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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 27

—Harry Potter.

Su nombre fue pronunciado con delicia maquiavélica. La voz se deslizó fría, líquida, venenosa, corrió por todo su cuerpo sacudido a causa de la pérdida de efecto de la multijugos y anidó en su vientre como un puñal. Harry alzó la varita contra Lord Voldemort, mas antes de que entablaran un combate encarnizado en el reducido salón, el mago oscuro bloqueó un hechizo de Lara y la onda que provocó el parón la lanzó contra una vitrina. De otro movimiento de su varita, Ron y Hermione fueron abatidos con una facilidad absurda.

—¡Te espero, Potter! —rió Voldemort.

Y el Lord desapareció con un sordo «¡crack!». Harry gritó de furia y, sin detenerse a pensar que podía tratarse de una trampa (lo cual era, sin dudas), se lanzó fuera de la habitación.

Lara se removió entre las astillas y cristales de la vitrina. Se incorporó sin hacer caso de los rasguños y una vez en pie, revisó que no tuviese cortaduras serias. Desde su posición vio a Ron y Hermione tendidos en la entrada. Ya eran ellos mismos, como igual ella ya no poseía el disfraz de Bellatrix. La figura encapuchada que estaba arrodillada junto a los muchachos volteó la cabeza hacia ella. Se levantó entre espasmos y corrió a cerrar la puerta del salón. Lara mantuvo la distancia y la figura permaneció apoyada en la madera, respirando con agitación.

—Es peligroso que estés aquí, padre —dijo Lara y se acercó un par de pasos. La figura se encogió, temblorosa—. No estás bien. Mañana es luna llena, no te has recuperado de tus últimas heridas…

—Eso no importa. Tengo una misión que cumplir, sin importar qué. Se ha desatado el caos —dijo el hombre con voz ronca, estrangulada—. ¿Mataron a la serpiente y él sigue vivo, cierto?

—Sí, padre —respondió Lara—. ¿A dónde ha ido?

—A darle la bienvenida a Potter —la figura enterró las uñas en la puerta, como si sufriese un dolor agudo. Después, poco a poco, sus dedos se relajaron y tomó una bocanada de aire—. Típico. No existe villano alguno, hasta ahora, que aprenda a hacer las cosas como deben ser. Y es una suerte para «los chicos buenos».

—¿A qué te refieres?

—Quiere matar a Potter con sus propias manos, pero en vez de aprovechar el instante en que se quedaron solos aquí, ha bajado a montar un espectáculo para sus seguidores. Significa que Potter tiene una oportunidad… o ninguna, según el punto de vista. Y tú… tú eres la única que puede cambiar el curso de todo.

—Si te refieres a dejar sin magia a Voldemort…

—No. Eso es una ventaja. Dije: oportunidad.

Lara terminó de acercarse a la figura, apoyó una mano en su hombro y lo obligó a girar con lentitud. Bajo los pliegues de la capa, vio el rostro lacerado del hombre-lobo.

—Ya sabías que Voldemort no iba a morir aunque despacháramos a la serpiente —dijo. Lupin asintió. No dejaba de mirarla con ansiedad—. ¿Hay algo que debas contarme, padre?

El hombre se lo dijo. Lara por primera vez, experimentó la estupefacción.

Harry se dijo que no era tan idiota de saltar temerario en cada salón que encontrase. Al menos eso tuvo tiempo de pensarlo bien. Había perdido la cuenta de las habitaciones que había registrado en busca de Voldemort. Le preocupaba no haberse encontrado a nadie. A su llegada la vivienda rebosaba de visitantes, ahora, parecía abandonada. Se había deshecho de la capa negra y necesitó recortar las perneras del pantalón y las mangas de la camisa, además de apretarse el cinto, para que las ropas de la talla de Snape le ajustaran. En otro momento se hubiese sentido ridículo. Pero no era tiempo de preocuparse por su aspecto. También comenzaba a reprocharse por dejar a sus amigos atrás. Pero después se convenció de que era lo mejor. Olvidados en aquel salón de reuniones, estarían a salvo.

Se detuvo en una nueva bifurcación. No extendió la mano para apuntar con su varita, sino que la mantuvo cerca del cuerpo. No quería arriesgarse a que alguien lo patease y le quitara su arma. Dobló de un salto, de repente, mas no tomó por sorpresa a la mujer que lo esperaba.

—¡Hola, bebé Potter! —chilló ella con una sonrisa desagradable—. ¿Vienes a jugar con la tía Bella…?

Harry alzó la varita por toda respuesta. La mujer que tenía ante sí, era la verdadera Bellatrix Lestrange. Enfrentarse por segunda vez a ella, no iba a ser coser y cantar. No después de que casi la matara en Borgin & Burkes.

