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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 13
N/A OK, compré Tiempo a Chronos por la izquierda, al menos para sacar un cap nuevo... ¡disfrútenlo! Y por favor, ¡dejen comentarios!
Harry, sentado a la mesa del comedor, repasó a sus amigos con la mirada. Ron parecía resignado al plan que pudiese tener Hermione, ella a su vez, parecía esperar que Ron dijese algo. O Harry. Era difícil decirlo. Lara se mantenía en su usual inmutabilidad. Para variar. Harry era incapaz de determinar si ella tenía un plan propio, o estaba tan desprovista de ideas como el resto, incluido él mismo. Hasta ese instante, todos fingían pensar y debía reconocer que lo hacían muy bien.
—No creo que mi papá nos pueda ayudar —dijo Ron en voz muy baja. Harry reprimió pegarse en la frente. Olvidó que el Sr. Weasley trabajaba en el Ministerio—. Con todo lo ocurrido en la Madriguera, seguro estará ocupado con la familia. Y con la Orden —añadió tarde.
—No sería seguro que el Sr. Weasley supiese qué buscamos —dijo Hermione encogiéndose de hombros—. O quizás…
Ron y Harry la miraron a la expectativa. La propia Lara se inclinó un poco hacia ella. Hermione negó con la cabeza.
—No. Olvídenlo. Preparar la multijugos llevaría meses y no tenemos mucho tiempo.
—Si entramos al Ministerio, deberá ser por una causa justificada. Tener una coartada, en caso de que nos atrapen en los archivos —dijo Lara. Su mirada inexpresiva pudo estar observando a los otros tres y a la vez, no estarlo—. O buscarnos disfraces, aunque no tengamos la poción multijugos. Ron —el pelirrojo dio un respingo, pero le prestó atención—. Debes conocer algunos detalles del Ministerio. ¿Qué sabes de los que atienden el Departamento de Misterios?
—Que sólo entran los que tienen que entrar —dijo y zangoloteó la cabeza—. Aunque he visto a magos vestidos de negro con capuchas entrar allí… los vi algunas veces, cuando mi papá me llevaba al trabajo. No eran muy conversadores. Daban escalofríos —añadió con un estremecimiento.
—Eso es algo —suspiró Hermione—. No creo que sea difícil conseguirnos túnicas así. Esperen… ¡podemos usar ambas cosas!
Todos se inclinaron a mirarla con renovada atención. Lara no. Tenía la misma expresividad que una piedra de río reseca. Hermione sonrió con suficiencia. Harry la dejó saborear el momento, al final, ella tenía una idea, los demás, no.
—Si sucede algo en el Departamento de Misterios, o culparán a Voldemort, o a Harry —explicó Hermione.
—¡Eso es una estupidez! —exclamó Ron. Enrojeció hasta las orejas cuando todos lo miraron con ceño. Se removió en el asiento, incómodo—. ¿Por… por qué el Ministerio pensaría eso?
—Porque no tienen a Harry controlado. Se les ha ido de las manos —dijo Hermione como si fuese obvio—. Pero también, pueden haber espías de Voldemort en puestos influyentes… es más complicado de lo que parece, así que hay que preservar la imagen de Harry. Se me ha ocurrido algo: mientras nosotros entramos al Departamento de Misterios, Harry visitará al Ministro de Magia.
—¿Qué? —exclamaron Harry y Ron.
Lara ladeó la cabeza.
—Parece un buen plan.
Ron miró a Harry con cara de «Por Merlín, ¡alianza femenina!».
—Escuchen… Ron, deja de torcer los ojos o te juro que te los enderezo con mi varita —amenazó Hermione, y el pelirrojo se sentó muy derecho—. Harry fingirá que ha aceptado la propuesta de Scrimgeour de ponerle Aurores a vigilarlo, y va a negociar términos.
—¿Y por qué aceptaría tal propuesta? —protestó el muchacho, no muy contento con su papel.
—Invéntate un motivo —lo cortó Hermione. Harry se azoró—. Bien, entonces, el Ministro tendrá toda su atención y la mitad de los Aurores sobre Harry, mientras, nosotros bajamos y buscamos la dirección de Hepzibah.
—¿Y cuando deba irme? —Harry estaba dispuesto a buscar fallos al plan. No quería pasar la mañana en el despacho de Scrimgeour, ¡quería participar en la escaramuza!—. Porque obviamente, me iré de allí con mis nuevos amigos los Aurores…
—Finge tener descomposición de estómago. Di que vas al baño y te escabulles —sugirió Lara—. O si eres incapaz de actuar, provócate una de verdad.
