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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 17

La caravana de carros tirados por caballos invisibles traqueteaba por la calle hacia el castillo, cuyas rejas coronadas por cerdos alados estaba abierta de par en par, a modo de bienvenida. Harry iba en el tercer carro. Intentaba, sin resultado, no mirar a las bestias aladas de ojos velados que tiraban de los transportes. Eran invisibles para la mayoría de los alumnos. Sólo los que habían visto la muerte eran capaces de ver a los caballejos. Desvió la mirada de la Torre de Astronomía, la más alta del castillo, y que se erguía majestuosamente contra el cielo, como un importante obelisco en medio de una sociedad. Después de los últimos acontecimientos, le entraba una punzada recordar los pasillos de Hogwarts.

—Wraaaaauuurrrr —maulló la gata negra desde la cesta. Sacó una pata y lanzó un débil zarpazo al aire.

—Hey, Harry, ¿es tuyo? —preguntó Neville cuando el animal se asomaba.

—Es mi nueva mascota —dijo—. Se llama…

—Vesper —dijo Hermione en esa fantástica forma en la que nunca parecía apresurada.

Harry le permitió llevarse el crédito y mantuvo la boca cerrada. Ron no tuvo la sensatez suficiente de hacerlo y Hermione le pegó un codazo.

—¿Vesper? —repitió Neville.

—Sí, Vesper —dijo Hermione y sacó a la gata del cesto. Crookshanks ronroneó amistosamente al verla—. Vesper es del Latín "Noche". Harry se lo puso desde que la vio, ¿no es así Harry?

Él no se atrevió a contradecirla. A fin de cuentas, él le puso Vesper a su gata. Hermione dejó el animal en manos de Harry, quien la regresó a la cesta cuando el carruaje se detenía. Todos salieron, mas Harry se quedó atorado en la puerta. Ginny estaba allí. Ron arrugó la nariz ante el acercamiento, pero Hermione lo aferró de un brazo y lo obligó a trotar detrás de Neville.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Harry. Bajó de un salto del carruaje. No podía dejar de mirar a la pelirroja, boquiabierto—. Tú…

—Hogwarts es el lugar más seguro en estos momentos —Ginny parecía incluso molesta—. Mamá no me permitió quedarme… —frunció los labios—. Quiero ayudar, ¿sabes? Pero todos dicen que soy una niña que no tiene cabida en… ¡no hables, Harry Potter!

Él se mordió la lengua. Su argumento iba a apoyarse en que precisamente, Ginny era demasiado joven para involucrarse activamente en la guerra. O en que no quería perderla. Había bebido tan poco de ella en ese tiempo, que se volvería loco si por algún motivo, la perdiese. Pero por la cara de la muchacha, lo mejor era desistir de cualquier opinión al respecto. Apoyarla tampoco estaba contemplado. Todo confluía en el mismo tema, y ya era un idiota con la boca cerrada; mejor no abrirla y disipar las dudas.

—Sólo quería decir que esperes un poco más —dijo para salvar la situación. Ella se relajó un poco—. Después, todo volverá a la normalidad. Un poco más.

Ginny por toda respuesta, le aferró una mano. De ese modo, entraron al castillo. Sin embargo aquel instante de complicidad silenciosa se les fue al garete cuando tropezaron con Argus Filch y su archiodioso detector de tenebrismos. Le recordó a Harry que debía dejar a su nueva mascota en sus manos antes de pasar al comedor. El animal, como era de entender, también debía ser registrado. Harry observó con lástima como el hombre pinchaba a la gata con el detector, la sacudía y se comía uno de sus pelos. Después de lo cual la dejó en el suelo, para ser sometida a la evaluación de la señora Norris, quien muy severa dijo «miau», Vesper/Lara respondió «miau, miau», la señora Norris replicó con un escueto «miau plus miau», y la gata negra zanjó la discusión con un firme «miau est miau plus miau¼». Harry se apresuró en irse al Comedor, antes de que a él también lo sometiesen a un examen de «miaulandés», de lo cual no tenía ni pajolera idea.

