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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 22

Abacus Appotus provocaba en Harry el efecto de un fósforo encendido en un almacén de dinamita. ¿Cómo demonios ese hombre pudo envenenar a Lara? ¿Con qué razón? ¿Con qué excusa? Ron también se veía tan molesto como Harry. La única que parecía mantener los estribos con Appotus era Hermione.

—Si ponen esas caras, van a alarmar al profesor —les había susurrado ese martes durante la cena—. En el desayuno lo miraban como si quisieran que lo partiera un rayo.

—No sería mala idea —gruñó Harry y para reafirmar su posición, clavó el tenedor en un muslo de pollo cercano—. ¡Intentó matarla! Y no sabemos por qué quiso hacerlo… y además, tengo a la tal Migdalia todo el día sobre mí. ¿Pueden decirme como la espanto? Si le pides que te diga mi horario, creo que puede cumplir peticiones de cantarlo o recitarlo…

—¿Quién es el cantante?

Los amigos miraron cómo Ginny se deslizaba junto a ellos. Si alguien era medio felino, debía ser ella, concluyó Harry.

—Es la Migdalia de Ravenclaw —informó Ron, porque para su ligero disgusto, Harry y Ginny tenían las bocas ocupadas y debían hacer gala de buena educación: no hablar mientras se masticaba—. Persigue a Harry hasta en el baño, no sabemos cómo librarnos de ella…

—Yo me encargo —musitó la pelirroja y aunque sostenía el cuchillo de la mantequilla, parecía la novia de Chucky.

Fue más sano cambiar de tema y la tarea recayó en Ron.

—Cuando terminemos, ¿iremos a ver a La…?

—¡Ron! —lo reprendió Hermione—. Iremos a ver a Hagrid, ¡Hagrid! Y… y ver si está mejor…

—¿Quién está mejor?

Luna se había acercado desde la mesa de Ravenclaw con su aspecto ensoñador. Y por supuesto, acompañada de quien se había vuelto su siamesa: Migdalia. Harry casi convulsiona.

—Es... es un hipogrifo de los que cuida Hagrid —inventó Hermione—. Se hirió con unas espinas, y Hagrid lo estaba curando.

—Ah. No lo sabía —dijo Luna, en ese tono que se adopta para decir que una nube rosada es preciosa.

—Discúlpenme, tengo algo que hacer —mintió Harry vilmente en cuanto Migdalia abría la boca (sin percatarse de la novia de Chucky que le apuntaba con el tenedor) y casi usa la Aparición, si no recuerda que en Hogwarts estaba restringido.

Fue un alivio para él salir a los terrenos del colegio y tomar una bocanada de aire fresco. Hagrid no había ido a cenar, así que fue con paso ligero hacia la cabaña, contento por poder librar por algunas horas de Migdalia. Cuando llegó tocó a la puerta de una forma peculiar. Se abrió una rendija y un ojo oscuro se asomó.

—¡Harry! —exclamó Hagrid. Abrió la puerta y de una sola palmadita en la espalda, lo entró en la casa—. No sabía que vendrías tan temprano, ¿dónde están los demás?

—Ron, Hermione y Ginny vienen después —anunció Harry mientras se alejaba del alcance del brazo del gigante. Otro saludo amistoso como aquel y terminaría donando los pulmones al Mercado Negro y no de forma voluntaria, que constase.

—Ya que estás aquí, me voy a cenar —canturreó Hagrid—. No la agites mucho. —le susurró. Luego señaló con la cabeza hacia la enorme cama del fondo.

Hagrid abandonó la cabaña y el muchacho fue a reunirse con Lara, quien ya estaba despierta. Intentó sentarse, pero Harry la agarró por los brazos y la obligó a permanecer acostada.

—Debes estar en reposo absoluto dos días más —explicó Harry, sentándose en el borde de la cama—. Si tienes hambre puedo conseguir algo para ti. Y para mí, que no cené —Lara arqueó una ceja, signo universal de interrogación—. Migdalia o quien sea me estropeó el apetito. ¡No puedo quitármela de encima! He sido grosero, la he ignorado… ¡no sé qué hacer…!

