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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 9

Los resultados de las pruebas de «Aparición» llegaron dos días después. Harry, Lara y Ron habían aprobado, aunque el segundo se dio cuenta de que había perdido la esquina de la ceja, pero se abstuvo de comentarios.

Lo normal era que fueran a recoger sus permisos al Ministerio, pero con lo sucedido en la Vieja Plaza, al parecer decidieron no complicar las cosas y les enviaron sus permisos junto con las calificaciones. Harry estaba contento de que así fuera. Quería evitar un encuentro con Scrimgeour, porque estaba seguro de que el hombre buscaría la forma de apartarlo de sus amigos y tener una charla en privado.

La estancia de Charlie se había prolongado demasiado en la Madriguera, pero nadie lo cuestionó. Todos sabían el motivo; el joven parecía estar deslumbrado con Lara. Siempre la convidaba a largos paseos por el pueblo, o charlaban en el patio de la casa, o simplemente, antes de que ella se fuera a dormir, le llevaba flores. Lara parecía agradecer los detalles. Lo bueno del asunto, era que al menos se ruborizaba, a veces sus ojos adquirían un brillo especial, y ya sabía componer una media sonrisa sin espantar a los demás.

Ginny y Hermione estaban muy entusiasmadas con el asunto. Siempre intentaban que Lara pasase el mayor tiempo posible con Charlie, y más de una vez, Harry las vio someter a la muchacha a una especie de interrogatorio policial. Pero la inexpresividad de Lara y sus respuestas en código militar las desarmaban a los pocos minutos. Sin embargo, ellas no cejaban en su empeño por conocer los detalles de cómo avanzaba su acercamiento a Charlie.

Lupin casi no iba a la Madriguera. Y cuando se dejaba caer, esquivaba por todos los medios a Lara. Harry no acababa de entender el comportamiento de Lupin, porque algunas veces, el hombre-lobo estudiaba a la muchacha. Observaba su forma de hablar, sus miradas, sus gestos, todo. ¿Cómo podía evitarla y a la vez, observarla con tal intensidad? Harry intentó hablar de nuevo con Lupin, pero fue imposible sacarle algo. Manejó la conversación a su antojo y Harry terminó derrotado.

El día de la boda de Bill y Fleur se acercaba de forma alarmante, y todo estaba de cabeza en la Madriguera. La tía abuela Muriel ya había ido de visita para conocer a Fleur y como le había agradado, (a pesar de que Ginny se la pasó la mitad del almuerzo haciendo como que vomitaba en su plato cada vez que Fleur hablaba) le había prestado su famosa tiara.

Harry aprovechaba todo ese tiempo para estar junto a Ginny. Ron y Hermione lamentablemente, no mantenían una relación muy cordial. Discutían más de lo habitual, incluso por cualquier tontería, como sucedió dos días antes de la boda en el desayuno. Fue necesario establecer horarios, así que a partir de las ocho, era el turno de los adolescentes.

—Hermione... no quiero eso —dijo Ron irritado. Hizo un gesto de desagrado contra la tostada con mermelada que le alcanzaba Hermione.

—Pero yo pensé... —trató de replicar ella.

—¡No pienses! —espetó Ron bruscamente—. No quiero tostadas. Debiste preguntarme antes.

—Te ahorro el trabajo, Ron —replicó Hermione con ceño—. Ibas a tomar una.

—¿Y quién dijo que la quería con mermelada? —gruñó el pelirrojo—. Yo no te la pedí. Así que, o te la comes tú, o la echas a la basura.

Hermione se levantó sin volver a tocar su desayuno y salió con paso firme de la cocina.

—No debiste hablarle así a Hermione —le espetó Ginny a su hermano—. ¿Qué te hizo?

—No debe meterse en mi vida —dijo Ron con indiferencia.

—¿Sólo porque ayer ella sugirió que no te pusieras aquel sombrero ridículo porque no combinaba con tu ropa? —preguntó Ginny, enfadada—. ¿Y porque se brindó a organizarte el armario?

—Eso es meterse en mi vida —dijo Ron.