Lara terminó de cerrar la herida en un brazo de Hermione, mientras Lupin se ocupaba de Ron quien presentaba un corte feo en el pecho. Pero por suerte, el brujo nada más llegar empleó un extraño cántico que unió las carnes, detuvo el sangrado y, por el momento, el pelirrojo estaba fuera de peligro.

—Ponlos a salvo, padre —indicó Lara. Por suerte, las ropas de Bellatrix encajaban bien en su cuerpo real. Solo necesitó rasgar las faldas para tener mayor libertad de movimiento—. Iré a brindarle a Harry esa oportunidad...

Lupin la aferró por un brazo antes de que ella abandonase el salón.

—Ten cuidado, hija —susurró—. No quiero volver a perderte.

Ella no respondió. Realizó una floritura con su varita con la cual se encerró a sí misma y murmuró "Filtriddare". Sobre su cuerpo surgió una armadura de plata, con piezas ligeras y capa oscura. Un casco ornamentado cubrió su cabeza. Lupin emitió un breve suspiro bajo su aliento.

—Capa de caballero —susurró—. Hechizo antiguo…

—Pero efectivo en cuanto a protección mágica —dijo Lara. Abrió la puerta y miró a Lupin, agazapado junto a Ron y Hermione—. Adiós, padre.

Si Lupin le respondió o no, nunca lo supo. Ella ya se encaminaba por el pasillo con su brillante armadura para rescatar a un mancebo en apuros.

Harry se lanzó al suelo para evitar un hechizo que reventó la pared donde antes estuvo su cabeza. Rodó a la derecha y en cuanto se detuvo, envió un hechizo contra Bellatrix, quien lo esquivó con insultante facilidad. Se puso en pie y tuvo que poner a punto mano y mente, porque la mujer le envió una metralla multicolor mientras reía, mil veces más escalofriante que como lo había hecho Lara.

—¡El bebé Potter sigue siendo un bebé! —se burló ella del otro lado de la maraña de luz. Harry apenas tenía milésimas de segundos para esquivar un hechizo y preocuparse por desviar otro—. ¡Quédate quieto, quieto bebé, vas a hacerte daño, ja, ja, ja!

—¿Qué haces aquí, Bellatrix? —Harry se acercó un par de pasos a la mujer mas tuvo que retrocederlos ante su ensañamiento—. ¿Arruinarle el momento a tu señor…?

—¡No! —gritó ella, histérica—. ¡Él me llamó y yo regresé, al instante, me dijo que Potter y sus amiguitos jugaron a ser de los nuestros! Me castigó por mi descuido, por dejar que algún sangre sucia me arrancara cabellos y los usara en una asquerosa multijugos, ¡pero el Señor me dijo que podía redimirme! ¡Me envió aquí, porque el bebé Potter tardaba mucho, pero ya lo encontré, ya lo encontré…!

El techo explotó ante un hechizo ciego y Harry se apartó para no resultar sepultado o muerto por algún golpe en la cabeza. Todo el ambiente se cubrió de polvo blanco y bloqueó toda visibilidad. Logró ocultarse tras un gabinete (¿qué hacía un gabinete allí?) ubicado al inicio (o final, dependiendo del punto de vista) del pasillo, que milagrosamente había sobrevivido a la trifulca. Escuchó la respiración agitada de Bellatrix. Luego sus tacones repicar en el suelo. Tac, tac, tac. La risita pseudodiabólica. Ji, ji, ji. Tac, tac, tac. Su confesión susurrada: le dije a mi Señor que te llevaría abajo. Pero le advertí que eras un bebé muy testarudo, Pottercito. Y a los bebés testarudos, les pasan cosas malas. Harry contuvo la respiración. Lo estaba buscando. No tardaría en llegar a él. Tac, tac, tac. Ji, ji, ji. ¿Pottercito? Harry se agazapó tras el mueble sin hacer ruido y alzó la varita, vigilando el borde de madera que lo ocultaba.

—¡Te encontré…!

Bellatrix frunció el ceño al no ver a nadie del otro lado del gabinete, e incluso se inclinó intrigada, por si el muchacho se había convertido en un liliputiense. Harry, sin embargo, sí estaba allí en su tamaño real. En una hábil maniobra, sacó el brazo por entre la capa invisible y empujó su varita contra el pecho de Bellatrix quien gritó de sorpresa. Sectumsempra se deslizó fuera de sus labios con facilidad. Esta vez, no hubo Colagusano alguno que tropezara contra él y desviase el hechizo. El corte se provocó donde debía provocarse. La sangre, manó de donde debía manar.