—Sus órdenes son mantenerte vigilado. No renunciará, ni siquiera con groserías de tu parte. Tendrás que aprender a manejarlo.

—Bien —bufó Harry—. Espero no tener que manejarlo por demasiado tiempo… ¡ah, pidamos la comida! ¡Dobby! —llamó al aire.

Hubo un "Crack" y Dobby, el elfo doméstico, apareció de la nada.

—¡Harry Potter señor! —chilló emocionado—. ¡Usted me llamó Harry Potter señor y Dobby viene!

—Necesito que nos traigas algo de comer —pidió Harry antes de que apareciera Hermione y lo acusara de explotación élfica. Para no sentirse tan esclavista, agregó—: Disculpa por molestarte…

—¡Harry Potter no molesta a Dobby! —dijo el elfo con una sonrisa amplia.

Desapareció con otro "crack". Permanecieron en silencio unos minutos, hasta que Harry lo rompió.

—¿Has logrado saber por qué Appotus te envenenó?

—He guardado reposo hasta este instante, así que no he podido iniciar las averiguaciones. Es una pregunta tonta. Si deseas saber la respuesta, deberías buscarla por ti mismo. Yo me marcho a Londres en cuanto me recupere. Entraré en el Ministerio, descubriré por qué te mantienen tan vigilado. También intentaré rastrear a Colagusano o buscar más información de los Horcruxes. Te escribiré para saber cuál es el día de visita a Hogsmeade. Tendré noticias para ese entonces.

Harry iba a protestar cuando hubo un sonoro "crack", y Dobby apareció de la nada sujetando una bandeja con lo que parecía ser la mitad de la comida de la cocina.

—¡Aquí tiene Harry Potter señor! —chilló dejando la bandeja en manos de Harry.

Y antes de que pudiesen darle las gracias, volvió a desaparecer con otro ¡Crack!

Acto seguido tocaron a la puerta de la misma forma en que había tocado Harry minutos antes. El chico se apresuró en abrir y Ron, Hermione y Ginny entraron, todos bajo la capa invisible de Harry.

—¡Comida! —exclamó Ron cuando vio la bandeja encima de la silla.

—¡Pero si acabas de comer! —se escandalizó Hermione.

—Sírvete —aprobó Harry.

—Es un cerdo —masculló Ginny, mientras Ron se llenaba la boca de comida extra.

En los días siguientes, además de sufrir las consecuencias de un Ron afectado por dolor de estómago, Harry aprendió a soportar a Appotus. El profesor, por fortuna, no volvió a hacerle ningún llamado de atención ni lo sorprendió a deshora deambulando por el castillo (benditos los inventores de las capas invisibles). Eso facilitaba las cosas. Si no se debían ver a menos de un metro de distancia, eran controlable los deseos de lanzarle ácido en los ojos. O echarle veritaserum en sus bebidas y someterlo a un interrogatorio. Era en esos momentos cuando Harry lamentaba la partida de Lara a Londres. Debió pedirle que aplicara una de sus técnicas-de-súper-espía y le arrancara las palabras de la boca. Se asustó cuando a una semana de la partida de Lara, a Hermione se le ocurrió la idea y ya casi le robaba a Slughorn la poción cuando la detuvieron. Concluyeron que era mejor olvidar el tema, al menos, hasta que Lara los contactara.

También quedaba el problema de los Aurores. Migdalia seguía a Harry. Migdalia era la sombra de Harry. Migdalia, era Harry. A excepción de las ropas y la indiscutible diferencia anatómica entre el hombre y la mujer, dos de las cuales eran redondas, estaban al nivel del pecho y saltaban a la vista. Incluso la muchacha se tomó el atrevimiento de regalarle un Teddy Bear, de esos que cuando les presionas la barriga te dicen frases de películas de terror como: «nunca te dejaré ir», o «¿estás solo? Vamos a jugar». A veces es preferible que sólo digan: «te asesinaré mientras duermes» o «tengo un cuchillo». Como Harry tenía dudas acerca del Teddy y sus intenciones, estando él dormido o despierto, lo incineró en la chimenea de la sala común.