—No Ron —rebatió Ginny—. Eso es querer ser amable. Es querer enmendar las peleas que tuvieron en todos estos días. Deberías ir a pedirle disculpas, claro, en el lejano caso en que ella aún quiera hablarte. Eres desagradable cuando quieres, Ronald Weasley.

—Estás irritable, amigo —dijo Harry con cautela—. Todo te enfada. ¿Qué diantres tienes?

Ron no dijo nada. Por la ventana de la cocina entró una lechuza parda, que parecía muy agitada, como si viniera de muy lejos. Se posó sobre la mesa con las plumas erizadas. Antes de que cualquiera pudiera hacer algo, Ron ya se había abalanzado sobre el animal. Le quitó el pergamino y poco le faltó para que le arrancase la pata al ave. Le echó un vistazo y dejó el mensaje sobre la mesa con cara de asco.

—Otra vez «ese» —murmuró con desprecio.

Y salió de la cocina sin decir otra palabra. Ginny rodó los ojos con fastidio y se apoderó de la carta.

—¿De quién es? —preguntó Harry. Sin disimulo alguno, estiró el cuello para intentar ver el remitente

—Umm, es de Krum. ¡Ajá! Creo que mi hermanito está celoso. Por eso discute tanto con Hermione.

—¿Desde cuándo Krum le escribe a Hermione? —preguntó Harry con interés.

—Desde hace unos días —dijo Ginny en un vano intento por alisar lo que su hermano había estrujado—. Qué casualidad. La primera carta de Krum cayó en manos de Ron. Fue cuando comenzaron las discusiones. Voy a llevarle esto a Hermione, ¿vienes, Lara?

La mencionada, que había terminado de comer en silencio en su esquina de la mesa, corrió la silla para levantarse. Sin embargo, Charlie salió de la nada (Harry casi jura que estaba escondido detrás de la puerta), aferró el mueble y lo apartó para darle libertad de movimiento a Lara.

—Creo que después vienes —concluyó Ginny con malicia.

—¿Quieres desgnomizar el jardín conmigo, Lara? —preguntó Charlie.

Harry se preguntaba como Charlie podía lograr que todas sus proposiciones a Lara sonasen tan tentativas. Incluso una tan repugnante como lo era desgnomizar el jardín. Él le extendió una mano y vocalizó «¿por favor?».

—No veo impedimento alguno en ayudarte —aceptó ella con su ya dominado amago de sonrisa.

—No te preocupes —dijo Charlie mientras conducía a la muchacha hacia la puerta que daba al patio—. No voy a permitir que esas bestiecillas te hagan daño.

Ginny y Harry miraron irse a los dos chicos. La primera se apresuró en asomarse por la ventana.

—Espero que Lara se decida a darle el «sí» a mi hermano —dijo Ginny con entusiasmo—. Tengo deseos de que terminen de novios. Hacen una linda pareja, ¿no crees, Harry?

Harry asintió, porque ir en contra de Ginny sería peor que recibir un coletazo de un dragón en los testículos. Siguió a la pelirroja fuera de la cocina, ella con la carta para Hermione y él dispuesto a darle psicoterapia a Ron.

Se percató de inmediato, de lo cierto acerca de los celos de Ron. Muy celoso, a juzgar por la primera expresión que soltó al verlo:

—¡Ese desgraciado de Viktor Krum no tiene que escribirle a Hermione! ¡Si él le vuelve a enviar otra lechuza, lo despellejo con mis propias manos y luego me hago una capa con su piel!

Harry no supo qué decir, porque veía muy difícil que Ron le pusiese un solo dedo encima a Krum. El amenazado estaba en Bulgaria, Ron en Inglaterra, el primero era una máquina de músculos, el segundo, demasiado delgado para aguantar un solo golpe. Así que había soltado: «unjú», luego «anjá» cuando Ron amenazó hacerse una sopa con el corazón del jugador de Quidditch, y por último un «sí, claro»; para cerrar el discurso histérico de su amigo.

Sin embargo, aun después de desahogarse, Ron continuó gruñón e irritable. El día antes de la boda, culpó a Harry de dejar la ventana abierta de par en par, por donde se colaba el sol con todo su resplandor y lo había despertado.

