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Leyendo el futuro: el héroe perdido. — capítulo 6

-¿CÓMO MURIÓ?—PREGUNTÓ LEO—, me refiero a Beckendorf. Will Solace caminaba con pesar por delante. —Una explosión. Beckendorf y Percy Jackson volaron un crucero lleno de monstruos. Beckendorf no lo consiguió. Ahí estaba ese nombre de nuevo: Percy Jackson, el novio perdido de Annabeth.

-Por ahora-gruñó Atenea. -Mamá, no pienso dejar a Percy en mi vida. Me da igual lo que pienses. -Hija mía, yo solo estoy preocupada por tí. -Para tí esto no tiene nada que ver conmigo o con Percy, solo con tu ribalidad con Poseidon. Quiero a Percy. Espero que en un fututolo aceptes. Poseidon, siga leyendo, por favor. Poseidon quería decir que él no tenía ningún problema con Annabeth, pero se contubo. Apenas sabía algo sobre aquella chica, no podía precipitarse, aunque pensó que a su hijo no le importaría demasiado si Annabeth le gustara o no.

Ese chico parecía estar metido en todo lo que pasaba por ahí, pensó Leo.

-Normal, los problemas parecen perseguirlo-rió Annabeth. -Es verdad-lo corroboró Jason-Percy es el mestizo con peor suerte, a parte del que tiene a más monstruos en la lista de venganzas. Poseidon palideció ¿Que podía haber hecho su hijo para que le pasara algo así? -Un poco más de cuidado sobre lo que decís sobre el futuro-pidió Demeter-por poco le provocais uj infarto. -Pues si está así con esto no quiero ni imaginar cuando lean la parte del Tártaro-murmuró Leo, pero Nico lo escuchó, y por una vez desde que estaba ahí, quiso salir corriendo. Si todo lo que sucedía estaba en los libros ¿Saldría la verdad sobre sus sentimientos? ¿Se sabría que estaba enamorado de Percy?

Así que ¿Beckendorf era muy popular?—preguntó Leo—…. Quiero decir, antes de volar en pedazos. —Era increíble—corroboró Will—, fue muy duro para todos los del campamento cuando él murió. Jake… se convirtió en jefe en mitad de la guerra. De hecho, igual que yo. Jake dio lo mejor de sí, pero nunca quiso ser un líder. A él solo le gustaban las cosas de arquitectura. Después de la guerra, las cosas empezaron a ir mal. Los Carros de la Cabaña Nueve volaron en pedazos, sus autómatas se estropeaban, sus invenciones empezaron a funcionar mal. Era como una maldición, y al final la gente le puso un nombre…: La Maldición de la Cabaña Nueve. Luego Jake sufrió su accidente… —Que tenía algo que ver con los problemas que me has mencionado—supuso Leo. —Están trabajando en ello—dijo Will sin entusiasmo—, y aquí estamos. La fragua parecía como si una locomotora de vapor se hubiese estrellado contra el Partenón y se hubieran fusionado. Columnas de mármol blanco se alineaban en las paredes manchadas de hollín. Había chimeneas que soltaban muchísimo humo y que tenían talladas en las campanas montones de dioses y monstruos. El edificio estaba a la orilla de un río con una rueda hidráulica que giraba una serie de engranajes de bronce. Leo podía oír máquinas engrasadas, fuego crepitante y golpes de martillo sobre yunques. Atravesaron la puerta y una docena de chicos y chicas que estaban trabajando en varios proyectos se detuvieron, el ruido de la forja y el clic-clic-clic de los engranajes cesó.

Hefesto y Leo soltaron un suspito al pensar en las fraguas. Desde luego, uno de los mejores lugares de todo el Campamento.

-Ey, chicos—dijo Will—, este es vuestro nuevo hermano, Leo… ¿cuál es tu apellido? —Valdez—Leo miró al rededor, a los otros campistas. ¿De verdad estaba emparentado con todos ellos? Sus primos venían de familias grandes, pero él solo había tenido a su madre… hasta que murió. Los chicos se acercaron y empezaron a estrecharle la mano y a presentarse. Los nombres se mezclaban: Shane, Christopher, Nyssa, Harley (sí, igualito que la moto)…

-A todo esto-interrumpió Ares-Hefesto ¿Cuándo estará arreglada mi moto? -Tengo más cosas que hacee que arreglarte tu moto. -Pero la necesito. -Tal vez si dejaras de hacer tanto el bruto con ella no tendría que arreglartela cada semana. Ares iba a responder, pero Hera intervino: -No podríais hacer como si fueramos una familia normal durante, no sé ¿Cinco minutos?-se dejó caer en el trono con los brazos cruzados. Todos sabían que Hera y Hestia tenían deseos sobre que su familia fuera mejor, la única diferencia era que Hera quería una familia perfecta, una utopía, mientras que Hestia tan solo deseaba que no discutieran y se ayudaran los unos a los otros.