Cuando entró en el Gran Comedor, aunque estaba tan impresionante como siempre, a él le parecía opaco, y le faltaba algo. Las cuatro mesas de las casas se iban llenando gradualmente, pero en un silencio absoluto. En vez de una escuela, parecía la sala de un velorio. Harry miró hacia la mesa de los profesores cuando caminaba hacia la mesa de Gryffindor. Faltaban cuatro sillas por ocupar: La destinada a Hagrid, la que antes había sido de Snape, una que todos los años aparecía vacía en el inicio de curso, y por último, la silla del director, justamente en el centro de la mesa.

Esa última era la que lucía más regia. Iluminada por los cientos de velas flotantes, creando una falsa sensación de aura dorada. A Harry le entró la conocida punzada al recordar, que había sido Dumbledore el que se había sentado allí, con esa sonrisa bondadosa, con los brazos abiertos, dando una calurosa bienvenida…

—"¡Bienvenidos queridos estudiantes a este nuevo año en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería…!"

Hasta le pareció escucharlo. Y el solo recuerdo de su voz lo hizo estremecerse.

—¿Harry?

El chico dio un respingo.

—¿Qué?

Ron y Hermione estaban a su lado.

—Vamos a sentarnos… —Ron lo observó con detenimiento—. ¿Estás bien? Te has quedado en medio del pasillo como un pasmarote.

—Estoy bien —dijo Harry y se frotó los ojos. De repente estaba muy cansado. Hermione lo miraba con expresión extraña. Ocuparon unos asientos vacíos en la mesa de Gryffindor—. En serio, estoy bien. Sólo… tengo hambre.

Los otros dos intercambiaron una mirada que no pasó inadvertida por Harry, pero no tenía ánimo para ello. Ginny, a pocas personas de él, se inclinó a regalarle una sonrisa de aliento. Eso le mejoró el buen humor. De repente las puertas se abrieron y miró a la larga hilera de los alumnos nuevos, conducidos por Hagrid, que llevaba su usual abrigo de ratina, con un hurón muerto balanceándose en su hombro. Miró a la mesa de los profesores, y localizó a la Profesora McGonagall, quien ahora estaba sentada en la silla principal. Ahora ella era la directora. Harry se dio cuenta de que todos los profesores llevaban una cinta negra en el antebrazo derecho, a modo de luto. El encargado de poner el Sombrero Seleccionador era el bajito profesor Flitwick, que casi era mejor que lo sentasen a él en el taburete y que el alumno se arrodillase para recibir el Sombrero.

Cuando el Sombrero Seleccionador abrió un desgarrón como una boca y comenzó a cantar, Harry no lo escuchaba. Tenía la mente en blanco. No pensaba nada. Un ejercicio de Oclumencia. Un chasquido. Harry maldijo entre dientes. A Ron se le había caído el tenedor de las manos y ahora, para colmo, lo empujaba al encorvarse y meterse debajo de la mesa a buscarlo. Harry puso los ojos en blanco cuando Ron se incorporó.

—Interesante la canción del Sombrero, ¿no Harry? —comentó Ron irónico.

—Sí, muy interesante —gruñó Harry entre dientes. Su amigo había roto su concentración en el ejercicio.

La profesora McGonagall se levantó y se hizo total silencio.

—Bienvenidos todos a un nuevo curso en Hogwarts.

Su voz potente y severa se elevó por todo el Gran Comedor como si hablasen diez McGonagalls a la vez.