—¡Tú querías fastidiarme! —había exclamado el pelirrojo—. ¡Pues, no lo lograste!

Y salió como un bólido de la habitación dejando a Harry paralizado. Llegó a la conclusión de si las cartas de Krum a Hermione era lo que tenían así a su amigo, se propuso quemar la próxima que cayese en sus manos.

Ese día el movimiento en la casa era notable, debido a los últimos preparativos para la boda. Lupin y Tonks acordaron quedarse a ayudar. Pero el inicio fue aburrido. Era difícil concentrarse en algo tan importante como el desayuno, con el parloteo de Fleur acerca de su vestido de novia y de la ceremonia.

—Gabrielle llega hoy en la noche. Estagá muy contenta de veg a Aggy de nuevo —decía Fleur. Movió la cabeza con elegancia y su cabello bamboleante paralizó a Ron, con los huevos revueltos a medio llevar a la boca—. Los vestidos de las madginas están. Ogo opaco, paga que Ginny no se vea hoggible. ¿Vegdad Billy?

El aludido sonrió antes de asentir.

—¿Y el sacegdote Bill? ¿Cuándo llegaba? —preguntó Fleur de repente.

—Mañana temprano —explicó el joven. Bebió un largo trago de chocolate y se alcanzó unas tostadas.

—Espego que no tagde. Debe llegag unas dos hogas antes —siguió Fleur—. Y tengo que gecibig a mi hegmana hoy. Viene con mi madge.

—Será un gusto conocerla —sonrió la señora Weasley.

—¡Le va a encantag!

—Mientras no sea igual a Flema todo estará bien —susurró Ginny al lado de Harry—. Mamá no soportaría ese «Flemerío» aquí. Esto no va a ser una casa, va a ser un concentrado de catarro.

Harry se atragantó con su chocolate.

—Tenemos que empezag a decogag la casa —recordó Fleur a los presentes. Por quinta vez. A la próxima, lo recitaban con ella.

—Vamos a hacerlo por la tarde —dijo la Sra. Weasley—. Hermione, Ginny, Lara, si nos pueden ayudar...

—Yo no acudigía a Laga —dijo Fleur con desdén—. Ella es tan togpe que tigagía todo en un pagpadeo.

Charlie, muy serio, se irguió en su silla. Hubiese resultado imponente si no tuviese un bigote de chocolate. En cambio la agredida no tuvo la mínima reacción. Tampoco respondió. Harry pensó que habría pensado en algo muy feo para callar a Fleur, y no quería que la señora Weasley se escandalizara tan temprano. Lupin había alzado la vista de su desayuno, escudriñó a Lara por algunos segundos antes de dar un largo trago de chocolate. Fleur, por suerte, llevó sus temas de conversación por otros derroteros y se pudo terminar el desayuno sin derramamiento de sangre.

Harry abandonó la cocina después de que la mayoría ya se hubiesen retirado. Sólo quedaban Charlie, Ginny, Hermione, Lara y Ron que todavía se terminaba el chocolate. Al alcanzar la sala, vislumbró a Lupin que conversaba con Fleur. Sin embargo, las posiciones de ambos daban a entender que no era un encuentro casual. Mordido por la curiosidad, se parapetó tras una cortina y aguzó el oído:

—… así que le estaría agradecido…

—Señog Lupin, vegá, no ataco a Laga, ¡ella me pgovoca…!

—Sabe que es una excusa absurda. La muchacha apenas habla. Usted es quien la ofende. Repito, me gustaría que dejase de hacer eso. No pienso que desee decepcionarme justo antes de su boda.

Ella boqueó como pez fuera del agua.

—Tiene gazón, señog Lupin —accedió Fleur—. No he sido amable con ella. Me compogtagué.

—Gracias, señorita. Me calma ver que nos entendemos.

Sin más, Lupin dejó a Fleur plantada en la sala.

—¿Harry? —preguntó Ron detrás de él—. ¿Estás bien?

