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Leyendo el futuro: el héroe perdido. — capítulo 5

El paseo de Leo estaba yendo bien hasta que se enteró de lo del dragón.

-¿Es que todos los capítulos van a comenzar así?-preguntó Jason. -Vamos a comprobarlo-dijo Hermes, que comenzó a pasar páginas, leyendo en voz baja. -Deja de leer-le gritó Artemisa, pero el dios de los ladrones hizo caso omiso. Antes de que leyera algo más, Persefone fue junto a él y le arrebató el libro de entre las manos. -Lo estaba leyendo-se quejó Hermes. Ella hizo caso omiso y se sentó en su trono (que había aparecido en la sala al comenzar la lectura)

El tipo arquero, Will Solace, parecía bastante guay.

-Obvio, es mi hijo-dijo Apolo cono si fuera la cosa más simple del mundo.

Todo lo que le ensañaba a Leo era tan emocionante que debería ser ilegal. ¿Buques de guerra de verdad amarrados en la playa y prácticas de lucha y de lanzar flechas y explosivos? ¡Genial!

Los dioses lo miraron como si aquello fuera una idea inquietante.

¿Talleres de arte donde podías hacer esculturas con motosierras y sopletes? Leo ya estaba como diciendo « ¡Apúntame!»

Ahora ya negaban con la cabeza. Si le dejaban motosierras y sopletes ese chico destruiría el mundo.

¿El bosque estaba plagado de monstruos peligrosos y nadie podía entrar nunca solo? Chupi! Y el campamento estaba desbordado de chicas con buen aspecto.

Ahora todos los dioses asintieron, mientras que las mujeres bufaban.

Leo no entendía mucho eso de que todos estaban emparentados por "el rollo de los dioses", pero esperaba que eso no quisiera decir que era primo de todas esas chicas, eso apestaría.

-Si eso fuera así yo estaría saliendo con mi...-Jason no sabía como continuar ¿Como se decía cuando salías con la hija de la tía de tu padre?

Por lo menos quería echarles otro vistazo a esas chicas submarinas del lago, merecía la pena ahogarse por ellas.

-La merece-afirmaron todos. Tan solo Will y Nico se quedaron callados, aunque entre tanto ruido (Artemisa lanzando flechas y Hera riñéndole a su esposo) nadie se dio cuenta.

Will le enseñó las cabañas, el pabellón para comer y la zona de entrenamiento con espada. — ¿Tengo que tener una espada?—preguntó Leo. Will le clavó la mirada como si encontrase la idea inquietante.

-Es una idea inquietante-afirmó el chico-menos mal que no te construíste una. -Tengo un citurón mágico, un barco de guerra, la esfera de Arquímedes y un dragón de bronce. No necesito una espada-confirmó con arrogancia y al mismo tiempp agarrando la esfera con posesión. A Hefesto se le cayó la mandíbula ¿Dragón de bronce? ¿Esfera de Arquímedes? ¿Barco de guerra? ¿¡Por qué no había reconocido antes a ese chico!?

—Lo más seguro es que te hagas la tuya propia, puesto que eres de la Cabaña Nueve. —Sí. ¿Qué pasa con eso? ¿Lo de Vulcano? —No solemos llamar a los dioses por sus nombres romanos—dijo Will—: Los nombres originales son los griegos. Tu padre es Hefesto. — ¿Feto?—Leo había oído a alguien decirlo antes pero estaba demasiado consternado en esos momentos para escuchar—. Suena como si fuera el dios de los vaqueros.

Algunos se echaron a reír, mientras que la barbilla de Hefesto volvió a su lugar ¿Como que el dios de los vaqueros?

-He-fes-to—le corrigió Will—

-No hacía falta que me lo dijeras como si hablaras con un chico de cinco años-dijo Leo algo molesto, aunque en realidad era otra cosa la que le molestaba. La manera en la que Will le había hablado le recordó a la de Calipso, a como la chica había ido sílaba por sílaba para que Leo aprendiera a decir Ogigia, como sus labios carnosos se movían cada vez que... Leo se puso el freno. Ya encontraría la manera de volver con Calipso, pero por ahora estaba ahí, atrapado. A no ser que...

...el dios de los herreros y del fuego. Leo también había oído eso antes, pero estaba intentando no pensar en ello. El dios del fuego… ¿en serio? Teniendo en cuenta lo que le había sucedido a su madre eso parecía una broma macabra.

-¿Que le pasó a tu madre?-preguntó Hefesto, aunque por todo lo que habían dicho supuso que la mujer falleció en el incendio. La mirada risueña de Leo se apagó.

