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Historia 177181 — capítulo 5

Alsan miró a Kimara en la cama, agotado. La semiyan le dedicó una tierna mirada, sabiendo el duro día que tenía por delante. Ya llevaban dos días haciendo los preparativos para hacer oficial la muerte de Erik en todos los terrenos simpatizantes con Kyannaris, aunque no por gusto. Para él, era como mortificar todavía más al pobre Jack y a los demás… pero debía hacerlo. Si no, no acallaría las protestas que resonaban en Idhún pidiendo la muerte del dragón negro. Era irónico como nadie ya se acordaba de Kirtash y Lune, descendientes de Ashran.

Ante una nueva profecía, las amenazas cambiaban, y la postura de los humanos también. El enemigo de ayer era el aliado de hoy, y el aliado de ayer, el nuevo chivo expiatorio.

-Kimara… a veces, todo esto me da asco. El mundo es tan cínico que mataría por volver a ser Alexander. Viviendo tranquilo, nada más. Tú, yo, nuestros amigos… solo eso.

-Lo entiendo. Pero eres el rey… si el mundo no ha desaparecido ya, es gracias a ti, tonto. Así que vamos a seguir luchando. Por Erik… y por todos los demás -contestó la semiyan. El monarca asintió, levantándose  para coger su ropa. Tenía que terminar los preparativos…

Bastante doloroso estaba siendo ya para todos como para que ahora fuera él a hacerlo aún peor. No, tenía que mostrarse fuerte. Porque en eso consistía ser el rey.

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Cuando aquella sensación de incesante mareo terminó al fin, Erik se tambaleó cuando notó el suelo bajo sus pies, con la impresión de poder vomitar en cualquier momento. Aquella náusea se transformó rápidamente en miedo cuando se vio en un salón cerrado, rodeado por un grupo de extraños encapuchados cuya mera presencia le hacía estremecerse.

Por las cuatro puertas, podían distinguirse varias imágenes: desde otro edificio y pasillos hasta un campo verde y despejado con un brillante cielo azul. Preguntándose dónde podía estar, fue rápidamente sacado de sus ensoñaciones debido a que una de las figuras se había plantado ante él y le apuntó con una espada al cuello.

Erik pudo notar cómo chisporroteaba, haciéndole sentir paralizado, como si sus extremidades no le respondieran. Varn alzó las manos en señal conciliadora.

-¡Eh, eh, que soy yo! ¡Varn, el quanon! ¿Dónde está el viejo maestro…? -preguntó. ¿Quanon? Erik no pudo evitar una mirada de incredulidad. ¿Qué significaba esa palabra?

Con todo, el amenazador círculo no se deshizo, y el dragón se estaba poniendo cada vez más nervioso, más que nada por no poder moverse. Más pronto que tarde, dos figuras del círculo abrieron hueco a otras dos personas encapuchadas. Una de ellas habló, contento, pero enfadado a la vez.

-¿Varn? ¿Eres tú, amigo? ¿Qué haces aquí y cómo has traído un extraño? ¡Sabes que está prohibido! -casi rugió el hombre con una fiereza que intimidó al rubio.

-No te preocupes… sólo está de paso. Venimos a utilizar la Puerta para mandarle de vuelta a su mundo -dijo rápidamente, con lo que el hombre se relajó.

-Sabes que no está permitido. Solo esta vez, y bajo la condición de borrarle la memoria sobre lo que haya visto y oído, ¿de acuerdo? -preguntó, a lo que Varn asintió.

-Perfecto, pues. Cazadores, buen tiempo de respuesta. Volved al trabajo, o a descansar, lo que sea que estuvierais haciendo -dio la orden la figura, quitándose la capucha y revelando el rostro de un hombre de unos cincuenta años, con pelo canoso y arrugas visibles.

Todos los demás dieron un paso atrás, deshaciendo el círculo y retomando charlas amistosas como si nada hubiera pasado. La espada se movió, liberando a Erik, y rápidamente se desvaneció en una nube de rayos.

El joven solo pudo alcanzar a ver el cabello rubio y largo que fluyó al quitarse la figura su respectiva capucha, regresando con otras dos jóvenes que estaban esperando. Por otra parte, la que acompañaba al maestro reveló su identidad… para sorpresa.

-Tú… -siseó la chica de pelo castaño y ojos azules. Rápidamente se deshizo del abrigo negro que llevaba, sintiéndose liberada y revelando unas ropas y armadura también negras muy extrañas, que parecían adaptadas al combate.