Harry estaba paralizado. Lupin siempre le huía a Lara. Trataba de no hablar con ella por todos los medios. ¿Y hora la defendía? ¿Le pedía a Fleur que la dejara de molestar? No entendía. Sabía que Lara había tenido varias conversaciones con Lupin, pero nunca supo el tema, y por qué Lupin aun la esquivaba después de ellas.

—¿Harry? —insistió Ron.

El chico cayó en la realidad.

—Sí, sí, dime.

—¿Estás bien, amigo? No pareces tener los pies en la tierra —le dijo el otro, preocupado.

—Sí, estoy bien.

El pelirrojo no pareció creerle, pero tampoco hizo hincapié en su sospecha.

—¿Quieres ver la túnica de gala que me pondré mañana? —cambió de tema con falso entusiasmo—. Mamá me la compró ayer. Se me olvidó enseñártela. ¿Crees que me vea bien peinado de lado?

Harry cabeceó no muy seguro.

—Depende, tendrías que probar. Vamos arriba.

Las chicas subieron después. Lara estaba ligeramente ruborizada y a Harry no le quedó la menor duda de que era por causa de Charlie. Pasaron una mañana tranquila, para después almorzar y ayudar a engalanar la casa para la boda. Fleur no paraba de dar órdenes y quejarse. Sin embargo, no le reprochaba nada a Lara. Era algo muy extraño.

Ginny estaba fastidiada. Su expresión era como un libro abierto. Al igual que Hermione. Fleur se ensañaba como nunca mientras ellas limpiaban el polvo.

—Miga eso. Todavía tiene polvo —Fleur pasó un dedo por encima de un aparador—. Estás lenta, Hegmione. Y tú ni hablag, Ginny.

—Señorita Delacour, si usted se adelanta a un área que ellas no han tocado, es imposible que encuentre limpios esos objetos —intervino Lara.

—¡No te pedí tu opinión! —exclamó Fleur con desprecio—. ¡Niña inso...!

Fleur no dijo nada más. Lupin estaba allí y la miraba con severidad. A regañadientes, la joven sacudió su melena y agitó las manos.

—Sigan sacudiendo, todo debe quedag pegfecto…

Cuando los arreglos se terminaron casi a la caída de la noche, Fleur y Bill fueron a buscar a Gabrielle y a su madre. La Sra. Weasley preparó para los exhaustos muchachos una cena magnífica. Todos comieron con el evidente alivio de que Fleur no estuviese en la cena, dándoles lata a todos acerca de su boda «perfecta».

Las chicas fueron las primeras en terminar y subieron a la habitación. Harry y Ron, para no quedarse atrás y enterarse de por qué tanto cuchicheo de las chicas, subieron tras ellas. Aunque no tan rápido como quisieron, porque la Sra. Weasley los atajó antes y les dijo que fregaran a vajilla. No les hizo mucha gracia.

Cuando lograron subir, se acercaron a la puerta entreabierta de la habitación de ellas con cautela.

—¡Es lindísima Hermione! —exclamaba Ginny—. ¿Vas a echarte poción alisadora?

—Por supuesto. Ya tengo preparada. ¿Y tú como vas? —dijo Hermione a su vez con entusiasmo.

—«De ogo opaco, sabes que soy una de las la madginas, además, no quiego vegme hoggible» —dijo Ginny en una imitación fantástica de Fleur.

Hermione se rió.

—Aunque creo que me gustaría usar esa túnica azul marino que me compró mamá —dijo Ginny.

—¿La que es parecida a la que voy a usar? —preguntó Hermione.

—Sí. La misma —respondió Ginny—. ¡Lara! ¿Qué túnica vas a usar en la boda?

—No asistiré a la boda —dijo la voz de Lara.

—¿Qué? —exclamaron Ginny y Hermione a un tiempo.

—No me corresponde presentarme en el evento. Además, no tengo túnicas de gala —explicó Lara en su usual tono vacío—. Harry, Ron, ¿no creen que sea de mala educación escuchar detrás de la puerta?

Ellos intercambiaron una mirada con alarma. Después de unos segundos, se decidieron a entrar con caras de «atrapados en la escena del crimen».

—¿Cómo sabías que estábamos ahí? —preguntó Ron.

