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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 16

Con sus disfraces peluquines, Harry y Ron llevaron a Hermione a San Mundo. Lara prefirió quedarse en la casa para intentar darle mantenimiento. Aunque lo mejor era derrumbar la construcción y volverla a levantar. En San Mundo, a Hermione la atendió el doble de Brad Pitt. O casi. Su único defecto, blasfemo a la adoración de su persona, era la ceja derecha partida. Su sonrisa funcionaba como fuego y Hermione, era mantequilla. Eso sí, el muchacho era profesional, admitió Harry: no tocaba a la chica más de lo estrictamente necesario para comprobar si realmente la piedra comenzaba a desaparecer del brazo. Sólo lo estricto. Sin embargo, el Colacuerno Húngaro con jaqueca, más conocido como Ronald Weasley, no compartía la opinión de Harry. Sus ojos eran saetas ardientes y las disparaba contra el doble de Brad Pitt con la ceja partida sin ningún disimulo. Pero como el curandero le daba la espalda, no se daba por herido.

—Ahora, Hermione, ¿te duele cuando hago esto? —preguntó mientras le flexionaba los dedos que poco a poco recuperaban su piel normal y la piedra desaparecía.

Eso, claro está, después de que le aplicase un ungüento mágico muy potente, y que según él, (o al menos eso le había mascullado Ron de malas pulgas a Harry) tenía efectos secundarios, como urticaria, erupciones bulbosas en la piel, o pérdida repentina de memoria. Por tanto, debía tenerse al paciente bajo observación directa del curandero, hasta que considerase que lo que salía de San Mungo era un humano, no un troll.

—No me duele —suspiró ella.

El Colacuerno Húngaro echó chispas de las narices. Harry se apartó de él un paso, no fuera a recibir algo que no era suyo.

—¿Y ahora? —preguntó el curandero, al tiempo de torcerle los dedos a Hermione.

—No —contestó ella, casi convertida en melcocha.

—¿No podría darse prisa? —bufó el Colacuerno Ron.

—Mil disculpas, amigo. Pero esta hermosa jovencita tiene que salir de aquí sin esos horribles dedos de piedra —replicó Brad Pitt II sin inmutarse. Le dio palmaditas en el brazo a Hermione y su sonrisa de culto volvió a relucir.

—¿Qué le hace, qué le hace? —bufó Ron al ver tanta confianza—. ¡No la toquetee!

A Harry le parecían palmadas para reactivarle la circulación. A Ron que el curandero le apretaba las nalgas a Hermione, aunque estuviese a bastante distancia del punto en cuestión. El joven pareció tomarse aquello como un insulto a su persona.

—Si no le gustan mis procedimientos, por favor, espere afuera —dijo muy serio—. ¿Eres algún familiar?

—Soy su novio —farfulló Ron.

El silencio fue tan tenso que podía agarrarse con una mano. Hermione boqueaba como sapo sin cuerdas vocales, Harry estaba más de piedra que el brazo de Hermione cuando la mordió el lobo. Ron estaba rojo hasta todo. Brad Pitt II era el único que sonreía.

—¡Ah! Lo sospechaba, tan atento y preocupado… —se tranquilizó. Se volteó hacia Harry—: ¿Y tú eres...?

—El chambelán —soltó dando un respingo—. Qui-Quiero decir... un amigo.

El curandero, después de aclarar las identidades de todos, volvió a mirar a Hermione, para encontrar el brazo como si nada le hubiese sucedido.

—¡Ah! Tiene una dermis excelente —comentó encantado.

—¿Perdón? ¿Una qué? —lo cortó Ron.

—Dermis, piel —aclaró con aire de profesional—. Absorbió perfectamente el ungüento. ¡Y no tuvo efectos secundarios! Aunque anteriormente al ungüento, hicieron un excelente trabajo con ese brazo de piedra… ¿qué te mordió?

—Adiós y gracias —gruñó Ron. Agarró a Hermione por un brazo y si no la incrustó contra la puerta al salir fue un milagro.