Lara dejó de escuchar los ruidos propios de una batalla mágica encarnizada y se detuvo antes de tomar una bifurcación. Se pegó a la pared y prestó oído. Silencio. Un grito de sorpresa, corto y vibrante. Más silencio. Mantuvo la varita pegada al cuerpo y no abandonó la prudencia al reanudar su camino. Sospechaba que la mansión en ese instante estaba hechizada para presentar un aspecto laberíntico. Pero ya estaba muy cerca de la fuente del sonido. Todo se confirmó en cuanto vio polvo y restos de astillas.

Avanzó hasta la próxima bifurcación y le costó creer que antes había sido un pasillo. El techo estaba descarnado y sus restos, bien desparramados por doquier. Junto a un gabinete (que por algún motivo estaba intacto), estaba Bellatrix Lestrange. Lara alistó la varita y se acercó a ella. Tenía los ojos vidriosos clavados en el techo. De la boca entreabierta le corría un hilillo de sangre. Pero donde estaba el problema, era en su pecho abierto en un corte profundo, oscuro de tanta sangre que escapaba en un lento fluir. Lara se arrodilló a tocarle el cuello. Estaba tibia. Sin pulso.

—Dos minutos. Tres —estimó el tiempo de muerte—. Él no debe estar lejos.

Evitó pisar el charco de sangre engrudada con restos de cemento y siguió su camino tras el rastro de Harry. Esperaba no llegar tarde.

Era tarde para regresar. Lo supo en cuanto entró en el salón que parecía abandonado. Oscuro. Silencioso. Antinatural. Luego los susurros, sombras que se deslizaron a su alrededor y lo ahogaron en un remolino de capas y máscaras mortífagas. Tarde, se dijo Harry con los músculos tan tensos que comenzaba a sentir malestar; muy tarde.

Las luces quemaron sus ojos cuando se encendieron todas a la vez. A pesar de todo se mantuvo firme, con la varita apretada en su mano. Escuchó risas hirientes, burlonas, de ansiedad. Distinguió siluetas difusas que se movían, inquietas, en la periferia de su visión, porque frente a él había una mancha grande, como un gran murciélago.

—¡Por favor, por favor, silencio! ¿Dónde están sus buenos modales? —era la voz de Voldemort. Harry se frotó los ojos y pudo distinguirlo a un par de metros de él, con su túnica negra y su palidez mortal, delgado, sinuoso. Aunque sus facciones estaban tensas y en el fondo de los ojos rojos, bailaba la ira—. ¡Tenemos un invitado especial, quien se tomó muchas molestias para estar aquí hoy! Debemos ser buenos anfitriones...

La mirada roja taladró la verde de Harry hasta hacerlo lagrimear, aunque podría ser consecuencia de acabar de recuperar la vista. En un movimiento mecánico, alzó la varita y la dirigió justo al pecho del Lord Oscuro.

Los gritos repentinos y el que un hechizo le zumbara en la oreja derecha lo obligaron a desistir de su maniobra para lanzarse a un lado. Todo se volvió un caos en el salón. Vio de reojo a los verdaderos Lucius y Narcisa desaparecer tomados de la mano junto al destello de un asustado Draco. No vio a Snape (si es que lo convocaron a él también), pero sí a Crabbe y Goyle, empeñados en maldecir a alguien y no parecían pasarla muy bien. Harry tuvo que ponerse en pie y defenderse porque, a pesar de no estar en la mira de Voldemort, sus sirvientes se lanzaban en su captura.

Después de aturdir a un par de mortífagos pudo ver destellos plateados allí donde se había originado la lucha. Esquivó un hechizo, luego otro y mandó a volar a una mortífaga. Escuchaba su nombre. ¡Harry, Harry, conmigo, rápido…! Corrió un parde zancadas y tuvo que apartarse de la estatua que lanzaron contra él hasta caer bajo una mesa. ¡Harry…! Era Lara. Estaba totalmente diferente a como la dejó en el salón: ahora vestía una armadura de plata y capa oscura, parecía más vital, más ágil, más mortífera. Los hechizos rebotaban sobre el conjunto como agua sobre un impermeable. Intentaba abrirse camino hacia él… ¡Debes saber algo…!

¿Qué es?, quiso gritarle mientras abandonaba la protección de la mesa; ¡dime! Pero eran separados por demasiados mortífagos testarudos. Harry abatió a una bruja de un solo hechizo y se sintió más cerca de Lara. Sin embargo, el movimiento que captó por el rabillo del ojo aprisionó su atención. Voldemort escapaba por una puerta a pocos pasos de su posición. Harry giró sobre sus talones y corrió tras él, lanzando hechizos a diestra y siniestra. Lo sentía por Lara. Él tenía una profecía que cumplir. Antes de desaparecer tras la puerta, pudo escuchar el grito de advertencia de la muchacha.