—Actúo bien, gracias —dijo Harry, no muy feliz con los métodos de Lara.
—¡Bien! Ya que todos aprobamos el plan… —Ron y Harry intercambiaron una mirada. Ni siquiera les habían pedido opinión—. Hagamos los preparativos…
Harry todavía no se lo podía creer. Vestido con sus mejores galas, se encontraba en el Atrio del Ministerio de Magia, tan temprano, que ni siquiera había llegado el encargado de «Información», quienquiera que fuese. Los severos Aurores que custodiaban el lugar, eran los únicos en reparar en él. Tanto así, que tenía dos a cada lado, como si él fuese un criminal a la espera de un juicio. En realidad, esperaban al Ministro.
A las siete y media en punto, el Ministerio cobró vida. Las decenas de chimeneas que bordeaban la estancia se inflamaron en una pirotecnia constante de llamas verdes, y brujas y magos desfilaron hasta abarrotar el Atrio. De esquinas recónditas aparecieron muchas más personas, sin dudas, provenientes de las entradas para visitantes. Pronto el lugar quedó tamizado de grupos variopintos, desde arrugadas brujas con sus escobas —una de ellas tenía curiosas ruedas de bicicleta— hasta magos cargados de legajos de animales, o animalejos de papel… a veces era difícil decirlo.
Harry contempló el espectáculo con atención; esperaba encontrar tres figuras vestidas de negro, encapuchadas, y verlas cruzar en silencio hacia los ascensores, pero entre aquel caos humano era difícil distinguir algo similar. No tuvo más tiempo de apreciación. Una mano le apretó el hombro con tanta fuerza, que no se hubiese sorprendido si se lo dislocaba.
—El Ministro ha llegado —le anunció el Auror dueño de la mano estranguladora de hombros—. Se le ha comunicado que usted lo espera. Ha aceptado aplazar su agenda para sostener una entrevista con usted. Síganos, señor Potter.
Harry se preguntó cómo diantres el Auror sabía todo eso, si no se había movido de su lado en ningún momento. Y el otro que lo acompañaba también seguía allí. Cuando echaron a andar, Harry notó un pequeño enchape en la oreja de los Aurores. Parecía algún pendiente de oro. Después, cuando ya estaban en el ascensor —que iba a cualquier lugar menos arriba—, se percató de que los pendientes tenían talladas unas caritas diminutas. Resuelto el misterio. Joyas encantadas, como los galeones falsos de Hermione, pero más sofisticados. Se hizo con el firme propósito de comentarlo a la muchacha.
El ascensor se detuvo con brusquedad y los Aurores condujeron a Harry por un pasillo alfombrado, con una única puerta al fondo. La abrieron para él, y no le sorprendió encontrar a cuatro Aurores adentro, vestidos con marciales túnicas azul oscuro. Sus rostros quedaban cubiertos por capuchas. Harry no pudo distinguir a ninguno. Al fondo, sentado a un escritorio de ébano, se encontraba Rufus Scrimgeour. A su lado, flotaba una bandeja con desayuno abundante. El mago esbozó una sonrisa amable.
—Buenos días, Harry, ¡qué placer tenerte aquí! ¿Has desayunado ya? —Harry estuvo tentado de asentir, para declinar la oferta. Luego recordó la pera arrugada que ahora se deshacía en su rebelde estómago, e hizo un leve gesto de negación—. Entonces, por favor, acompáñame. Estás más delgado desde la última vez que nos vimos.
Harry ocupó la butaca frente al escritorio, mientras bajo un giro de varita del Ministro, el suculento desayuno se repartía entre los dos. Ante otro gesto del mago, todos los Aurores abandonaron la estancia. Aunque Harry, no supo por qué, sabía que los magos estarían al tanto de todo lo que se hablase en esa oficina. Su siguiente paso, fue lucir convincente y entretenido. Debía acaparar la atención del Ministro y sus Aurores todo el tiempo que le fuese posible.
Hermione estaba nerviosa. También irritada. Las túnicas negras que habían conseguido en el Callejón Knockturn eran espantosamente calurosas, la fibra provocaba comezón, o simplemente tenían pulgas. No habían tenido tiempo de lavarlas. De cualquier manera, el conjunto la torturaba. Ron también se mostraba incómodo, Lara lo disimulaba mejor. Hermione se abstenía de protestas porque a fin de cuentas, comprar aquellas túnicas y no lavarlas fue su idea y no le apetecía mostrar irritación por ello.