Leo sabía que nunca podría acordarse de todos bien. Eran demasiados, y eran abrumadores. Nadie se parecía al resto: todos con caras, tonos de piel, colores de pelo y alturas diferentes, no se te ocurría pensar « ¡Ey, mira, son la pandilla de Hefesto!», pero todos tenían manos poderosas, ásperas, con callos y cubiertas de grasa de motor. Incluso el pequeño Harley, que no podía tener más de ocho años, parecía que podía aguantar seis rondas de lucha con Chuck Norris sin empezar a sudar.

-Menos mal que el entrenador Hedge no está aquí, me preseguiría con su bate por haber mancillado el nombre de Chuck Norris-rió Leo, seguido del resto de los de la profecía. En cambio, Will tembló, recordando como una hora atrás había traído al mundo un bebé cabra. Le entraron ganas de vomitar.

Todos los chicos compartían una tristeza seria. Sus hombros se desplomaban como si su vida fuera muy dura. La mayoría parecía haber sido heridos físicamente. Leo contó dos brazos en cabestrillo, un par con muletas, un ojo con un parche, seis vendas y unas siete mil tiritas.

-¿Que les pasó? ¿Estan bien?-preguntó Hefesto, haciendo sonreír a Leo. Cuando volviera al campamento y viera a sus hermanos tendrí que decirles lo mucho que sufrió su padre en la lectura al ver en que condiciones estaban. -Me tienen a mí como líder, obvio que están bien.

-Bueno, ¿qué pasa? —Dijo Leo— ¡Me han dicho que está es la cabaña de las fiestas! Nadie se rio. Sólo se quedaron mirándole.

-Eso si que es hacer una entrada triunfante-ironizó Artemisa rodando los ojos, pero todos los mestizos hecharon a reír-¿Qué es tan gracioso? -Percy...en su primer día...-trataba de decir Annabeth entre las risas-tropezó y se calló delante de toda la cabaña. Poseidon no pudo evirar soltar una carcajada.

Will Solace le dio una palmadita al hombro de Leo. -Os dejo que os conozcáis, chicos. ¿Alguien lleva a Leo a cenar a la hora? —Yo lo haré —dijo una de las chicas. Nyssa, recordó Leo. Llevaba pantalones de camuflaje, una camiseta sin mangas, que dejaba ver sus amarillentos brazos, y un pañuelo rojo sobre una mata de pelo oscuro. Excepto por su cara sonriente y el hoyuelo de su barbilla, parecía como una de esas súper heroínas de comics, como si en cualquier momento fuera a sacar una ametralladora y empezara a disparar a malvados alienígenas.

-Estaría genial organizar una partida de paintball en el campamento-propuso Leo. Miró a Annabeth-¿podemos? Annabeth abrió la boca para decir que eso era una estupidez, pero al instsnte la cerró. Algo así enseñaría a los mestizos a camuflarse y a saber en quien confiar y quien no. -No es mala idea-dijo al final la rubia.

-Guay —dijo Leo—, siempre he querido una hermana que me pueda dar una paliza.

-Creo que hasta Harley podría darte una paliza-bromeó Piper.

Nyssa no sonrió. -Vamos, bromista. Te enseñaré esto. A Leo no le extrañaban nada los talleres. Había crecido rodeado de monos grasientos y de herramientas eléctricas. Su madre solía bromear con que el primer chupete que había tenido había sido una llave inglesa.

-¿Estás seguro de que era una broma? No me sorprensería si fuera cierto-dijo Jason. -Por lo menos no fue una grapadora-dejó caer Leo como si nada, haciendo sonrojar al hijode Júpiter por la vergüenza.

Pero Leo nunca había visto un lugar como la forja del campamento. Un chico estaba trabajado en un hacha de guerra. Probaba la hoja en un bloque de hormigón, y cada vez que la hundía el hormigón se separaba como el queso caliente, pero el chico se sintió insatisfecho y empezó a perfeccionar la hoja. - ¿Qué es lo que planea destruir con esa cosa? —Le preguntó Leo a Nyssa— ¿Un barco de guerra? —Nunca se sabe, incluso con bronce celestial… — ¿Eso es de ese metal? Ella asintió. —Extraído del Monte Olimpo. Extremadamente raro. De todas formas, suele desintegrar a los monstruos por contacto, pero algunos grandes y poderosos tienen la piel difícil de penetrar. Los drakons, por ejemplo…

Annabeth acarició su espada. Cada vez que cerraba los ojos, imágenes del Tártato inundaban su mente. Percy había estado allí para parar sus pesadillas, y ella las de él, pero ahora que no estaba...