Brad Pitt II miró a Harry, quien se había quedado paralizado por la maniobra de su amigo.

—Muchas gracias —balbuceó mientras realizaba una retirada a discreción.

—Sí, pero, ¿qué la mordió…? ¡Oye, muchacho, espera! ¡Me resultas familiar! ¿Puedo ver tu frente? ¡Hey!

Pero Harry ya corría tras las huellas de Ron y Hermione. Nunca pensó tener velocidad y resistencia de atleta. Cuando salió hacia la zona muggle, no le fue nada difícil encontrar a Ron y a Hermione, el primero, de nuevo, en su nueva forma de Colacuerno Húngaro que intenta pasar por humano.

—No se te quedó nada —farfulló Ron sin soltar a Hermione, mientras Harry se acercaba al trote—. Y no sé qué mirabas tanto al curanderito altanero ese…

—No miraba a nadie —espetó ella y se zafó de un tirón. Harry valoró si irse por donde vino, o abrir un hoyo y esperar allí a que pasase la tormenta—. Pero sí tengo que preguntar, Ronald Weasley, ¿a santo de qué has dicho que eras mi novio? ¿Quién te ha dado ese permiso…?

—Nadie —masculló él, otra vez rojo hasta todo. Podrían confundirlo con una señal de aterrizaje para aviones—. Sólo… estamos de… incógnito. Tenía que decirle algo…

Ella no lució muy convencida y Harry se asombró de que no le replicara. Sin más, ella se desplazó hacia una cafetería cercana y ocupó una mesa, desde donde los miró con cara de «siéntense, macacos». Ellos, aunque no les gustó la sugerencia «macacos», se sentaron. Y obviamente por asuntos de seguridad mundial, no se volvió a tocar el tema. Un empleado casi apareció junto a ellos para tomarles el pedido.

—¿Desean algo?

—Sí… —dijo Hermione—, tráigannos tres emparedados...

—Cuatro —intervino Harry con voz ronca—. Y cuatro refrescos, si es tan amable.

—¿Desde cuándo comes ración doble, Harry? —preguntó Ron cuando el camarero se retiraba.

—No es para mí —dijo Harry—. ¿Olvidan a Lara? Ella hace guardia en la casa. Merece un descanso, ¿no? Es decir, no cocinar ni preocuparse por eso... y no más discusiones en lo que resta de día, ¿es mucho pedir?

Ron y Hermione intercambiaron una mirada, avergonzados.

—No fue nuestra intención —dijo Ron con timidez. Harry lo miró con cara de: «nunca es intención», y el pelirrojo decidió cambiar de tema—: ¿ya has pensado en el Brazalete de Ravenclaw…?

—¡Shust! —lo reprendió Hermione pellizcándole una costilla—. ¡Aquí no!

—¡No hay nadie en diez metros a la redonda! —exclamó el pelirrojo. Miró a Harry y se inclinó sobre la mesa—. ¿Crees que reabran Hogwarts?

—No lo sé. Pero yo, en lo personal, prefiero esperar —dijo Harry cruzándose de brazos—. Quiero esperar a ver si McGonagall envía la carta.

—Eso fue lo que dijiste hoy bien temprano —murmuró Ron, mas bufó igual a un gato con pulgas—. Y no pude dormir por tu culpa. Esas camas viejas tienen los muelles disparados. ¿Qué soñabas, que corrías en la maratón?

Harry se acomodó en la silla sin producir sonido alguno. Su sueño fue muy agitado y extraño. Corría por un pasillo con paredes de piedra. Una y otra vez, la voz de Snape en su cabeza repitiéndole las palabras de su último encuentro: "¡te bloquearé una y otra vez hasta que aprendas a callarte y a cerrar la mente, Potter!". Cuando doblaba una esquina, la voz de Snape se extinguía y veía a Colagusano: "eres tonto Harry. ¿Cómo pudiste confiar en mí?". Y en esos momentos, en que Harry buscaba su varita desesperadamente para defenderse, aparecía Voldemort; "eres un libro abierto. Mi libro. Te leo. Te hojeo. Te veo, sé a dónde vas o a donde irás, qué harás, y dónde y cómo lo harás, ¡mi libro, niño estúpido! ¡Y mi libro no me cierra las páginas!" y le apuntaba con su varita para lanzar un escalofriante: "¡AVADA KEDAVRA!". Y por fin Harry se despertaba, no sin antes darse cuenta de que al colchón de su cama se le habían salido al menos tres muelles, y tenía la sábana en el suelo de tanto agitarse, huyendo de todas aquellas visiones.

