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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 23

N/A: Este capítulo se ha quedado básicamente igual al original. No había mucha trama por cambiar: o buscaban el Horcrux, o lo buscaban. Sólo lo espulgué un poquito XD.

El viento agitaba el rebelde pelo de Harry, mientras se deslizaba por la ancha tubería. Escuchaba el débil gritito de Hermione detrás de él, Ron la acompañaba en su cántico continuado, veía a Lara a poca distancia de él. Finalmente la tubería se ensanchó y lo impulsó hacia el suelo. Cayó de pie pero el equilibrio no quiso hacerle las cosas fáciles, así que a los segundos siguientes se iba de bruces.

—¿Estás bien, Harry?

Enfocó la cara de Ron, que estaba muy pálido.

—Sí, estoy bien —dijo sacudiéndose la túnica de Hogwarts.

—¿Y si los Aurores nos siguen? —preguntó Hermione asomándose por la tubería por donde habían bajado.

—Imposible. Sellé la Cámara para que no pudieran entrar —dijo Harry. Sacudió la varita—. ¡Lumos!

La luz titilante facilitó la visibilidad. Fue mejor cuando tres lucecitas más se le unieron.

—Harry, la otra vez dejaste la Cámara abierta y pudimos salir —dijo Ron, vacilante—. Pero ahora la cerraste. ¿En la visión que te mostró el Horcrux... también te mostró otra salida?

Harry se tragó todo sentimiento a expresar.

—¡Vamos! —dijo con voz autoritaria—. ¡Es por aquí!

Los demás lo siguieron en silencio, hasta que llegaron a la zona del antiguo derrumbe, con piedras apartadas en una esquina.

—Aquí fue cuando ese inútil de Lockhart perdió la memoria —masculló Ron, entrando detrás de las chicas por el agujero en las rocas—. Al menos mi varita remendada hizo algo más que pitar.

Harry sonrió con levedad, pasando detrás de su amigo.

—¡Harry! —exclamó la voz de Hermione desde muy adelante, después de varios minutos de avanzar por el sinuoso camino—. ¡Aquí hay una figura extraña con dos serpientes!

Harry apresuró el paso y Ron lo imitó. En efecto. Delante de él había una gruesa pared en la que estaban talladas las figuras de dos serpientes enlazadas, con grandes y bri­llantes esmeraldas en los ojos. Era la entrada a la Cámara de los Secretos, construida por Salazar Slytherin. Lara y Hermione lo miraron, como esperando que Harry hiciera algo.

—Escalofriante —murmuró Ron al ver las serpientes enlazadas.

Harry se aclaró la garganta. Tenía que lograr que cobraran vida ante sus ojos. Tenía que verlas vivas. Ladeó la cabeza... y le pareció que una de las serpientes bajo la luz titilante de la varita de Lara le guiñaba un ojo esmeralda.

—¡Ábrete! —ordenó en un silbido desmayado.

La pared tembló. Las serpientes se separaron cuando el muro se dividió en dos y las dos mitades se deslizaron a los lados hasta quedar ocultas. Tomó aire y avanzó confiado. Los demás lo siguieron. Ron miró aprehensivo las altísimas columnas con serpientes talladas, que se alzaban para sostener un techo que se perdía en la oscuridad. Reinaba una penumbra verdosa. Había un silencio mortal. Un silencio inquietante. Un silencio que daba escalofríos.

El débil grito de Hermione alertó a Harry que enseguida buscó con la vista.

—¿Qué viste, Hermione? —preguntó con urgencia.

—A-Allí... —gimió ella cubriéndose los ojos con las manos.

Harry miró hacia donde señalaba Hermione. Un cuerpo negro, putrefacto, estaba desplomado escondido por las columnas y sus sombras. Aunque parte de él se podía ver perfectamente desde el extremo del salón por donde habían entrado. Era grueso como el tronco de un roble, largo y serpenteante. De su enorme boca abierta sobresalían mortales y grandes colmillos como sables, afilados y llenos de veneno. Era una serpiente inmensa. Muerta. Y estaba ciega. Ahora todos repararon en el olor a podrido reinante.

