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Leyendo el futuro: el héroe perdido. — capítulo 33

Leo podía lidiar con muchas cosas. Había lidiado, prácticamente, con todo lo extraño del universo. Monstruos locos de pasado trágico, asesinos hombre-delfín, tortugas gigantes y una diosa helada que lo lanzó por los aires. A día de hoy, Leo había vivido tantas situaciones raras, que podía fardar de que ya nada le sorprendía. Pero como siempre, las Parcas tenían otros planes. ¿Ser secuestrado por el padre emocionalmente inestable de tu mejor amigo/dios del Cielo cuando te has convertido en un genio? No, a Leo nunca le había pasado algo parecido. Lo único que recordaba era estar en la sala del trono, riendo tranquilamente cuando, de repente, apareció en la botella. Lo siguiente que vio un panorama demasiado grande de la cara de Zeus. -Ahora eres mío, genio-dijo, poniendo la botella del revés y obligándolo a salir.Leo calló al suelo y miró al dios con desprecio.-Al fin te conviertes en algo útil bicho. Ya estaba harto de soportar tus bromas infantiles. Al fin podré callarte la boca.-Oh, no. No lo había hecho. Tal vez no había oído bien ¿Zeus acababa de llamarlo bicho? Pero aún ¿Acababa de decir que sus bromas eran infantiles?-Seguro que te preguntas como he conseguido la botella-Me importa una mierda, pensó Leo, pero no dijo nada. Su mente estaba formulando un plan. Solo tenía que esperar a que Zeus dijera las palabras mágicas-pues verás, fue más fácil de lo que creí. Por muy poderosas que sean, las Parcas no pueden mantener este mundo vacío, controlar el tiempo y mantener vivo a un espíritu sin que pueda haber pequeños trucos. Por ejemplo, esta jaula. Aquí dentro solo soy un mortal, pero si me concentro bien puedo alterar el equilibrio fuera de esa jaula. Así que cree un espíritu tormenta para que me informara. Cuál fue mi sorpresa al enterarme de que eras un genio. Solo tuve que pedirle que me trajera la botella-Zeus soltó una carcajada. Leo estuvo a punto de proponerle un psiquiátrico-no fue difícil abrir la puerta, lo malo son estas cadenas-dijo, levantando sus brazos y agitándose cual fantasma de la Navidad Pasada.-ahora, genio, quiero mi primer deseo. Salir de aquí mientras esta estúpida prisión explota, así evitaré que vuelvan a someterme entre estas cuatro paredes. Leo sonrió, robándole a Zeus el puesto de macabra por unos segundos ¿Quería deseos? Pues bien, iba a darle a Zeus lo que quería...al estilo Leo.

...........

-¡A por él!-gritó Will, al ver como Nico intentaba escapar por la ventana de la enfermería. Entre Jason y Will consiguieron devolverlo a la camilla, a pesar de que el hijo de Hades se revolvía en un intento por escapar. Por suerte, Nico seguía débil y sin fuerzas, por lo que apenas les costó trabajo. -Os odio-dijo Nico, fulminándolos con la mirada. -Si, bueno, tú odias a todo el mundo-se exaspero Jason sentándose en la silla que había al lado de la camilla. -¿Acaso eres idiota?-le gritó Will, colocando los brazos en jarras-Zeus se ha escapado. Está por alguna parte del Olimpo, y a ti solo se te ocurre irte de paseo como si caminaras por los Campos de Castigo. -No es culpa mía que odie los hospitales-dijo Nico, tirando de las mangas de su sudadera de aviador (la había encontrado por la mañana junto con un vaquero negro y una camiseta de calavera al los pies de su cama).-además, he estado en situaciones mucho peores y he sobrevivido. Sin conocimientos médicos o curas. Si Jason no estuviera sentado en ella, Will le habría lanzado la silla a la cabeza. No sabía si se refería a eso que tanto le preocupaba, pero Will temía que así fuera, al igual que temía que Nico descubriera que lo sabía. Llendo en contra de sus deseos suicidas, Will fue a la estantería y le sirvió a Nico una porción de gelatina verde. -Te sentará bien. Come-ordenó. Jason se levantó y se estiró, recolocándose el cabestrillo. -Voy con los demás-anunció-¿Vienes? -No-dijo Will-si alguien cae herido aquí es donde más seguro estaría. Además, así vigilo a Di Angelo. -No necesito que nadie me vigile-masculló Nico. -¿Estarás bien?-le preguntó Jason, bastante preocupado por su amigo. -¿Estas de broma? Tengo gelatina verde y a Solace como acosador personal. Estaré perfectamente. -¡Yo no te acoso! Cuando estaba a punto de irse, Jason se quedó mirándolos un momento con diversión. Desde luego, esos dos eran tal para cual.

