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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 18

Harry caminaba por el pasillo. Aferraba la capa invisible contra el pecho, la que, como toda capa invisible que se respetase era invisible y por tanto, parecía un idiota enamorado del aire que respiraba. Frente a él caminaba el profesor Appotus, al cual observaba con ganas de que lo aplastase una gárgola a la vuelta de la esquina. A su espalda, por supuesto. Alumno que apreciase su permanencia en una escuela, no se atrevería a poner ojos de basilisco frente a un profesor. Harry estaba muy enfadado por su descuido. Si hubiese permanecido con la capa sobre su cabeza, habría visto de cerca el grifo que llevaba a la cámara, Myrtle no habría gritado, y el profesor desvelado no se hubiese percatado de su presencia. Por supuesto, no fue así, y ahora iba derechito a su expulsión. Porque era obvio que Appotus para inaugurar su puesto de profesor, lo llevaría frente a McGonagall y ella, tan severa, tan estricta, le daría una patada donde la espalda pierde su nombre que lo propulsara grácil del otro lado de los terrenos del colegio. También le quitarían la capa invisible, artilugio diabólico que incitaba a los estudiantes a vagar fuera de hora por los pasillos y realizar visitas dudosas a un baño abandonado de niñas. Appotus se detuvo y Harry chocó contra él por estar ensimismado en sus pensamientos desastrosos de su futura expulsión.

—Lo siento, señor —masculló Harry de mala gana.

El profesor no pareció escucharlo. Torció por un pasillo y Harry se percató de que era el que llevaba al despacho de Defensa Contra las Artes Oscuras. Appotus empujó la puerta y con un gesto de cabeza, le ordenó a Harry que entrara. Él obedeció. A regañadientes. Se sentó sin ceremonias en la silla frente al escritorio. El profesor se sentó frente a él y pasó varios segundos estudiándolo con aquellos ojos enrojecidos de borrachín de cantina. Harry se sintió una especie en peligro de extinción.

—Siento curiosidad, señor Potter… no encuentro explicación alguna para haberlo encontrado en el segundo piso, cuando ya debería estar dormido.

—Fui a visitar a Myrtle —soltó sin pensarlo.

—¿A las once y cuarenta y cinco de la noche? —preguntó Appotus con sutileza. Harry se abstuvo de tragar en seco; gesto universal de culpabilidad—. Tengo entendido que los fantasmas no creen en horarios… salvo los trasgos y alguno que cargue cadenas. Pienso, que mañana durante la hora de receso, bien podría haberla visitado… ¿por qué la prisa? Sin embargo, no me coincide su buena intención de visita con la reacción de Myrtle. Gritaba y no de alegría. Quería que abandonaras su aseo. ¿Por qué, señor Potter?

—Ni idea, señor —respondió Harry entre dientes.

—Le decías algo de un hechizo —el muchacho guardó silencio. Appotus tamborileó la mesa con los dedos y suavizó la voz—. Potter, comprendo que me veas como un completo extraño. Apenas nos vimos e intercambiamos horas atrás. Pero voy a ser tu profesor y tu jefe de casa y necesito que confíes en mí, o esto no funcionará. Quiero evitarte una sanción, un mal trago. Quiero que esto se quede en este despacho, o puedo llamar a la señora directora y que ella lo juzgue. Ella lo conoce mucho mejor que yo. Decida, señor Potter.

Harry hizo una mueca. No le gustaba la idea del juicio a manos de McGonagall. Por más aprecio que le tuviese, era la directora, su función era hacer cumplir las reglas del colegio y entre ellas, estaba la de castigar o expulsar a alumnos merodeadores con capas de invisibilidad. Se aclaró la garganta

—Señor... fui a los aseos de Myrtle a...

Una cola felpuda le azotó los pies. Miró abajo con disimulo. Era su salvación. Lo supo en cuanto vio dos ojos verdes fijos en él. Se le ocurrió algo.

