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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 14
No se lanzaron en la búsqueda y captura del Horcrux al día siguiente, ni en los próximos tres. Hermione, haciendo gala de una fría lógica, sermoneó al grupo acerca de que antes debían prepararse. Voldemort no dejaría un pedazo de su alma en la mesita de té de Hepzibah. Si tomaban la experiencia de lo sufrido por Harry al encontrar el Horcrux falso del medallón de Slytherin, se iban a encontrar con algo más que una fiesta de bienvenida. Incluidas gárgolas infernales, si Voldemort era amable. Así que en aquellos días se dedicaron a estudiar libros polvorientos de viejos hechizos oscuros y de sangre. Tanto así, que Ron comentó que era más fácil ir con el mismísimo Voldemort para recibir clases, que soportar a Hermione con expresión de suficiencia al aprenderse los contrahechizos más difíciles que ojos humanos hubiesen visto. Para su desgracia, Hermione lo escuchó y le pegó la lengua al paladar por doce horas. Ni siquiera pudo expresar su alegría cuando al tercer día, Lara propuso visitar a Charlie en San Mungo.
Aquello fue otra acción bien meditada. No podían aparecerse los cuatro tan tranquilos en el hospital mágico; llamarían la atención más que una jirafa fosforescente junto a un semáforo. Hermione consiguió pelucas, porque según ella, no podían arriesgarse a sufrir malformaciones gracias a los hechizos de cambio de apariencia de Ron. Harry se sintió aludido indirectamente. Él tampoco era un as en los cambios de apariencia, pero estaba acostumbrado a la magia. Así que se sintió muy extraño cuando se polvoreó la cicatriz hasta hacerla desaparecer, se tiñó las cejas de rubio y al menos, pudo cambiar con magia la montura de sus gafas de redondas a cuadradas. Hermione y Lara ostentaron cabello negro. Ron era el único que no iba a usar maquillaje y no pareció enfadado por eso.
El cómo iban a entrar a San Mungo fue bien planificado. Lara iría primero con Ron, después Harry y Hermione. Tampoco preguntarían directamente por Charlie, ya que, al ser éste una víctima de un ataque mortífago, estaría bien custodiado por Aurores y podría ser sospechoso que tres desconocidos quisieran visitarlo. Así que fue tarea de Ron saber la cama y sala donde se alojaba su hermano. Los Aurores que custodiaban la mesa de Información, apenas le echaron un vistazo para suspirar «Weasley» y dejarlo entrar al hospital. Hermione se agenció una abuela enferma, gracias a una mirada fugaz a un portapapeles de un curandero. Se reunieron en el segundo nivel, donde Lara y Ron los esperaban. Charlie estaba en el cuarto piso, en la sala Giunfigs Hottler, con custodia de Aurores en la puerta. Ron, como siempre, sería la llave maestra. Mientras ascendían por las escaleras (mala experiencia con los ascensores estrechos, justificó Hermione), Harry se rezagó junto a Lara. Sostenía un pedazo de pergamino con fuerza.
—¿Es de él? —preguntó el ahora rubio Harry.
Lara asintió y le entregó la nota. Harry leyó:
¿DóNDe vAs MAñaNA?
—¿Le respondiste? —preguntó al devolverle la vitela.
—Sí —dijo ella, tan monocorde como el primer día. Había avanzado un poco y Harry lamentaba que no lo demostrase con más ahínco. Así podría deshacerse de lo escalofriante de hablarle—. Le dije que iba a San Mungo a ver a Charlie. Pero no obtuve respuesta. Supongo no me respondió para que no fuese muy sospechoso una lechuza negra yendo y viniendo por un mismo lugar.
— Pero... ¿Y si no viene? La última vez...
—Atacaron la Madriguera —lo cortó ella. Harry sintió que la sangre le hervía. Claro, atacaron la Madriguera, Snape estaba allí, y ella lo dejó escapar. Bonito recuerdo—. Fue por eso.