—Soy Minerva McGonagall y seré la nueva directora de Hogwarts—. La mujer dejó de hablar cuando todos aplaudieron cortésmente—, este año, van a haber cambios en el profesorado de la escuela y en la estructura. Ahora, quisiera presentarles a Horace Slughorn, profesor de la materia de Pociones. —nuevos aplausos mientras Slughorn saludaba igual a una celebridad ante sus fans—, el nuevo jefe de la casa de Slytherin —aplausos nuevamente mientras los Slytherin silbaban con entusiasmo—. Yo seguiré impartiendo las clases de Transformaciones, pero ya no seré la jefa de la casa Gryffindor —los integrantes de la casa aludida enmudecieron. Incluidos los tres amigos—. Mi lugar, lo ocupará Abacus Appotus, el nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.

Hermione soltó una risita cuando todos aplaudían sin mucho entusiasmo, más bien interesados en el aspecto del profesor nuevo que en su nombre, que era lo que parecía darle risa a Hermione.

—¿De qué te ríes, Hermione? —quiso saber Ron.

—Oh, ¿escucharon el nombre? —preguntó ella.

—Sí, es extraño, ¿pero qué tiene? —dijo Harry ya sin aplaudir.

—El nombre está en latín. "Abacus", es "bar", y "Appotus" es "borracho" —explicó ella—. Se llamaría algo parecido a: "borracho de los bares".

—Hermione... ¿Te tragaste un diccionario de latín antes de venir? No has parado de decir palabras en latín —bufó Ron, mientras Harry reía.

—Al menos me preocupo por ejercitar mi mente —dijo ella con un gesto desdeñoso.

—Sí, pero tanto ejercicio también mata —murmuró Ron.

Harry después de fingir que Ron y Hermione no se mataban con la mirada, escudriñó la mesa de los profesores. La silla vacía ya estaba ocupada, y los susurros corrían a la par del agua en una cloaca. El extraño nombre le venía como anillo al dedo al nuevo jefe de la casa; corpulento, de tez blanca, con una túnica azul oscuro de muchos pliegues y pinzas, casi igual a un vestido de mujer. Pero su potente mandíbula desatendida, las toscas facciones de bebedor amante de su botella, ojos cansinos, nariz respingada y roja, daban la impresión de que lo acababan de sacar a patadas de un bar. El hombre les dedicó una sonrisa cordial y alzó la mano, para hacerse notar. Cosa que no era necesaria en una escuela repleta hasta los cajones de chiquillos alborotadores.

—Hechas las presentaciones pertinentes... —dijo McGonagall por encima de los murmullos de los estudiantes. Todos se callaron—. Vamos al programa de este año... las pruebas para el equipo de Quidditch de cada casa...

Harry se desparramó en su puesto. Ansiaba participar de nuevo en el Quidditch, pero era más urgente encontrar el Horcrux. No le interesaba que le hubiesen cambiado de profesores, o de materias, o hasta que lo hayan quitado de capitán de Quidditch. Quería terminar con la pesadilla de los Horcruxes lo más pronto posible. Esa noche, inspeccionaría el baño del segundo piso, donde estaba la entrada oculta de la Cámara de los Secretos.

—... Pero ahora... disfruten de la cena...

Las últimas palabras de McGonagall y el sonido de la comida al aparecer lo hicieron volver en sí. Cuando miró a un lado, ya Ron devoraba todo lo que estaba a su alcance, como si tuviese algún injerto de piraña en su cadena genética.

—Menos mal que no cambian la forma de cocinar —dijo Ron atarugado con dos papas asadas a la vez. Acto seguido, sin siquiera masticar, se agregó un pedazo de pollo. Hermione arrugó la nariz en señal de repulsión—¿A' ora 'e t'e 'asa He' ione?

Harry supuso que si su amiga abría la boca, era para lanzarle un hechizo al pelirrojo y no para responderle.

—Es que los Elfos cocinan tan bien... —suspiró Ron después de realizar la proeza del siglo: tragar dos papas, un pedazo de pollo, dos brócoli y el tocino de Neville.

A Harry aquella palabra lo golpeó como una porra.

—¡Kreacher y Dobby! —exclamó tan alto que faltó poco para que todos se pusiesen a cubierto bajo la mesa.