-Entonces el martillo ese que ardía sobre mi cabeza—dijo Leo—, ¿era una cosa buena o una cosa mala? Will se tomó un momento antes de responder. —Has sido reconocido de inmediato. Eso suele ser bueno. —Pero el tío de los caballos y el arcoíris, el Butch ese… mencionó una maldición. —Ah… Bueno, no es nada. Desde la muerte del último jefe de la Cabaña Nueve…

Hefesto hizo una mueca de dolor. No le gustaba que sus hijos murieran jóvenes. Por lo general, trataba de ser lo mejor padre posible, sin romper las reglas, claro.

¿Muerte? A lo… ¿dolorosa? —Debería dejar que tus compañeros de litera sean quienes te lo cuenten. —Eso, ¿dónde están mis "literos"? ¿No debería ser su jefe el que me diera el paseo de persona importante? —Él, em, no puede. Ya verás por qué—Will siguió adelante antes de que Leo pudiese formular alguna pregunta más. «Maldiciones y muerte—se dijo Leo a sí mismo—, esto no hace más que mejorar y mejorar»

-Y yo que creía que hasta ahora nadie podía tener el mismo sentido del humor que Percy-rodó los ojos Rachel. Poseidon sonrió ante la mención de su hijo. Desde luego, quería saber más sobre él.

Estaban cruzando la mitad del campo cuando vio a su antigua niñera.

-¿Querida, estás segura de que has leído bien?-preguntó Hades. Persefone asintió. Ahí ponía niñera.

Y ella no era el tipo de persona que hubiera esperado encontrar en un campamento de semidioses. Leo retrocedió. — ¿Qué pasa?—preguntó Will. Tía Callida. Así la llamaba él para sí mismo, con la palabra "Tía" en español. No la había visto desde que tenía cinco años, y ella estaba ahí, a la sombra de una gran cabaña blanca al fondo del campo, mirándolo. Llevaba un traje de lino negro con un manto del mismo color sobre el pelo, todo de viuda. Su cara no había cambiado: Piel con tacto de cuero y ojos oscuros taladrantes. Sus marchitas manos parecían garras. Parecía una anciana, pero no había cambiado de como Leo la recordaba. -Tío, la anciana. La que va de negro. ¿Cuántas ancianas más ves por aquí? Will frunció el ceño. —Creo que has pasado un día muy largo, Leo. Los trucos de la Niebla podrían seguir afectándote a la mente. ¿Qué tal si nos dirigimos ya a tu cabaña?

-Así que era cierto que ahí había alguien-murmuró Will. -Deberías saber Solace que yo nunca me equivoco-Leo mostró una sonrisa forzada, aunque solo Piper, Jason y Hefesto lo notaron. -¿A alguien más le parece que estamos en sexto sentido?-preguntó Apolo. Nico trató de mantenerse impasible. No había podido ponerse al día en todas las cosas actuales, pero si había visto sexto sentido. ¿Quien iba a decir que por una vez ser atacado por monstruos lo venefició?

Leo quiso protestar, pero cuando volvió a mirar la gran cabaña blanca, Tía Callida se había ido. Estaba seguro de que había estado ahí, casi pensó que su madre había mandado a Callida de vuelta desde el pasado. Y eso no era bueno, porque Tía Callida trató de matarlo.

-¿¡Como!?-preguntó/gritó Hefesto perdiendo la calma que tenía normalmente. Leo se preguntó si de verdad su padre había llegado a preocuparse tanto por él en su tiempo.

—Solo estaba bromeando contigo, hombre—Leo sacó algunos engranajes y palancas de los bolsillos y empezó a trastearlos para calmar sus nervios. No podía hacer que todos en el campamento creyesen que estaba loco, al menos, que no pensaran que estaba más loco de lo que en realidad estaba.

-Al final, admites que tienes un defecto-exclamó Piper, victoriosa. -Lo siento reina de la belleza, pero no he especificado en ningún momento que fuera un defecto ¿Acaso me has visto? Soy perfecto-declaró.