—… fui a los aseos de Myrtle porque el año pasado ella prometió guardarme una cosa —prosiguió con la misma lentitud con la que comenzó a hablar. Con cuidado, dejó caer la capa invisible al suelo y sintió cómo la gata la recogía en su boca—. Y pensé... que si iba con mi capa invisible, nadie me vería. Le pedí a Myrtle que me cuidara el álbum de fotos de mis padres. El año pasado me jugaron una broma muy pesada con él y se lo dejé a Myrtle. Le dije que cuando tuviese oportunidad, lo recogería.

—¿Por qué no lo recogió al final de curso?

Harry se puso serio. No le gustaba recordar su último curso. Appotus pareció notar la incomodidad, por lo que agregó:

—Sí, claro. Entiendo. ¿Dónde tiene el álbum?

—Bajo el tercer lavabo —dijo Harry alto y claro. La cola felpuda le rozó los pies al huir. Ahora lo más importante era mantener a Appotus en la oficina el mayor tiempo posible—. Ya le dije todo, señor y lo siento de veras. ¿Estamos en paz?

Appotus volvió a evaluarlo con la mirada.

—Puede ser —dijo lentamente—. Cuando compruebe que todo lo que me dijo es verdad.

—Hicimos un trato, profesor —dijo Harry severo—. No quiero pensar que no es un hombre de palabra.

Appotus rió entre dientes.

—Soy un hombre de palabra —apuntó—. De eso no le quepa la menor duda. Cuando vea el álbum salir de debajo del tercer lavabo, podemos llegar a un acuerdo. Disculpe la desconfianza, pero yo también fui estudiante en esta misma escuela e hice de las mías —esbozó una sonrisa—. De nuevo, disculpe, Potter, pero llevo pocas horas en el puesto. No quiero causar una mala impresión a McGonagall.

—Ella no tiene que saber que usted me pilló en…

—Oh, muchacho, la directora ya lo sabe —suspiró Appotus—. La seguridad este año en Hogwarts es, por decirlo como los jóvenes, bestial. No vuela un murciélago sin que la directora no le haya dado permiso para batir las alas.

Harry se asustó, mas lo disimuló bien. Tendría que revisar si el mapa del merodeador seguía en su baúl.

—¿Ella puede saber también lo que hablamos? —se atrevió a preguntar.

—No sé cómo funcione el mecanismo —Appotus se encogió de hombros—, pero ella tiene conocimiento de que le he pillado deambulando fuera de hora. Mientras llegamos a un acuerdo, debemos desempeñar nuestros papeles. Vamos a cumplir…

—¡Espere, señor! —dijo Harry sin sonar desesperado. Sin permiso, aferró un portarretratos del escritorio. Mostraba a una mujer muy severa y por así decirlo, con cara de bruja de cuento tradicional. El hombre volteó a mirarlo con una ceja arqueada—. ¿Ese es el símbolo de Ravenclaw?

—Oh, sí. Mi madre daba clases de Astronomía y era jefa de la casa de Ravenclaw. Pero hace años que la tierra le es blanda y descansa en paz —declaró el profesor.

—Lo siento, señor —murmuró Harry y dejó el portarretratos en su sitio—. Sentí curiosidad, porque se me hizo conocida —mintió.

—Puede —Appotus hizo un gesto para restarle importancia—. Mi madre todavía deambula por la Torre de Astronomía. Así que si alguna vez se interesó en la asignatura, quizás se la haya tropezado en su camino.

—¿Usted ya… ya fue a verla?

—En efecto. Visita de rigor, en cuanto llegué. No le agradó que ocupara el cargo de Defensa Contra las Artes Oscuras, dice que el puesto está maldito por el mismísimo Innombrable. Yo digo que son patrañas. Los anteriores profesores simplemente, han tenido sus motivos para abandonar el cargo de forma prematura. ¿Nos vamos?

Harry asintió, obediente. Siguió al profesor en silencio, fingiendo llevar la capa entre sus brazos. Rezaba con todas sus fuerzas que Lara hubiese corrido como un rayo a contarle a Ron y a Hermione. Pero había un detalle: Myrtle La Llorona. Si Appotus le preguntaba, estaba perdido. Antes de que pudiese establecer una estrategia, llegaron a los lavabos. Ambos permanecieron en medio del recinto, sin intercambiar palabra alguna.

