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Nunca me dejes, por favor. — capítulo 2
En mi segundo día de clase en la universidad después de terminar las aburridas clases salimos de nuevo a comer en el bar, aunque esta vez íbamos todos.
-¿Por qué no os venís a mi casa? Podemos pedir unas pizzas. -ofrece Peeta, quien había estado muy callado.
Después de pensarlo un poco decidimos ir rumbo a la casa de Peeta, nosotros tres nos fuimos en el coche de mi hermano mientras los demás se iba cada uno con quien ha venido.
Cuando llegamos a su casa y Clove vio la guitarra eléctrica que reposaba en su sitio en el salón se volvió loca y corrió a cogerla.
-Mira Kat, un teclado. -grita emocionada.
Me acerco para tocar algunas notas en el teclado, pero enseguida la quito como si su tacto quemara cuando oigo la voz de Peeta.
-No lo toques.
Lo miro extrañado por la forma en la que se ha dirigido a mí. Decido dejarlo pasar y me pongo a mirar la decoración de la casa. A lo lejos puedo oír a Peeta diciéndole a Clove que deje la guitarra en su sitio con un tono muy diferente al que ha usado conmigo.
En el salón hay una chimenea sobre la que reposan varias fotos de Peeta con su madre y con su padre, o de Peeta de pequeño.
-Bonita casa. -comento, mirándolo a él y sonriéndole.
Por su parte solo asiente sin ni siquiera mirarme a los ojos y se va a llamar para pedir las pizzas. Qué raro, ¿por qué se comporta así conmigo?
Ponemos la mesa mientras no vienen las pizzas y una vez llegan empezamos a sentarnos y a comer. Al lado mío queda un hueco bastante grande para poner la silla de Peeta, quien seguía de pie ya que estaba sirviendo las pizzas, no obstante y para mi asombro le dice a Finnick que se mueva hacia mi lado y se sienta ahí, quedando separados por mi mejor amigo.
Todo el rato que estuvimos en su casa Peeta me trataba de forma distante, como si le molestara que tocara sus cosas o que le hablara. Estábamos todos recogiendo los platos y los vasos que habíamos manchado y yo me ofrecí a lavarlos, cuando Peeta me vio me los quito de las manos y me dijo que no hacía falta, ni siquiera me sonrío o me miró directamente a los ojos.
Lo dejaría pasar otra vez. De repente recuerdo que tengo cita con el médico a las 7, después de mucha insistencia por parte de mis hermanos por acompañarme, me negué y avise a mis padres de que vinieran a recogerme, así que les di la dirección de Peeta. Apenas eran las cinco, todavía podía disfrutar un poco más de la compañía de mis amigos.
Estábamos charlando animadamente cuando una niña rubia de ojos azul celeste como Peeta entra corriendo en el salón gritando el nombre de su hermano.
-Hey, pequeña. -la saluda su hermano dejando un beso en su frente.
Vaya, no me imaginaba a Peeta con una hermana. La niña saluda a todos de uno en uno, parece que los conoce a todos, habrán estado aquí antes. No tiene ningún problema en relacionarse con la gente, ya que en cuanto sabe el nombre de mi hermano, se lanza sobre él y le da un tímido beso en la mejilla, lo que hace que Peeta sonría. Es la primera vez en dos días que lo veo sonreír y vaya, su sonrisa es preciosa.
Cuando termina de presentarse a mi hermana se acerca a mí.
-Hola, me llamo Prim y tengo 6 años, ¿y tú cómo te llamas? ¿Y por qué eres tan blanca? ¿Eres un vampiro?
Río por las sugerencias de esta niña tan dulce.
-Hola, Prim, yo me llamo Katniss y tengo 18 años. Y no soy un vampiro, mi piel es así de blanca. -y más debido al cáncer.
-¿Por qué todas las amigas de mi hermano son tan guapas? -su pregunta hace que todos nos riamos.
Cuando pasan al salón los padres de Peeta reconozco al doctor Mellark, así que ese es tu apellido. Lo conozco porque me trató durante el tiempo que estuve en el hospital del Distrito antes de mudarnos al Capitolio. Me saluda con la mirada, pero no me dice nada.
Paso las dos horas hablando y jugando con las muñecas de Prim con ella y mis amigas mientras los chicos se vician al videojuego. Y parece mentira que tengan 20 años.
Recibo un mensaje de mi madre diciendo que están en la puerta de la casa.
-Bueno me voy ya, mañana nos vemos chicos. -me despido.
-Cualquier cosa llámanos, es más llámanos en cuanto sepas algo, mucha suerte, pero llámanos, eh -empiezan a hablar mis hermanos. Ellos se quedaran un rato más aquí.
Mis amigas me dan ánimos y Cato, Marvel y Peeta se quedan un poco perdidos.
-¿Te tienes que ir ya? -pregunta Prim.
-Sí -sonrío.
-¿A dónde?
-Prim… -la regaña su hermano.
-Al médico. -digo la verdad.
-¿Estás enferma? -miro a mis hermanos que niegan con la mirada.
-No, es solo un resfriado, pero toso mucho, por eso voy al médico. -miento.
- Ah, ¿y cuando te volveré a ver? Contigo es con la que menos tiempo voy a pasar jugando. -dice con una tímida sonrisa y desviando la mirada hacia su hermano.
Yo también la desvío hacia él, quien nos mira interesado.
-Pues supongo que cuando tu hermano nos vuelva a invitar. Bueno, me tengo que ir ya, adiós preciosa. -le doy un beso en la mejilla que ella me devuelve.
Salgo de la casa pensando en lo simpática que es esta niña conmigo, nada que ver con su hermano.
Entro al coche de mis padres y ponemos rumbo al hospital. Está más que claro que los chicos no se han tragado lo del resfriado, mis hermanos no se hubieran puesto así si de un resfriado se tratara. Pero todavía es muy pronto para que lo sepan. Algún día tendrán que enterarse, pero no aún. No quiero dar pena ni que se compadezcan de mí. Al menos lo he superado, solo falta que no vuelva a aparecer.
Rezo por ello.