—Es el Basilisco —dijo Harry cubriéndose la nariz con una mano a medida que se acercaba a la bestia muerta.

Todos pasaron en silencio por al lado de la bestia, mirándola con creciente temor y respeto.

—Hay que meterse por la boca de Slytherin —dijo Harry. Señaló a la descomunal e imponente estatua que estaba al final, adosada a la pared—. Allí me llevó la visión.

La estatua era un mago con una larga barba, que le llegaba casi hasta el final de la túnica de mago, mientras sus pies de piedra se asentaban en el suelo.

—¿Y cómo vamos a llegar hasta allá arriba? —preguntó Ron con la cabeza descolgada para mirar la estatua—. Escalarla sería un peligro.

—Nos levitaremos —dijo Harry con decisión—. ¿Quién es el primero?

—Yo.

Harry agitó su varita contra Lara. Los pies de la muchacha despegaron del suelo y comenzó a elevarse.

—¡Acércame a la estatua! —pidió cuando ya llevaba bastante altura.

Harry empujó su varita suavemente, y Lara pudo pasar las manos por la piedra. Alcanzó la boca de Salazar Slytherin y entró por ella cuando Harry rompía el hechizo. Lara se asomó y apuntó abajo con su varita. Hermione fue la siguiente. Cuando todos estuvieron arriba, encendieron las varitas, y empezaron a caminar por el enorme túnel de la boca de Slytherin.

—Por aquí salió el basilisco cuando Riddle lo llamó —explicó Harry alumbrando con cuidado.

—¿Y pudo pasar por ahí? —preguntó Ron señalando al frente.

Topaban con el fin del túnel. O al menos eso parecía. Solo había una abertura rectangular en la pared, pegada al suelo, que permitía pasar a una persona a la vez (Harry pensó que Dudley jamás hubiese pasado por allí) y a gatas.

—Ron, por supuesto que el Basilisco no pasó por ahí —dijo Hermione—. Él debió venir por aquí...

Hermione alumbró una esquina muy oscura y enseguida saltó a la vista una enorme bifurcación, que continuaba su camino hasta perderse en la oscuridad.

—Pero es por aquí. La visión me adentró por aquí —dijo Harry. Se agachó hasta entrar por el agujero pequeño—. ¡Vamos! ¡El Horcrux está del otro lado!

Harry avanzó alumbrando con su varita, gateando todo el tiempo. El nuevo túnel no daba para agacharse y caminar erguido y aunque se pudiera hacer, gatear era mucho más cómodo. Pronto se dio cuenta de que él iba limpiando todo el camino. Las telarañas habidas y por haber se le pegaban en el pelo, en la cara, caminaba sobre un suelo blando, pero pronto se dio cuenta de que era blando a causa de la alfombra de polvo. Jadeaba a causa de la inevitable falta de oxígeno. Lo sofocaba como lo había hecho el estrecho pasillo en la casa de Hepzibah Smith. Finalmente vio luz; escuchaba a los demás arrastrándose trabajosamente detrás de él.

—¡Veo luz! —jadeó con entusiasmo—. ¡Ánimo! ¡Ya casi llegamos!

Empezó a moverse con mayor rapidez. Las gotas de sudor resbalaban por toda su cara, formando surcos en la suciedad. Sus gafas estaban empañadas y sucias. Su aliento era agitado y emocionado. Sus manos iban tan atropelladamente que se tuvo que poner la varita en un bolsillo del pantalón para no quebrarla. Hacía calor. Mucho calor allí.

Salió a la luz. Gritó cuando el borde de la piedra se rajó completamente y casi caía al fondo de la estancia, llena de un agua putrefacta, donde flotaban cadáveres aparentemente dormidos. Pero éstos se agitaron como carpas cuando los pedazos de piedra cayeron en el agua provocando ondas. Inferis.