—¿Estás bien, Harry?

El aludido dio un respingo, fuera de sus pensamientos.

—Solo pensaba —dijo apresuradamente, para que no lo tomaran por maleducado.

—¿Y si Hogwarts no abre, cómo entramos? —preguntó Ron en un susurro.

—Aquí tienen.

Los amigos soltaron atropellados y enredados: "¡gracias!"; y empezaron a comer.

—Hogwarts está protegido por muchos conjuros —Harry devoró la mitad de su emparedado con energía. De repente, tenía mucha hambre, mientras Hermione envolvía cuidadosamente en servilletas el que iba destinado a Lara—. Pero no tengo la menor idea de cómo burlarlos. Pero si abre, estoy seguro de que Scrimgeour lo llenará de Aurores. Y entonces, ya discutiremos como entrar. Es cierto que las lechuzas han tardado mucho pero con todo lo que sucede… esperemos. No podemos hacer otra cosa.

—Pero… ¿qué haremos con Lara? —preguntó Hermione. Guardó los emparedados en su bolso y pasó la mirada por uno u otro muchacho—. ¿Cómo va a entrar en Hogwarts si no... si no es estudiante? Sería muy sospechoso si entra alguien nuevo, y justamente con nosotros. Yo diría que es mi prima, pero aun así es sospechoso...

—Puede entrar como gata —dijo Ron de repente.

Los otros dos lo miraron sin disimular el pasmo. Habían olvidado que Lara era una animaga no registrada. Una gata. Y lo más asombroso de todos los asombros, era que a Ron se le había ocurrido la idea. Generalmente le cedía ese honor a Hermione.

—A nadie le extrañará que alguno de nosotros tenga una mascota nueva. Harry, por ejemplo…

—Tú no tienes mascotas.

—Lo sé. Pero… no me llevo bien con los gatos.

Hermione estrechó los ojos. Como Harry se olió otra tempestad, intercedió con la excusa de que debían regresar a la casa, o encontrarían a Lara muerta por inanición. Las dos bestias a punto de enzarzarse a zarpazos, se calmaron al instante y aprobaron la decisión. Harry tomó un trago de refresco, aliviado. Finalmente sabía lo que se sentía al salvar el mundo. Regresaron a la casa en el Valle de Godric y casi se les sale el corazón por la boca cuando un gato negro saltó desde lo alto de la chimenea, se transformó en el aire en Lara y le cayó encima a Ron. Éste naturalmente, gritó. No muy alto o prolongado, porque Lara lo agarró por el cuello, presta a estrangularlo. Por suerte reconoció al pelirrojo antes de que Hermione le gritara que tuviera piedad y lo rescatara de sus manos.

Después del incidente, cada cual se dispersó a su entender; Hermione se dirigió a la cocina, donde terminaba no se cual poción que olía como si algo se hubiese muerto. Lara fue a almorzar; lejos de la cocina, por razón lógica. Ron después del susto, se puso a roncar en el sofá. Harry fue el único que no pudo relajarse. El sueño lo acosaba en cada parpadeo, en cada esquina, presentía encontrarse con alguno de sus torturadores oníricos. "¡Te bloquearé una y otra vez hasta que aprendas a callarte y a cerrar la mente, Potter!"."Eres un libro abierto. Mi libro. Te leo. Te hojeo. Te veo, sé a dónde vas o a donde irás, qué harás, y dónde y cómo lo harás, ¡mi libro, niño estúpido! ¡Y mi libro no me cierra las páginas!".