Lara los había contactado en dos ocasiones. Ninguno de sus mensajes autodestruibles contenía buenas noticias. Todas eran para explicar los sucesos que el Profeta se tragaba con mantequilla y reportar que no existían novedades en el Ministerio. Ni siquiera podía saber algo acerca de la guardia de Aurores de Hogwarts y quien era el misterioso líder que les transmitía las órdenes con tanto cuidado. Sospechaba que se trataba del mismísimo Ministro de Magia, pero llegar a su despacho sin ser el propio Ministro o el tipo que cambiaba las toallas, era una misión no imposible, pero sí complicada.

Entraba el primer sábado de Octubre cuando Harry, al bajar somnoliento de los dormitorios, vio a Appotus colgar algo en el tablón de anuncios. Contuvo las ganas de lanzarle un hechizo aprovechando que estaba de espaldas y no tenía ojos en la nuca. En su lugar, se acercó de forma inocente.

—¿Algo nuevo, señor? —la pregunta sobresaltó al profesor, cosa que le afeadó sobremanera. Si hubiese sido un hechizo, el hombre caería redondo.

—¡Potter! —exclamó Appotus con una sonrisa. Harry se preguntaba cómo podía hacerlo—. Es la próxima visita a Hogsmeade.

Harry se inclinó para leer.

˜˜˜˜˜FIN DE SEMANA EN HOGSMEADE˜˜˜˜˜˜

Próximo fin de semana, sábado 10 de Octubre, visita a Hogsmeade. Se les recuerda a los alumnos de primero a sexto año que deben presentar al jefe de casa las autorizaciones firmadas por sus padres o sus tutores, sino, no tienen permiso para visitar Hogsmeade.

—Creo que no necesitas autorización para ir a Hogsmeade, Potter —comentó Appotus—. Ya tienes diecisiete, ¿no? —el muchacho asintió—. Por cierto Potter... no había tenido tiempo de comentarte... que hace semanas que no veo a tu gata...

Harry sintió que la sangre le hervía mas mantuvo la calma.

—Mi gata murió, señor —dijo con voz átona—. No sé qué le sucedió, pero la encontré muerta en los terrenos del colegio.

—Ah. En verdad no sabía —dijo Appotus y su cara de realmente sentirlo casi engaña a Harry—. Lo lamento.

Y salió de la sala común. Harry hizo un gesto grosero a espaldas del profesor, y subió a su habitación para redactar una carta con destino a Lara.

ººººººººººººººº

Los arbustos que se alzaban sin cuidado alrededor de la Casa de los Gritos en Hogsmeade se agitaron, y de ellos surgió Lara, ataviada con la capucha negra que Lupin le había enviado en su cumpleaños. Vestía ropas tan oscuras como la capa y botas, que impedían que resbalase en la tierra húmeda a causa de las lloviznas de invierno. No fue fácil infiltrarse en el Ministerio. Y menos apostarse en el Cuartel General de Aurores y descubrir sus planes. En más de una ocasión se topó con Rufus Scrimgeour, pero por suerte, siempre había un lugar a mano para esconderse y dejar que el Ministro de Magia pasara.