-Lyia, hija, no sé por qué te sorprende tanto que tu viejo venga a visitarte. ¡Alegra esa cara! ¡Sonríe!

-Estoy muy ocupada. Hablaremos después, ¿de acuerdo? Ahora mismo tengo un contrato al que atender, así que siento no poder quedarme un rato. Y de todas maneras… te he dicho que estaba prohibido traer extraños sin que lo sepamos. Nos has alertado de forma innecesaria... -sus ojos se entrecerraron.

"Así que puede ser igual de fría con su padre que conmigo. Esto cada vez huele más a shek" -pensó Erik, aunque no dijo nada.

-De todas formas, la Puerta tardará un rato en estar lista. Necesitamos introducir el punto al que te queramos llevar. ¿De dónde eres? -preguntó, estoica.

-Vanissar. Tengo que ir a Vanissar.

La muchacha chasqueó la lengua, maldiciendo.

-Una ciudad. Entonces, es más complicado... Verás, corremos el riesgo de que detecten la Puerta, por muy bien que escondamos la señal mágica que emite. Es bastante peligroso… bueno, peligroso -repitió, riendo de forma sarcástica -pero mejor asegurarnos.

Tendrán que dejarte alejado de la ciudad. No te pierdas. Cuanto antes desaparezcas… mejor -dijo con simpleza. Tras eso, se alejó de ambos, sin darle mayor importancia.

"¿Pero qué demonios le pasa…?" -Erik estaba cada vez más irritado con su actitud. No entendía nada, no la entendía y, sinceramente, no quería entenderla. Así que se limitó a seguir a Varn, consciente de que la gente se le quedaba mirando al no reconocerle.

-En fin, la Puerta a Idhún está por allí. En horas idhunitas… bah, nunca he entendido esos horarios, así que entre que llegamos y nos ponemos a caminar, será más o menos de noche cuando lleguemos a Vanissar. Y para ti será mejor salir de aquí rápido… los Cazadores odian tener extraños en su refugio.

-No lo dudo… -musitó Erik, esbozando una ligera sonrisa, caminando detrás del cirujano.

-Por cierto, Varn… ¿qué es un quanon? -le preguntó con curiosidad.

-Je. No tiene sentido que te lo cuente, al fin y al cabo, en unas horas no recordarás nada de esto, ¿no te parece? Por ahora, centrémonos en que te vuelvas a casa, que tendrás cosas que hacer por ahí. Ahora que lo pienso… ¿a qué te dedicabas?

Erik pareció titubear un segundo, pero terminó por responder.

-Yo… luchaba por Idhún. Me entrenaba para eso… pero pasaron demasiadas cosas -dijo, con un deje de dolor en su voz. Por ello, el doctor no volvió a insistir en el tema en el resto del trayecto. Finalmente, tras unos cinco minutos, se encontraban frente a una Puerta dimensional, con tres personas haciendo una serie de preparativos.

-Bien, es aquí. Ahora solo tienes que esperar un rato, y todo estará listo para que te marches. Espérame antes de irte, ¿vale?

Tengo que ponerme al día con el viejo maestro de un asunto, y no me gustaría no poder decirte adiós, chico sin nombre -le dijo, dándole una palmadita en la espalda y abandonando la estancia. Erik hizo lo que le dijo y se sentó a esperar, apoyando su cabeza en los dos puños, perdido en sus pensamientos.

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-Varn… ¿qué pretendes? -inquirió aquel hombre canoso, levantando una ceja mientras miraba a su amigo, sentado en el extremo opuesto de la mesa.

-¿A qué te refieres? -preguntó el pelirrojo con su coloquialidad habitual.

-Sabes perfectamente a qué me refiero. No eres tan tonto como para traer a un extraño como si nada. Entiendo que quieras ayudarle a volver a casa, por supuesto. Pero lo que no puedo comprender es por qué no esperaste, o no nos encargaste una Puerta. Así, nos evitaríamos muchas complicaciones.

El humano se dejó caer en la silla, algo cansado.

-Yveln, ¿sabes por qué le estoy ayudando? La respuesta es muy sencilla… ya conoces la historia de mi hija, ¿verdad?

-Ah, Lyia. Nunca te podré agradecer lo suficiente que la trajeras ante mí. Ha sido una de las mejores adiciones a los Cazadores en los últimos años.

-Sí. Estaba tan rota cuando la conocí… jamás pensé que pudiera llegar a ser tan feliz. Eso te lo debo a ti. Le devolviste las ganas de vivir. La he visto sonreír tantas veces que no puedo creérmelo: los milagros existen de verdad.