-¿Quieres decir "dragones"? —Son especies similares. Aprenderás la diferencia en clase de lucha contra monstruos. —Clase de lucha contra monstruos. Sí, conseguiré el cinturón negro, chupado. No sonrió.

-Esa chica es dura de roer-dijeron Hermes y Apolo. -No os imaginais cuanto-suspiró Leo.

Leo esperaba que no estuviera todo el tiempo seria. Su familia por parte de padre tenía que tener un poco de sentido del humor, ¿estamos?

-No si lo sacaste se tú madre-dijo Atenea.

Pasaron por una pareja de chicos haciendo un juguete de cuerda con bronce, o al menos eso parecía. Era un centauro (mitad hombre, mitad caballo) de seis pulgadas de altura armado con un arco en miniatura. Uno de los campistas tiró de la cola del centauro y este cobró vida. Galopó a través de la mesa gritando: — ¡Muere, mosquito! ¡Muere, mosquito! —y disparando a todo lo que se encontraba. Al parecer, eso ya había ocurrido, porque todo el mundo conocía ya el golpeteo en el suelo menos Leo. Seis flechas del tamaño de una aguja se estrellaron contra su camiseta antes de que el campista agarrase un martillo e hiciera al muñeco pedazos. — ¡Maldita maldición! —El campista agitó sus manos hacia el cielo—. ¡Sólo quiero un asesino con control remoto! ¿Es mucho pedir?

Todos los mestizos menos Leo miraron al libro. Si un asesino a control remoto era poco ¿Que sería mucho?

—Ay —dijo Leo. Nyssa arrancó las flechas de su camiseta. —Vale, estás bien. Vayámonos antes de que lo reconstruyan. Leo se frotó el pecho mientras caminaban. — ¿Ese tipo de cosas pasan mucho? —Últimamente —dijo Nyssa—, todo lo que construimos se convierte en charra. - ¿Por la maldición? Nyssa frunció el ceño. —No creo en maldiciones.

-Pues deberías-soltó Annabeth.

...Pero algo va mal. Y si no solucionamos el problema del dragón, se va a poner incluso peor.

-¿El problema del dragón?-preguntó Apolo.

-¿El problema del dragón?

-Papá, piensas como Leo-gritó Will con cara de asustado, consiguiendo arrancar unas risas y que Leo hiciera un puchero.

—Leo esperó que se refiriera a uno de miniatura, tal vez uno que matase cucarachas, pero tuvo la sensación de que no iba a tener suerte.

Hefesto hizo crujir sus dedos. Esperaba que también se refiriera a un dragón mata cucarachas.

Nyssa lo llevó hasta un gran mapa de la pared que una pareja de chicas estaba estudiando. El mapa mostraba el campamento, un semicírculo de terreno con Long Island Sound en la costa norte, los bosques al oeste, las cabañas al este y un anillo de colinas al sur. —Tiene que estar en las colinas —dijo la primera chica. —Ya miramos en las colinas —argumentó la segunda—. Los bosques son un lugar mucho mejor para esconderse. Pero hemos puesto trampas… —Un momento —dijo Leo—. Chicos, ¿habéis perdido un dragón? ¿Un dragón real a tamaño completo? -Es un dragón de bronce —dijo Nyssa—,

-¿Eso no es peligroso para los mestizos?-preguntó Hestia. -No se preocupe lady Hestia, lo tengo todo controlado.

...pero sí, es un autómata de tamaño real. La Cabaña de Hefesto lo construyó hace años. Después estuvo perdido en los bosques hasta el verano pasado, cuando Beckendorf lo encontró en pedazos y lo reconstruyó. Ha estado ayudando a proteger el campamento, pero… em… es un poco impredecible. -Impredecible —dijo Leo. —Va por donde va y echa abajo las cabañas, prende a la gente en fuego, trata de comerse a los sátiros...

-Y por eso Grover no nos ha visitado hasta que llegó el mensaje de Annabeth-dijo Rachel. Annabeth rió. Sabía que Grover prefería alejarse del peligro, pero si sus amigos lo necesitaban no dudaba en ir a buscarlos.