Se quedó paralizado. Lo único que había allí para ponerse en pie era un diminuto alero de al menos veinte centímetros. Y ya él lo había resquebrajado al apoyarse.

—¿Qué sucede, Harry? —preguntó la voz de Ron por detrás de él.

—No hagan mucho ruido —murmuró Harry, examinando las paredes. Se veían como si al primer ruido brusco se pudiesen venir abajo—. No se muevan. Hay Inferis en el fondo. Y solo podemos salir de uno en uno. Solo hay un alero estrecho para caminar. Retrocedan un poco.

Harry se sentó y se impulsó con las manos hasta quedar sentado en el alero con los pies hacia los Inferis. Aguantó la respiración cuando arenilla cayó al agua y los Inferis volvieron a agitarse. Se rodó con cuidado hasta que quedó sentado en la parte sana a la derecha. Puso un pie con cuidado, apoyándose en la pared, y se levantó con el corazón en la boca. Las manos le sudaban.

—Ron... —murmuró Harry sin aliento al ver al pelirrojo—. Siéntate y córrete despacio. Cuando estés seguro, te levantas. Lara, Hermione, hagan lo mismo que Ron cuando él se haya corrido.

Ron siguió las instrucciones. O eso pensó al no escuchar ningún grito de horror. Mientras sus amigos cruzaban, investigó la nueva estancia. Era un salón circular, con diez estatuas en amplios pedestales por encima del agua de los Inferis. Todas eran idénticas hasta en el más mínimo detalle: una mujer de rostro bello y sombrero puntiagudo, de largo cabello rizado que le caía hasta media espalda. Llevaba una túnica larga que se estrujaba a sus pies, y las manos alzadas en señal de bienvenida. Con la mano derecha sostenía una varita, y en su izquierda, tenía un deslumbrante brazalete dorado con zafiros y un águila en relieve. Todos los brazaletes eran copias perfectas de los demás.

Harry se sobresaltó cuando Lara llegaba al lado de él, caminando pegada a la pared, con la respiración contenida.

—Voldemort es ingenioso —murmuró ella con la voz ligeramente temblorosa. Por primera vez, la veía expresar algo. En sus ojos brillaba el temor—. Cada vez protege más sus Horcrux.

—¿Entiendes este mecanismo nuevo? —le preguntó Harry casi sin respirar, mientras Ron se incorporaba lentamente al lado de Hermione del otro lado del agujero rectangular.

—No. Pero se deduce —dijo ella—. Si tomamos el brazalete incorrecto la estatua a la que pertenece cobrará vida y acabará con nosotros.

—Pe-Pero... podrás Abolir su magia, ¿no? —dijo Harry.

—En estos casos, prefiero no hacerlo. No sé lo que suceda.

¡CRASH!

—¡RON!

¡PATAPLASH!

Harry sintió un impulso, pero una mano pálida como la luna lo empujó por el pecho incrustándolo contra la pared. Segundos después, como en un sueño, vio a Lara sumergirse en el estanque de los Inferis.

—¡NO! —gritó Harry.

Hermione estaba agazapada contra la pared contraria a la de Harry cubriéndose la boca con las manos. A su lado, había un enorme boquete de piedra rota. Justo donde antes estaba parado Ron. Hermione emitió un sollozo ahogado cuando el agua se tiñó paulatinamente de un color rojo vivo. Era sangre.

—¡Incendio! —exclamó Harry contra el agua.

Pero el chorro de fuego se sofocó con el agua nada más de hacer contacto. La mancha de sangre en el agua se extendió.

—¡No! ¡No! —gritó Harry desesperado. Apuntó de nuevo, pero todos los Inferis parecían haber nadado al fondo como peces hambrientos—. ¡Incendio!

