Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Harry Potter y el Último Horcrux · de

Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 10

Cuando Harry abrió los ojos, todavía era de noche. Se puso las gafas y en silencio, se bajó de la cama. No tenía pijama, sino una muda de ropa muggle. Alcanzó la varita y se acercó a la cama de Ron, donde éste dormía abrazado a la almohada. Lo pinchó hasta que su amigo farfulló una incongruencia y abrió los ojos. Harry le pidió silencio y él pareció totalmente despierto. Era el día. Iban a irse al Valle de Godric y continuar la búsqueda de los Horcruxes desde allí. Pero nadie más debía saberlo, por la seguridad de todos.

El equipaje estaba listo desde hacía días. Hermione se encargó de ese menester. Si por ellos fuera, sólo se llevaban sus varitas. Agarraron las maletas (escondidas de la Señora Weasley por polvos de invisibilidad) y abandonaron la habitación. Toda la Madriguera estaba oscura, por lo que tuvieron que convocar luz de sus varitas. No fue una sorpresa que Hermione y Lara los esperasen en la sala, ambas vestidas con ropas muggles. Hermione sólo llevaba un bolso pequeño. Harry lo sintió injusto con todo lo que ellos debían cargar. Lara tampoco parecía llevar nada.

—¿Todo bien? —susurró Hermione, los muchachos asintieron—. Perfecto. Vamos a alejarnos de la casa antes de desaparecer. Salgamos por la cocina.

Sin embargo, en dicha estancia los esperaba alguien. Harry casi abate de un hechizo a Lupin, quien estaba sentado a la mesa con las manos entrecruzadas sobre la superficie.

—Imaginé que harían esto —susurró el hombre-lobo y se levantó—. Vine a desearles buena suerte.

En lo profundo, Harry se alegró de que el brujo se les adelantara y tuviese ese gesto. Uno a uno, estrecharon manos con Lupin, se abrazaron e intercambiaron consejos. Todos menos Lara, quien permaneció en silencio en una esquina, a la espera que terminasen esas despedidas. Harry de inmediato se sintió de más.

—Vamos afuera —susurró a Ron, porque Hermione recibía de Lupin unos frascos con pociones medicinales.

—¿Por qué? —preguntó, despistado.

Harry señaló a Lara con la cabeza y Ron formó una perfecta «o» con los labios.

—Hermione, es mejor que adelantemos —dijo y tiró de la blusa de la muchacha.

—Ron, ¿acaso no ves que estoy ocupada? —le espetó ella. Acomodaba los frascos de pociones en el bolso, que no era tan pequeño como parecía.

—Sí, pero eres rápida desocupándote —le urgió él con disimulo.

Hermione alzó la vista con enfado, mas detectó a Lara, a Lupin, y abrió mucho los ojos.

—Oh… sí, claro. Vamos a adelantarnos, Lara.

La mencionada inclinó la cabeza, muestra de que los había escuchado. Los tres casi abandonaron en estampida la cocina. Lupin giró a enfrentar a Lara y por largos minutos, ninguno de los dos dijo nada.

—Me alegra que te convencieras de asistir a la boda —inició el brujo.

—Usted me envía las notas. Los regalos —acusó Lara sin despegar la mirada del hombre, quien se la sostuvo con valentía—. Usted es mi padre.

El silencio que cayó sobre la cocina fue tenso. Lupin movió los labios, sin formular palabra. Dejó escapar aire, despacio.

—Sí —admitió con firmeza.

Los ojos de la muchacha brillaron. Podía decirse que estaban acuosos. O simplemente, embargados de sentimientos que no podía expresar. La voz escapó de ella tan monocorde como siempre:

—¿Por qué me lo ocultó? ¿Por qué dudó tanto?

—Tenía miedo de equivocarme. De que no fueses… tú —Lupin se aclaró la garganta—. Tenía miedo de que… hubieses heredado mi licantropía, entonces, me sentiría doblemente culpable.

—¿Me abandonó?

Lupin se tomó varios minutos para contestar:

—Cuando supe que tu madre estaba embarazada, era tarde. Ella ya no estaba conmigo, y yo no podía llegar a ti. Luego Dumbledore me dijo que también habías muerto. Pensé que te había perdido… —hizo una pausa larga con la mirada al suelo—, hasta que vi los documentos de ese orfanato… Dumbledore los guardaba con mucho celo. Intenté recuperarte. Él me negó ese derecho. Dijo que ya estabas muy lejos de mi alcance, que ya no tenías remedio.