............

-Problemas-fue lo primero que dijo Annabeth al cruzar el umbral del Templo de Poseidon.

Por un momento, Percy temió que se refiriera a lo de las clases, pero lo deshechó al ver la cara preocupada de su novia. Si estuviera molesto por eso, vendría gritando y con la espada de draken en la mano.

-Siempre los hay-dijo Percy, levantándose de un salto de la cama-¿De qué se trata esta vez? ¿Apolo ha conseguido que alguien se suicide con uno de sus haikus?

-Ojalá. Zeus ha escapado.

-¿Cómo es posible? La jaula en la que estaba...

-No lo sé-lo cortó, sentándose en el borde de la cama. Percy se acomodó a su lado y le pasó eun brazo por los hombros, acercándola más a él-Tenemos la teoría de que se ha ido, lo cual no tiene sentido. La única manera de subir es por el ascensor. Están planeando un ataque al rededor para cuando suba.

-¿Crees que Leo ha tenido algo que ver?

-Sé que Leo ha tenido algo que ver-dijo Annabeth

-Deberíamos ir al ascensor-sugirió.

-Nada de deberíamos, tú te tienes que quedar aquí.

Percy negó con la cabeza. Podía soportar muchas cosas, pero dejar a sus amigos y a su novia contra un Zeus enfadado no era una opción.

-No puedes negármelo, Annabeth. Sabes que no serviría de nada.

Annabeth suspiró. Era cierto, por mucho que intentara convencerlo sabía que Percy no los dejaría de lado.

-Hagamos una cosa. Tú te quedas escondido a un par de metros, y si la cosa se complica saldrás a pelear. Si no, vuelves aquí.

Percy quería protestar, pero no lo hizo. Annabeth se apoyó en su hombro, cansada. Cansada de esas situaciones, cansada del constante peligro, cansada de no poder disfrutar ni de un momento a solas con su novio.

Percy le dio un beso tierno en la cabeza y comenzó a trazar círculos en su palma con el pulgar.

-Prométeme que no irás a por el-le pidió, separándose un poco para poder mirarla a los ojos-prométeme que no lo harás hasta que yo llegue.

-Te lo prometo.

Esperaban. Y Esperaban. Y seguían esperando. Pero ni se movía ni ocurría algo extraño o fuera de lo normal. Tan solo eran un grupo de dioses y mestizos armados hasta los dientes parados en frente de un ascensor, aunque ya llevaban tanto tiempo ahí parados que algunos se sentaron.

-¿Cuánto más hay que esperar?-preguntó Thalia. La hija de Zeus había estado los primeros minutos apuntando a las puertas, esperando a que se abrieran. Ahora estaba sentada en el suelo, con el arco a su lado y todas las flechas en el carcaj.

-Todo el que haga falta-respondió Atenea, armada con su casco y su lanza, aunque también estaba harta de esperar.

-Me aburro-se quejó Apolo-¿No podríamos hacer algo?

-Claro que si-ironizó Atenea-vamos a hechar una partida a las cartas antes de pelear contra nuestro padre.

-No tienen por qué ser cartas-dijo Apolo, sin captar el sarcasmo. Hizo aparecer el libro en sus manos.

Atenea quiso soltar una risa y decir que no, que no podían bajar la guardia, pero al ver cómo el resto se sentaban en círculo al rededor de Apolo, como si el dios fuera el centro de una hoguera, desistió.

Ellos caían en espiral a través de la oscuridad en caída libre, aún en la espalda del

dragón, pero la piel de Festus estaba fría. Sus ojos de rubí eran sombríos.

-¡No de nuevo!-Gritó Leo.-¡No te puedes caer de nuevo!

-Eso es lo que estuvimos gritando en el capítulo pasado-dijeron Hefesto y Afrodita.

Apenas podía aguantar. El viento le picaba los ojos, pero se las arregló para tirar y abrir el

panel en el cuello del dragón. El conmutó los interruptores. Tiró de los cables. Las alas del

dragón se agitaron una vez, pero Leo atrapó un tufillo de bronce en llamas. El sistema de

transmisión estaba sobrecargado. Festus no tenía la fuerza para seguir volando, y Leo no

podía llegar al panel de control principal en la cabeza del dragón-- no en medio del

aire. Vio las luces de una ciudad por debajo de ellos-- sólo parpadeaban en la oscuridad,

ya que cayeron en picado en círculos. Tenían sólo unos segundos antes de que se

estrellaran.