Una vez más el chorro de fuego se sofocó con el agua. Hermione logró volver en sí y disparó un hechizo desconocido que hendió el líquido. Harry pudo vislumbrar una masa compacta de Inferis desgarrando algo. Sin acuerdo previo, ambos lanzaron más hechizos en un intento por despejar la visión. La espalda de un Inferi rompió el agua en medio de la mancha de sangre, que se había vuelto más densa.

—¡INCEN...!

—¡No, Harry!

Harry se quedó con la varita en alto, temblando de pies a cabeza. El Inferi se volteó inmóvil y la cabeza pelirroja de Ron surgió debajo de él. Detrás de él, salió Lara. Remolcó al pelirrojo hacia un pedestal donde descansaba una de las estatuas de Ravenclaw y lo subió para dejarlo a salvo. Ella se aferró de repente con fuerza al pedestal y emitió un débil grito cuando se hundió completamente en el agua. O la hundieron.

Harry sin poder más, se dejó caer en el agua putrefacta y dio rápidas brazadas hacia el pedestal de Ron. Algo lo agarró por el tobillo y lo hundió. Sintió que el corazón se le paralizaba al ver los ojos en blanco y el pelo muerto ondulante de un Inferi.

Pero un pálido puño golpeó al Inferi por el pómulo haciendo que lo soltara. Harry vio a Lara nadando hacia él, después de pasar una mano frente a la cara del Inferi que lo había golpeado en la cabeza. La chica lo agarró por la túnica y comenzó a subirlo, pegándole patadas a los Inferis que la agarraban por los tobillos y le desgarraban la piel con sus uñas amarillentas.

Harry salió del agua mareado. Lara emergió detrás de él y se desplomó en el suelo. Estaba llena de arañazos y desgarrones en la ropa. Harry miró a Ron y se arrodilló a su lado para sentir su pulso. El chico estaba blanco como el papel y de su nariz salía un débil hilillo de agua. Tenía pulso. Débil. Pero estaba vivo.

—¡No saltes, Hermione! —dijo Harry a la chica, que todavía seguía agazapada en lo alto del alero.

Miró alrededor. Parecía que los amplios pedestales tenían algo que no dejaban subir a los Inferis, porque éstos se calmaron de nuevo cuando no había nada en el agua. Harry agitó su varita contra Hermione, y la chica salió levitada cuando el alero en donde estaba ella se resquebrajó. Aterrizó en el pedestal vecino, mirando con ojos llorosos a Ron.

—Está vivo —dijo Harry casi sin voz—. No te preocupes. En cuanto salgamos de aquí lo atendemos.

—Po-Ponle esto —dijo Hermione temblorosa, quitándose la túnica de Hogwarts.

Harry atrapó la prenda la fue a rasgar para compartirla con Lara.

—No —dijo ella con voz desfallecida—. No te preocupes por mí. Pónsela a Ron. Él la necesita más que yo.

Harry asintió y cubrió a su amigo. Se levantó y miró a la estatua de Ravenclaw que tenía delante.

—¡Hermione! —dijo con voz potente—. ¡Quítale el Brazalete a la estatua de tu pedestal!

—¿Y si no es ese? —preguntó ella con indecisión.

—No hay otra forma de comprobarlo —murmuró Harry.

Tomó impulso y saltó al pedestal de Hermione.

—No vas a estar sola —le dijo.

Hermione se terminó de acercar con cautela. Tocó el Brazalete. No sucedió nada. Animada por eso, accionó el cierre y abrió la prenda quitándoselo de la muñeca a la estatua.

—Creo que después de todo era el correcto —dijo ella.

—¡HERMIONE!

La estatua había cobrado vida y en menos de un parpadeo, golpeó a Hermione por el pecho lanzándola casi al agua de los Inferis. El Brazalete rodó por el suelo y Harry se apresuró en agarrarlo. Jadeó cuando el Brazalete se disolvió en una voluta de humo negro en sus manos.

—Falso —murmuró agitado.