—¿Usted está de acuerdo en eso? ¿Ya no tengo remedio?

Lupin movió la cabeza de un lado a otro, como un perro con agua en las orejas.

—No lo sé. Creo que depende más de ti misma que de mí —miró a la ventana. Podía ver las siluetas de Harry, Ron y Hermione esperar en los límites del jardín—. Es mejor que te vayas. Así se marchan sin llamar la atención.

Lara se le acercó. Quedó a su alcance, sin dejar de mirarlo a los ojos.

—Intentaré regresar viva… padre —le dijo.

Lupin asintió y formuló una sonrisa quebrada.

—Confío en que así será.

Sin más, ella giró sobre sus talones y abandonó la Madriguera. No había dado dos pasos cuando hubo un «¡crack!» a su espalda, la aferraron por un brazo y ella se volteó con un puño en alto. No lo descargó. Era Charlie, pálido y con cara de susto.

—¿Qué haces… a… a dónde van? —preguntó.

—Voy a cumplir mis órdenes —dijo ella de forma escueta. Bajó el puño—. Puedes soltarme.

Charlie no le prestó atención. La terminó de voltear y posó las manos en sus hombros. No parecía importarle que Harry, Hermione y su propio hermano, estuviesen a punto de marcharse con rumbo desconocido.

—Lara… quédate —le suplicó—. Deja este juego inútil de soldado… permíteme enseñarte, traerte de vuelta… permíteme amarte.

Se inclinó a besarla con calidez. Ella no retrocedió, al menos por unos instantes. Cuando lo hizo, él se vio dolido. Le presionó los hombros con sutileza.

—Prométeme que al menos, vas a sobrevivir, vas a regresar —dijo con voz temblorosa.

—Acabo de hacerle la misma promesa a otra persona —Charlie la miró con curiosidad. Parecía intrigado de a quien más podría querer la muchacha—. También puedo hacértela a ti. Haré todo lo posible.

Charlie asintió y rebuscó en su camisa hasta quitarse un cordón negro con un colmillo romo en la punta. Se lo pasó a Lara por el cuello. Volvió a besarla, con ímpetu, con ansias, con miedo. Ella de alguna forma podía percibirlo, aunque fuese incapaz de expresarlo por sí misma. Charlie la dejó libre en contra de su voluntad y ella se reunió con los otros tres adolescentes. En el siguiente parpadeo, los cuatro habían desaparecido.


Harry lo vio todo oscuro y de nuevo tuvo esa sensación de pasar por un tubo de caucho muy apretado, que le comprimía cada parte del cuerpo, como si barras de hierro exprimiesen su cabeza. No podía respirar. Cuando ya no pensó que esa sensación se terminaría, aspiró una bocanada de aire fresco del amanecer.

Abrió los ojos. Estaba en un pueblito que parecía muy tranquilo. De casas pintadas de colores claros, con vallas pequeñas que rodeaban los patios frontales. Estaba en medio de la calle principal, la cual se extendía hasta perderse en el horizonte dorado. Amanecía.

—Así que este... es el Valle de Godric —murmuró Ron a su lado—. Parece tranquilo… ¿Harry?

—Es... perfecto —asintió Harry—. Vamos.

—Harry, sabes dónde está... esto... ¿la casa de tus padres? —preguntó Hermione con timidez.

Harry se detuvo. Nunca pensó en eso.

—No veo a Lara —dijo Ron estudiando sus alrededores—. ¿Crees que se habrá equivocado al aparecer? Al menos no se «escindió» —murmuró con una mano sobre el pedacito de ceja que le faltaba. Lo más probable era que no le volviese a crecer—. Antes de desaparecer, no vi ningún pedazo de ella en el patio de casa.

—Espero que encuentre pronto el camino, en el caso en que esté perdida —dijo Hermione. Parecía nerviosa por la forma en que miraba alrededor. Harry no la culpaba. Él también se sentía vigilado. O quizás sólo era paranoia—. Deberíamos esperar aquí.

—No, mejor nos movemos —replicó Harry—. Estoy seguro de que ella sabrá encontrarnos.

Los tres amigos echaron a caminar por la calle principal. Harry miró de repente hacia el tejado de una casa cercana. Estrechó los ojos. Le había parecido ver una sombra deslizarse por él.