—¿Qué tienen estos trapos? —gimió Ron y se pegó un manotazo compulsivo en el cuello. Se miró los dedos e hizo una mueca de asco y horror—. Gárgolas galopantes, ¡tienen bichos! ¡Lo sabía, debimos lavarlas!
—No seas llorón, Ronald Weasley —espetó Hermione. Aunque le faltaba poco para revolcarse en el suelo chillando como ratón histérico—. Ahora, ¡a los ascensores! Ya pasaron diez minutos desde que se fue Harry…
Los tres caminaron con toda la naturalidad posible por el abarrotado Atrio. Ron de tanto en tanto daba saltitos y contorsiones extrañas, Lara iba tiesa y sacudía las manos dentro de las ropas. Hermione estaba empapada en sudor, además del nervio que le provocaba toda la situación. Por instinto, se acercó a Ron y lo aferró por un brazo. Sintió el sobresalto del pelirrojo, pero él tampoco se apartó. Por extraño que pareciera, Ron la hacía sentir segura. Para fortuna y mayor nerviosismo, se mezclaron con magos vestidos igual de oscuro que ellos, con capuchas que les escondían los rostros. Hermione rezó a Merlín para que fueran los encargados del Departamento de Misterios.
Entraron con ellos al ascensor y se sobresaltaron al ver que en menos de un segundo, más encapuchados se les unían hasta aplastarlos contra el fondo del cubículo, que de por sí ya era estrecho.
—Departamento de Misterios —indicó alguien más adelante.
El ascensor se disparó en reversa y Hermione ahogó una exclamación cuando Ron, por el impulso, le caía encima. Lara estaba casi desaparecida entre dos encapuchados. El artefacto descendió de repente y Ron atinó a abrazar a Hermione para evitar que se golpeara contra una esquina. Se quedaron muy quietos, sus rostros a centímetros de distancia. Él la estrechaba con fuerza, la protegía de los traqueteos del ascensor. Hermione sintió que la temperatura de su cuerpo subía. El cálido aliento de Ron olía a menta. Se preguntó cómo era posible, porque ellos no tenían pasta de dientes en la casa. Esperó que su propio aliento no fuese terrorífico.
—Si ya han terminado de besarse, ¿podemos dirigirnos al Departamento de Misterios?
Hermione se separó precipitadamente de Ron, para notar que él estaba colorado y no precisamente de calor. Y también, que el ascensor estaba vacío. Lara los observaba desde un pasillo construido con losas de granito negro.
—¡No nos besábamos! —exclamó Hermione, con la urgente necesidad de explicarse—. Sólo… sólo el ascensor es un desastre y…
—La sujetaba, o se iba a golpear —agregó Ron en casi un susurro. Se aclaró la garganta y salió al pasillo—. Vamos. El Departamento está en la próxima esquina.
Hermione aprovechó para sacudirse los bichos de la túnica y se apresuró en tomar el mando de la situación. Para evitar conflictos, se colocó del otro lado de Lara. Atajó a Ron mirarla de reojo con cierto gesto de dolor, pero lo atribuyó a que se había golpeado en el ascensor. Llegaron ante las puertas del Departamento de Misterios. Allí había un puñado de hombres encapuchados que traspasaban el umbral de forma metódica. Hermione no tardó en descubrir con horror, que la puerta estaba hechizada, y sólo dejaba entrar a aquellos cuya varita estaba registrada. Que para mal de males, sus propietarios la llevaban sujeta a la muñeca gracias a una fina cadenita plateada. Lara le dedicó una mirada sombría, Ron se ajustaba la capucha con nerviosismo.
—¿Van a entrar? —les preguntó el encapuchado más cercano.
—En un minuto —respondió Hermione, su cerebro trabajaba a toda prisa, incluso comenzaba a dolerle la cabeza—. Ustedes estaban primero —se excusó con debilidad.
El encapuchado se encogió de hombros. Sólo faltaban cuatro personas por traspasar el umbral. Hermione sintió que era tiempo de medidas desesperadas. Aferró la varita dentro de los pliegues de la túnica —algo diminuto le correteó por la mano— y se adelantó cuando otro empleado iba a iniciar el «escaneo». Hermione se sobresaltó cuando Lara le aferró la mano con fuerza y negó con la cabeza. Así perdieron oportunidad, y se quedaron ellos tres solos, ante una puerta abierta que no podían traspasar, porque no tenían las varitas correctas.