Harry no insistió. Lara no estaba muy conversadora ese día. En realidad, no era conversadora, pero aquellas eran las segundas palabras enlazadas que le escuchaba desde que desayunaron. Las primeras fueron: «Ron, no bebas más leche. Hay una cucaracha en la jarra». Tarde, pero sincera. Lo atribuyó a que sencillamente, ella estaba muy ansiosa por ver a Charlie, comprobar que estaba realmente bien y no sabía cómo expresarlo. Después de incontables escalones, dos discusiones de Ron y Hermione sobre pedir indicaciones o no y un pasillo sobrepoblado, llegaron a la dichosa sala Giunfigs Hottler, franqueada por dos Aurores. Harry esperó que los aventaran con hechizos, pero un solo vistazo a Ron, les abrió las puertas como si fuesen huéspedes de honor, aunque Harry reflexionó que no quería serlo, no en un hospital.
Entraron en silencio. Harry enseguida reconoció la estructura de las salas de San Mungo. Tres camas. Tres ocupantes. Y una generosa ventana al final de la estancia. En la cama del medio, con todo el pecho vendado, estaba Charlie Weasley. Sin embargo, estaba sentado y conversaba con Remus Lupin y Arthur Weasley.
—¡Charlie! —exclamó Ron al correr hacia la cama de su hermano—. ¿Cómo estás? ¿Qué te pasó? ¿Te duele?
—¡Bien, estoy bien, basta, Ron, o vas a ponerme grave de regreso! —farfulló Charlie, zarandeado por su hermano menor como si lo creyese un trapo limpiapolvos. Logró pegarle una colleja y Ron se alejó, resentido—. Estoy bien. Los vendajes debo llevarlos para retener la poción sanadora. Mañana mismo salgo por mis propios pies de aquí, a casa no, obviamente…
Los demás no podían acercarse a la cama. El señor Weasley y Lupin se interponían, el primero con cara de despiste total, el segundo con una media sonrisa.
—Perdonen, ¿y ustedes tres son…? —preguntó con reservas.
—Harry, Lara y Hermione, si no me equivoco —le susurró Lupin.
—¿Harry? ¿Cuál Harry? —preguntó el señor Weasley—. ¿Y Lara Hermione? Jamás conocí a nadie con ese… —el hombre abrió grandes los ojos y su boca formó una perfecta «o» de sorpresa—. ¡Claro! ¡Claro! Son… bien, sí, por supuesto —se moderó cuando Lupin le dio un codazo y señaló la puerta cerrada—. Muchachos, nos tenían muy preocupados, intentamos contactarlos por todas las vías posibles pero nos fue imposible, ¿dónde estaban metidos…?
—Creo que eso ya lo hablamos, Arthur. No es pertinente saberlo —dijo Lupin, antes de que Harry abriese la boca—. Yo mismo te di información de ellos… vamos a dejarlo ahí. Mientras menos personas mantengan el contacto, será mejor.
—Es por su seguridad y la de su familia, señor Weasley —dijo Harry, Lara cambiaba el peso de un pie a otro, ansiosa, aunque su rostro no expresase nada. Ron conversaba con Charlie, ambos muy serios—. Fue malo para ustedes que me quedara en su casa una temporada y…
—Y te volveríamos a acoger sin dudarlo, muchacho —lo cortó el Sr. Weasley, severo—. Prometimos ayudarte en todo lo que necesites...
—Ahora los necesito a salvo —afirmó Harry con vehemencia—. Los quiero lejos de todo peligro, eso es lo que necesito.
El Sr. Weasley cabeceó, derrotado. Eso bastó para romper el hielo. Lara permitió que Lupin le besase la frente y la estrechara en un abrazo que al menos ella atinó a devolver. Sin mucha práctica, pero lo intentó. Pronto todos se arremolinaron alrededor de la cama de Charlie. Él enseguida le tomó una mano a Lara y se vio tan radiante, que podían pasarse por alto el color apergaminado de su piel y las ojeras. Lupin casi con crueldad, separó a la pareja y se llevó a Lara. Hermione, Ron y el Sr. Weasley determinaron buscar algo de comer para todos en la cafetería del hospital, y Harry quedó sólo con Charlie.
—Dilo ya —dijo Charlie de repente. Harry se sobresaltó, pero lo encontró sonriente—. Sé que te mueres por acribillarme a preguntas. Debes tener a algún detective perdido en tu cordón espiritual.
—Creo que sí —admitió Harry. Mas se puso serio de repente. No era tiempo de jaranas—. ¿Qué sucedió exactamente en la Madriguera?