—No podemos seguir sin rumbo, Harry —dijo Hermione—. Tenemos que preguntar.

—Oh si, una visita mañanera muy agradable para algún vecino —dijo Ron con sorna—. «Hola, buenos días, acabamos de aparecernos en la calle principal. Sí, literalmente aparecernos. Buscamos la vieja casa de Lily y James Potter, eran magos, ¿sabe donde es?».

—No seas tonto, Ron. Jamás preguntaríamos así —espetó Hermione—. Vamos a tener más tacto.

—Claro. Harry, dejemos que la «niña prodigio» de Hogwarts se encargue de la situación —dijo Ron, sarcástico.

—Le harías un favor al mundo cerrando esa bocota, Ronald Weasley —le aconsejó Hermione con claros síntomas de estar en su límite.

—¡Señor! ¡Disculpe señor!

Ron y Hermione dejaron a un lado su querella para seguir a Harry, quien trotaba hacia un soñoliento hombre que revisaba su buzón de correos. El vecino dedicó a los muchachos una mirada confusa. Ningún adolescente en su sano juicio, se levantaba un domingo a las siete de la mañana. ¡Ni siquiera bajo tortura!

—Buenos días, señor —dijo Harry en un intento por sonar cortés.

—Buenos días —respondió el hombre con recelo. Recogió sus facturas y les echó un mejor vistazo—. Ustedes no son del pueblo… ¿qué buscan?

—Es cierto, señor, no somos de aquí, acabamos de llegar —dijo Harry siguiéndole la corriente. Lo mejor era no causar un revuelo. El chisme ya era imposible de evitar—. Estamos desorientados… quizás usted pueda ayudarnos —el hombre cabeceó, y él lo tomó por un «sí»—. Buscamos la casa que... donde vivían los Potter. ¿Sabe dónde está?

El hombre lució perplejo.

—La casa de los Potter ha estado en ruinas desde hace dieciséis años aproximadamente —dijo despacio. Dudó unos segundos y continuó—: ¿qué buscan allí? No es un buen lugar para curiosear. Está a punto de derrumbarse. Dicen que tiene algo escalofriante.

—Mis amigos y yo... —comenzó Harry. Suplicó por inspiración, pero todo indicaba que su musa estaba de viaje. Al Polo Norte, seguramente.

—... nos gusta estudiar lo paranormal —intervino Hermione.

Harry, Ron y el hombre se le quedaron mirando a la chica. Los dos primeros parecían estar dispuestos a invocar un pedestal allí mismo, pero se contuvieron por el muggle.

—Nos han dicho que allí hay fantasmas —prosiguió ella con el mismo entusiasmo que presentaba ante un libro nuevo. Harry casi le aplaude la actuación—. Tratamos de demostrar que es mentira. Ya sabe, jugarretas que hace la mente cuando uno está asustado, o bromas pesadas de tus amigos de hacerte creer que hay una niña desgreñada en la cocina y sólo es un maniquí —ella se rió con ganas—. Vamos a destrozar unas cuantas teorías... tenemos una cámara y grabaremos. Si quiere, le mostramos el video cuando terminemos. Y no se preocupe, tendremos mucho cuidado dentro de la casa.

El hombre que por unos instantes pareció considerar locos de remate a los tres adolescentes, se relajó visiblemente.

—Si es solo para eso... —dijo finalmente. Señaló al horizonte—. La casa está algo apartada del pueblo. Sigan la calle principal, y cuando lleguen al final, van a ver unas direcciones en saetas de madera. Están casi borradas, pero tomen la saeta que indica a la derecha. Sigan recto y no tan lejos, van a encontrar la casa que buscan. Es la última que vean y la más deteriorada, a la derecha de nuevo.

—Gracias señor —dijo Harry con una sonrisa—. No sabe cuánto se lo agradecemos. Vamos chicos.

Ron y Hermione se despidieron del hombre con gestos animados y siguieron juntos detrás de Harry. Éste agradeció que la pelea anterior quedase olvidada, o usaba la «aparición» para dejarlos atrás y que se las arreglasen como pudieran. Se detuvieron frente al último poste que tenía, en efecto, saetas de madera con direcciones desgastadas. Torcieron por la derecha y se adentraron por una calle estrecha, franqueada por viviendas en distintos estados de deterioro.