¡CRACK!

¡CRACK!

—¡Harry Potter señor! —chilló Dobby y muy emocionado, se lanzó a abrazar a Harry.

—¡No, no!

¡PATAPLAN!

Los dos se habían caído con un estrépito provocando risas en el Gran Comedor. Los de las mesas lejanas se alzaban con caras divertidas para ver mejor todo lo que sucedía.

—¿P-Por qué están aquí? —balbuceó Harry desconcertado, mientras Dobby lloraba de la felicidad.

—El amo llamó a Kreacher... —dijo Kreacher con una profunda reverencia, sin mostrar ningún signo de alegría. Podría ser pariente de Lara, si no fuese tan arrugado. Y un elfo de pocas pulgadas de altura—. Y Kreacher viene. Aunque hubiese preferido que el amo estuviese en San Mungo moribundo. ¡Oh! ¡Qué dirá la señora si se entera de que Kreacher le sirve a ese amigo de los sangre sucia, a ese amigo de la escoria, como es Harry Potter! Pero el amo Sirius lo quiso así... ese traidor lo quiso así... y Kreacher cumple. Kreacher sirve a Harry Potter hasta su muerte.

Harry arqueó una ceja ante la arenga de bienvenida, pero al resto del Gran Comedor le pareció divertidísima.

—¡Usted nos llamó, Harry Potter señor! —chilló Dobby limpiándose las lágrimas con su corbata de color chillón—. Dobby tenía tantas ganas de ver a Harry Potter.

—Sí, a mí también me alegra verte —murmuró Harry, mas recordó que aún estaba piernas arriba en medio del pasillo. Se incorporó junto al pequeño elfo y se inclinó para que sólo él lo escuchase—: y ojalá tuviera algún regalo para ti... pero ahora no lo tengo... pero te prometo que para Navidad te regalo algo...

Para su consternación, el elfo empezó a llorar a lágrima viva, secándose la nariz con una esquina de su corbata.

—¡Harry Potter es tan generoso, tan amable, tan educado! —decía entre sollozo y sollozo—. ¡Nadie había tratado así a Dobby!

—¡Basta! —gruñó Harry y le cubrió la boca con las manos—. Cálmate, por Merlín, ¡regresa a la cocina!

—¡Dobby está gustoso de cumplir las órdenes de Harry Potter señor! —chilló el elfo muy contento y desapareció con un "CRACK".

Harry miró a Kreacher quien no se había movido del lugar, a la espera de una orden.

—Tú también regresa a las cocinas —dictaminó.

—El amo manda y Kreacher obedece. Kreacher estará realmente feliz cuando el amo muera —dijo el elfo con una profunda reverencia y desapareció.

Harry soltó aire y se sentó en medio de Ron y Hermione, donde estaba.

—Amigo, si los vuelves a llamar, avisa —dijo Ron. Tenía la nariz llena de salsa. Sin dudas, cuando aparecieron los elfos, intentó comer pero el sentido de la orientación le falló—. Y si tenías dos elfos a tu disposición... ¿Por qué no los llamaste para limpiar la…?

—¡Ron! —lo cortó Hermione, escandalizada—. ¡Por eso es que nunca se va a terminar la esclavitud de los pobres elfos!

—¿Por "eso"? ¿Qué "eso"? —dijo Ron, despistado, mientras todo volvía a la normalidad en el Gran Comedor.

—¡Por magos como tú! —chilló Hermione—. ¡Siempre queriendo que los elfos trabajen más de la cuenta!

—A ellos les gusta.

Los tres se sobresaltaron y miraron atrás. Luna Lovegood los miraba con los ojos muy abiertos.

—A los elfos les gusta —dijo sentándose al lado de la aludida—. Y no se pueden contradecir. He leído que si se contradicen, te echan un hechizo que te convierte en un hongo rojo con bolitas blancas, y debes esperar a que un plomero italiano enano te golpee con una tubería de cobre para que recuperes tu verdadera apariencia.