Jason agarró la mano de Thalia, que se estaba volviendo blanca por minutos.

Thalia no pudo evitar sentir un poco de vergüenza ¿Qué clase de hija de Zeus era si le tenía miedo a las alturas? Tal vez, si probaba a volar un par de veces...se quitó esa idea de la cabeza al instante. La mera idea de volar la hacía estremecerse.

-¡Jason!-Gritó.-¡Toma a Piper y vuela fuera de aquí!

-¿Qué?"

-¡Tenemos que aligerar la carga! Puede ser que sea capaz de reiniciar a Festo,¡ pero está

llevando demasiado peso!

-¿Qué hay de tí?-Exclamó Piper.-Si no puedes reiniciarlo...

-Estaré bien-gritó Leo.-Sólo siguanme al suelo. ¡Vayan!

-Decirme que no lo hicisteis-pidió Hefesto- decirme que no abandonasteis a mi hijo.

Jason y Piper tragaron saliva.

-Eh...verá...nosotros...-comenzó a decir Jason.

-Es lo que Leo quería-dijo rápidamente Piper-Jason no podía con ambos y Leo estaba seguro de poder arreglar el dragón. Si estuviera aquí, seguramente me daría la razón.

Jason agarró a Piper por la cintura. Ambos se desabrocharon los arneses, y en un

instante se habían ido-- disparandose al aire.

-Ahora-dijo Leo.-Sólo tú y yo, Festus, y dos cajas fuertes. ¡Puedes hacerlo, muchacho!

Leo habló con el dragón, mientras trabajaba, cayendo a velocidad terminal. Podía ver las

luces de la ciudad por debajo de él, cada vez más cerca. Llamó al fuego en su mano para

que pudiera ver lo que estaba haciendo, pero el viento seguía extinguiéndolo.

Sacó un cable que él pensaba estaba relacionado con el nervio central de la cabeza del

dragón, con la esperanza de una pequeña sacudida para despertarlo.

Festus se quejó-- metal crujiendo dentro de su cuello. Sus ojos parpadeaban débilmente a

la vida, y extendió sus alas. Su caída se convirtió en un fuerte deslizamiento.

-¡Bien!-Dijo Leo.-Vamos, muchacho grande. ¡Vamos!

El resto de sala también animaba, ansiosos y temerosos por la vida del semidiós. Piper, Jason y Annabeth los miraron con diversión ¿Es qué no se daban cuenta de que eso ya había pasado?

Todavía estaban volando en forma demasiado caliente, y el suelo estaba demasiado

cerca. Leo necesitaba un lugar donde aterrizar-- rápidamente.

Había un gran río-- no. No es bueno para un dragón que escupe fuego. Nunca conseguiría sacar a Festus del fondo si se hundía, especialmente con temperaturas de congelación. Entonces, en las riberas del río, Leo vio una mansión blanca con un enorme césped cubierto de nieve dentro de un alto cerco perimetral de ladrillo-- como el complejo privado de alguna persona rica, todo ello con luz resplandeciente. Un campo de aterrizaje perfecto. Él hizo todo lo posible para dirigir el dragón hacia allí, y Festus parecía volver a la vida. ¡Podían hacer esto!

-Leo es el único semidiós que conozco que ha tentado tantas veces a la suerte y ha salido vivo-dijo Demeter.

-Tanto Percy como Leo tienen un increíble don para los problemas-dijo Piper.

-Y un estúpido sentido del humor-añadió Rachel.

Percy, que se escondía tras una de las columnas, quiso salir a quejarse. Sabía que sus amigos se metían con él, pero nunca pensó que lo harían on tanta fluidez y continuidad ¡Tampoco es que hubiera hecho tantas cosas idio...! Vale, un poco de razón tenían, pero ese no era motivo para burlarse de él en cada capíulo. El único al que no había escuchado burlarse de él había sido Nico, y estaba convencido de que tan solo era porque el hijo de Hades hablaba una vez cada cinco capítulos.

Entonces todo salió mal. A medida que se acercaban al césped, los focos a lo largo de la

valla se fijaron en ellos, cegando a Leo. Oyó las explosiones como marcando por el fuego,

el sonido del metal se corta en pedazos-- y BOOM.

Leo se desmayó.

-¿Alguien sabe que acaba de ocurrir?-preguntó Ares, confuso.