—La luz del pasillo provocaba que la sombra de vuestros zapatos, fuese visible por debajo de la puerta —contestó. Estaba vestida con su bata perlada.

Harry y Ron intercambiaron miradas, hasta que el segundo carraspeó.

—Eh... entonces… ¿no vas a la boda porque no tienes una túnica de gala? —. Dijo Ron, para romper la incomodidad.

—Te puedo prestar una —se brindó Hermione.

—Agradezco el gesto. Pero no, muchas gracias.

Tocaron levemente a la puerta y Ginny dijo: «pase». Charlie Weasley, radiante, hizo su entrada.

—Hola, Lara —saludó como si ella fuese la única en la estancia. Ella respondió con una débil inclinación de cabeza—. ¿Te gustaría salir conmigo al patio? Quisiera mostrarte algo…

Lara se levantó del borde de la cama y avanzó hacia el joven para aceptar su mano y permitir que él la llevase fuera de la habitación. Llegaron al patio bajo un cielo estrellado. La noche estaba extrañamente despejada y soplaba una brisa suave que agitaba los arbustos.

—¿Tienes frío? —preguntó Charlie de repente.

Ella asintió y el joven, raudo, se quitó la cazadora que tenía puesta y se la pasó por los hombros. Después le tomó una mano y la condujo hacia el límite del terreno, marcado por un macizo de setos mal podados. Hizo un gesto para pedir silencio y apartó las ramas, a razón de que pudiesen observar del otro lado. Ambos se asomaron para descubrir, que el campo estaba inundado de luciérnagas y los gnomos corrían detrás de ellas como niños pequeños, dando piruetas, saltos ridículos y hasta dentelladas para intentar atraparlas.

—¿Quién dice que sólo son una plaga de jardín? —comentó Charlie en un susurro. Lara observaba con la cabeza ladeada y parpadeos ocasionales—. Parece que les gustan las cosas brillantes… y diseñé una nueva trampa para ellos. Así mi madre los mantiene a raya cuando no esté.

—Me parece un gesto bonito, que te preocupes por facilitarle las cosas a tu madre con el jardín… con todo —dijo Lara.

—¿Por qué eres así? —preguntó él de repente.

Lara giró la cabeza para mirarlo a los ojos.

—¿Cómo?

Charlie parecía temeroso de continuar.

—Harry me dijo que fuiste entrenada por Dumbledore, un entrenamiento muy riguroso, porque debes ayudarlo en esta guerra —se decidió en un susurro. Ella asintió—. ¿Por qué no sonríes, por qué no expresas nada? —soltó, angustiado—. Yo… estoy confundido. Aceptas mis invitaciones, paso tiempo agradable contigo… pero no puedo decir si tú haces lo mismo. No obtengo ninguna señal. No sé si lo haces por compromiso, obligación, si te place jugar conmigo… —la voz se le perdió ante esa idea—… o si sinceramente lo disfrutas tanto como yo. Eres un enigma para mí, uno que soy incapaz de resolver, por más pistas que tenga… ¿quién o qué eres, Lara? ¿Por qué siempre estás vacía?

Lara bajó la mirada.

—Soy un soldado. Soy una herramienta. No soy nada. Y si soy «nada», no necesito sentimientos y por consiguiente, no necesito saber cómo expresarlos —murmuró.

Charlie la aferró de forma compulsiva y ella alzó la cabeza de golpe.

—Eres una persona —le espetó—. No importa lo duro que te hayan entrenado, cuánto te hayan suprimido, no pueden arrebatarte tu humanidad, no pueden prohibirte sentir.

—Los Militubus Verus no somos nadie.

—¿Militu… qué? —preguntó Charlie, confundido.

—Militubus Verus es la denominación que se da a aquel mago entrenado única y exclusivamente para el combate —explicó Lara, monocorde—. No tenemos identidad. No podemos tener familia, ni amigos, ni crear lazos afectivos con nadie. No necesitamos interferencias que nos alejen de la misión que se nos asigne.