—Creo que hallamos el Valle de Godric Mágico —murmuró Hermione. Observaba su entorno con curiosidad.

—Estas casas parecen haber sido abandonadas hace años —opinó Ron.

Harry no dijo nada. El corazón le latía muy rápido. Cada casa que veía disparaba su imaginación; veía el pueblo en todo su esplendor, con habitantes, magos y muggles, en una pacífica convivencia. Por fin se detuvo y giró hacia la derecha, al final de la callejuela.

A varios metros de él, había una valla de madera desvencijada, con restos de una antiquísima pintura blanca, que ya era gris. La portezuela colgaba fuera de sus goznes. El patio pequeño estaba invadido por zarzas, pero aun así, desde el suelo brotaban retoños verdes, como un intento desesperado por sobrevivir. La casa no estaba mejor. La puerta estaba destrozada. Varias ventanas colgaban llenas de polvo; el musgo y las enredaderas se habían apoderado de la fachada. Las paredes tenían descarnes aquí y allá. Harry creyó que si el viento soplase más fuerte, la casa se iría abajo.

Avanzó despacio y abrió la portezuela de la valla. Ron y Hermione lo siguieron en silencio, la única fuente de comunicación que tenían, era el intercambio de miradas. Harry sacó su varita al llegar a la puerta y entró con cuidado.

—¡Lumos!

Una lucecita iluminó débilmente un suelo lleno de escombros y plantas. Harry avanzó por el recibidor, hasta llegar a la salita de la casa. Allí todo estaba completamente destrozado: La mitad de un sofá viejo de cabeza en una esquina, dos butacones desgarrados, la alfombra hecha trizas, las cortinas vueltas jirones, el suelo cubierto de maleza, escombros, madera, y una vieja chimenea repleta de hollín.

Ron y Hermione llegaron detrás de Harry y observaron el entorno con gesto desalentador.

—¿Harry? —llamó Hermione—. ¿Estás bien?

—Sí —dijo él—. Podremos arreglar esto un poco.

—¿Nos vamos a quedar aquí? —preguntó Ron con la nariz arrugada.

Harry frunció el entrecejo.

—Sí —contestó con firmeza.

El sonido de escombros revueltos los alertó. Hermione dio un chillido y Ron retrocedió con los ojos desorbitados. Harry comprendió de inmediato qué sucedía.

—Inferis —murmuró.

Dos personas habían surgido de la nada y se arrastraban hacia ellos, como si fuesen incapaces de andar erguidos. Dos hombres, pálidos como la leche, putrefactos, con los ojos en blanco. Estaban cubiertos de barro y les costaba moverse a ras del suelo a causa de tantos escombros, pero se movían. El objetivo era claro: ellos.

—¡Petrificus totalus! —lanzó Ron de repente.

Un Inferi retrocedió ante el impacto del hechizo, pero continuó su avance, imparable.

—¡Stupefy! —lanzó Hermione desesperada—. ¡Stupefy, stupefy, stupefy!

Con cada haz de luz que los impactaba, perdían una parte de sus carnes y ropas, pero nada parecía funcionar con ellos.

—¡Son Inferis! —les recordó Harry sin dejar de retroceder, hasta que la espalda le chocó contra una pared—. ¡Los hechizos no les hacen daño!

Hermione tropezó y cayó al suelo. Los Inferis se volvieron hacia ella, como si pudiesen verla a través del blanco de sus ojos. Cambiaron de dirección y se arrastraron tras la muchacha, mientras Ron en vano, intentaba detenerlo con hechizos y corría para ayudarla a levantarse. Ella gritó de terror cuando de la tierra emergió una mano blanca fangosa e intentó asirla por un pie, pero Ron logró apartarla con tanta fuerza que los dos cayeron contra un butacón deshecho. A la extremidad le siguió una cabeza, un torso, y otras manos se alzaron desde las profundidades de la tierra para atrapar a los intrusos y llevarlos a la tumba.

—Cómo se paraban, cómo se paraban... — comenzó a murmurar Harry y se alejó de un salto de otro Inferi. Pateó los restos de algún mueble acertándole y al engendro se le partió el cuello por el impacto. Pero así, con la cabeza volteada, continuó su avance—. ¡Lo tengo! ¡Fuego, Ron! ¡Haz fuego! ¡Incendio!