Los tres amigos (y los más cercanos) miraron a Luna como si cabalgase sobre un hipopótamo rosado.

—¿Puedo comer aquí? —preguntó Luna con un pestañeo curioso.

Nadie le negó el derecho. Con la boca llena, no se hablaba.

—¿Ese era Kreacher?

El corazón de Harry saltó. Ginny estaba junto a ellos.

—Es mi elfo —explicó Harry, aunque hubiese preferido no hacerlo con tantas orejas y ojos puestos sobre él.

Sin embargo, Ginny comprendió al instante la conexión entre su novio y el arrugado elfo. Harry se sintió orgulloso al verla componer una expresión de entendimiento, de que Kreacher no era más que la herencia de su padrino Sirius. Ginny se abrió paso amablemente (empujó a Ron) para sentarse junto a Harry. Luna estaba muy ocupada con la comida. Por suerte. Harry saltó del susto cuando una gata negra de ojos verdes saltó a su regazo.

—¿La... Vesper? —rectificó a tiempo—. ¿Qué haces aquí?

—¡Oh! ¡Qué lindo! —dijo Ginny, la gata desapareció del regazo de Harry y mágicamente, estaba en brazos de la pelirroja—. ¿La llamaste Vesper…? Claro, ¡es tan oscura! ¿Dónde la compraste, Harry?

—Me la encontré —mintió—. Vagabundeaba cerca… cerca del lugar donde vivo.

—Linda gata, Harry —suspiró Luna de repente

Luna se inclinó para rascar al animal detrás de las orejas.

—¡Es tan dulce! —exclamó Lavender, quien de alguna forma, estaba junto a Ginny también—. Harry, ¿puedo cargarla?

—Por favor señorita, ¿podría regresar a su silla?

Lavender se enderezó para observar al profesor Appotus, quien se había tomado la molestia de acercarse a regañarlos. Ella le echó un vistazo a la túnica-casi-vestido del hombre y luego lo miró a los ojos. Le temblaban las comisuras de los labios.

—Lo siento, profesor —dijo con sorna—. Ya me sentaba.

—¿Su nombre, por favor? —pidió Appotus. Tenía la voz suave y desenfadada.

—Lavender Brown —masculló ella de mala gana sentándose al lado de Parvati.

El hombre asintió y se volteó hacia Harry, para inclinarse hacia él:

—Quisiera decirle que estos no son momentos para verse con su novia...

—No es mi novia —dijo Harry con más brusquedad de la pretendida. Ginny también lució muy enfadada, porque si ella era quien le tomaba la mano al muchacho, significaba que ella era su novia y no el pelamen de Lavender—. Y estamos cenando, no veo por qué todos debamos estar estrictamente sentados.

Appotus no se inmutó ante la réplica, aunque Hermione puso cara de esperar el estallido de una bomba. El hombre recorrió con la mirada la cicatriz con forma de rayo que Harry tenía en su frente.

—¡Ah! Eres Harry Potter —dejó escapar con un tinte de alegría—. Un honor conocerlo —le tomó la mano a Harry y se la estrechó—, como sabrás, voy a ser el jefe de Gryffindor, y voy a impartir Defensa Contra las Artes Oscuras. Si tienes algún problema, o cualquiera de Gryffindor... —agregó al ver que todos lo escudriñaban con curiosidad—, no duden en ir a mi despacho a verme. Los puedo ayudar a resolverlos, o al menos intentar hacerlo. Ahora, en la situación actual… tiene razón, es un momento de reunión, son libres de levantarse, correr y hasta me temo, cambiarse de mesas. Pero su gato se va a tener que quedar afuera.

Appotus agarró a la gata por el pellejo de la nuca y la alzó en el aire. Muchas muchachas chillaron.

