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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 8
Lara no permaneció sola en la cocina por mucho tiempo. La puerta se abrió y entraron todos los muchachos. Lara sospechó que en algún momento habían atisbado por la ventana para saber si Lupin se había marchado. O con la esperanza de escuchar a hurtadillas. Se decantaba por lo último. De inmediato la rodearon, como una manada de lobos a un alce.
—Lara, ¿qué me hiciste en la Plaza con tu mano, que me quitó la maldición Imperius? —preguntó Ron de golpe—. Sentí… frío. Era algo muy extraño... ¿Qué era?
—A mí también me gustaría saberlo —dijo Harry. Se cruzó de brazos, impaciente—. Ya no lo puedes ocultar más. Dilo. Sabes que tarde o temprano lo tendría que saber.
Lara los repasó a todos con la mirada. No podía luchar contra tantas voluntades.
—Abolo magia —dijo, monocorde—. Una explicación más sencilla; quito y devuelvo la magia a voluntad. Nací con una extraña habilidad. Por esa razón, el Ministerio nunca detectó cuando hice magia al ser menor de edad. Ni aquí, ni en Alemania. Mis poderes mágicos son indetectables.
Todos estaban con la boca abierta.
—¿Tú... tú me... quitaste... mi poder... mágico? —balbuceó Ron.
—Sí. Mi intención era liberarte de la Imperius. Tampoco puedo retener por siempre la magia. Funciona en los objetos embrujados. No tienen vida. No tienen voluntad. Han sido imbuidos en magia por una voluntad ajena. En los seres vivos es diferente. Me favorece retener magia. Fortalece mi propio poder. Pero el poder mágico tiene la misma voluntad de quien lo posee. A los diez minutos aproximadamente, ese poder robado escapará de mí y encontrará a su amo.
—Qué tortura, ¡diez minutos sin magia, en medio de un combate! —exclamó Ron con espanto.
—Por eso «atrapas» los hechizos —murmuró Harry.
—Siempre que pueda permitírmelo, sí —Lara arqueó ambas cejas, aunque aquel gesto no afectó en nada su inexpresividad—. Pero si los hechizos me encuentran desprevenida, me golpean igual que a todos.
Hermione se removió incómoda, mas al final se decidió a hacer la pregunta:
—¿Nunca has detenido la maldición asesina?
Lara la observó con fijeza unos instantes, como si pretendiese conocer si había algo más detrás de la pregunta. Después de lo que parecieron horas, respondió:
—No. Tampoco me gustaría intentarlo. Considero que es demasiado peligroso absorber el ansia de sangre del hechizo.
Harry se dio cuenta de que Dumbledore le había proporcionado una aliada muy valiosa: podía quitar magia. Eso dejaba indefenso hasta al mismísimo Voldemort. Pero antes de que Harry se imaginase una escena en que Voldemort estaba completamente desprovisto de poder mágico por diez minutos, lo que le vino a la mente fueron los Horcruxes.
—Lara —llamó de repente. Ella le prestó atención. Incluso se acercó, cuando él bajó la voz hasta volverla un susurro—: después de la boda de Bill, me voy al Valle de Godric, con Ron y Hermione. Vamos a buscar los Horcruxes.
—Me parece excelente —aprobó ella—. Estaré preparada.
Harry asintió, complacido con la disposición de ella de seguir su liderazgo. Se le hizo extraño llevar siempre las riendas de todo; no importaba. Dumbledore había confiado en él para llevar a cabo la tarea. No le iba a fallar. La llegada de Charlie interrumpió la línea de pensamientos de Harry.
—¡Hola chicos! —saludó alegremente. El intercambio con Lara fue más personalizado—, hola, Lara. Escuché lo del ataque a la Plaza. Cuando me brindaba a ir, ya estaban todos de vuelta, fue una suerte que la Orden tuviese ese chivatazo… ¿estás bien?
—Y a mí que me parta un rayo —masculló Ron por lo bajo.
Lara esbozó una sonrisa de mejor aspecto. Harry casi le aplaude el logro.
—Estoy bien, Charlie —le respondió la muchacha—. Un poco turbada, pero bien.
—Yo me preguntaba... si querías... —comenzó a decir Charlie, con aspecto indeciso—. Si querías ir a caminar conmigo. Será bueno para que olvides todo lo de la Plaza… ¿aceptas?
Charlie se veía como si se pudiese lanzar del techo de la Madriguera si ella se negaba.
—Sería un placer —dijo Lara y el rostro del joven se iluminó—. En este instante, me parece bien disfrutar de una compañía agradable.
Charlie le ofreció un brazo a la chica, como todo un caballero. Ella lo aceptó de inmediato y ambos abandonaron la cocina sin mayor rimbombancia.
—Definitivamente mi hermano está muy colado por Lara —dijo Ginny con animosidad. Hermione soltó una risita—. Auguro que se volverán novios muy, muy pronto. Aunque no me extrañaría que regresaran enroscados.
—No sé cómo puede gustarle —Ron se frotó los brazos—. ¡Lara no expresa nada! Es… es como hablar con una muñeca. Por suerte, ya va agarrándole el truco a sonreír. Hasta yo me brindaría para darle un par de clases, ¡Merlín, siempre tiene esa cara de nada!