—Decir que nos atacaron por sorpresa es tonto y preocupante a la vez —comenzó Charlie—. Todos los ataques en teoría deben ser sorpresivos, pero tenemos un par de espías entre los mortífagos. Nos preocupó que no nos avisaran… ahí están los dos puntos. Lo más extraño es que no intentaron asesinar ni secuestrar a nadie. Fue casi como una visita brusca, agresiva, metódica. Sólo… nos apartaron de camino mientras reducían a polvo nuestras posesiones. No puedo llamarlo saqueo tampoco, o no en la palabra estricta, si bien hubo un mortífago que recorrió toda la casa mientras duraba la batalla en la sala. No sabemos quién era. Usaba máscara. Quizás buscaban planes de la Orden o… si te soy sincero, hasta este minuto continúo preguntándome cuál era el motivo de los mortífagos de invadir la Madriguera, si no fueron a hacer sus cosas favoritas. Matar y robar, si sabes a lo que me refiero.
Harry estuvo de acuerdo con Charlie. ¿Qué pretendió Voldemort con un ataque así? ¿Lo habría ordenado él realmente, o fue una juerga mortífaga? Una sin sentido, admitió. Algo se calentó de forma violenta en un bolsillo de su pantalón y dio un respingo. Charlie lo miró con curiosidad.
—¿Sucede algo? —preguntó.
Harry se levantó con toda la naturalidad que pudo reunir.
—¿Estarás bien si te dejo solo? Voy a alcanzar a los chicos en la cafetería —justificó.
—Claro. Tengo mis propios perros guardianes —dijo Charlie sin mucho humor—. ¡Oye! —lo llamó cuando casi alcanzaba la puerta—. Si ves a Lara… ¿podrías decirle que venga… ella sola?
Harry asintió y abandonó la sala, sin ver el leve rubor en las mejillas del pelirrojo. Por suerte, pudo transmitir el recado al instante, porque afuera estaban Lara y Lupin. Ella entró a toda prisa, el hombre, al no sentirse bienvenido ni adentro del salón ni junto a Harry (tenía cara de circunstancias), argumentó que estaba en la cafetería, porque tenía hambre y no quería esperar a que los demás le llevasen la comida. Harry sacó el galeón falso del bolsillo. En la acuñación, se leía un mensaje:
Dónde estás. Información. Urgente.
Harry al sentirse un tanto bloqueado, le gritó a Lupin (y lo mandaron a callar de forma molesta) que lo esperase. Una vez en la cafetería, logró apartar a Ron y Hermione de los adultos, que se resignaron a comer en una mesa para darle intimidad a Lara con Charlie. Los otros tres terminaron apretujados en un armario de limpieza, con la esperanza de que las escobas no tuviesen oídos.
—¿Se puede saber qué te sucede, amigo? ¡Pareces un loco! —protestó Ron, quien comprimía a Hermione contra la pared, Harry estaba apoyado en la puerta cerrada—. Y dime de nuevo por qué estamos aquí.
—Sí, Harry, por favor, ¡dinos! —farfulló Hermione. Aunque no parecía muy dispuesta a apartarse de Ron.
—Colagusano me envió un mensaje a través del galeón falso —dijo Harry y les entregó la moneda caliente. Ron encendió su varita y se inclinó a leerlo. Si Hermione lo hacía al mismo tiempo, terminarían besándose. O partiéndose las frentes—. No se enfría, quiere contactarme de inmediato… pensé en salir y esperarlo afuera…
—¡No! —exclamó Hermione. Ron dio un bote y se golpeó la cabeza con una estantería. Por suerte, no tiró nada—. ¡Afuera no! Que venga aquí, en San Mungo, que se las arregle para entrar, aunque sea abajo, en el hall…
—Hay Aurores hasta en los inodoros —gruñó Ron—. Y un montón de gente…
—Exacto —dijo Hermione, orgullosa de su idea—. Si esta vez es una trampa, Colagusano dirá que no puede venir, se inventará una excusa, y si viene, Harry está protegido indirectamente. Es más fácil escapar en medio de un caos.
—Muy bien, entonces le diré que venga aquí y nos reuniremos en el hall —Harry manipuló el galeón con magia para transmitir su mensaje. Después de hacerlo, la moneda se enfrió. No recibió respuesta—. Ah, Hermione, parece que tenías razón. Esta vez era una trampa.