—Vamos a ver la Cabaña Nueve—dijo—, estoy de humor para una buena maldición. Desde fuera, la Cabaña de Hefesto parecía una caravana de gran tamaño con paredes de metal brillante y ventanas con rejillas de metal. La entrada era como la de una caja fuerte de un banco, circular y de varios metros de grosor. Se abrió con un montón de engranajes de bronce girando y pistones hidráulicos echando humo. Leo silbó. —Consiguieron una ambientación súper dura, ¿eh? En el interior, la cabaña parecía desierta. Había literas de acero puestas contra la pared, dobladas por la mitad que parecían camas de alta tecnología. Cada una tenía un panel de control digital, con leds, gemas brillantes y engranajes intercalados. Leo se figuró que cada campista tenía su propia combinación para abrir su cama, y quizá hubiese una estantería o un espacio detrás de cada una para meter cosas, tal vez el sistema tenía trampas para mantener lejos a los visitantes no deseados. Al menos, así lo habría diseñado Leo. Una barra de fuego cayó desde el segundo piso, a pesar de que la cabaña no parecía tener un segundo piso desde fuera. Una escalera circular empezó a diseñarse hacia abajo, hasta algún tipo de sótano. Las paredes estaban cubiertas de todos los tipos de herramientas eléctricas que Leo pudiese imaginarse, además de una gran variedad de cuchillos, espadas y otros utensilios de destrucción. Un gran banco de trabajo desbordado de chatarra metálica (tornillos, pestillos, arandelas, clavos, remaches y un millón de más partes de máquinas. Leo sintió una fuerte necesitad de meterlos todos en sus bolsillos. Adoraba ese tipo de cosas. Pero necesitaría una centena de abrigos para guardarlos todos.

-Ahora solo me hace falta mi cinturón-Leo le dió unas palmaditas al objeto. -Puede sacar de todo de ahí, incluso tofu-dijo Piper. -¿Tofu?-preguntó Afrodita. -Claro, soy un experto en los tacos de tofu. Algún día os cocinaré unos. Pareció gustarle bastante la idea a todos, menos a Ares. -Eso no son tacos chaval. El tofu es comida para chicas-agregó esquivando una flecha de Artemisa. -Ya veremos cuando los purebes-rió Leo a lo plan científico malvado.

Mirando al rededor casi se podía imaginar que estaba en la tienda de máquinas de su madre. Descartando las armas, quizás, pero con las herramientas, las pilas de chatarra y el olor a grasa y metal de motor calentado sí. A ella le encantaría ese sitio.

Hefesto sonrió ante la descripción de la chica. Sabía que Leo había sacado el don de construír cosas gracias también a su madre.

Se quitó ese pensamiento de encima, no le gustaban los recuerdos dolorosos. «Sigue adelante», ese era su lema. No detenerse en las cosas, no seguir en el mismo lugar demasiado tiempo: Era la única manera de enfrentarse a la tristeza.

Todos los que no conocían de verdad a Leo bajaron la mirada. Nunca creyeron que el chico se hubiera escapado por seguir adelante.

Agarró una gran herramienta de la pared. — ¿Un Cigarrillo Whacker? ¿Qué dios del fuego necesita un Cigarrillo Whacker? —Deberías estar sorprendido—dijo una voz desde las sombras. Al final de la habitación, una de las literas estaba ocupada. Una cortina de un material oscuro de camuflaje se descorrió, y Leo pudo ver al que hasta hace un segundo era invisible. Era difícil contar mucho sobre él porque tenía todo el cuerpo recubierto de algo que parecía un molde. Su cabeza estaba en vuelta en grasa, a excepción de su cara, que estaba hinchada y magullada. Parecía Bobby Fresco después de un puñetazo en la barriga.

-¿Que le ocurrió?-preguntó Hefesto. Las manos del dios no dejaban de moverse, más nerviosas de lo habitual, lo que preocupó a los otros dioses. Hefesto pocas veces se comportaba así.

-Soy Jake Manson—dijo el chico—. Te estrecharía la mano, pero… —Ya—dijo Leo—, no te levantes. El chico soltó una sonrisa agrietada, luego hizo una mueca como si le doliera mover la cara. Leo se preguntó que le había pasado, pero tenía miedo de preguntar. —Bienvenido a la Cabaña Nueve—dijo Jake—. Hace casi un año que no tenemos chicos nuevos. Yo soy el jefe de la cabaña por ahora. — ¿"Por ahora"?—preguntó Leo. Will se aclaró la garganta. —Y, ¿dónde está todo el mundo, Jake? —Abajo, en las fraguas—dijo Jake con nostalgia—. Están trabajando en… ya sabes, ese problema. —Oh—Will cambió de tema—. Bueno, ¿tenéis una cama más para Leo? Jake estudió a Leo, de arriba a abajo. — ¿Crees en las maldiciones, Leo? ¿O en los fantasmas?