-¿Un sistema de alarma superfuerte?-propuso Poseidon, igual de perplejo que él.

Cuando Leo le recuperó sus sentidos, Jason y Piper estaban inclinados sobre él. Estaba tendido en la nieve, cubierto de barro y grasa. Escupió un grupo de césped congelado de su boca.

-Dónde...

-Quédate quieto-Piper tenía lágrimas en sus ojos.-Rodaste muy difícil cuando Festus...

-¿Dónde está?-Leo se sentó, pero su cabeza se sentía como si estuviera flotando.Habían

desembarcado en el interior del recinto. Algo había pasado en el camino con...¿Armas de

fuego?

-Pues sí que era un sistema de alarma-dijo Poseidon.

-Más bien es un sistema para defender la casa-le corrigió Atenea.

-Siento no tener tú elocuencia cara de búho, pero creo que el resto ya me había entendido sin tú intervención.

-¿A quién llamas cara de búho imbécil?

-A tí, cara de búho-repitió el dios como un niño pequeño.

-Al menos yo me parezco a un animal hermoso e inteligente. Tú vas a tener que vivir con tu retraso para el resto de tú vida.

-Lo que ocurre es que estás celosa de mí-comentó Poseidon con arrogancia.

Atenea miró a su hija y señaló a Poseidon con una mueca de asco, como queriendo decir ¿en serio? ¿el hijo de este tío? ¿acaso no había nada mejor?

-En serio, Leo-dijo Jason. -Podrías estar herido. No deberías...

Leo se puso en pie. Entonces vio los restos. Festus debió haber dejado caer las grandes

jaulas de canario y debieron de apoderarse de la cerca, porque que habían rodado en

diferentes direcciones y se habían posado en sus lados, perfectamente intactas.

Festo no había tenido tanta suerte.

El dragón se había desintegrado. Sus miembros estaban esparcidos por el césped. Su

cola colgada en la cerca. La sección principal de su cuerpo había arado un foso de veinte

pies de ancho y cincuenta pies de largo en el patio de la mansión antes de romperse. Lo

que quedó de su piel estaba carbonizado, en una pila de funeraria. Sólo su cuello y la

cabeza estaban algo intactos, descansando en una hilera de rosales congelados como

una almohada.

Los que estuvieron a bordo del Argos II estaban bastante tristes por lo ocurrido con el dragón, y se recordaban que Leo había puesto la cabeza en el barco para animarse. Alguno más también estaba un poco decepcionado ¡Ese dragón era fantástico! ¡No podía tener un final así!

-No-sollozó Leo. Corrió a la cabeza del dragón y le acarició el hocico. Los ojos del dragón

parpadeaban débilmente. Aceite se filtraba de su oreja.

-No te puedes ir-declaró Leo. -Tú eres la mejor cosa que he compuesto.

Hefesto agradeció que su hijo no estuviera ahí para escuchar esta parte. Al parecer, la pérdida del dragón le había afectado bastante.

En estas situaciones, los dioses se burlarían de Leo ¡El idiota está llorando por una máquina! Habrían dicho. Pero habían conocido a Leo. Sabían lo que había sufrido y su amor por las máquinas. En este momento, sabían que para Leo la muerte del dragón era como la muerte de uno de sus mejores amigos.

A la cabeza del dragón le zumbaban sus engranajes, como si tratara de ronronear. Jason

Piper se pararon junto a él, pero Leo mantuvo los ojos fijos en el dragón.

Recordó lo que Hefesto le había dicho: Eso no es culpa tuya, Leo. Nada dura para

siempre, ni siquiera las mejores máquinas.

Su padre había estado tratando de advertirle.

-No es justo-dijo.

El dragón hizo clic. Un largo crujido. Dos cortos clicks. Crujido. Crujido. Casi como un

patrón de activación... un viejo recuerdo en la mente de Leo. Leo se dio cuenta de que Festus estaba tratando de decir algo. Él estaba usando el código Morse-- al igual que la mamá de Leo le había enseñado años atrás. Leo escuchó más atentamente, la traducción de los clicks en letras: un simple mensaje repitiendo una y otra vez.

-Sí-dijo Leo.-Yo entiendo. Lo haré. Te lo prometo.

-¿Hacer el qué?-preguntó Apolo-¿De qué está hablando? ¿Por qué nunca decís las cosas importantes?

-Es culpa de las Parcas-intentaron defenderse los mestizos.

-Además, más o menos ya lo sabéis todo-dijo Rachel.