Una llamarada surgió de la varita de Harry e impregnó los restos de madera sobre la criatura. El Inferi emitió un grito horrible mientras retrocedía convertido en una llamarada. Harry saltó atrás cuando a su lado surgió otra mano fangosa y lo trató de agarrar por el tobillo.

—¡Están saliendo más, Harry! —gritó Ron prácticamente rodeado de brazos fangosos llenos de harapos. No parecía bastar que llenase de fuego todo cuanto se moviera. Y lo que no, también, por las dudas—. ¡Salgamos de aquí!

—¡Incendien todo! —aconsejó Harry. Hermione ya estaba en pie, esparcía madera, telas, o cualquier cosa que pudiese ser inflamable sobre los Inferi y les prendía fuego—. ¡La casa, todo!

Lograron alcanzar la puerta y corrieron a la calle. Harry incluso arrancó hierbas secas y las lanzó al interior de la casa ardiente. Podían escuchar los gritos inhumanos de los engendros, oler la carne podrida quemarse, el terreno quedar limpio.

Los tres contemplaban la vivienda cuando Lara apareció junto a ellos con un «¡crack!». Ellos se voltearon en actitud belicosa y casi la acribillan a hechizos si no la reconocen.

—¡A buena hora llegas! —le espetó Ron—. ¿Dónde estabas?

—Comprobaba que los alrededores fuesen seguros —explicó ella, monocorde.

—Pues, no son los alrededores los que deben preocuparte —agitó una mano con exasperación hacia el incendio—. ¡Inferis! ¡Decenas de ellos, dentro de la casa! Si hubieses estado aquí y hecho… hecho esa cosa de quitar magia…

—Aunque estuviese aquí en el momento exacto, no podría neutralizar a tantos al mismo tiempo —replicó Lara—. Hubiese estado en la misma situación que ustedes.

—Hum… ¿crees que puedas comprobar si queda alguno? —preguntó Harry—. ¿Detectar magia o… algo? Si el incendio se propaga, perderemos la casa.

Hermione fue a decir algo, pero al parecer, decidió guardárselo para sí misma. Lara avanzó hacia la puerta en llamas. Extendió las manos con las palmas al frente y cerró los ojos. Después de lo que parecieron horas (el fuego lamía el marco de la puerta), ella sacó su varita y convocó un hechizo de agua, el cual dirigió al interior de la vivienda. Los tres amigos se acercaron a imitarla, y pronto habían sofocado el incendio.

Harry se sintió mal al ver que las paredes, de por sí bastante maltratadas por el abandono, se habían puesto peor después del fuego. La parte positiva, era que al parecer, habían radicado a los Inferi. Los cuerpos que quedaron sin calcinarse los envolvieron en las pocas cortinas o sábanas que encontraron y los llevaron al patio, donde limpiaron la maleza y los terminaron de quemar.

Harry no cambió de opinión sobre irse a otro lugar para montar la «base de operaciones». Con magia, podrían reparar un poco la casa, ponerla habitable. Claro, sería un trabajo arduo que llevaría días, pero él estaba determinado a permanecer allí. Comenzaron de inmediato; Hermione se dedicó a recitar hechizos de protección por todo el perímetro de la casa, mientras los demás se ocupaban de reforzar las paredes lo mejor posible con ladrillos que rescataron en las partes que ya estaban derrumbadas, ocupándose de limpiar escombros y erradicando la hiedra y el musgo.

A mediodía, todos estaban exhaustos y hambrientos. Hermione extrajo de su bolso-no-tan-pequeño pan, queso, y ese fue el almuerzo.

—En mi comprobación del perímetro, encontré el cementerio del pueblo —anunció Lara. Todos le prestaron atención de inmediato—. También localicé las tumbas de tus padres, Harry. Puedo guiarte cuando estés listo.

El muchacho tardó unos instantes en asentir, embargado por una sensación extraña. Por un lado, quería ir a la tumba de sus padres y rendirles tributo. Por otro, no quería fijar en su memoria la idea de que sus huesos reposaban bajo tierra y lápidas. Sin embargo, cuando volvían a concentrarse en la reparación de la vivienda, decidió ir. Era algo que les debía desde hacía años, algo que se debía a sí mismo. Así que con Lara como guía, los cuatro abandonaron la casa.