Pero el chico… él es diferente. A él le están esperando, todavía tiene gente que se preocupa por él. Esos primeros días, Lyia no dejó de llorar pensando en que ya no tenía a nadie. Sé lo duro que es que un familiar muera… así que me he propuesto llevarle de vuelta.

El hombre mayor suspiró, con una leve sonrisa en su rostro.

-Ahora todo encaja. Si es el caso… puede cruzar la Puerta. Sin embargo, ya sabes cómo funciona: tendrás que ir con él y borrarle la memoria. No quiero que pueda dar ninguna información sobre nosotros, ¿entendido?

-Como digo siempre, vive y deja vivir. No creo que tenga ningún inconveniente en perder la memoria si es para volver con los suyos, así que estate tranquilo. Además, no le he contado nada sobre vosotros, ni siquiera lo que la gente comenta por Talrrad. Sabes que sois bastante famosos, ¿no?

Yveln carraspeó, jugueteando con una de sus canas.

-Ya, ya. Pero con que un mundo lo sepa es suficiente. En fin… quizás deberías marcharte. El joven te estará esperando.

Con esas palabras, Varn se levantó, hizo una reverencia irónica, y abandonó la sala, en pos de Erik. Pocos minutos después, en el habitáculo con la Puerta, el joven rubio levantó la vista al reconocerle. Con algo de pereza, se levantó, sacudiéndose el polvo de los pantalones que le habían dado, y se acercó.

-Me has esperado. Veo que cumples lo que prometes, chico sin nombre. Me gusta eso -esbozó una sonrisa.

-Cierto. Y supongo que esto es el adiós, ¿no? -comentó, con algo de tristeza.

-Oh, todavía no. Me han pedido que te escolte hasta que llegues… como medida preventiva. Cuando lleguemos, te borraré la memoria, y será el adiós. Hasta entonces, ¡disfrutemos del viaje! -soltó con entusiasmo, empujándole… y la Puerta se tragó al rubio.

-¡Eeeeeeeeeeeh! -gritó Erik, al notarse absorbido hacia otro mundo.

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Los tres soles se estaban poniendo cuando un destello apareció en un pequeño grupo de árboles situados en las praderas del reino humano de Vanis. Erik cayó al suelo con estrépito, emitiendo un quejido, mientras Varn saltó grácilmente, aterrizando a su lado.

-Vamos, que llegas tarde. Seguro que quieres llegar antes de que te den por muerto de verdad, o algo así, ¿no, chaval? ¡Arriba ese ánimo! ¡Mira que lunas tan bonitas se empiezan a ver ya! -exclamó con voz animosa, mirando al suelo en el que yacía Erik.

-Es un poco difícil cuando me has hecho estamparme contra el suelo… -se quejó el rubio, haciendo reír a Varn, y se levantó rápidamente, observando el cielo del crepúsculo. Por algún extraño motivo, se sentía en casa de nuevo… tal vez su esencia de dragón, que a sus ojos le daba al fantasioso mundo un toque nostálgico.

-En fin, vamos a ello. No me gusta demasiado caminar, que quieres que te diga. Así que, mejor acabar con todo esto cuanto antes, que me espera en casa un café calentito y Anne muerta de sueño. Le daré recuerdos de tu parte, por cierto.

-Dudo que sean recuerdos míos -picó Erik, a sabiendas de lo que iba a ocurrir.

-Oh, qué ocurrente -rio el pelirrojo con cierto sarcasmo, comenzando a andar por la senda. Afortunadamente, el camino hacia Vanissar estaba bien marcado por distintos postes e inscripciones en el terreno, por lo que no les costó más de diez minutos situarse en el reino humano.

Sacando un pequeño mapa mágico, su posición se dibujó rápidamente, marcando tanto el punto en el que habían entrado a Idhún como su destino con distintos colores. Erik se quedó maravillado ante el objeto.

-Sí, con esta maravilla nunca te pierdes. Cortesía de los Cazadores, pero es de usar y tirar. Así se aseguran de que no les siguen el rastro -musitó el pelirrojo.

-Por cierto, ponte esto -indicó, dándole un abrigo negro similar al que llevaba Lyia y los demás.

-¿Qué es?

-Traje de banalidad. Anula tu presencia por completo, sin importar las condiciones, y lo mejor es que tampoco limita tus poderes. Si los sheks te buscaban, es mejor asegurarse… así que ponte la capucha. Bloquea su red mental, al menos en lo que a ti concierne -comentó, y Erik hizo como le indicó. Tras abrocharse el abrigo, se puso la capucha.