—Eso es porquería pura —dijo Charlie con repulsión, de repente la observó bajo una nueva luz, su gesto se torció en lástima—. Santo Merlín, ¿en qué te convirtió Dumbledore… con qué derecho te arrebató todo?

—Con el derecho de ser mi Maestro, aun después de la muerte —respondió Lara—. Con…

No pudo continuar. Charlie la besaba. La sostenía con sutileza por la cintura con un brazo musculoso, como si pensara que ella era una pieza de porcelana y podía quebrarse. Con la otra mano se preocupaba en mantener la cabeza de la muchacha cerca de la suya. Al simple contacto, Lara sintió inflamarse de una sensación que jamás había sentido. De forma inconsciente, buscó pegarse más al cuerpo febril de Charlie, mientras la lengua ajena divagaba en su boca, con cada toque, giro, profundización, nuevas oleadas de algo cálido y agradable la sacudían. ¿Eso era un beso? ¿De lo que tanto había escuchado hablar a las muchachitas del orfanato? ¿Esa sensación tan maravillosa, era parte del beso, o algo más? Todo era… no podía explicarlo. O al menos, no como la mayoría de las personas. Eras suave, como el tacto de la tela de su capa, magnífico, como comer un chocolate, tibio y placentero, como una manta sobre los hombros en invierno.

Pero en su mente surgió algo que impedía que ella se entregara al beso. Se embargó de otro sentimiento extraño que jamás había sentido. Abandonó a la fuerza la calidez de los brazos de Charlie, con lo cual el joven quedó confundido.

—No —murmuró ella. Sentía el corazón latirle desbocado. Todo se desequilibraba dentro de ella. Los ojos se le humedecieron. Era algo que casi había olvidado, allá, en su niñez, cuando al caerse se provocaba daño físico y no sabía cómo superarlo. ¿Mas por qué regresaba ese deseo de llorar? Ella no estaba herida y tampoco era una niña pequeña—. No es correcto. Esto nunca debió ocurrir.

—¿Qué... qué es… qué? —balbuceó él.

Lara giró sobre sus talones y corrió hacia la casa. Lo escuchó llamarla, mas no volteó a mirar. Debía alejarse de él, de la sensación desconocida, del bienestar. Ella no era nadie, era un Militubus Verus y sólo debía obedecer órdenes, no debilitarse con sentimientos. Lara terminó su huida en una esquina oscura de la sala de la Madriguera. Se llevó una mano a la cara y observó sus dedos humedecidos. Los espasmos causados por los sollozos habían terminado en el mismo instante en que cobró conciencia. ¿Por qué se sentía tan mal? Era como una herida abierta, sangrante, por donde se le escapaba la vida.

Quería volver con Charlie. Deseaba que le hablase más de cuan correcto era que aprendiese a sentir, ser humana, aceptase que podía ser ambas cosas: soldado y persona. Que volviese a besarla. Se tocó los labios. Un débil cosquilleo le aceleró el corazón, pero sólo unos instantes. Apenas una fracción de segundo. Para que su cuerpo volviese a encenderse, debía ser Charlie quien la tocase.

—¿Lara, eres tú? —preguntó la voz ronca de Lupin en el silencio de la sala.

Lara se secó los ojos y salió de las penumbras para enfrentar a Lupin. Él se veía sereno.

—¿Está todo bien? —le preguntó con suavidad, tono que hasta ese momento nunca había usado con ella.

—Sí. Ahora todo está bien —contestó, otra vez estabilizada.

Lupin la escudriñó unos segundos.

—Entonces, es mejor que vayas a dormir —le aconsejó. Tomó aire cuando ella comenzaba a caminar—. Siempre escucha a tu corazón, Lara. Haz lo que él te dicte.

Ella se detuvo en seco. Miró atrás, pero ya estaba sola. Ladeó la cabeza. ¿Lupin la habría espiado? Prefirió no pensar en ello y se fue a dormir.


—Vamos Harry cielo —llamó la Sra. Weasley—. Es hora de que te levantes.

El chico arrugó la cara y abrió los ojos. Sintió como le ponían las gafas.

—Vamos, vamos, ya falta poco. Son las nueve y media —dijo la mujer y fue a la cama de Ron—. Ronnie, despierta Ronnie.