No evitó sentirse desilusionado. Deseaba obtener más información de los Horcruxes y de ser posible, lo que pudiese esperarlo en la casa de Hepzibah. Ahora, era muy probable que tuviese que deshacerse del galeón falso, para evitar ser engañado de nuevo. Lástima. Le tenía cariño a la moneda aunque no le diese precisamente suerte. Salieron del armario de limpieza (a Ron y Hermione por alguna razón, les costó un poco de trabajo) y se reunieron con el Sr. Weasley y Lupin para dar cuenta de la comida. Ya le guardarían algo a Lara y a Charlie, mientras, les permitían un poco de romance, aunque Lupin no pareciera muy feliz con todo el asunto. De repente, Harry sintió el galeón calentarse. Sin importarle la presencia de los adultos, lo sacó del bolsillo y leyó las letras diminutas:
En el hall. Curandero de portapapeles negro.
Harry pasó la moneda a sus amigos bajo la mirada curiosa de Lupin y el Sr. Weasley. No les dieron explicaciones. Se levantaron y casi salen volando de la cafetería.
Después de los arrumacos correspondientes a una pareja de novios solos en una habitación (aunque estuviesen un poco modificados debido a la neutralidad de Lara), ella escuchó con atención el mismo relato que Charlie le hizo a Harry, salvo que pudo agregar un elemento: el mortífago que registró la Madriguera era Snape. Charlie maldijo, resopló y volvió a maldecir.
—No te desgastes en eso —le aconsejó ella—. Y está hecho. Lo único que lamento es no haberlo asesinado.
—No asesinarlo —murmuró Charlie con un escalofrío—. De ti suena como si en verdad lo hubieses hecho.
—Esa era mi intención.
—¿Y no se te ocurrió que puede servirnos más vivo que muerto? —le espetó él.
—¿Alguien tan peligroso y escurridizo como él? Valen más muertos. Basta unos diez minutos para que escupa información. Y la que quiera callar, que se la lleve a la tumba. Está más segura allí.
—Son esos métodos los que debes cambiar, así no parecieras tan… artificial.
—Son esos métodos los que deberías considerar. Así no estarías en una cama de hospital. Prefiero no sentir si con eso conservo el pellejo intacto, y vivir un día más para lo que me necesiten. Todo en extremo es malo. Incluida la bondad y la nobleza.
—Salvo que tú no pareces tener ni pizca —dijo Charlie con acritud.
—Sí las tengo. Pero no sé cómo expresarla.
Se quedaron en silencio varios minutos. Él con la mirada en dirección opuesta, enfadado, ella sin apartarla, inexpresiva. Finalmente, Charlie se rindió.
—Disculpa. Claro que lo tienes, o no habrías ayudado a Harry, a Hermione y a mi hermano, no estarías aquí… —le tomó una mano y se vio aliviado de ver que ella no la apartó—, es que… sigues siendo un enigma para mí. Pero estoy empeñado en desentrañarte, en llegar…
Calló cuando un curandero con un portapapeles negro se personó en la sala. Le llevaba una poción para dormir, porque necesitaba descansar. Si al día siguiente estaba desmejorado, tendría que quedarse una semana más. Lara interceptó la poción antes de que llegase a labios de Charlie. La agitó, olió y probó un sorbo. Volvió a olerla y se mojó un dedo para paladearlo. Sólo después, se la entregó a su novio bajo la mirada estupefacta del curandero. Charlie lo bebió casi de un trago (esa confianza que se tiene en que el catador no ha caído muerto) y no pasaron ni cinco minutos para que cerrara los ojos y roncase. El curandero le tomó el pulso, le levantó los párpados para observar sus pupilas dormidas a la luz de la varita, anotó algo y se marchó. Entonces, Lara se percató de la esmeralda rómbica del tamaño de un huevo que descansaba junto al durmiente. Supuso que se le habría caído al curandero (y era extraño que alguien anduviese sin cuidado con una joya así), pero cuando intentó detenerlo en el pasillo, no hubo ni rastro de él.
En ese instante, fue alcanzada por Harry, Ron y Hermione, quienes le explicaron como pudieron mientras bajaban al hall, acerca del mensaje en el galeón falso y las señas de Colagusano. Lara dijo que un curandero similar entró a atender a Charlie y dejó atrás la esmeralda, pero que al buscarlo, se había esfumado. Más extraño aun, que al llegar al hall, Harry localizó a Colagusano de inmediato; estaba sentado en un sofá oscuro y podría pasar por curandero, si los nervios no le hicieran temblar las manos. Lara dijo que no era el mismo que la había visitado en la habitación de Charlie. Dejaron las conjeturas para después, porque Harry determinó acercarse a Colagusano y ver lo que éste tenía para informarle.