-No es verdad, yo aún no sé donde está mi hijo.

Aquí atrás, quiso gritar Percy. Se imaginó la conmoción que causaría si saliera tranquilamente de su escondite, como si fuera la cosa más normal del mundo. Incluso podía imaginarse a Annabeth llevándose la mano a la frente y a Atenea fulminándolo con la mirada, por no hablar de las caras de palurdos que tendrían el resto de los presentes.

Los ojos del dragón quedaron a oscuras. Festus se había ido.

Leo lloraba. Incluso no se avergonzó. Sus amigos estaban a ambos lados, acariciando

sus hombros, diciendo cosas reconfortantes, pero el zumbido de los oídos de

Leo ahogaban sus palabras.

Finalmente Jason dijo:

-Lo siento, hombre. ¿Qué le prometiste a Festus?

Leo sorbió. Abrió el panel de la cabeza del dragón, sólo para estar seguro, pero el disco

de control estaba roto y quemado sin posibilidad de reparación.

-Algo que mi padre me dijo-dijo Leo.-Todo se puede volver a utilizar.

-¿Va a volver a construir el dragón?-preguntaron algunos, esperanzados.

-No exactamente-respondió Jason.

-¿Qué quieres decir con "no exactamente"?

-No podemos decirlo.

-Me dá migraña solo de escuchar esa frase-soltó Atenea, masajeándose las sienes.-al próximo que lo diga lo convierto en una...

-¿Araña?-preguntó Annabeth con rencor.

Atenea se quedó mirando a su hija. Ya había llegado a la conclusión de que su hija tenía aracnofobia. El noventa por ciento de sus hijos la tenía. No podía negar que ese descubrimiento la decepcionó. Por como hablaban de Annabeth, parecía alguien fuerte y valiente. En cambio, lo máximo que había hecho en esa lectura fue gritarle a Hera y salir huyendo cuando le riñó. Recordó lo que había pasado el día anterior, cuando fue ha hablar con ella. La situación entre ambas había empeorado notablemente tras esa charla. Ambas eran lo suficientemente inteligentes como para no llamar la atención después de esa riña, pero que tú hija te echara de su cuarto no solo le demostró a Atenea una gran falta de madurez (había mostrado un comportamiento infantil al querer echarla), también fue una muestra de rencor. Fuera lo que fuera que le había hecho a su hija, era bastante malo. Por un momentó creyó que la había mandado en búsqueda de su estatua (su querida Atenea Partenos) pero lo descartó. Si sus mejores hijos no lo habían conseguido dudaba de que Annabeth fuera capaz. Por ahora, su hija tan solo una adolescente enamorada del enjendro del mar.

-¿Tu padre te habló?-Preguntó Jason. -¿Cuándo fue eso?

Leo no respondió. Trabajó en las bisagras del cuello del dragón hasta que la cabeza se

separó. Pesaba alrededor de cien libras, pero Leo logró mantenerla en sus

brazos. Levantó la vista hacia el cielo estrellado y dijo:

-Tomalo de vuelta al búnker, papá. Por favor, hasta que lo pueda reutilizar. Nunca te he pedido nada.

El viento se levantó, y la cabeza del dragón flotó de los brazos de Leo como si no pesara

nada. Voló hacia el cielo y desapareció.

Piper le miró con asombro.

-¿Te respondió ?

-¿Le respondiste?-preguntarón los dioses, estupefactos. Hefesto sonreía con orgullo. No solo por el mismo, también porque, aunque su hijo le había dicho que era un idiota, le había pedido ayuda.

-Tuve un sueño-dijo Leo.-Se lo diré más adelante.

Él sabía que les debía a sus amigos una mejor explicación, pero Leo apenas podía

hablar. Se sentía como una máquina rota—como algo que ha sido removido una pequeña

parte de él, y ahora nunca estaría completa. Podría pasar, podría hablar, podría seguir

adelante y hacer su trabajo. Pero él siempre estaría fuera de balance, nunca calibrado

exactamente bien.

Sin embargo, no podía permitirse el lujo de romperse por completo. De lo contrario, Festus

había muerto por nada. Él tenía que terminar esta búsqueda-- por sus amigos, por su

madre, por su dragón.

Miró a su alrededor. La gran mansión blanca brillaba en el centro. Altos muros de ladrillo

con luces y cámaras de seguridad rodeaban el perímetro, pero ahora Leo podía ver-- o

mejor dicho sentir -- lo bien que esas paredes se defendían.

-¿Dónde estamos?-Se preguntó. -Quiero decir, ¿qué ciudad?