—¿Es este, Potter? —preguntó el profesor, mientras señalaba el tercer lavabo de izquierda a derecha.

Harry miró al suelo. Le llamó la atención una loza desencajada que quedaba en el tercer lavabo de derecha a izquierda. El corazón se le aceleró.

—No, señor. Es de derecha a izquierda —dijo con un esfuerzo heroico para no sonar aliviado.

Appotus caminó hacia el fondo del aseo. Se agachó y terminó de desencajar la loza. Harry se acercó a zancadas. Había un hueco y dentro de él, estaba el álbum que una vez Hagrid le hubiese regalado, lleno de fotografías mágicas de Lily y James Potter. Appotus lo sacó y lo abrió. Harry por poco canta. Sus amigos lo habían sacado de una buena. El profesor se incorporó y le entregó el álbum a Harry.

—Espero que no haya escondido un par de calcetines en las mazmorras de Pociones, señor Potter —dijo Appotus en un casi tono jaranero. Harry no sabía cómo tomárselo—. Este sábado, quiero verlo en mi oficina a las nueve de la mañana. Sin falta.

—¡Usted me dio su palabra de que no me pondría en detención! —exclamó Harry con verdadero disgusto.

—Calma, Potter —dijo Appotus, sereno—. Como le dije, todo quedará entre nosotros. Pero hay que interpretar los papeles hasta el final. Su detención, será ayudarme a preparar la próxima clase. De este modo, usted quedaría exento de asistir y puede usar el tiempo en lo que le plazca. Por supuesto, intente que no lo vean, o ambos estaremos en problemas: usted por no asistir a clases, y yo por hacerme el de la vista de topo y no interesarme en su ausencia.

Harry asintió con solemnidad y ante un gesto del profesor, se apresuró en esfumarse del lugar. Llegó casi sin aliento al retrato de la Dama Gorda, que estaba dormida.

—¡Vellocino! —le dijo.

La Dama abrió los ojos con un sobresalto.

—¿Y qué haces tú afuera a estas horas?

Harry no sintió la necesidad de responderle, porque ya estaba dentro de la sala común. Enseguida se apoltronó en un butacón frente a la chimenea apagada y soltó aire.

—¿Appotus sospechó algo?

Harry pegó un brinco y miró la cara preocupada de Ron y luego la de Hermione. No tenía idea de dónde habrían salido, pero allí estaban.

—No, no sospechó nada —dijo Harry. Hermione llevaba la capa de invisibilidad en las manos—. Pero por poco me atrapa. Por suerte, decidió no llevarme ante McGonagall que por cierto, dice el profesor que tiene algún artilugio mágico para vigilar el colegio. En vez de eso, fingió ponerme una detención.

—¿Fingió? —se extrañó Ron—. Explícate mejor.

—Es seguro que McGonagall lo vio sorprenderme, ir a confirmar lo que le dije y obvio: no puedo quedarme sin castigo. Este sábado debo ir a su despacho a ayudarlo a preparar la próxima clase. A cambio, permitirá que no asista al turno y que haga con mi tiempo lo que desee…

—¿Y eso no te parece muy sospechoso? —intervino Hermione, analítica. Harry negó con la cabeza, luego lo reconsideró—. Este profesor es muy bueno para mi gusto… ¿por qué, en vez de castigar a un alumno, lo premia? ¿Por qué dejarlo vagar en horario de clases? Harry, esto me huele mal…

—No diré que le tienes envidia, porque a ti te encantan las clases. Si Appotus te lo dijera a ti, le suplicarías que te diese doble turno —dijo Ron con los ojos en blanco.

Hermione tuvo la sensatez de quedarse callada y evitar una Tercera Guerra Mundial. Harry no pudo cerrar la boca.