Harry abrió los ojos con un jadeo ahogado. Después de calmarse, se percató de que había dormitado en el patio, sentado en una silla desvencijada. El corazón le palpitaba con fiereza. Demasiados mensajes para ignorarlos. Todos desembocaban en un detalle: debía aprender Oclumencia. O al menos, intentarlo lo mejor posible. Si él era capaz de chismorrear, de tanto en tanto, en la cabeza de Voldemort, significaba que él podía hacer lo mismo a la inversa. Si quería avanzar, debía al menos, saber lo suficiente de Oclumencia para protegerse.

—Una conclusión admirable.

Harry se levantó de un salto, alarmado. A su derecha, localizó a Lara, con sus ropas oscuras y mirada felina. Se hizo con el firme propósito de comprarle un cascabel, o a la próxima, sufriría un infarto. Mas de repente se enfadó muchísimo.

—¿Me espiabas? —siseó.

—No es tan difícil si regalas tu mente —respondió ella, imperturbable. Esta vez él se avergonzó—. Apruebo tu decisión. Puedo enseñarte, si es lo que deseas. Pero no toleraré indisciplinas.

Harry se sintió de repente en un campamento militar, sin embargo, no tenía otra opción. Aceptó con un asentimiento leve y ella después de valorarlo unos minutos, sentenció:

—Comenzamos mañana.

Harry se alivió bastante. No quería sufrir de dolores de cabeza nocturnos. Ya tenía bastante con sus inquietantes pesadillas. La vida en la cabaña fue difícil para todos: no podían deambular solos, ni buscar provisiones en el mismo lugar, tampoco aparecer a la primera en el Valle de Godric, así el lugar estuviese bajo veinte hechizos protectores. Tampoco cejaban en su empeño de aprender hechizos complicados (benditos libros de Hermione) que les pudiesen servir para cualquier situación. Hermione se valió de uno bastante potente para explotar la taza de Helga. Todavía quedaban pedazos de porcelana clavados en el techo. Sin embargo, más duro era para Harry; llevaba el entrenamiento mixto de hechizos impronunciables, no-verbales y las clases de Oclumencia con Lara, que resultaron ser más llevaderas que cuando las daba con Snape. Era verdad que terminaba con cierto dolorcillo de cabeza, pero no era alarmante. A casi una semana del primero de septiembre, Harry estaba en el patio de la casa, una vez más, con su varita en alto, intentando dejar su mente en blanco. Lara, en firme, estaba frente a él.

—Recuerda, Harry —dijo—, vacía tu mente de todo pensamiento y sentimiento. Pero quédate alerta. Porque esta vez haré más fuerza para entrar en tu mente... ¡Legilimens!

Harry sintió como si algo lo empujase por el pecho. Frente a sus ojos pasó una película acelerada. Corría en su primaria, huyendo de su primo y su pandilla, saltaba unas cajas... y de repente aparecía sentado en el techo de la cocina de la escuela. Estaba en la habitación del requisito, Cho acercándose bajo el muérdago, él viendo sus ojos aguados cada vez más cerca...

—¡Impedimenta!

Lara atrapó con agilidad el hechizo de Harry y lo desapareció, mientras él caía aturdido arrodillado en el suelo.

—Me permitiste ver mucho —espetó ella, sin más emoción que una hoja de papel en blanco—. Ayer solo atisbaba destellos minúsculos de pensamientos. Hoy no estás concentrado. No te estás esforzando.

—Vamos de nuevo —jadeó él levantándose—. Vamos, ya estoy listo.

—No lo estás —repuso Lara—. Tienes algo que te preocupa. Para realizar Oclumencia, debes olvidarte de cuanto problema tengas. Estorba. Obstruye.

Harry emitió un gruñido de medio lado.

—Si no reabren Hogwarts, no podremos ir a por el Horcrux. A por el Brazalete de Ravenclaw —murmuró finalmente.

—Lo sé.