El pelirrojo balbuceó algo sin sentido, pero abrió los ojos cuando su madre lo sacudió un poco.

—¡Por favor! ¡Ya las chicas están despiertas! —se exasperó la Sra. Weasley.

—¿Cuál es el apuro? —gruñó Ron. Se sentó con todo el pelo de punta.

—¡Hoy se casa Bill! ¡Tu hermano! —le recordó la mujer enjugándose una lágrima—¡No puedo creer que el pequeñito Bill se case hoy!

—Ni que fuera tan diminuto —refunfuñó Ron.

Harry aguantó la risa mientras la señora Weasley ponía las túnicas de gala en la cama de Ron.

—Vamos, vamos, ya llegó el sacerdote —los apresuró con irritación.

Harry una vez vestido, fue a la habitación de las chicas para ver si Ginny estaba de remolona como él. Pero allí solo estaba Lara, tumbada en su cama con la mirada al techo. Estaba vestida con sencillez: short y camiseta. Harry se acercó indeciso a la cama, preguntándose si su presencia era inoportuna.

—Hem, hem.

Lara se sentó en la cama y lo observó de arriba abajo. Harry se sintió en medio de una inspección militar.

—El verde botella te sienta bien —comentó.

—Gracias —dijo Harry e intentó probar suerte. Otra vez—. ¿Vienes?

Lara negó con la cabeza.

—¿Por qué?

—En el supuesto de que sea bienvenida, ¿crees que esta ropa sea adecuada? —él cabeceó. En realidad, era apropiada si quería pasear por la ciudad, no para asistir a una boda—. Se te hace tarde. Es mejor que bajes o vas a perder la ceremonia.

Harry abrió la boca en un último intento de replicarle, mas una lechuza negra entró por la ventana y dejó caer una cajita en las rodillas de Lara. La lechuza negra giró en su vuelo y se fue. Harry no se molestó en sacar la varita. Lara pasó una mano por encima de la cajita y luego blandió su varita contra ella.

—¡Engorgio!

Enseguida el paquete creció hasta volverse una caja rectangular con una nota pegada en la tapa. Lara la arrancó y Harry se acercó a leer.

ELla HUbIeSE QuERidO QuE Tú LO TUviEsES

Harry frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir? —preguntó—. Es otro de esos. ¿Todavía no sabes quién los envía?

—No. Aun no descubro a mi benefactor anónimo —respondió ella—. Puedo manejarlo. Baja ahora o te extrañarán.

El muchacho parpadeó confundido y salió de la habitación. No había visto la sala de la Madriguera desde ayer, así que las diferencias saltaron a la vista. Había un altar dorado de fondo y una alfombra roja en el suelo. El sacerdote, un anciano mago de larga barba, vestido con una túnica blanca con ribetes dorados, charlaba con una mujer bellísima, de pelo rubio casi plateado y de porte elegante. Esa debía ser la madre de Fleur.

La señora Weasley arreglaba las túnicas de Fred y George entre sollozo y sollozo, mientras su esposo trataba de tranquilizarla. Lupin no se veía tan enfermo y demacrado con una elegante túnica de gala color beige, mientras Tonks iba vestida de rosa en combinación con su pelo, estaba prendida del brazo del brujo.

Bill estaba muy elegante con una túnica negra, y lucía muy nervioso. Varios magos de la Orden lo rodeaban, entre ellos OjoLoco que le gruñía algo en esos momentos y casi tenía al novio contra la pared.

—¡Harry! ¿Dónde estabas metido? —Hermione surgió a su lado, seguida de Ron.

—Buscaba a Ginny —se justificó—. Pero no la encontré.

—Sabes que ella es la madrina, junto con Gabrielle —dijo Hermione—. Ellas están con Fleur.

—¿Y Lara? —preguntó Ron.

—Dice que no baja. Pero le llegó otro mensaje de «esos», junto con un paquete...

—¿Han visto a Lara?

Los tres amigos miraron al frente para chocar con Charlie, quien estaba muy elegante con su túnica beige.

—Ella no va a venir —informó Harry.