—Cierto, es muy extraño —apoyó a Hermione—. Debe tener un motivo para dejarme pasear por Hogwarts en su tiempo de clases. Quizás… quizás no se tragó realmente lo del álbum…

—No lo hizo.

Los tres amigos dieron un respingo. Lara se acababa de desgatizar frente a ellos. Se cruzó de brazos, inexpresiva.

—¿Y de dónde saliste tú? —preguntó Ron en un gemido.

Ella le hizo el mismo caso que se le hace a un guijarro en el camino.

—En cuanto diste la espalda, Harry, Appotus le preguntó a Myrtle si todo era cierto. Por supuesto, ella confirmó todo porque Ron se lo pidió. Pero puedo afirmar que el profesor tiene serias intenciones de mantenerte vigilado. Desconozco sus motivos, pero si lo ordenas, no le perderé ni la sombra.

—Eso podría servirnos —reflexionó Hermione—. Saber qué quiere, o quien es…

—Me comentó que su madre dio clases de Astronomía y fue Jefa de Ravenclaw. Es un fantasma y ronda la torre, quizás ella nos pueda dar una pista de quien es realmente Appotus —dijo Harry con un asentimiento—. Lara, podrías interrogarla… pero que Hermione te preste un uniforme. Así el fantasma no se espanta —pensó algo tarde en que también le espantaría la cara tiesa de la muchacha, pero no lo exteriorizó—. También sigue al profesor… además de tus tareas habituales.

—Hecho —aceptó Lara.

Sin otra palabra, se transformó en gata y subió directa a los dormitorios.

—Creo que debemos seguir su ejemplo —bostezó Harry.

—¿Cuál, el de la mala cara? —preguntó Ron.

—No, tonto del copete, el de irnos a dormir —le gruñó Hermione—. A veces creo que te haces el idiota a propósito.

—¿Y ahora qué dije? —preguntó Ron a Harry, cuando Hermione subía como un bólido.

Como los conocimientos de Harry en Oclumencia no eran tan avanzados para romper la pared de titanio de la mente de las mujeres, se encogió de hombros, bostezó de nuevo y se dirigió a los dormitorios. Ron tuvo que quedarse con la intriga.

Harry se levantó con desánimo. Era viernes y quizás augurio de todos los viernes por venir en su corta estancia en la escuela, iban a ser lo más tedioso que le iba a pasar en la vida. Dos turnos de Pociones con Slytherin, uno de Encantamientos y para complementar, dos turnos de Defensa Contra las Artes Oscuras. Ron tenía cara como si el horario fuese un escreguto de cola explosiva de veinte metros.

—¿Dos turnos de Pociones? —repitió con asco.

—Sí, ¿no les parece genial? —dijo Hermione con alegría insana—. Creo que van a aprender mucho más este año. ¿Verdad? El Príncipe no está.

—Ya basta de eso, Hermione —masculló Ron, malhumorado.

—¿Ginny? —Harry se atragantó. Hasta ese instante, ignoraba la presencia de Ginny al lado de Ron—. ¿Para qué es toda esa comida? ¿Y por qué metes leche en esa botella…?

—Es para Vesper —dijo la pelirroja—. Estoy segura de que apenas la atiendes.

Le dirigió una mirada acusadora, con bastante razón. Él enmudeció. A causa de su odio visceral a Pociones, se había olvidado de llevarle comida a Lara.

—Harry, ¿Vesper es mitad Juckmon?

Harry se volteó y miró a Luna Lovegood, que se había acercado desde la mesa de Ravenclaw con un panecillo envuelto en una servilleta.

—Un... ¿Un Juckmon? —repitió Harry, rompiéndose la cabeza para recordar, donde diantres pudo escuchar alusión a algún animalejo similar.

—Son Panteras negras enanas —dijo Luna, ensoñadora. Los Gryffindors cercanos con inclinaciones literarias la observaban con interés—. Se están exportando a Inglaterra. Son muy cariñosos y pueden pasar muy bien por gatos, como los Kneazles —Harry por fin escuchó un nombre de un animal existente de los labios de Luna—. Entonces, ¿es mitad Juckmon?