—¡Profesor! —exclamó Ginny. Appotus se detuvo y la miró sin soltar al animal—. ¡No le haga eso! Le debe doler mucho...

El hombre sonrió tranquilizadoramente.

—Oh no, no le duele —dijo. La gata tenía los ojos entrecerrados, curvada, con la cola y las patas encogidas—. Señor Potter, me veo obligado a pedirle que no traiga más al gato durante las horas de comida. No es higiénico.

—Es gata —masculló Harry—. Y se llama Vesper.

El profesor satisfecho, se llevó a la gata fuera del Gran Comedor. La soltó en el suelo. El animal se volvió a mirarlo y el profesor le devolvió la mirada. Sin más, dio media vuelta y regresó a la mesa de los profesores. La gata lo siguió con la vista y sintió una cola de cepillo rozándole por un costado. Crookshanks maulló con suavidad, y trotó por el pasillo. La gata negra no dudó en seguirlo.

Harry vio al profesor regresar y se preocupó. Había tardado un poco afuera. Solo era echar a un animalejo lejos del comedor, no podría llevarle más tiempo que un puntapié. Pero… ¿y si él estaba allí para vigilarlo? ¿Sospecharía que la gata no era realmente lo que parecía…?

—¡Genial! ¡Tarta de melaza! —exclamó Ron y rompió el hilo de pensamientos de Harry, para variar.

Sin volver a ahondar en conclusiones paranoicas, tomó un bombón y lo desenvolvió para comer. Al parecer, querían que el gusto de Dumbledore por los dulces muggles siguiese vigente. Solo pudo servirse un pedazo de tarta de melaza antes de que los platos quedasen limpios de nuevo. Comió apresuradamente mientras la profesora McGonagall se ponía de pie.

—Ya pueden pasar a los dormitorios. Los Prefectos los conducirán —dijo antes de que el Gran Comedor se llenara del sonido sordo de las sillas corriéndose y las pisadas de los cientos de alumnos en su afán por irse.

Harry retuvo a Ron y Hermione para quedar retrasados. Le cedieron el paso a la marabunta de sus compañeros de Casa y Harry invocó el hechizo Muffliato para que sus voces quedasen ahogadas. Aunque con todo el alboroto de un montón de adolescentes ahítos de comida en busca de la donosura belleza de sus camas, podían gritar junto a una banda municipal, que no los iban a escuchar.

—Escuchen, voy a salir... —explicó a sus amigos—, esperamos a cuando todos se vayan a dormir, y a mi regreso, ustedes me abren el retrato. Voy a darme una vuelta por los aseos de Myrtle.

—¿Vesper lo sabe? —preguntó Ron.

—No, pero en cuanto lleguemos, se lo comunico todo. Le pediré que me acompañe. Nadie le prestará atención a una gata.

Los otros dos lucieron cabizbajos de ser excluidos de la aventura, pero tampoco replicaron. Tres bajo la capa de invisibilidad no sería un abuso, sino un atropello. Y tampoco eran animagos. Tendrían que conformarse con lo que Harry les dijese al volver. Pronto la Sala Común se quedó vacía, a excepción de Harry, Ron, Hermione, y la gata negra. Cuando todo estuvo seguro, hubo un estallido y Lara se sacudió sus ropas negras. Ron, quien ya había realizado la primera parte de la misión, se sacó la capa invisible de debajo del uniforme y se la entregó a Harry.

—Perfecto, hagámoslo —sentenció el muchacho y desplegó la capa. Miró de reojo el tablón de anuncios con los horarios y gruñó—. Y mañana, dos turnos de Pociones con Slughorn. Vaya pesadilla…

—Ya no te gusta Pociones, ¿verdad Harry? —dijo Hermione con una sonrisilla de suficiencia—. Perdiste al "Príncipe".

—Sí, Hermione, perdió al "Príncipe" —farfulló Ron—. Ya puedes volver a ser la sabelotodo absoluta. ¡Solo estabas celosa porque el Príncipe sabía más que tú en Pociones!