Alzó la vista. La estatua de Rowena Ravenclaw lo miraba desde la cuenca vacía de sus ojos. Empuñaba la varita como si fuese una daga. Harry le envió hechizos aturdidores y la mujer de piedra retrocedió cuando un pedazo de su túnica voló en pedazos. Harry retrocedió ante una embestida, respondió con hechizos, volvió a esquivar. Se detuvo cuando el pedestal se le acabó. Hizo equilibrio con las manos para no caer de espaldas al agua. Cuando miró al frente, el brazo de la estatua se cargaba de nuevo en una puñalada directa al corazón.

La varita de piedra silbó en el aire y Harry hizo lo más lógico que se le ocurrió: hacerse a un lado. La estatua no pudo ser más rápida y percatarse de la treta. Ya había tomado demasiado impulso. Con un paso de más, cayó al agua. De inmediato, como toda estatua de piedra que se respetase, comenzó a hundirse mientras los Inferis intentaban "ahogarla".

Harry miró alrededor. Solo estaba él. Hermione permanecía aturdida. Ron estaba desmayado, todavía supurando agua por la nariz. Lara estaba llena de cruentos arañazos y no parecía tener fuerza para algo más que no fuera respirar. Harry pasó la vista por todas las estatuas. Ya había despachado una. Pero... ¿las demás le darían la misma oportunidad?

—Piensa... —murmuró revolviéndose el pelo—. No pierdas la cabeza. ¿Dónde pondrías el Horcrux si fueras Voldemort? El viejo truco de las réplicas. ¿Pero dónde está el verdadero…? —estudió su alrededor con mayor detenimiento, miles de ideas confusas, desesperadas, idiotas, le golpeaban la cabeza una y otra vez. Tuvo una inspiración—. ¡Lo tengo!

Tomó impulso y saltó al siguiente pedestal con una sonrisa.

—¡Siete Horcruxes! ¡Siete es el número mágico de la suerte! ¡Siete pedazos de almas! —exclamaba cada vez más convencido.

—¿Qué sucede, Harry? —preguntó la voz cavernosa de Hermione. Parecía haberse recobrado un poco.

—¡En la séptima…!

Harry se detuvo jadeante frente a la estatua número siete. Pero perdió un poco la sonrisa observando con cautela el rostro de la bruja. ¿Y si era contando de izquierda a derecha? Eso pronto lo sabría.

—Cuidado, Harry —susurró Hermione—. Cuidado.

Harry miró a la estatua. Sus ojos de piedra estaban por encima de su cabeza, y en su bello rostro de mujer había una sonrisa ligera. Avanzó. Sintió el gemido de Hermione cuando él tocó el Brazalete. No había otra forma de averiguarlo. Accionó el cierre y retiró la prenda. Se alejó precipitadamente apuntándole con su varita a la estatua. No sucedió nada. Se quedó atento varios minutos antes de respirar tranquilo. Definitivamente, el Brazalete de Rowena Ravenclaw que tenía en las manos, era el verdadero quinto Horcrux de Lord Voldemort.

—¡Annullare! —pensó Harry con fuerza apuntándole al Brazalete.

La prenda estalló en las manos de Harry volviéndose miles de pedazos irrecuperables, y del centro de ellos surgió una figura oscura con un grito agónico. Cuando desapareció, todo comenzó a temblar.

—¡Mierda! —masculló Harry apresurándose en saltar de pedestal en pedestal, cuando grandes trozos de techo caían provocando marejadas en el agua de los Inferis—. ¡Lo que faltaba! ¡Que esto se viniera abajo!

Harry llegó junto a Hermione y la ayudó a incorporarse.

—¿Cómo vamos a salir de aquí? —preguntó cuándo Harry la llevaba hacia el pedestal donde estaban Ron y Lara.

—Buena pregunta —murmuró el chico.

Junto a Lara hubo un estallido de plumas, y un extraño pájaro de cuerpo rechoncho y plumaje blanco esponjoso apareció, mirando con curiosidad alrededor.