Harry se sentó junto a Colagusano, quien apenas le echó un vistazo y siguió con la vista fija en su portapapeles negro, como si consultase una información infinita. Tenía la mitad del rostro cubierto por un nasobuco, gorro y túnica verde. Pero su aspecto robusto, estatura baja y ojos llorosos de ratón, lo identificaban.
—¿Qué tienes para mí? —le susurró Harry. Por un segundo, se le hizo simpática la escena, igual a las que salían en las películas de espionaje.
Colagusano se sobresaltó. Pasó largos segundos sin decidirse, debido a la peluca rubia y la aparente falta de cicatriz de Harry, pero el muchacho arqueó una ceja, impaciente, y se decidió.
—Claro, claro, sí, era de esperar. Tú también pones cuidado en tu imagen, ¿eh, Harry?
—Al grano. Creo que ninguno de los dos tiene mucho tiempo —le espetó, irritado—. Dime lo que tengas, y después cada uno se marcha por su lado.
—Muy bien —Colagusano no lució feliz de ser increpado. Habló a su portapapeles—: el ataque a la Madriguera no lo planeó el señor Oscuro. Creo que fue Bellatrix. O no sé. No sé quién fue en concreto. Pero no fue el señor Oscuro. Eso te lo aseguro…
—¿Solo eso? —se irritó Harry.
—No, aunque veo que no te conformas con la información que este humilde servidor te brin...
—Basta —advirtió Harry.
El hombrecillo refunfuñó algo y se aclaró la garganta.
—Vas a necesitar protección cuando encuentres la taza de Hufflepuff —dijo y hurgó en un bolsillo de forma nerviosa—. Está protegida por un hechizo que te secará nada más que la toques. Necesitas esto.
Con cautela, le entregó a Harry una esmeralda rómbica del tamaño de un huevo. Idéntica a la que tenía Lara.
—Dejaste una igual en la habitación de Charlie Weasley —lo acusó.
—¿Qué? —Colagusano no lo miró. Un par de Aurores pasaban cerca—. No sé de qué hablas.
—Fuiste allí… dejaste otra piedra igual junto a la cama de Weasley, ¿por qué, si podías entregármela ahora?
—Estás confundido. No te dejé nada —barbotó el hombrecillo—. Escucha: llévalo encima, y la magia que el señor Oscuro puso sobre la taza te hará cosquillas. Ahora, lo más importante: cómo hallar la pista del próximo Horcrux una vez que tengas la taza. Para destruir el Horcrux debes usar magia poderosa, porque… es… tiene…
—Es un pedazo de alma —completó Harry. Deslizó la piedra dentro del bolsillo.
—Sí, eso. Dará batalla. Deberás usar un hechizo muy fuerte... para este no te aconsejo fuego, sino algo… explosivo. Pero antes de que la destruyas, llénala de cualquier infusión y bebe eso. Te llevará a una visión, y te mostrará el lugar exacto donde está el siguiente Horcrux: el Brazalete de Ravenclaw.
—¿Y el medallón de Slytherin?
Colagusano sonrió.
—Regulus, el hermano de tu padrino Sirius Black, lo encontró y lo destruyó —contestó—. No tenemos que preocuparnos por eso. ¿Por qué crees que el señor Oscuro mandó a matarlo? Sospechaba que lo estaba traicionando, pero no sabía cómo. Y para asegurarse, lo calló para siempre. Pero ya Regulus había destruido el Horcrux.
—¿Cuál es el sexto Horcrux?
Colagusano se encogió como si Harry le hubiese gritado.
—No… no lo sé, pero… si mantienes tu parte del trato…
—Por supuesto que lo haré —mintió Harry. Se sintió sucio, pero después se dijo que era lo que merecía aquella sabandija.
—Bien… sí… lo buscaré… lo buscaré para ti…
—Si no tienes nada más, vete —lo despachó Harry.
Colagusano asintió con fervor. Se levantó y como cosa mística, fue tragado por el movimiento del hall hasta desaparecer.
