto del grupo —. La mujer le observó con una mezcla de incredulidad y decepción, al igual que Allison.

—Así que vamos a dejarlos allí —interfirió Amy, clavando su azulada mirada en el policía. Tras un largo suspiro, este se posicionó en frente suyo.

—Verás, Amy —tomó aire antes de continuar —, ya sé que todo esto no es fácil, pero… —la muchacha enarcó una de sus doradas cejas en una mueca escéptica.

—Mi hermana se ofreció voluntaria —el énfasis en las dos últimas palabras fue más que notorio —, para ayudarnos a todos. ¿Y así es cómo se lo agradecéis?

—Lo sé, y conocía los riesgos —explicó el hombre, que no dejaba de juguetear con las manos. Era evidente que aquella situación lo incomodaba, y mucho —. Pero seamos realistas: si está atrapada, está muerta —. El rostro de la rubia palideció por completo y Allison tuvo que contenerse para no abrir la boca con estupefacción. ¿Cómo se podía tener tan poco tacto? A ver, era obvio que las cosas no pintaban nada bien, pero ese último comentario sobraba —. Tenemos que aceptarlo, es lo mejor para todos —insistió él, causando que los hermosos ojos de Amy se llenaran de lágrimas —. No hay nada que hacer —rehuyó de su mirada, para luego negar con la cabeza.

La joven tuvo que hacer un grandísimo esfuerzo para no estallar en llanto ahí mismo. Por suerte para ella, logró contenerse, aunque a duras penas.

—Es mi hermana, hijo de puta —le espetó con desprecio, dejando a todos los presentes perplejos, puesto que no acostumbraban a verla actuar de ese modo. Shane no alegó nada en su defensa (en el fondo sabía que se lo tenía más que merecido), sino que se limitó a clavar la vista en el suelo. Sin más preámbulos la rubia echó a andar lo más rápido que le permitieron las piernas, ignorando el llamamiento del resto de sus compañeros, para finalmente desaparecer tras la arboleda. Necesitaba desahogarse y tenía claro que no iba a ser allí, delante de todos.

—Acabará acostumbrándose —todo el mundo fijó su atención en Allison, quien había tenido la osadía de romper el recientemente instaurado silencio —. Para los que aún no lo sepáis, Shane tiene esa particular tendencia: la de ir abandonando gente por el camino. ¿No es así? —apostilló con un fingido deje inocente. Veneno en estado puro.

—¿Cómo dices? —el susodicho dio un par de zancadas, deteniéndose frente a la pelirroja de manera intimidante. Esta, sin embargo, ni se inmutó.

—No te hagas el ofendido conmigo —le afrentó ella, al tiempo que se cruzaba de brazos en un gesto impasible —. Te las das de buen samaritano, pero estuviste a punto de dejarme tirada en King County, ¿o crees que no me di cuenta? —los demás compusieron sendas expresiones de desconcierto, mientras Shane permanecía totalmente rígido, con los puños pegados al cuerpo y la mandíbula apretada de pura rabia. Aquello se había convertido en algo personal. ¿Quién coño se pensaba que era para hablarle así? —. De no ser por Lexy ahora mismo estaría muerta, y lo sabes.

Lori estuvo a punto de intervenir, ya que la tensión entre ambos podía sentirse a leguas, pero su amante se lo impidió. Alzó la mano y señaló a Allison con el dedo índice.

—Deberías ser más agradecida, te salvé la vida —le recordó, punzante, procurando ante todo mantener la calma.

La muchacha alzó el mentón con aire combativo, no sin antes esbozar una sonrisa burlona. Pretendía hacerse el héroe, pero a ella no la engañaba.

—No te equivoques, Shane —pronunció con voz calmada, sibilina, impregnándose de un aura mística y ponzoñosa que, en cualquier otra circunstancia, al hombre le hubiese resultado hasta cautivadora —. Fue Lexy quien me salvó, tú solo apretaste el gatillo —. Dicho esto giró ágilmente sobre sus talones y regresó a su tienda de campaña. No merecía la pena seguir discutiendo con ese tío.

El agente Walsh hizo el amago de ir tras ella, puesto que no iba a permitir que una simple adolescente le dejase en ridículo delante de todos. No obstante, Lori y Dale se interpusieron en su camino, negándole el paso.

—Será mejor que la dejes tranquila —le dijo la mujer en su mejor tono impasible.

El aludido exhaló por la nariz, masculló algo que ninguno de los dos llegó a entender y se marchó de allí hecho una furia. 

Joder, estaba harto de las mujeres de ese maldito campamento.