—¿Un Diricawl? ¿Aquí? —murmuró Hermione frunciendo el entrecejo. Pero de repente pareció alegrarse, y mucho—. ¡Vamos Harry! ¡Ese pájaro es nuestra salvación!

Harry había visto al animal en el libro de Cuidado de las Criaturas Mágicas. Pero ese era el peor momento para ponerse a recordar qué propiedades tenía. Hermione se desprendió de él y le empezó a dar palmaditas en la cara a Lara.

—¡Vamos, Lara! ¡Despierta, por favor! —dijo desesperada mientras Harry se ocupaba de Ron. Hermione sacó su varita—. ¡Enervate!

Lara se estremeció y abrió los ojos. Se incorporó con pereza y miró alrededor, como si no recordase lo sucedido.

—¡Agarra a Ron, Harry, y aférrate al pájaro! —dijo Hermione ayudando a Lara a llegar hasta el ave, que curiosamente se había quedado quieto en una esquina del pedestal—. ¡Vamos, rápido!

Harry cargó a su amigo y corrió junto a Hermione, quien cargaba con Lara.

—Uno... —contó Hermione con una mano lista para agarrar al pájaro por un ala y Harry la imitó. Las paredes se derrumbaban, el techo se venía abajo estruendosamente—… dos... ¡TRES!

Agarraron al pájaro a un tiempo haciéndolo chillar. Todos desaparecieron en un estallido de plumas cuando un pedazo de techo destrozaba el pedestal donde antes estaban ellos.

º˜º˜º˜º˜º˜º˜º˜º˜º˜º˜º˜º˜º˜º

En las afueras de Hogsmeade, había un bosquecillo. En el centro de éste, de forma caprichosa, había algo una pradera. Se rumoreaba que a veces iban Unicornios, con su color blanco casi plateado, agitando las testas con donosura belleza, ese gesto que sólo podía pertenecer a tales animales nobles, porque ningún otro caballo podría igualar sus movimientos y menos un achaparrado centauro, que mancillaba el paisaje con sus gritos humanos y facciones neandertales.

En el centro de la pradera hubo un estallido de plumas, y un pájaro rechoncho de esponjoso plumaje blanco apareció de la nada. Aferrados a él, estaban cuatro adolescentes.

Harry recostó a Ron en el césped, mientras Hermione ayudaba a Lara a mantenerse en pie.

—¿Están bien? —preguntó Harry después de tomarle el pulso a Ron. El pelirrojo estaba bien, pero seguía desmayado.

Hermione asintió. Lara la imitó. Reunió fuerzas para hablar:

—¿Y el Horcrux?

Harry sonrió.

—Destruido —dijo.

—Faltan dos —calculó Hermione soltando aire—. Creo que debemos regresar a... a donde saben.

—¿De dónde salió ese Diricawl? —preguntó Lara al enfocar al pájaro que los había sacado de la Cámara.

—No sé —dijo Hermione encogiéndose de hombros—. Pero no pudo ser mejor bienvenido.

El pájaro agitó las alas y desapareció con un estallido de plumas.

—Bueno... vamos —dijo Harry mientras cargaba a Ron— Creo que todos necesitamos descansar. Hoy ha sido un día demasiado movidito.

—¿Y nuestras cosas? —preguntó Hermione—. ¡Se quedan en Hogwarts!

—Ginny nos las puede enviar con una lechuza —dijo Harry—. En cuanto lleguemos a casa le envío un mensaje para que reduzca nuestros baúles y los envíe, si no lo hizo ya.

Hermione asintió satisfecha, y todos desaparecieron con un "CRACK".

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N/A: Annullare: del Latín; Destruir.

N/A: Diricawl Clasificación del MM: XX

El diricawl es originario de la isla Mauricio. Con un cuerpo rechoncho y un plumaje esponjoso, este pájaro es incapaz de volar, pero dispone de un impresionante sistema para escapar del peligro. Puede desaparecer en un estallido de plumas y reaparecer en cualquier otro punto (el fénix comparte esta habilidad).