Harry tomó aire, pero miró bruscamente arriba, cuando una lechuza parda descendió con un grueso sobre en las patas, mientras que otras dos lechuzas entraban como flechas por las ventanas superiores. La lechuza aterrizó en el suelo frente a Harry, y extendió su pata hacia él. Harry se agachó ceñudo y le desató la carta. La lechuza erizó las plumas y emprendió vuelo de nuevo. A Harry casi se le cae el sobre de las manos, al verlo sellado con el escudo de Hogwarts.

—Va a abrir —murmuró—. ¡Hogwarts va a abrir! ¡RON, HERMIONE!

Los aludidos se asomaron por la ventana por donde habían entrado las otras dos lechuzas, con sendas cartas de pergamino amarillento en las manos. Harry agitó su sobre en el aire.

—¡Va a abrir! —dijo emocionado—. ¡Hogwarts reabre chicos!

Ron y Hermione miraron de nuevo sus cartas y casi se caen de la ventana cuando se abrazaron emocionados. Suerte que cayeron adentro de la habitación, aunque se escuchó el quejido de Ron. Obviamente, la cama de Harry los recibió con los muelles extendidos.

—Excelente noticia —dijo Lara, aunque por su falta de expresión, no parecía si se alegraba. O se entristecía. O si estaba a punto de mandarlos a todos a tomar por culo. Siempre era difícil descifrarla—. Ya no debes volver a preocuparte.

—Nuestra misión va a ser rápida y concreta —declaró Harry, eufórico—. Solo debemos fingir por una semana o dos que estamos interesados en las clases. Luego... iremos a la Cámara Secreta, a por el Brazalete, y nuestra misión en Hogwarts termina.

—¿Colagusano te ha revelado qué es el próximo Horcrux?

Harry detuvo sus murmullos.

—No —dijo ceñudo—. Ahora que lo dices, no me ha dicho. Dice que no tiene información. No sé si creerle o… no lo sé.

—¿Que te une a él? —preguntó ella.

—Un lazo mágico —masculló Harry—. Yo le salvé la vida.

—Debe pagarte la deuda. Está obligado a ser más siervo tuyo que de Voldemort. Usa con astucia ese lazo.

Harry reflexionó unos instantes y decidió, en su interior, darle una oportunidad a Colagusano. Esperaba que no fuese un error. Los siguientes días fueron un corre-corre tremendo. La casa estaba patas arriba. Estaban preparándolo todo para ir a Hogwarts con tiempo. Pero como las túnicas les quedaban cortas, y no podían dar clases sin libros, tuvieron que ir al Callejón Diagon, dos días antes del primero de septiembre. Lara los acompañó por curiosidad. Ella no tenía que hacerse uniforme, ni ir disfrazada de alumna de Gryffindor. Ella iba a ser, simplemente, la nueva mascota de Harry. Incursionaron en Madam Malkin, pero encontraron a la mujer algo demacrada. Estaba más delgada, con ojeras, y el trabajo lo hacía con el mayor desgano posible. El pobre Ron fue el que más sufrió cuando la mujer lo pinchó setecientas veces con los alfileres.

—¡Auch! —se quejó el pelirrojo dando un brinquito, al sentir el pinchazo del alfiler en su hombro—. ¡Más cuidado por favor!

—Perdone —apenas musitó la mujer—. Estaba distraída.

Ron la miró de reojo, iba a decirle algo, pero se lo calló bajo la mirada de advertencia de Hermione. Sonaron unas campanitas en la puerta y alguien entró.

—¿Lara?

La aludida miró hacia dónde provenía la voz masculina. Charlie Weasley le sonrió levemente, con esa expresión bonachona y alegre. Ginny le sonrió a Harry. Le guiñó un ojo, haciendo que éste se ruborizara.

—¿Charlie? ¿Pero qué...? —murmuró Lara. Parecía haberse quedado sin aliento.

Antes de que Lara dijese algo más, Charlie la tomaba de la mano y salía con ella de la tienda.