Ella los condujo lejos del pueblo por un camino de tierra, hasta que llegaron a una llanura de pasto verde, con lápidas blancas alzándose por todas partes, y todo el perímetro encerrado en una verja de hierro. Lara los llevó a través de las tumbas, hasta detenerse junto a dos de ellas, muy juntas unas de otra. Harry no necesitó que le dijese que allí estaban sus padres. Hincó una rodilla en el pasto y les limpió el epitafio. Ron, Hermione y Lara, se retiraron en silencio, así le daban espacio.

Harry estuvo cerca de diez minutos allí, sin poder hablar. Tenía muchas cosas en la mente, pero ninguna le parecía apropiada. Quería darles las gracias por luchar hasta el final, por salvarle la vida, pero también quería reprocharles el por qué lo dejaron solo. Quería rogarles que regresaran con él aunque fuese como fantasmas, y a la vez, pensar que al fin habían descansado en paz.

Se levantó aun sin palabras. Quizás después pudiese hablarles. Giró sobre sus talones, se reunió con sus amigos y los cuatro regresaron a la casa. En cuanto llegaron, todos retomaron la tarea de hacerla habitable. Lara y Hermione se encargaron del piso superior, mientras que Harry y Ron limpiaban la planta baja, que parecía ser la más destrozada. Repararon los dos butacones y Ron no supo como dio con un conjuro que hizo aparecer la otra mitad del sofá. Aunque hubo que contar la pata, y la mitad del relleno de éste que salió volando desde el recibidor y que casi le pega en la cabeza al pelirrojo.

Harry todavía caminaba con mucho recelo. Habían pasado un buen susto con los Inferi. Pero al parecer los habían exterminado a todos. Hermione y Lara bajaron cuando terminaron su parte y dijeron que ya habían escogido una de las dos habitaciones. Harry supo de antemano, que Ron y él dormirían en la peor. Lo comprobaron cuando subieron a desempacar; los muelles de sus camas estaban mal contenidos por la tela que forraba el colchón. La de Ron emitía un crujido misterioso si alguien se sentaba cerca de la cabecera, la de Harry rechinaba como bisagra sin aceitar en cada movimiento. No replicaron en absoluto, porque sabían que las chicas los acusarían de quejicas.

Merendaron frutas que consiguieron las chicas y por la tarde se dedicaron al jardín. Más bien, a la Selva Amazónica. Podaron zarzas hasta volverse alfileteros. En el instante en que reparaban la puerta principal, una lechuza negra voló hacia Lara y dejó caer a sus pies un pedazo de pergamino. Ella lo recogió para leerlo y sin comentarios, se lo guardó en un bolsillo del vaquero.

La noche cayó y con ello, el estómago de Ron rugió furioso. Pero tuvo que conformarse con el pan con queso de Hermione, más peras y manzanas. Al día siguiente podrían ir a comprar algo. Encendieron la chimenea cuando se dieron cuenta de la niebla fría que había caído sobre el Valle de Godric como un manto impenetrable. Por suerte, las zarzas secas sirvieron para algo. Después de una velada breve, fueron a dormir temprano, agotados por tanta acción.

Harry casi jura que Ron se quedó dormido antes de caer en la cama, pero él no podía pegar ojo. Bajó al primer piso, donde la chimenea apagada lanzaba un humillo.

—¡Lumos!

Harry alzó su varita para alumbrar mejor la casa. Allí había vivido con sus padres. Pero no se acordaba. Era muy pequeño. Caminó por la estancia y le llamó la atención una tenue luz azulada en las afueras. Con cautela, se asomó al jardín. Lara estaba sentada en la valla recién reparada. Alumbraba el camino con su varita. Harry se le acercó en silencio, pero se decidió a hacer un poco de ruido. No sabía qué tipo de bienvenida recibiría si le daba un susto. Ella ladeó la cabeza, muestra de que lo había escuchado y Harry terminó de acercársele.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó—. Deberías estar dormida.

—Vigilo —contestó ella—. Todavía pueden surgir visitas inesperadas. También espero a alguien.

—¿A quién?

—A mi padre.

Harry se quedó en shock. Abrió y cerró la boca sin producir sonido. Le costaba encajar las ideas. Lara le había dicho que era huérfana. ¿Qué significaba eso?

—¿Tu... tu padre? —balbuceó.

—Sí —contestó Lara. Esta vez, su sonrisa afloró más humana. Más natural—. Lupin. Remus Lupin es mi padre. Me lo dijo hoy antes de que partiésemos.