El joven se vio entre nervioso y desilusionado. Dejó caer los hombros y se mezcló con los invitados.

—Umm, anoche pasó algo —dijo Hermione echándole un vistazo a Charlie—. Lara llegó muy callada… no es que ella sea precisamente Miss Sociabilidad, pero la sentí extraña… ¿él se le habrá declarado?

—Lo más probable es que lo haya rechazado —opinó Ron—. Mi hermano no estaba muy contento cuando lo vimos hoy por la mañana.

Harry se encogió de hombros.

—¡Viene la novia! —exclamó Fred de repente.

Todos giraron las cabezas a un tiempo hacia la escalera.

Fleur bajaba radiante, con un hermoso vestido blanco. La flanqueaban Ginny y Gabrielle, vestidas de oro opaco. Ginny no parecía muy feliz con todo el asunto. El sacerdote se colocó en el altar con porte solemne, mientras Bill esperaba a su prometida con una sonrisa. La señora Weasley estalló en llanto repentinamente, y el Sr. Weasley también tenía los ojos aguados.

Harry presenció toda la ceremonia en silencio, roto únicamente por los sollozos de la señora Weasley. Finalmente, después de al menos diez minutos de intercambio de votos, palabras de rigor y oficialización, el sacerdote dijo la frase de: «¡puede besar a la novia!».

Harry creyó que la casa sevenía abajo cuando Bill besó a Fleur. No supo qué era más fuerte: si los gritos de júbilo, o el llanto emocionado de la señora Weasley. Todo se volvió movimiento y el sacerdote se precipitó en busca de una copita de vino como si de ello dependiese su vida.

Bill y Fleur estaban radiantes, y Ginny malhumorada, se acercó a Harry, Ron y Hermione.

—¡Qué lata me dio Flema! —dijo nada más que llegó. Se puso a imitar a Fleur a la perfección—: «Ginny, tgaime ese velo. Ginny, no seas vaga y limpia mis zapatos. Ginny esto, Ginny lo otgo...».

Ron aguantó la risa.

—¿Te parece gracioso? —espetó la pelirroja—. ¡Para mí no lo es!

—Ya, cálmate —la apaciguó Hermione—. El lado positivo es que nunca vas a volverte a vestir de oro opaco…

Pero Ginny había fijado los ojos en la escalera, con la boca abierta.

—Creo que Flema va a arder de envidia cuando vea quien se unió a la fiesta. —murmuró de repente.

Harry, Ron y Hermione miraron a la escalera.

Lara acudía al evento. Llevaba puesta una túnica de gala de un verde suave, con escote de triángulo. La prenda se ajustaba perfectamente a su cuerpo, como si hubiese sido cosida a la medida. Charlie, percatado de la conmoción de algunas personas, miró a la escalera y se quedó sin habla al verla. Ella se detuvo en el pie de la escalera y buscó algo con la mirada.

—¿Charlie? —llamó casi en un susurro, sin localizarlo.

El joven pareció recuperar el movimiento del cuerpo. Se acercó a Lara en dos pasos y la contempló.

—Aquí —dijo en un resuello.

Lara le regaló una sonrisa decente y extendió una mano, la cual él tomó para ayudarla a bajar. Por unos instantes, ella se encontró con la mirada de Lupin. El hombre dio un leve asentimiento de aprobación, imperceptible. Sólo para ella. Pronto Charlie y Lara se adentraron entre los invitados y desaparecieron de vista.

Harry nunca se había divertido tanto. Bailó con Ginny hasta que los pies se le hincharon, rió, comió pastel, echó chispas de varita sobre los novios, bromeó y olvidó la guerra que se desataba en el Mundo Mágico. Pero por quien más se alegraba era por Lara y la perseverancia de Charlie. Quizás, él lograse que la muchacha recuperase su humanidad. O quizás no.

N/A: Uno, dos, tres, probando, probando, ¿se lee...? ¡¡¡¡DEJEN REVIEWS!!!! ¿Por favor...? No sé como está quedando la historia Monstruo Frankestein, ¡díganmelo! Eh, sí, de nuevo, ¿Por favor?