-Si-dijeron la mayoría. Atenea se sorprendió al ver a su hija asintiendo. No era normal que una de las suyas creyera en esas cosas. Pero ella había caído al Tártaro, había luchado contra las arai, sufrido tantas maldiciones en tan poco tiempo que debía haberse vuelto loca,y eso que no había recibido ni un cuarto de las que se llevó Percy.

Acabo de ver a mi malvada niñera Tía Callida—pensó Leo—. Tendría que estar muerta después de todos estos años. Y no puede pasar un día sin que recuerde a mi madre en esa tienda de máquinas en llamas. No me hables de fantasmas, niño de masa». Pero en voz alta dijo: — ¿Fantasmas? Pfft… No. Yo soy guay. Un espíritu de la tormenta me tiró por el Gran Cañón esta mañana, pero ya sabes, un día de trabajo normal, ¿no?

-Por favor, nunca, JAMÁS, dejen a Leo y a Percy solos-pidió Rachel. Los mestizos pusieron cara de horror, como si fuera lo peor que podía ocurrir. Leo hizo un puchero y se cruzóde brazos.

Jake asintió. —Eso está bien, porque te voy a dar la mejor cama de la cabaña…: la de Beckendorf. -Guau, Jake—dijo Will—, ¿estás seguro? Jake gritó: —Litera 1-A, por favor. La cabaña entera retumbó. Una sección circular en el suelo se abrió girando como el foco de una cámara, y una cama de tamaño entero emergió hacía arriba. El marco de bronce tenía una video-consola en un tablero puesto al final, un sistema de música estéreo en la cabecera, un frigorífico con una puerta de cristal acoplado a la base, y todo un montón de paneles de control en la parte baja de un lado. En cuanto la vio, Leo saltó sobre ella con la cabeza apoyada en las manos por detrás. —Puedo manejar esto. —Hay una opción que te lleva a una habitación privada de abajo.

-¿¡TENEIS HABITACIONES PRIVADAS!?-preguntaron todos menos Will, que ya lo sabía. -Mi cabaña es la mejor-sonrió Hefesto. -No, la mía, que está cubierta de oro. -Papá, asúmelo, no puedes competir contra eso.

-Oh, diablos, ¡sí!—dijo Leo—. Ya os veré, estaré abajo en la Leo-Cueva. ¿Qué botó tengo que pulsar? —Vamos—protestó Will Solace—, ¿vosotros tenéis habitaciones privadas subterráneas? Jake probablemente habría sonreído si no le doliera tanto. —Tenemos muchos secretos, Will. Los chicos de Apolo no podéis llevaros toda la diversión.

-Tampoco es que nos pasemos tooodooo el día de fiesta-murmuró el hijo de Apolo. -Si que lo hacéis-gritaron, haciendo que retrocediera. -Vuestra música se escucha incluso en mi cueva-se quejó Rachel-y sí, Green Day me gusta ¡Pero no a las tres de la mañana! La Oráculo le lanzó el cepillo a la cabeza, pero Will lo esquivó. Al parecer, esquivar cosas que te lanzaban las mujeres venía de familia. Hermes iba a continuar leyendo si no fuera porque Nico hablo: -¿Qué es Green Day?-preguntó Nico. Apolo y Will lo miraron como si acabara de matar a alguien. -No sabes lo que es Oasis-Will estaba incrédulo, y Apolo ni podía formular palabra-¿¡No sabes lo que es!?-gritó, dejándose en ellolos pulmones. -Tampoco es pars tanto-el hijo de Hades rodó los ojos. Will agarró el cepillo y se lo lanzó a la cabeza. -¿A que ha venido eso?-preguntó. -Di Angelo, voy a tener que actualizarte. Nico quería protestar ¿Actualizarlo? ¿De que hablaba? Quería preguntárselo, pero Hermes siguió leyendo.

...Nuestros campistas han estado excavando un sistema de túneles bajo la Cabaña Nueve desde hace casi un siglo. Seguimos sin haber acabado. De todas formas, Leo, si no te importa dormir en la cama de un hombre muerto, es tuya. De pronto Leo no se sintió con ganas de bajar.

-Nadie salvo Nico dormiría en la cama de un muerto-dijo Rachel. Nico frunció el ceño. Vale, si, era hijo de Hades, pero eso no siginificaba que todo lo relacionado con la muerte tenía que gustarle. Por eso odiaba su cabaña. Parecía hecha para un vampiro más que para un semidios. Iba a tener que hablar con Annabeth sobre el diseño del lugar.

Se incorporó, con cuidado de no tocar ningún botón. —El jefe que murió… ¿Esta era su cama? —Sí—dijo Jake—. Charles Beckendorf.