—¿Qué haces, Lara? —siseó Hermione y se zafó del agarre de la muchacha. Encaró a Ron con furia—. ¡Y tú, no hiciste nada! ¡Debiste hechizarlos!
—¡Lo intenté, pero Lara también me detuvo! —farfulló Ron con resentimiento—. ¿Por qué siempre me culpas de todo?
Hermione no tenía respuesta para eso. En realidad, no quería tenerla. Recordó el momento incómodo en el elevador, la estrechez entre sus cuerpos, el aliento mentolado... Sacudió la cabeza.
—Lara, ¿por qué? —preguntó por fin.
La muchacha no respondió. Pasó la mano frente al umbral y algo parecido a una telaraña azulada se desprendió de él y se arremolinó fulgurante en la palma de la mano de ella. Ron silbó por lo bajo.
—Abolir magia. Claro.
Entraron a toda prisa y una vez del otro lado, Lara devolvió el hechizo guardián a la puerta. Hermione se sintió más confiada. Ahora nada podría salirles mal. A menos que Merlín realmente los odiase.
Harry comenzaba a sudar. Era extraño, porque la temperatura del despacho de Scrimgeour era agradable. No podía decir lo mismo de la charla. Harry se había inventado una buena excusa para admitir que necesitaba a los Aurores para custodiarlo: no quería que sus antiguos amigos quedaran en peligro, como sucedió con la familia Weasley. Confesó al Ministro que había pasado una temporada allí, hasta que decidió marcharse. Solo. Pero aun así era un suplicio, donde quiera que miraba había un mortífago escondido, y no lo dejaban cumplir con su tarea de Elegido.
Enseguida supo que su mentira/verdad se había extendido demasiado. Scrimgeour se abalanzó sobre aquel último pedazo de información y lo desgarró con uñas y dientes. Así transcurrieron aquellos minutos; ¿tienes un lugar seguro para esconderte? ¿Dónde es? ¿Cuál es exactamente tu misión como Elegido? ¿Cómo piensas derrotar a Voldemort? ¿Puedo ayudarte con Aurores? ¿Cuáles son tus planes? ¿Ya conoces su localización? ¿A sus vasallos? ¿Puedes darme nombres nuevos…? A Harry comenzaban a agotársele los esquinazos y las mentiras. Le provocaba dolor de cabeza. Estaba atento al galeón falso que aferraba en un bolsillo, a la espera de que se pusiese caliente. Eso significaba que ya sus amigos tendrían la dirección de Hepzibah y podía largarse. ¿Por qué tardaban tanto?
—Merlín nos odia.
Ron miraba boquiabierto las miles de estanterías que se alzaban imperiosas contra el techo de la habitación, llenas de rollos de pergaminos, carpetas viejas, expedientes carcomidos. Parecía una enorme biblioteca, con la única diferencia que en una biblioteca había silencio, y allí habían zumbidos extraños, como en la Sección Prohibida en la biblioteca de Hogwarts. Como si los expedientes supieran que había alguien que no debía estar allí. Hermione agradeció que Ron expresase lo que ella pensaba.
—Esto es inmenso —murmuró Lara. Su miraba vagaba por las cumbres de legajos y Hermione pudo notar que estaba impresionada. O al menos eso pensaba por la forma en que abría los ojos—. ¿Cómo vamos a encontrar el expediente?
—Quizás es más simple de lo que pensamos —Hermione sacó su varita y la agitó—. ¡Accio expediente de 1956!
La voz de la muchacha retumbó en cada rincón de la estancia. Cerca del techo salieron volando polillas. No sucedió nada.
—Así que simple, ¿no? —se irritó Ron.
Hermione se sintió furibunda de repente, ¿por qué él replicaba, si ni siquiera lo había intentado? De repente se escuchó un zumbido. Todos escudriñaron los alrededores con cautela, por si habían sido descubiertos, después, levantaron la vista. Una carpeta llena de pergaminos muy viejos pasó como un bólido por entre una maraña de polillas y se posó en las manos de Hermione.
—Esperemos que eso no tenga un hechizo de sensibilidad —comentó Lara como ave de mal agüero. Ron hizo un gesto con las manos para alejar los malos presagios—. Sin embargo, tardaremos mucho si buscamos todos los expedientes que nos indicaron. Si el daño está hecho, lo sabremos. Vamos a simplificar la búsqueda: ¡Accio caso Hepzibah!