—No, es una gata común y corriente.

—Ah, pensé —le alargó el panecillo—. Toma, es para Vesper. Pensé que era un Juckmon... ellos comen muchos panecillos.

Sin mayor explicación Luna sentó al lado de Ginny, y la ayudó a terminar el surtido para la supuesta gata. Harry pensó que si no ponía frenos a eso, Lara rodaría como un barril.

La clase de Pociones resultó tan catastrófica y fotométrica como había imaginado Harry. Sin el libro del Príncipe Mestizo, él no era nadie. Así que su poción curativa era un desastre coagulado. La de Hermione era la que había quedado impecable, y Slughorn la felicitó y elogió hasta que se terminaron las clases. Harry estuvo seguro de que la chica levitaba unos centímetros del suelo cuando salieron. A Ron no le hacía gracia, sin embargo, Harry lo contuvo de soltar una grosería.

La clase de Encantamientos estuvo centrada en establecer las bases para realizar encantamientos a estatuas, vajillas, sillas, y hasta los principios básicos para hacer escobas autómatas, con la advertencia de vigilarlas para que no te inundasen la casa. Fueron a almorzar y a Hermione parecía que la autosuficiencia se le fue de paseo: por primera vez en su vida, no había logrado hechizar una silla para que corretease por el recinto. Ron y Harry sí. El último notaba que lo segundo que se le daba muy bien, aparte de Defensa Contra las Artes Oscuras, era hechizar cosas.

Y después la primera clase con Abacus Appotus.

Los recibió en la puerta del aula, como corresponde a un profesor que se respete. Cuando hubo entrado el último alumno, cerró la puerta con un giro de varita, les indicó que permaneciesen de pie y avanzó hasta quedar frente al aula. Vestía otra de sus túnicas extrañas; sus ojos azules de bebedor empedernido barrieron la clase.

—Buenas tardes —dijo en tono de caudillo militar. Todos, por instinto, enderezaron la espalda—. Pienso que no necesito presentación, pero sería romper la tradición de la primera clase. Soy Abacus Appotus y seré vuestro nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. No tolero la indisciplina, ni la falta de respeto, ni las llegadas tardes o justificaciones inverosímiles por vuestro olvido de hacer las tareas escolares. Cualquier duda que presenten, pueden acudir a mí sin reservas. Intentaré hacer las clases amenas, sólo si ustedes colaboran conmigo. ¿Alguien desea hacer comentarios, declaraciones o recomendaciones?

Silencio absoluto. Una mosca le pidió permiso a Harry para zumbarle en el oído.

—Bien —dijo Appotus al no ver movimiento—. Mi objetivo este año es continuar el trabajo de mi antecesor: el profesor Snape. Tengo entendido que tienen que dominar a la perfección los hechizos no-verbales y los no-prohibidos. De los segundos solo tomaremos notas. Comenzaré con una clase evaluativa. Deseo ver cómo quedaron sus habilidades después de las vacaciones.

Todos gritaron como si fuesen uno cuando las mesas volaron contra las paredes junto con las sillas. Se hizo una breve pausa en la que el profesor miró unos segundos hacia los muebles apilados a su derecha. Harry percibió el rumor de una cola felpuda desaparecer en las sombras. Esperaba que a Lara no le fuera tan mal en el espionaje.

—En parejas, por favor —pidió Appotus después de recordar que daba clases.

Ron enseguida se puso con Harry; Hermione terminó con Neville, a quien le sonrió, nerviosa.

—A la cuenta de tres, se lanzan el primer hechizo no-verbal. OJO, no quiero hechizos aturdidores o los famosos hueso-flácido —advirtió Appotus sin abandonar su apoyo en la mesa del profesor—Uno... dos... ¡tres!

La estancia se llenó de muchachos de lozano color rojo. En el peor de los casos, Neville se puso púrpura y Hermione tuvo que llevarlo junto a una silla para que recobrase el aliento. Harry pensó con fuerza: "¡Expelliarmus!", y la varita de Ron saltó de sus manos. El muchacho lo miró boquiabierto.