Así, ambos continuaron su andadura, sin cese ni descanso, durante varias horas, hablando de diversos temas por el camino. Había uno en concreto que a Erik le quitaba el sueño.

-Por cierto, Varn… ¿qué son los Cazadores, exactamente? Nunca me lo has contado…

El pelirrojo pensó durante un segundo. Supuso que no pasaría nada por contárselo, al fin y al cabo perdería la memoria después.

-Los Cazadores son el grupo de personas más fuertes de todo Talrrad. Se dedican a cumplir las tareas y encargos que otros consideran imposibles. Nuestro mundo, y tantos otros, están plagados de bestias peligrosísimas, y los únicos que les pueden plantar cara son los Cazadores.

Su fuerza no radica en su número, ni sus armas, sino en su alma, pero son casi una garantía… si puedes permitirte pagarles, claro está.

-¿En su alma?

-Sí… -respondió Varn, antes de añadir algo más -en su alma. No sé si sabrás lo que quiero decir, pero todos y cada uno de los Cazadores son criaturas híbridas. Lo siento mucho, pero no puedo decirte más -terminó, zanjando el tema.

Erik se quedó muy sorprendido… ¿más híbridos? ¿Más mundos?

-"Así que no somos tan especiales como creemos…" -no pudo evitar pensar.

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Era ya de noche. Los habitantes de Vanissar se arremolinaban en torno al palacio, ansiosos. Los sheks habían emitido un mensaje de que a esa hora, el rey emitiría "un comunicado general de suma importancia". Gracias a la red telepática, habían transmitido el mensaje por todas las zonas con tropas de Kyannaris, por lo que el mundo estaba expectante.

Sin embargo, dos figuras que se adentraban en la ciudad en dirección a palacio no podían saberlo. De hecho, Erik se extrañó de que hubiera tantísima gente fuera de sus casas y trabajos, aunque fuera ya casi la hora de cerrar. Entre algunas caras, vio las de los que habían admitido abiertamente que buscaban verle muerto, por lo que soltó un bufido.

-¿Todo esto es normal? Menuda fiesta se montan los idhunitas…

-No, qué va. Debe de ocurrir algo más, Varn -respondió Erik, incapaz de abrirse paso entre la multitud, por lo que decidieron quedarse a un lado a esperar hasta que toda la gente se marchara. Tenía muchas ganas de ver a su familia y amigos…

-"Ciudadanos de Vanissar, guerreros de Kyannaris, y todo aquel que me oiga" -una voz familiar resonó en la mente del muchacho y en sus oídos. Una figura había salido al balcón principal de palacio, acompañado de una serie personas. Detrás de Alsan, pudo distinguir los rostros de la Tríada, de su hermana Eva, y de Resa, Séun y Markash, todos visiblemente dolidos.

Erik quiso saltar, decirles que estaba ahí, pero la voz del monarca le detuvo.

-"Si os he convocado a todos es para deciros algo muy importante que afectará al destino de nuestro mundo. Muchos de vosotros ya lo sabéis… pero es necesario que todos los idhunitas sepan que la nueva profecía ha empezado a cumplirse"

Al oír esas palabras, la gente comenzó a revolverse, y muchas sonrisas se dibujaron en sus rostros.

-¿Profecía? -inquirió Varn, pero no hubo tiempo para responder a su pregunta.

-"El hijo de Yandrak y Lunnaris, el dragón negro… Erik, como le llamaban. Ya no es necesario que pidáis su muerte… porque ya no está entre nosotros. Los sheks… le han asesinado. De manera que la palabra de los Seis comienza a cumplirse. Puede… que tengamos una oportunidad."

En ese momento, la plaza estalló en gritos de júbilo que atronaron los oídos del joven y su acompañante. Varn, ante la revelación del nombre, no se inmutó. Lo único en lo que podía pensar en ese momento era en cómo las personas del mundo del joven celebraban su muerte como si fuera lo mejor que había sucedido en mucho tiempo.

Erik, con los puños apretados y una mueca de rabia, se movió hacia la izquierda del castillo, hacia las colinas que lo respaldaban. Desde ahí, tal vez podría volar y transformarse sin ser visto. Mientras avanzaba, Varn se movió a su lado.

-Chico… Esa gente…

-Quiere verme muerto. Lo sé -soltó Erik, con rabia. Había luchado por ellos… técnicamente, había muerto por ellos. -"¡¿Y así me lo agradecen?!" -no pudo evitar pensar. Afortunadamente, el traje de banalidad bloqueó el pensamiento, de forma que fue indetectable.