Harry asintió en solemne apoyo a Ron. Ya había resuelto el misterio de su magia. Pero quedaba el por qué ella siempre estaba tan tiesa, como si le hubiesen cortado los nervios faciales. Además, del cómo Lupin la trataba. ¿Qué motivaría al brujo a comportarse de esa forma tan extraña? Lupin siempre era afable y paciente, pero cada vez que estaba en la misma habitación que la muchacha, era como si otra persona vistiese la piel del hombre-lobo. Intentaron escuchar de qué hablaban (después de una discusión en el patio donde Hermione era la única opositora), pero cuando pegaron una oreja a la puerta, todo estaba en silencio. El brujo se había marchado. Lo peor, era que como Lara nunca expresaba nada, no podían calificar el encuentro de bueno o malo. Hermione, Ron y Ginny se encontraban en un debate de por qué a Charlie le gustaría una muchacha como Lara
—¡Hola chicos! —saludó la voz de Bill de repente y todos pegaron un brinco. El joven estaba en la puerta de la cocina—. ¿No han visto a Charlie?
—Salió a caminar con Lara —dijo Ginny sin poder ocultar la cara maliciosa.
—Ah, ya entiendo —Bill imitó la expresión pícara de su hermana menor—. No se preocupen, no era nada urgente. Cuando Charlie regrese, díganle que estoy en mi habitación.
Todos asintieron y Bill se fue.
—Creo que yo también voy a la habitación —dijo Harry—. Estoy un poco cansado… fue un día muy movido.
Como nadie protestó, Harry abandonó la estancia. Cuando llegó a la habitación que compartía con Ron, se acostó boca arriba en la cama.
Era maravillosa la idea de tener una aliada que quitaba magia a voluntad. Ahora si veía a Voldemort acabado. No le importaba que fuese un combate desigual: Él con magia y Voldemort sin poder alguno. Y esos diez minutos iban a ser más que suficientes para acabar con él. Deseaba verlo muerto. Deseaba que pagase por todos sus crímenes. Lo haría por sus padres, por Cedric, por Sirius, por Dumbledore…
Pero también deseaba que alguien cayese: Snape. Si se lo encontraba... no le iba a dar oportunidad. Snape tenía que pagar por lo que hizo, por ser el asesino de Dumbledore. Por quitarle a la persona, después de Sirius, que él había considerado como algo más cercando que un amigo.
También iba a encontrar los Horcruxes de Lord Voldemort y los iba a destruir, para luego destruir el séptimo pedazo: Lord Voldemort en persona. Pero, no tenía por dónde empezar. No tenía datos. Solo sabía que un Horcrux era una taza de Hufflepuff, otro debía ser algo de Ravenclaw y por último, algo de Godric Gryffindor.
Pero Dumbledore le había dicho que la única posesión de Gryffindor estaba en Hogwarts. Era la espada que él mismo había sacado del sombrero seleccionador en su segundo curso, y que le había ayudado a vencer al Basilisco de Slytherin. Registró en un bolsillo de su vaquero para sacar un pesado medallón. Aquel era un Horcrux falso.
—¿Qué tienes ahí?
El chico se sobresaltó y se sentó de golpe en la cama. Debió pasar demasiado tiempo sumido en sus pensamientos, porque Lara estaba de regreso y lo observaba desde el umbral de la puerta.
—Es... esto bueno... es... un... —balbuceó él.
—¿Es un Horcrux? —ayudó Lara.
—Sí. Digo no. Es un Horcrux falso —se destrabó Harry por fin.
Lara se acercó y miró de cerca el medallón. Alargó un dedo en la prenda y cerró los ojos unos instantes. Después, rompió el contacto.
—No posee magia —concluyó.
—Alguien llegó a él primero que Dumbledore y yo. Dejó una nota, firmada con las iniciales R.A.B. ¿Te suenan?
Lara negó con la cabeza. Harry suspiró y volvió a guardar el medallón en el bolsillo.
—¿Cómo la pasaste en la caminata con Charlie? —le preguntó él de repente.
—Fue refrescante.
—Entonces... ¿Charlie te gusta?
—Es agradable. Tiene buenos modales, es educado e inteligente. A cualquiera le gustaría.
—Sí pero… como chica, ¿te gusta?
—Como mujer me agrada. Eso es todo.
Harry desistió de sacarle más información. Quizás las chicas tuviesen más suerte que él. También estaba intrigado de qué podría encontrarle Charlie a Lara para encapricharse en ella de esa forma. Algo negro que entró por la ventana los puso en guardia a los dos. Pero la lechuza sólo dejó caer un pedazo de pergamino a los pies de Lara, antes de salir como un rayo por donde mismo había llegado. Ella se agachó y recogió el nuevo mensaje.
ObEDeCe
Lara registró en los bolsillos de su vaquero y sacó un pedazo de pergamino algo estrujado. Pasó la mirada desde el viejo al nuevo. Ambos mensajes compuestos por letras recortadas del Profeta. Ambos mensajes en un mismo tipo de pergamino. Y obviamente, ambos mensajes enviados por la misma persona.
Harry se acercó a leer.
—¿Dos más de esos? —preguntó él.
—Sí —contestó ella a secas.
Harry estaba tan intrigado como la misma Lara. ¿Quién le mandaría esos mensajes? ¿Que querría lograr con ellos? ¿El que se los mandaba era amigo, o enemigo? ¿Esa persona sabría de su misión y el papel que ella jugaba?
Eran demasiadas interrogantes y ninguna respuesta. O al menos, no en el futuro inmediato.
N/A... .... ... ¿Hola? ¿Hay alguien ahí...? ¡Muéstrese! Esto... ¿Hooolaaaa? ¿Comentarios...? No muerdo, pero estoy vacunada... por si acaso.