—¿Cuándo mejoraste tanto?

Harry se encogió de hombros y se puso en guardia. Appotus, cansado de ver a un puñado de niños estreñidos, se abrió paso hasta llegar al centro.

—¿A eso le llaman hechizos no-verbales? —espetó. Alzó la varita, todos lo miraban como la polilla a la luz—. Presten atención, muchachos. ¡Esto, son hechizos no-verbales…!

Pronto todo quedó inundado de coloridos resplandores como si alguien hubiese destapado una caja de bengalas Weasley, y la clase se convirtió en un sálvese quien pueda.

Al término, todos salieron con peor aspecto que un pan con moho. Ron y Hermione no se podían creer la mejoría de Harry en hechizos no-verbales. Los tres habían practicado en la casa de Godric, pero el muchacho fue el único que presentó desafío a Appotus en un duelo singular. Por supuesto, el hombre no lo abatió con todos sus conocimientos y habilidad, pero Harry lo hizo moverse. De improviso, les cruzó un gato negro. Los amigos, como por azar del destino, siguieron al gato hasta llegar a un aula vacía. Protegidos con el hechizo Muffliato y encantamientos que sólo Hermione podía pronunciar, Lara recuperó su forma humana. Llevaba un uniforme de Hogwarts.

—¿Algo nuevo? —preguntó Harry.

—Hablé con el fantasma de la madre de Appotus —informó—. No me confió mucho: fue estudiante modelo de la casa Gryffindor, un chasco, ya que toda su familia siempre quedó en Ravenclaw. Al terminar, trabajó en el Departamento de Misterios, encargado de la clasificación y destrucción de artilugios de Magia Oscura. Tiene una hija con su ex-esposa, ambas viven en el Caribe. Le he seguido todo el día. Es un hombre inteligente y observador. Me ha descubierto en un par de ocasiones…

—Estabas en el aula de Defensa, él te vio —apuntó Harry con una mueca.

—Así es. No pensé que fuese a apartar los muebles para impartir su clase. Acerca de que McGonagall posee algo que le permite vigilar el castillo, es cierto. Tiene un espejo reflectante. Desde allí puede ver cualquier cosa que desee dentro del área del colegio, mas no puede escuchar lo que se hable. También, temprano en la mañana, McGonagall recibió la visita del Ministro de Magia. No tuve oportunidad de entrar al despacho. Los Aurores no dejan pasar ni a los gatos.

—Es obvio que el Ministro venga… querrá ayudar en la protección de Hogwarts, igual que el año pasado —declaró Ron encogiéndose de hombros—. Yo no me asombraría.

—Apuesto a que McGonagall se negó —dijo Hermione. Zangoloteó la cabeza—. Scrimgeour seguro le ofrece a sus bien entrenados Aurores, y ella no estar de acuerdo con tener a magos militares respirando en las nucas de los estudiantes. No sirvió de absolutamente nada el año pasado…

—Pero, Hermione, ¡yo aceptaría esa propuesta! —protestó Ron—. Prefiero tener Aurores aquí que…

—Es por mí —dijo Harry con frialdad. Los otros dos se callaron. Lara estaba en silencio desde el final de su reporte—. Tanto sigilo, tanta buena intención… si no creen que he perdido la chaveta, es que desean usarme para alguna campaña política, o que en algún momento de locura, quiero apoyar a Voldemort, mortífago en secreto, vine a buscar el arma definitiva del Señor Oscuro para exterminar a la comunidad mágica —Ron y Hermione se estremecieron—. O por alguna casualidad, saben de la Cámara Secreta y se imaginan lo que hay adentro. Un monstruo. Y yo de alguna forma voy a usarlo, tal y como corrieron los rumores en mi segundo curso. Nada puede descartarse.

Nadie opinó. La realidad a veces superaba la ficción. Y a veces, las ideas más estúpidas eran las respuestas a las preguntas más enrevesadas.

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