La mansión de Hepzibah Smith estaba abandonada desde hacían largos años. Se decía que la familia trató de recuperar la casa, pero todo lo que lograron fue llevarse las grandes colecciones de la vieja Hepzibah. Hasta los vecinos evitaban aquella mansión sombría cubierta de musgo verde, con las ventanas cerradas y su fachada descascarillada.
Se decía que allí había algo que ponía los pelos de punta. Porque la vieja Hepzibah no había fallecido de muerte natural. Había sido asesinada. Por su elfo domestico Hokey, tan viejo o más que su ama. En la posada del pueblo todavía corrían las más absurdas y descabelladas teorías: que el elfo cansado de su esclavitud, la había asesinado mientras dormía, que había robado la varita de la vieja bruja, o simplemente que la había empujado por las escaleras y debido a su edad, Hepzibah murió.
Los que sabían bien, eran los ancianos del pueblo. Pero no les podían sacar nada. Evitaban por todos los medios hablar de ese crimen, porque le temían al fantasma de Hepzibah, que decían que deambulaba la casa en los cuartos menguantes de cada mes. Por eso, la mansión de Hepzibah Smith seguía como siempre. Sombría. Tenebrosa. Escalofriante.
Cuatro «cracks» rompieron el silencio en el abandonado hall de la mansión, en donde las sábanas que cubrían los muebles estaban harapientas y se bamboleaban suavemente con la suave brisa que lograba entrar por alguna ventana cegada. Una capa de polvo se levantó envolviendo a los chicos que tosieron apresurándose en salir de esa zona.
—Hay que buscar el sótano —dijo Harry en voz baja, pero que resonó débilmente contra las viejas y descoloridas paredes—. Allí está la puerta secreta al pasadizo.
Los demás asintieron a la vez de encender las varitas, y se dispusieron a abrir cuanta puerta pudieran. Harry sentía como la emoción lo embargaba. Un Horcrux. Otro Horcrux y Voldemort se volvería más débil. Pero le faltaba uno: el de Gryffindor. No tenía idea. Pero con lo que le dijo Colagusano, al menos tendría localizado el siguiente: un Brazalete de Ravenclaw. Por supuesto, si lograba llegar vivo a la taza de Helga.
—¡Harry!
Alzó el cuello al escuchar la voz amortiguada de Ron.
—¡Vengan todos! ¡Encontré el sótano!
Harry, sudoroso, se le acercó. Dos luces más se unieron. Lara y Hermione acababan de llegar. Ron alumbró una escalera que descendía. Harry hizo una seña, y todos bajaron. El sótano de Hepzibah estaba lleno de estatuas de piedra, jarrones cubiertos de polvo y telarañas. Antiguos candelabros con el escudo de la familia: un lobo gris rodeado de laureles. Pero había algo allí que hacía que los pelos de la nuca de Harry se erizaran.
—Busquen —dijo en voz baja—. Ese pasadizo tiene que estar cerca.
Todos empezaron a mirar detrás de los jarrones, de las estatuas, alzando candelabros, pateando el suelo. Harry tanteaba por las paredes. Tenía que estar por allí. El corazón le redoblaba como un tambor. Sus manos sudadas recogían polvo y telarañas al pasar por la pared de piedras desnudas. Había algo que lo asfixiaba. Los nervios no lo dejaban pensar con claridad.
Se detuvo. Sus ojos se habían fijado en una estatua extraña. Era un enorme lobo con las fauces abiertas. El corazón le latió más rápido. Harry se hizo un corte pequeño en el antebrazo derecho y la sangre goteó sobre el hocico del lobo. Esperó. La sangre se disolvió en la estatua...
—¡¡AAAAUUUUUUUUUUUUHHHHHHH!!
Harry retrocedió a trompicones cuando el lobo de piedra cobró vida y saltó hacia él. Hermione dio un grito ahogado golpeándose contra una estatua y el lobo embistió una pared, con lo cual ésta se desmoronó como si sus ladrillos no estuviesen pegados con cemento. El lobo cayó en el hueco del otro lado y lo escucharon rodar hacia alguna parte.
Harry se acercó al hueco en la pared. Cubierto de polvo, escombros, con su varita en alto, iluminó unas viejas escaleras de piedra que iban en espiral hacia más abajo del sótano.
Un gruñido.
Dos ojos rojos brillaron en medio de la oscura escalera, bloqueándoles el paso hacia el Horcrux.