—¿Cómo estás? —le preguntó él, con una sonrisa que inundaba sus ojos. Caminaban entre el flujo mermado de personas, ajenas a los grises del cielo, las personas, las señas de la guerra clavadas en viejos carteles.

—Bien. ¿Y tú?

Charlie amplió la sonrisa. La hizo torcer hacia un pequeño callejón y allí se detuvieron. Ella contra la pared, él inclinado hacia ella. Lara sentía un vapor en el rostro, se estremeció cuando él acarició su cabello.

—Muchísimo mejor cuando te vi. Te extrañaba mucho, Lara. Quería verte, así tuviese que buscarte en el fin del mundo… —su mirada se tornó pícara—. ¿Y tú no me extrañaste ni un poquito?

—Todas las noches Charlie Weasley. Estabas en mis sueños, en mis pensamientos, en...

Ella dejó de hablar cuando él la besó. Las manos fuertes de Charlie se deslizaron con suavidad hacia su talle y la rodeó con fervor, estrechándola sutilmente contra su pecho amplio y fuerte. Lara devolvía aquel beso como nunca, su cuerpo estaba encendido, febril, mientras él ahora acariciaba con suavidad sus curvas. Ella le echó los brazos al cuello, en pleno disfrute de cada segundo, realizada. No quería que él dejase de besarla de esa forma tan apasionada, pero a la vez suave y delicada...

—¡STUPEFY!

Lara gritó cuando el rayo rojo abatió a Charlie por un costado y lo lanzó al suelo. Ella sacó su varita y le apuntó a una figura con una capucha negra que le ocultaba el rostro. Ella envió un hechizo antes de siquiera formular pregunta. El individuo lo esquivó a toda prisa, el segundo haz de luz lo desvió contra el suelo, el tercero casi le arrebata la capucha si no realiza un giro ridículo a la derecha.

—¿Quién eres? —preguntó Lara fieramente—. ¡Hable antes de que decida matarlo!

—Aléjate de todo —dijo una voz ronca desde debajo de la capucha. Una voz masculina—. Ponte a salvo.

La figura desapareció con un "Crack". Lara bajó la varita. La voz ronca no había sido la de Lupin, pero podía estar fingiendo para que ella no lo reconociera. ¿Por qué su padre se oponía ahora a su noviazgo con Charlie? Aunque, después de meditarlo unos segundos, quizás su padre tuviese razón. No debía estar con el pelirrojo, porque él corría peligro junto a ella. Se agachó al lado de Charlie, tendido en el suelo. Con un suspiro, besó los labios del chico.

—Lo siento —murmuró. Los ojos le ardían. Inexplicablemente, los tenía inundados de agua. Se limpió con el dorso de la mano derecha—. Pero no podemos estar juntos. Parece que el destino lo quiere así, a pesar de que yo deseo todo lo contrario. ¡Enervate!

Charlie se estremeció y arrugó el rostro. Pero cuando se terminó de incorporar, estaba completamente solo.

En algún lugar del Callejón Diagon, Harry no se había enterado de nada. Estaba muy feliz junto a Ginny como para pensar en otra cosa. Ya tarde, cuando estaba al caer la noche, Harry besó largamente a Ginny a modo de despedida, prometiéndole, que se iban a volver a ver. Algún día.


El primero de septiembre, cuando la noche caía como un manto oscuro sobre todo, un tren escarlata se detenía en la estación de Hogsmeade, llevando a cientos de alumnos que parecían considerar a Hogwarts como el lugar más seguro para sobrevivir a los violentos ataques de Voldemort y sus mortífagos. Del primer vagón fueron tres figuras las primeras en bajar al andén. Hermione llevaba al ruidoso Crookshanks en las manos, y mirando con algo de melancolía el castillo que se erguía majestuoso casi frente a ellos.

Detrás venía Harry, con el baúl de Hogwarts reducido en un bolsillo y en una mano, una cesta de mimbre. Debajo de la tela suave que la cubría, brillaban dos ojos esmeraldas felinos, que observaban todo el movimiento por entre el mimbre de la cesta, con un extraño brillo de astucia sutil.