—¿Lupin, tu padre? —repitió Harry como un papagayo. Volvió a boquear. No sabía qué decir ni cómo reaccionar. Decidió dejar la avalancha de preguntas para después, cuando pudiese organizarlas—. No… no... sabía. Y… y qué… ¿qué te hace pensar que vendrá?

—Esto.

Harry tomó el pedazo de pergamino que le tendía Lara. Otra vez, compuesto con letras de «El Profeta».

Sé DonDe eStÁs. vOy A VisItARtE

—¿Era Lupin? —preguntó Harry. Miró el reverso del pergamino. El mismo tipo de los mensajes anteriores—. ¿Era él quien te enviaba esos... mensajes?

—Sí.

—Vaya —dijo Harry suavemente. Carraspeó—. ¿Por… por qué tanto misterio? ¿Por qué te trató mal, por qué no te dijo desde un inicio por qué…?

—No estaba seguro de que era yo —explicó Lara—. Me creía muerta. Dumbledore le hizo creer que estaba muerta, para apropiarse de mí.

Harry frunció el entrecejo.

—Dumbledore jamás haría algo así —lo defendió—. No creo que sea como dices, o cómo Lupin piensa… debe haber algo más, otra explicación… —cabeceó al ver que ella no le prestaba atención, sino que miraba al camino—. ¿Me puedo quedar aquí contigo? Al menos hasta que me regrese el sueño.

Lara volvió a mirarlo. Ladeó la cabeza. Su expresión volvía a estar vacía.

—Por supuesto.

Harry se acomodó al lado de Lara en la valla, con mil preguntas revoloteándole en la cabeza. Y también, desechando las más locas teorías que le habían surgido en la mente. ¿Sabría Dumbledore de la habilidad de Abolir Magia de Lara y por ese motivo se la negó a Lupin? Aun así la historia era cruel; no, Dumbledore no le encajaba en ese perfil. Lara debió ser secuestrada por otra persona. Eso. Los mortífagos de seguro asesinaron a su madre, se la arrebataron, intentaron matarla pero de alguna forma quedó viva y otra persona se la llevó… ¿pero por qué Dumbledore no se la entregó a Lupin al encontrarla? Le faltaba un pedazo, una pieza clave…

Harry bostezó. Le dio las buenas noches a Lara y se retiró a la casa. Ron tenía un concierto privado de ronquidos pero no le importó. Se quedó dormido en cuanto apoyó la cabeza sobre la almohada.

Despertó más descansado al amanecer. No por su voluntad. Por supuesto que no. Una Hermione-madre-despertador obligaba a Ron a sentarse con la orden de que debía buscar algo para el desayuno, si no quería comer zarzas aliñadas con hollín. Harry saltó de la cama antes de que la posesa Hermione lo bajara de una oreja. Todos se dirigieron a la cocina, donde encontraron a Lara, quien presentaba profundas ojeras. Se marcaban muy oscuras contra su piel tan pálida.

—No vino —comunicó a Harry en voz baja. Él tuvo que sentarse a su lado para escucharla—. Quizás se le dificultó todo. O quizás venga hoy.

Harry asintió para darle ánimos, mientras Hermione le indicaba a Ron donde estaba el árbol de peras. Por la ventana entró una lechuza parda, que dejó caer a los pies de Hermione el Profeta de ese día.

—Debemos cancelar la suscripción —dijo Ron con severidad mientras Hermione, como si fuese lo más normal del mundo, desenrollaba el diario—. Esas lechuzas nos pueden delatar.... no pongas los ojos así Hermione, sabes que es...

—La Madriguera —musitó ella de repente—. La Madriguera, Ron...

Ron le arrebató el diario a Hermione y miró atónito a la primera página.

—No… —dijo Ron, sin aliento—. No, no, ¡esto no puede suceder, no, no!

Harry se acercó a ellos y se le cortó el aliento al leer el encabezado:

LA CASA DE ARTHUR WEASLEY, FUNCIONARIO DEL MINISTERIO DE MAGIA, ATACADA POR MORTIFAGOS

Debajo había una fotografía en blanco y negro. Era la retorcida casa de Ron, y la calavera con la serpiente saliendo de su boca flotaba en el cielo. Justo sobre ella.

N/A: Eh... en serio... ¿no hay reviews...? No sean tacaños, no se cobra por escribir!