 Por fin, llegó a un punto desde el cual se veía su habitación. Perfecto, podría escabullirse sin ser visto. Antes de poder despedirse, sin embargo, dos figuras entraron a la habitación del muchacho, una de ellas, llorando. Desde la oscuridad, aunque no podría oírlos, sí podría distinguir sus rostros… Resa y Markash.

Y desde luego, podría ver lo que ocurriría a continuación.

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La semiceleste se desplomó sobre la cama entre lágrimas, mientras Markash acariciaba su pelo.

-No… no p-puedo soportarlo, Mark… H-Hablan c-como si  Erik tuviera que morir, como si fuera un simple monstruo al que había q-que matar… He sentido… He sentido cómo disfrutaban con la noticia… y-y yo… no puedo…

-Shhh… lo sé -trató de calmar a la muchacha. Él se alegraba, cierto. Pero también le daba cierta pena ver a una celeste sufrir. Una criatura tan pura no tenía que pasar por todo aquello.

-N-No sé qué voy a h-hacer Mark… le echo tantísimo de m-menos… Lo e-eché todo a perder en el b-baile, cuando te besé…

-No. No echaste nada a perder. Si pasó lo que pasó, fue por el berrinche del dragón. Entre nosotros no había amor en ese beso, lo sabía de sobra. Todos lo sabían. Pero insisten en ver lo que no es...

-Pero aun así… m-me arrep-piento de…

Markash enarcó una ceja.

-¿Te arrepientes? ¿De verdad puedes creer tus propias palabras? -inquirió él, sereno como siempre. Resa se sintió pequeña, tumbada en la cama con él sentada a su lado. No supo que contestar, así que se quedó callada.

-Mírame a los ojos, y dime si de verdad te arrepientes -musitó Markash, inclinándose hacia ella. Resa se quedó muda, pero mantuvo la mirada… y cerró los ojos al sentir los labios de él acariciando los suyos suavemente.

No pudo evitar entrelazar sus brazos alrededor de su cuello, rindiéndose al misterioso y electrizante contacto con el shek… sin saber las consecuencias que esa acción tendría.

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Desde su posición, Erik comenzó a respirar pesadamente. La temperatura ambiente pareció elevarse un par de grados de golpe.

-Chico… ¿estás bien? -Varn, preocupado, le puso una mano en el hombro. El rubio no se lo podía creer. Con un gesto violento, se quitó la capucha, revelando su rostro, contraído en una mueca de rabia.

-Yo… yo… lo hice todo por ella. Siempre estuve a su lado, cuidándola, protegiéndola… luchando por ella. ¡Y todo para que ahora… ni siquiera espere a que terminen de anunciar mi muerte para volver con él! -reprimió un rugido de rabia, y una lágrima solitaria bajó por su mejilla.

Varn le miró tristemente.

-La querías… ¿cierto? -le perguntó, con voz apenada.

-La quería. Y todos me decían que ella también, que me necesitaba… pero ahora que estoy muerto y ya no hace falta quitarme de en medio, no ha tardado en irse con esa maldita serpiente… La gente por la que luché, la chica que amé… son todos jodidamente iguales. Para todos ellos, ¡mi muerte ha sido una bendición!  -esperó un momento, cogiendo aire antes de volver a hablar, con la voz rota.

-Tal vez sea mejor… que desaparezca… Al fin y al cabo, estaba destinado a morir por una estúpida Profecía.

-Tu mundo… ¿de verdad quieres luchar por un mundo así? ¿Es este el mundo al que querías regresar… Erik? -preguntó Varn, entrecerrando los ojos.

-¡¡No me llames así!! -casi gritó Erik, a riesgo de descubrir su tapadera. Furioso, se giró hacia Varn, mirándole fijamente con un odio que le intimidó. Sus ojos, castaños hasta hace un momento, se habían tornado de color rojo sangre. El hombre no pudo evitar sorprenderse ampliamente ante la expresión siniestra y oscura, pero llena de resolución, del muchacho.

-Escúchame bien…

ERIK REDFIELD ESTÁ MUERTO. SE HA IDO PARA SIEMPRE, PARA NO VOLVER JAMÁS. YO NO SOY  ERIK… AHORA… SOLO SOY…

KARETH.

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Buenas!!!! No tengo mucho que decir sobre el capítulo de hoy... solo que espero que os haya gustado. Ahora la pregunta clave... si Erik no vuelve a Idhún, ¿qué va a hacer ahora? Muchisimas gracias por comentar, y hasta el próximo capítulo :P

¡Un saludo!