—Por favor, dejen a Snape fuera de esto —barbotó Harry con brusquedad.

—¿Snape? ¿Príncipe? —preguntó Lara.

Hermione comenzó a explicar la historia del Príncipe Mestizo, pero sólo hizo que Harry rechinara dientes y decidiera irse de improvisto. Ni siquiera le importó si Lara lo seguía o no. Avanzó por los pasillos casi a zancadas, y en un parpadeo ya estaba en el segundo piso. Reguló la respiración y avanzó con lentitud hacia los baños abandonados.

¡CRASH!

Harry se detuvo en seco. Peeves acababa de aparecer en medio del pasillo, dando tumbos de aquí a allá, en busca de un rinconcito para su próxima maldad. Harry sabía que si daba un paso en falso con Peeves, sería lo último que haría.

—Ahora que el blanco no está, Hogwarts será el caos... ahora que el blanco no está, Hogwarts será el caos... —canturreaba Peeves—. Potty es nuestra única salvación, pero Pottypotiti es un desastre... el Príncipe quiso enseñarle a ser listo y él no quiso...

Harry por primera vez en su vida, sintió curiosidad por la canción de Peeves. Él sabía mucho más de lo que aparentaba. Se arrimó con cuidado a una pared y escuchó.

—... "Aprende Oclumencia"; le dijo el Príncipe. "Aprende Hechizos no-verbales"; le dijo el Príncipe...—Peeves colgó una bomba fétida del techo, valiéndose de una gruesa y gris telaraña. En realidad, la "maldad", casi levitaba—... "Aprende Oclumencia"; le dijo el blanco... ¡Pero Potty sacó la lengua y todo se hizo a su desastroso modo!

Peeves soltó una carcajada digna de un villano de televisión y desapareció con otro "CRASH".

Harry sacudió la cabeza. Era verdad. Cuando Dumbledore le había dicho de las clases de Oclumencia, él no se preocupó por intentar aprender. Snape le dijo que se esforzara, pero él solo se portaba como un autosuficiente, que creía que no iba a necesitar eso. Y por eso, murió Sirius. Y en su curso pasado, Snape se esforzó por que todos aprendiesen hechizos no-verbales. A él lo trataba con desprecio, con odio, cierto, pero no dejó de enseñarle.

"¡Te bloquearé una y otra vez hasta que aprendas a callarte y a cerrar la mente, Potter!"

No aprendió, y ahora estaba pagando. Pero ahora él estaba dispuesto; llevaba muy bien los hechizos no verbales y progresaba en la Oclumencia. Intentaba reparar el error. Alcanzó los aseos de Myrtle, sin ver a una sombra que se acercaba por un pasillo. Empujó la puerta y entró.

—¿Quién está ahí? —preguntó Myrtle. El fantasma se elevó desde uno de los retretes y estudió su entorno con ojos estrechados.

La cara del fantasma se horrorizó al ver a Harry aparecer de debajo de la capa invisible.

—¡TÚ! ¡Vete! ¡No te quiero aquí! —chilló como posesa y flotó cerca del techo, como si él pudiese hacerle daño.

—¡Calma, Myrtle! —dijo Harry apresuradamente—. ¡Shhh!

—¡Vi lo que le hiciste! ¡No eres tan bueno! —aulló Myrtle como una sirena de bomberos.

—¡No sabía para qué servía ese hechizo! ¡Cálmate, cálmate, vas a despertar a todo el castillo, maldita sea! —Harry soltó aire al ver que ella al menos, ya no gritaba—. Calma... no sabía, en serio. Y además... ¡Él me iba a lanzar una Cruciatus!

—¿Qué buscas aquí? —preguntó ella, recelosa.

Harry abrió la boca, pero la volvió a cerrar. Sin llegar a muchas conclusiones, supo que estaba metido en un problema bien gordo, en el momento en que sintió una mano posada en su hombro.