-Omaha, Nebraska-dijo Piper.-Vi un cartel que volamos. Pero no sé lo que esta mansión

es. Llegamos justo detrás de ti, pero a medida que aterrizabas, Leo, te lo juro que parecía-- no lo sé...

-Láseres-dijo Leo. Cogió un trozo de los restos del dragón y lo lanzó hacia la parte

superior de la valla. Inmediatamente apareció un torreón de ladrillos de la pared y un haz

de fuego puro incineró el bronce chapado a cenizas.

-Pues si que es potente ese sistema de seguridad-dijo Demeter-es incluso mejor que el del Olimpo.

-Y luego os sorprendeis de que alguien os robe-dijo Luke.

-Por cierto ¿cómo demonios lo conseguiste?-preguntó Hermes. Trataba de no sonar orgulloso, pues su hijo había robado algo muy importante, pero como dios de los ladrones no podía evitarlo ¡Robarle al mismísimo Zeus! Su hijo debía ser un genio si era capaz de hacer algo así.

-No fue complicado. Lo tenía debajo de la silla. Podía haber robado a cualquiera de vosotros y ni os habríais enterado-dijo.

Los dioses miraron con cariño a sus objetos.

Jason lanzó un silbido.

-Algún sitema de defensa. ¿Cómo estamos aún vivos?

-Festus-dijo Leo miserablemente.-Él tomó el fuego. Los láseres lo rebanaron en pedazos

cuando se introdujo para que no se centraran en ustedes. Lo llevé a una trampa mortal.

-No podías saber-dijo Piper.-Él nos salvó la vida de nuevo.

-Pero ¿y ahora qué?-Dijo Jason.-Las puertas principales están bloqueadas, y supongo

que no podemos volar fuera de aquí sin ser derribados.

Leo miró hacia arriba de la pasarela en la mansión blanca.

-Ya que no podemos salir, vamos a tener que entrar.

-Me llegan malas vibraciones-dijoApolo en modo zen.

-Deja de ver esos rollos orientales Apolo. No te vienen bien-le recomendó Poseidon.

-No son rollos orientales-se quejó el dios-lo que pasa es que estáis celosos por no haber llegado a mi nivel espiritúal.

-Maldigo el día en el que hicimos ese estúpido viaje-murmuró Artemisa.

-Si fue genial Misa-dijo Apolo-comimos sushi, nos vestimos con kimonos y fuimos a un karaoke.

Las megillas de Artemisa se tornaron rojas al escuchar la última parte.

-¿Tú...cantaste...en un...karaoke?-preguntó Hermes, confuso.

-También participó en un concurso de chupitos cuando viajamos a Francia-añadió Apolo.

Artemisa miró a su hermano, enfurecida.

-En un viaje a Canadá un alce persiguió a Apolo por todo el bosque.

-Al menos yo no destrocé los planos de la Torre de Pisa y al reconstruírlo la hice torcida.

-Cuando una chica que salía con Apolo rompió con el se unió al grupo de monjes del Tíbet ¡Y se rapó el pelo!

-En España, Artemisa terminó uniéndose a una secta de oradores de los pitufos.

-Apolo jugó con los sentimientos de una hija de Dionisio y terminó atacando al gobierno Británico con un ejército de avestruces.

-Artemisa...

Un chirrido proveniente del ascensor impidió a Apolo decir algo más sobre su hermana. Todos se pusieron en guardia, dirigiendo las armas al ascensor, listos para atacar.

Lo que no esperaban ver, era a Leo en las puertas, sonriendo con alegría, como si no acabara de ser secuestrado por un dios lunático.

-No os habéis currado mucho la bienvenida ¿cierto?-comentó, pero nadie le hizo caso.

Pues en una esquina, atrapado en unos hilos dorados y con un pañuelo en la mano, retorciéndose como un gusano, se encontraba Zeus.

.................

He comenzado el curso. Lo sé, no es una excusa ni nada, solo algo obvio. Supongo que a estas alturas todos habréis comenzado el curso. 

El problema es que me había propuesto como meta terminar esto antes del verano, y poder comenzar en septiembre con el próximo libro...pero no. Me quedan aproximadamente unas 150 páginas. Voy a proponerme la meta terminar esto antes de final de año. 

En cuanto al capítulo, espero que les haya resultado entretenido. Leo ha causado bastantes problemas, pero ¿Qué tipo de problemas? ¿Cómo ha llegado Zeus a esa situación? Lo sabremos en el próximo capítulo.

O no...