-Eso es ser muy impredecible. Nyssa asintió. —Beckendorf era el único que podía controlarlo. Tras morir, el dragón ha ido a peor y a peor. Al final enloqueció y se escapó. De vez en cuando aparece, demuele algo, y vuelve a escaparse. Todos esperan que lo encontremos y lo destruyamos…

-¿¡Destruírlo!?-Hefesto parecía a punto de sufrir un infarto-¡Es un dragón a tamaño real! ¿¡Cómo que van a destruírlo!? -Tranquilo papá, estoy allí, no voy a permitir que le hagan nada.

-¿Destruirlo? —Se horrorizó Leo—. ¿Tenéis un dragón de bronce de tamaño real y queréis destruirlo?

-Exactamente-gritó Hefesto, consciente de que sus hijos estaban a punto de cometer una locura.

-Respira fuego —explicó Nyssa—, es mortal y está fuera de control.

-¡Pero es un dragón!-resaltó Hefesto lo obvio, al borde del ataque.

-¡Pero es un dragón!

-¿Me lo parece a mí o cada vez estos dos se parecen más?-le susurró Demeter a Atenea.

...Tía, es tan increíble. ¿No podéis intentar dialogar con él, controlarlo? Leo pensó en Jake, con todo el cuerpo envuelto, tumbado en soledad en su litera. — ¿Sigue…? —No hay otra opción —Nyssa se volvió a las otras chicas—. Pongamos más trampas en el bosque… aquí, aquí y aquí. De cebo usemos aceite de motor de treinta kilos. -¿El dragón bebe eso?— preguntó Leo. -Sí —Nyssa suspiró lentamente—, suele gustarle con salsa de Tabasco, justo antes de dormir. Si cae en alguna trampa podemos llegar hasta él con pulverizadores de ácido… deberían penetrar en su piel. Después cogemos cortadores de metal y… fin del trabajo. Todos parecían tristes. Leo se dio cuenta de que no querían matar al dragón más de lo que él mismo quería.

-Nadie quiere matar a ese dragón-dijeron Leo, Jason, Piper y Annabeth a la vez.

—Chicos —dijo—, tiene que haber otra manera.

-Siempre hay otra manera-sonrió Hestia.

Nyssa parecía dudosa, pero unos pocos campistas habían parado de trabajar y se habían puesto a escuchar la conversación. — ¿Cómo qué? —preguntó uno—. Esa cosa respira fuego. Ni siquiera podemos acercarnos. «Fuego», pensó Leo. Jo, tío, las cosas que podía contarles sobre el fuego… Pero tenía que tener cuidado, incluso con sus hermanos y hermanas. Y especialmente si tenía que vivir con ellos.

-¿A que te refieres?-preguntaron Apolo, Poseidon y Hefesto. Atenea comenzó a sospechar. No había usuarios de fuego desde el gran incendio de Londres, pero tal vez Leo fuera una excepción. Cruzó la mirada con Hefesto y vio que el tambien pensaba lo mismo.

-Pues… —vaciló—. Hefesto es el dios del fuego, ¿verdad? Así que, ¿nadie de vosotros tiene resistencia al fuego o algo así? Nadie reaccionó como si fuera una pregunta absurda, lo que era un alivio, pero Nyssa agitó sus manos gravemente. —Esa es una habilidad de los cíclopes, Leo. Los hijos semidioses de Hefesto… sólo somos buenos con las manos. Somos constructores, artesanos, diseñadores de armas… cosas de esas. Los hombros de Leo se desplomaron con un «Oh». Un chico de negro dijo: —Bueno, hace mucho tiempo… —Sí, vale —le concedió Nyssa—, hace mucho tiempo los hijos de Hefesto nacían con poder sobre el fuego. Pero esa habilidad era muy, muy rara. Y siempre peligrosa. No han nacido semidioses así desde hace siglos. El último… —miró hacia uno de los chicos para que la ayudara. De mil seiscientos sesenta y seis —concedió la chica—, un chico llamado Thomas Faynor. Fue quien empezó el Gran Incendio de Londres, destruyendo la mayor parte de la ciudad. —Eso —dijo Nyssa—. Cuando un hijo de Hefesto así aparece, suele significar que algo catastrófico va a ocurrir. Y no necesitamos más catástrofes. Leo trató de mantener su cara limpia de emociones, pero ese no era su punto suerte. -Supongo que lo entiendo. Una pena, aunque, si pudieras resistir las llamas, podrías acercarte al dragón.

-Entinces te mataría con sus garras y colmillos-dijo Atenea.

—Entonces te mataría con sus garras y colmillos —dijo Nyssa—

-Vaya Atenea, piensas y como unode los de Hefesto-se burló Ares. -Mejor eso que no pensar-respondió Atenea con voz fría.