Volvió a imperar el silencio y nadie se movió. Ni siquiera Ron hizo algún comentario mordaz. A los pocos segundos, un susurro más suave les trajo un pergamino manchado y medio carcomido por cuanta alimaña existiera. Aterrizó en las manos de Lara y todos se reunieron a mirarlo.
—¿Hepzibah Smith? —preguntó ella—. ¿Es este expediente?
—Si no es ese, es muy parecido —dijo Ron—. Está un poco... ilegible… tiene muchos años… ¿Asesinada por su Elfo Doméstico? ¡Ah, sí, es este!
—Perfecto —Hermione aferró el pergamino y lo dobló cuidadosamente antes de ponerlo en un bolsillo—. Ahora, salgamos de…
—¿Puedo ayudarlos?
Los tres se voltearon con lentitud. Dos magos, vestidos con ropas tan oscuras como ellos, parecían observarlos desde el bajo de sus capuchas. Hermione se enderezó e intentó aparentar calma, cosa que no sentía en absoluto. Ron se ciñó a ella, como si pretendiese protegerla, porque era obvio que Lara sabía librarse sola de los problemas. La idea confortó y enfadó a Hermione a partes iguales; le agradaba que Ron se preocupara por ella, pero también que pensara que ella estaba indefensa. Ocultó la maraña de sentimientos y se aclaró la garganta.
—No, sólo vinimos a buscar unos expedientes que pidió el Departamento de la Normalización de la Magia —mostró la carpeta que aun sostenía.
—Se disparó un hechizo de sensibilidad —explicó uno de los magos—. ¿Por qué no lo desactivaron?
—No teníamos tiempo para eso —dijo Lara, rauda—. Quieren el expediente urgente…
—Qué raro que vengan tres a buscar un expediente —se extrañó el segundo mago.
—Si tenemos en cuenta el caos que hay en esta oficina, tres no bastarían —replicó Lara. Agitó una carpeta en el aire y Hermione se preguntó en qué momento ella se había apropiado de una—. Ellos vinieron bajo la orden del Departamento de la Normalización de la Magia, yo vengo por orden del Cuartel de Aurores. Se ha reabierto una investigación. Que tengan un buen día.
Sin más, Lara les pasó de lado sosteniendo varias carpetas mohosas. Hermione vio que ella las dejaba con discreción en una estantería antes de salir. Hermione le dio un empujoncito a Ron y ambos abandonaron a toda prisa los archivos, sin detenerse a mirar atrás. Para salir del Departamento de Misterios, Lara volvió a Abolir Magia, cruzaron, y ella regresó el hechizo al marco de la puerta. Una vez en la seguridad de las calles Londinenses, Hermione hechizó el Galeón falso hasta dejarlo caliente y los tres desaparecieron con un chasquido, con destino al Valle de Godric.
Harry apareció en el camino que llevaba a la antigua casa de sus padres, jadeante y empapado en sudor. Se apoyó en sus rodillas y tomó aliento. Para librarse de Scrimgeour y su panda de Aurores, usó la sugerencia de Lara: descomposición de estómago. Arguyó que el desayuno en el despacho le había caído mal. Scrimgeour se preocupó a tal grado que llamó a los Aurores para que comprobasen las sobras. Harry fingió no poder aguantarse más y pudo correr a un baño. Pero no dijo en dónde. Para evitar posibles persecuciones, había aparecido y desaparecido en distintas localidades de Londres, corriendo un tramo para cambiar de lugar, antes de terminar en el Valle de Godric.
Se recompuso a los pocos minutos y caminó a paso ligero hacia la casa. Encontró a todos en el comedor, con el expediente de Hepzibah en el centro del mueble, como si fuese algo sagrado.
—¿Problemas? —le preguntó Ron al verlo tan desaliñado.
—No, todo en orden, aunque fue una tortura resistir el interrogatorio de Scrimgeour, ¿les fue bien en los Archivos?
—Todo lo bien que pueda significar tener en nuestras manos el paradero del próximo Horcrux —dijo Hermione alegremente.
Harry se inclinó a leer el pergamino, donde las letras plasmadas sobre la fibra apolillada formaban una dirección. Se permitió un suspiro de alivio. Casi tenía al alcance de la mano otro Horcrux listo para ser destruido. O para sucumbir ante él.