-Beckendorf-murmuraron los semidioses que le habían conocido. -¿Qué le pasó?-preguntó Hefesto. -El y Percy querían hacer explotar el Andromeda, el crucero del enimgo en la guerra del Titán-explicó Annabeth-pero Beckendorf no pudo salir.

Leo se imaginó que salían sables, atravesando el colchón, o que tal vez había una granada entre las almohadas.

-Dioses, eres tan melodramático como Percy-suspiró Nico, devolviendo algo de buen humor.

-¿Él no…? es decir, ¿no murió en su cama, verdad? —No—dijo Jake—, fue en la Guerra del Titán, el verano pasado. —La Guerra del Titán—repitió Leo—, ¿que no tiene nada que ver con esta cama tan buena, no? —Los Titanes—dijo Will como si Leo fuera idiota—, los tipos más poderosos que gobernaban el mundo antes de los dioses. Intentaron volver el pasado verano. Su líder, Cronos, construyó un nuevo palacio en la cima del monte Tamalpais en California. Sus ejércitos vinieron a Nueva York y casi destruyen el Monte Olimpo. Muchos semidioses murieron tratando de detenerlos.

Los Dioses escuchaban cada palabra con atención. Cuanta más información sobre la guerra mejor podían prevenir el futuro.

—Supongo que no salió en las noticias, ¿eh?—dijo Leo. Parecía una pregunta justa pero Will sacudió la cabeza con incredulidad. — ¿No has oído nada de la erupción del Monte Santa Helena? ¿O de las tormentas a través del país? ¿O ese edificio que se desplomó en San Louis? Leo se encogió de hombros, el verano pasado había estado escapándose de otra casa de acogida. Después, un oficial de absentismo lo atrapó en Nuevo México, y el tribunal lo sentenció al correccional más cercano: La Escuela de la Salvajería.

Hefesto miró a su hijo. Tenía que hablar con él lo antes posible. No solo porque necesitara saber más sobre su pasado, sino porque quería que su hijo confiara en él. Cuando tu propia madre te tira desde lo alto del Olimpo tratas de ser un padre mejor para tus propios hijos.

—Supongo que estaba ocupado. —No importa—dijo Jake—, tuviste suerte de perdértelo. El caso es, que Beckendorf fue una de las primeras víctimas, y desde entonces… —… Vuestra cabaña ha estado maldita—supuso Leo.

-Hasta que llegué yo-Leo se puso de pié y comenzó a hacer reverencias, mientras que Apolo y Hermea silbaban y salían más fuegos artificiales de la esfera.

Jake no respondió. Después, el chico volvió a ocultarse otra vez. Esa era una respuesta. Leo empezó a darse cuenta de cosillas que no había visto antes: unas marcas de una explosión en la pared, una mancha en el suelo que debería ser aceite… o sangre, espadas rotas o máquinas destrozadas, tal vez de frustración, apiladas en las esquinas de la pared. El lugar daba la sensación de no dar suerte. Jake suspiró sin ganas. —Bueno, debería dormir un poco. Espero que te guste estar aquí, Leo. Estar solía ser… realmente bueno. Cerró los ojos y la cortina de camuflaje se cerró sola. —Vamos, Leo—dijo Will—, te llevaré a las fraguas. Mientras se iban, Leo volvió la vista a su nueva cama, casi podía imaginarse al jefe muerto sentado ahí… otro fantasma que no se iba a ir, y que no iba a dejar a Leo en paz.

-Final deprimente-dijo Hermes. Piper abraza a Leo, como si fuera un hermano pequeño. -Ehm, reina de la belleza, puedes soltarme. -Leo Valdez, eres un idiota-le dijo la morena. -Lo sé, pero forma parte de mi encanto. -Déjame leer a mi-pidió Poseidon. -Está bien, lee tu-aceptó Hera-pero despues de este capítulo cenamos y a la cama-ordenó con voz severa La mayor parte de la sala se quejó. Sobre todo Hermes, que recordó desde donde iba a saltar. -A mi me parece bien-dijo Hestia-los niños necesitan descansar. Esta vez no hubo protesta. Nadie quería ponerse en contra de Hestia, sobre todo porque la habían visto enfadararse. -VI Leo.

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Quise subir hace unos días, pero mi wifi va pésima. Además, tuve bastantes exámenes y no tuve demasiado tiempo para escribir.

Pasando al capítulo ¿Qué les pareció? El nombre es en honor a Beckendorf, un personaje que me gusta mucho (sobre todo con Silena).