... o sólo pisándote. No, tenemos que destruirlo. Confiad en mí, si alguien pudiera encontrar otra manera… Había terminado, pero Leo había pillado el mensaje. Esta era la gran prueba de la cabaña. Si podían hacer algo, sólo Beckendorf podía hacerlo; si podían someter al dragón sin matarlo, entonces la maldición haría su aparición. Pero estaban secos de ideas. Cualquier campista que encontrara la manera sería un héroe. Un cuerno sonó en la distancia. Los campistas comenzaron a recoger sus herramientas y proyectos. Leo no se había dado cuenta de que se estaba haciendo tarde, miró por las ventanas y vio el sol bajando. A veces le pasaba eso por culpa de padecer TDAH. Si se aburría, una clase de cincuenta minutos parecía ser de seis horas. Si se interesaba por algo, como en un campamento de semidioses, las horas se iban y… ¡Bam! El día también.

-Odio eso-dijo Annabeth, pues las tarses se pasaban volando cuando diseñaba algo...o estaba con Percy. Todos los que tenían TDHA estuvieron de acuerdo.

—La cena —dijo Nyssa—. Vamos, Leo. —Arriba en el pabellón, ¿verdad? —preguntó Leo. Ella asintió. —Chicos, id delante —dijo Leo—. ¿Puedes… dejarme un segundo a solas? Nyssa dudó. Entonces su expresión se suavizo. —Claro. Son muchas cosas que procesar. Recuerdo mi primer día. Sube cuando estés listo. Sólo que no toques nada,

-Eso es imposible-dijeron Jason y Piper a la vez. -Para que quiero enemigos si tengo amigos como vosotros-murmuró Leo.

...casi todos los proyectos que hay aquí podrían matarte si no tienes cuidado.

-Como si eso fuera a impedírselo. -Comienzo a penaar que me teneis estais celosos de mi magnífica persona.

—Nada de toqueteo. Sus compañeros de cabaña salieron de la fragua. Pronto Leo se quedó solo con los sonidos de los fuelles, molinos y los de pequeñas máquinas que zumbaban y hacían «click». Se fijó en el mapa del campamento, en las ubicaciones donde sus nuevos hermanos iban a poner trampas para cazar al dragón. Estaba mal, realmente desatinado. Extraño, pensó. Y siempre peligroso. Se fijó en su mano y estudió sus dedos. Eran largos y delgados, y no tenían callos al contrario que los de los otros campistas de Hefesto. Leo nunca había sido de los chicos más grandes o de los más fuertes. Había sobrevivido en barrios, escuelas y en casas de acogida muy duros usando sólo su ingenio. Era el payaso de la clase, el bufón, porque había aprendido muy pronto que si cuentas bromas y haces como que no estás asustado o apartado, nadie quiere pegarte. Incluso los peores niños que parecen gánster te toleraban, te mantenían cerca para echarse unas risas.

Piper y Jason abrazaron a su amigo.

Además, el humor era una buena manera de ocultar el dolor. Y si no funcionaba, siempre estaba el Plan B: Escaparse. Una y otra vez.

-No vas a tener que volver a hacerlo-dijo Piper. -El campamento Mestizo es tu hogar-corroboró Jason-nunca te dejaremos de lado.

Había un Plan C, pero se había prometido a sí mismo que nunca lo llevaría acabo de nuevo. Se sintió con ganas de intentarlo en aquel momento, algo que no había hecho nunca desde el accidente, desde que murió su madre. Extendió los dedos y sintió un pinchazo, como si se estuvieran despertando, hormigueos y pinchazos. Entonces las llamas cobraron vida, y unos rizos de color rojo intenso bailaron en la palma de su mano. Fuego.

Los dioses tenían la vista puesta en Leo. Este estaba seguro de que lo tomarían por un bicho raro, que su padre perdería todo el orgullo que había adquirido en estos últimos capítulos. Sintió como alguien lo abrazaba, y cuando levantó la vista vio la sonrisa de orgullo de su padre. -Deberíamos dejarlos solos-propuso Hestia, sonriendo. En esos capítulos, Hefesto y Afrodita habían conseguido cambiar un poco, preocupándose por sus hijos, dijera lo que dijera las normas de Zeus. Todos se levantaron y se fueron, dejando solos a Leo y Hefesto.

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Hola semidioses ¿Cómo llevan la lectura? ¿Han leído un libro interesante últimamente? Bien, aquí esta el capitulo ¿Qué les parece? Por favor, comenten, que me anima mucho, y mañana tengo un examen importante, un poco de ánimos para estudiar.