Durante su estadía en Londres intentó localizar a Colagusano, pero le fue imposible. Debía estar protegido por los poderes de Lord Voldemort, y por eso no lo encontraba. También intentó entrar en contacto con Lupin, pero le fue imposible. A propósito, buscó a Tonks. La bruja estaba totalmente decaída, con el pelo marrón ratón y la mayoría del tiempo tenía los ojos rojos. Después de concertar una cita lejos de oídos Ministeriales, le había confesado que Lupin estaba de vuelta con los hombres-lobos, y que si lo intentaba localizar, sería la desgracia para el brujo. Así que se mantuvo al margen. Recibió más mensajes con letras del "Profeta". Todos la habían salvado de estar en un ataque de mortífagos en lugares específicos. El último, parecía ser algo importante:

"TEnGo ALgo QUe DEciRTe"

Una mano que le cubrió la boca la arrancó de sus meditaciones. Sin dejarla reaccionar, la arrastraron hacia la maleza. Cuerdas invisibles se ataron a su cuerpo como vendas. Comprendió: un hechizo anti-desaparición. En cuanto inició una débil maniobra para soltarse, sintió una varita en su espalda y se quedó quieta.

—Shhh, calla, calla... —susurró una voz masculina en su oído, la misma que había escuchado en el Callejón Diagon cuando hechizaron a Charlie—, sólo quiero hablar.

Asintió. Le quitaron la mano de la boca y tomó una bocanada de aire.

—¿Remus? —preguntó al voltearse. Su interlocutor se cubría con una capucha raída de color gris sucio—. ¿Eres tú?

—No tengo tiempo —dijo con premura —Escucha atentamente. Estás en algo muy peligroso. El quinto Horcrux es el Brazalete de Rowena Ravenclaw. Está en la Cámara de los Secretos, en Hogwarts.

—Lo sé.

—Entonces, informa y vete. Aléjate de todo esto...

—No puedo —negó con rotundidad—. Fui entrenada para esto. Y tú lo sabes perfectamente. No puedo abandonar a Harry en la búsqueda.

Hubo un gruñido quebrado.

—Cuídate mucho —susurró él—. Siempre velaré por ti.

¡CRACK!

Lara sintió como las cuerdas invisibles desaparecían. No cuestionó el secretismo de Lupin. Ella misma había sido muy descuidada por dejarse atrapar por él. ¿Y si en su lugar era un mortífago, o un Auror? No podía regalarse de esa forma. Escuchó pasos, y voces que susurraban. Las identificó sin trabajo alguno. Era hora de olvidar ese fugaz encuentro. Era hora de informar.

—¿Estás seguro de que pusiste bien todo? —dijo Hermione, temblorosa—. ¿Y si el mensaje fue interceptado?

—Eres la esperanza personificada. —gruñó Ron.

—Deberían ser más silenciosos.

Harry, Ron, y Hermione se voltearon bruscamente.

Lara abandonó su escondrijo entre arbustos y se acercó a ellos.

—Nos alegra ver que estás bien —dijo Hermione con una sonrisa.

—Y yo también me alegro de verlos —replicó, aunque por su cara de pizarra en blanco, podría pensarse todo lo contrario—. Hay algunas cosas de las que deben saber... en el Ministerio saben de los Horcruxes. Piensan que son tuyos, que regresaste a Hogwarts para buscarlos. Como saben que hablas parsel, y ya abriste la Cámara de los Secretos una vez, pusieron guardia en ella para evitar que entres y pongas tus supuestos Horcruxes en otro lugar. Quieren tenerte en la mira. Creen que estás del lado de Voldemort. También, sé quién es el jefe de la guardia de Aurores de Hogwarts…

Se los dijo. Las reacciones de asombro o repulsión fueron predecibles, más en Harry.

—¿Por qué no lo pensé antes? ¡Era obvio! ¡Me seguía todo el tiempo…! Y lo del Ministerio… ¡Es una estupidez! —exclamó genuinamente alterado—. ¿Yo, con Horcruxes? ¡No tiene lógica! Se terminó el juego, es hora de ir a por el Horcrux de Lord Voldemort y destruirlo. Fui demasiado tiempo el niño bueno.

Sacó su varita.

—Vamos —ordenó con los dientes apretados.

Ron, Hermione y Lara lo siguieron.

Harry iba devorado por la furia. Estaba listo para batirse con cuantos Aurores hubieran. Alcanzaron Hogwarts y el grupo, sin dirigirle la palabra a nadie, subieron directo al segundo piso. Al llegar, corrieron por el pasillo y Harry abrió de una patada la puerta del aseo de Myrtle. El movimiento contra una de las paredes disparó su mano con la varita antes de que pudiese pensarlo.

¡SWWIIIIIINNGGG!

Un Auror Desilusionado se desplomó, mientras otros dos se hacían visibles y eran reducidos por los demás. Se volteó a tiempo de esquivar un hechizo. Migdalia y Dean ya estaban allí. Harry bajó la cabeza antes de que el hechizo le pegara en la frente, pero mientras se inclinaba, le apuntó con su varita a la chica haciendo surgir de ella un haz de luz roja, el cual ella esquivó con dificultad.

—¿Ahora quién es el asustado, uh? —gritó Harry al hacer brillar su varita como una espada.

Un chorro de luz roja le cruzó muy cerca del estómago y Harry trastrabilló atrás. En cuanto se detuvo, descubrió que a la fiesta había llegado un invitado sorpresa. El profesor Appotus le sonreía casi con flojera.

—Finalmente te arrastras fuera de la madriguera, ¿eh, Potter? ¡Atúrdanlo!

Los Aurores no pudieron cumplir la orden, porque Ron y Hermione avanzaron para proteger a su amigo con un espectáculo de hechizos no verbales que podría hacerle pasar apuros hasta al más ducho.

—¡Appotus es mío! —reclamó Lara.

Harry no pudo quitarle la batalla, porque Migdalia regresó más furiosa que antes, dispuesta a continuar el duelo.

—¡Ah! ¡Así que no estabas muerta! —dijo Appotus con indiferencia, sin dejar de apuntarle con su varita—. No fue fácil descubrirte, pero no pensé que fueras tan idiota tomarte esa leche envenenada.

La respuesta de la muchacha fue un hechizo atronador que impactó al hombre para lanzarlo contra los lavabos. Uno de ellos cedió con un ¡CRASH!, y Appotus casi queda cortado al medio a causa de la porcelana rota.

—Puta de arrabal —siseó Appotus.

Lara hizo una pirueta para esquivar un hechizo. El próximo lo evitó con un medio giro y en un par de pasos, el hombre estaba a su alcance. O al de sus botas. El profesor ahogó un grito cuando ella le pateaba la cara y después, el estómago. El hombre quedó contraído, intentando tomar un poco del aire que le habían sacado. La nariz le sangraba y se entreveía un hueco en su dentadura.

—El jefe de la guardia de Aurores de Hogwarts no es tan resistente como pensé —comentó Lara. Ladeó la cabeza—. Por supuesto. Tonta de mí. Eres humano a fin de cuentas. Y hombre. Ahora mismo, me viene un punto débil a la mente…

Le hundió el tacón de la bota en la entrepierna y Appotus lanzó un aullido inarticulado antes de encogerse sobre sí mismo, tembloroso.

—¡SECTUMSEMPRA! —bramó Harry en medio del caos.

Migdalia cayó gritando de dolor cuando en su pierna surgió una herida. Harry se volteó hacia el lavabo con la serpiente grabada en el grifo y alzó una mano. Se concentró.

—¡Ábrete! —ordenó en un susurro desmayado.

Pero de su boca no salieron palabras, sino un siseo sutil. Habló en parsel; la lengua de las serpientes. El grifo comenzó a girar con una luz blanca y se apartó dejando ver una tubería ancha.

—¡VAMOS! —ordenó.

Ron le pegó un puñetazo a Dean y corrió detrás de Harry, halando a Hermione por un brazo. Lara fue la primera en saltar por la tubería. Detrás de ella fueron Ron y Hermione. Harry saltó de último.

—¡Ciérrate! —siseó hacia arriba.

El círculo de luz se cerró de forma paulatina y todo quedó oscuro, mientras él se deslizaba como en un tobogán por la cañería.

N/A: Tarde, ¡pero seguro! ¿Hola...? ¿Alguien...? ¿Comentarios...? ¿Por favor...? Sniff, sniff.