La puerta llevaba a un pasillo, el pasillo a un recibidor y el recibidor a un salón principal. Cuando puso un pie allí, el dolor de cicatriz lo cegó. Retrocedió, aturdido. Veía todo blanco. No definía imágenes. Su mente se había bloqueado.

—Veo que sigues jugando tu papel de héroe —siseó Voldemort en algún lugar.

Un haz de luz impactó a Harry por el pecho haciéndolo dar dos mortales en el aire antes de caer de espaldas al suelo. Rodó evitando dos haces de luz verde y se incorporó enviando hechizos contra Voldemort sin descanso, mientras el dolor de cicatriz lo hacía parpadear constantemente y los deseos de gritar de dolor nacían de su pecho como alaridos de bestia.

Harry pudo abrir los ojos sin sentir que le hacían una lobectomía y no supo cómo (tampoco intentó averiguarlo más tarde) conjuró uno de los hechizos antiguos que Hermione se empeñó tanto en hacerlo aprender. Por desgracia, Voldemort logró convocar una protección potente para resistirlo, pero retrocedió con violencia a causa del impacto y dio contra una pared. Lo escuchó gritar, rabioso:

—¡Aunque hayas aprendido unos cuantos trucos, no puedes contra mí, niño patético! ¡Avada Kedavra!

Harry esquivó por los pelos el chorro de luz verde. El dolor de cicatriz era tan extremo que comenzaba a volverse lento. Sin pensar en lo que hacía, abandonó el salón a la carrera. Necesitaba calmarse el dolor de cicatriz a un lugar seguro. No podía seguir así. No podía ver. ¡No podía formular los hechizos! ¡No podía combatir en esas condiciones!

Corrió por un pasillo lleno de puertas, empujó la antepenúltima y cayó de lado en el suelo. Su cerebro se bloqueaba. El dolor le paralizaba la mente y las extremidades. Agarró un jarrón de porcelana encima de una mesita y se lo pegó a la cicatriz. Cerró los ojos, plácido, y se recostó en una pared. El dolor aminoraba.

—¿Dónde estás, Harry?—llamó la voz de Voldemort. Aunque estaba seguro de que solo lo escuchaba él. Hubo un estruendo muy similar al de una puerta que es arrancada de sus goznes—. ¿Quieres jugar a los escondidos?

Permaneció en silencio, a pesar de saber que el señor Oscuro estaba bastante lejos.

—¡No seas estúpido y ríndete! ¡Sabes que nunca podrás matarme! Aunque acabes con mi cuerpo seguiré vivo. Has destruido todos mis Horcruxes, o casi todos. Pero te falló la cuenta… Falta uno. ¡El último Horcrux eres TÚ!

Harry sintió cómo caía en un abismo. ¿Él, un Horcrux? Por desgracia, no pudo pensar que se trataba de un sueño o alucinación auditiva, porque Voldemort continuó su monólogo:

—Es verdad que trasmití algunos de mis poderes en ti la noche en que te fui a matar. Es verdad que quedé moribundo, reducido a algo menos que estar vivo. Pero al transmitirte mis poderes dejé un pedazo de mi alma en ti. ¿Crees, niño estúpido, que nunca me percaté de nuestra inusual conexión y no me interesé en el por qué se formó? ¿Crees que no volví a usarla con mesura después de nuestro último encuentro en el Ministerio de Magia? ¿Cómo crees que lo supe? Finalmente se cumplió mi deseo, ¡siete Horcruxes, siete pedazos de alma y tú eres ese séptimo!

La puerta de la habitación donde estaba agazapado Harry saltó fuera de sus goznes y Lord Voldemort entró.

—No me importaría matarte —susurró apuntándole con la varita—. Aunque seas mi Horcrux.

Pero antes de que Harry pensase cualquier hechizo, una voz gritó a espaldas de Voldemort algo indescifrable y el Lord Oscuro se desplomó en el suelo. Harry miró al frente. Lara estaba en el umbral de la puerta con su reluciente armadura, pero sin un blanco corcel.

—¡Lara! ¿Qué has hecho…? —preguntó Harry débilmente—. Él… no puede…

—No lo he matado. Sólo estará aturdido por algunos minutos. He avisado al Ministerio. En este instante se realiza la purga, no tenemos mucho tiempo —lo cortó ella. Se acercó para agarrarlo de un brazo y tirar de él—. Ven conmigo.

—No, tú no lo entiendes, es…

—Hay que sacarte ese Horcrux.

Harry quedó sin habla. Lara lo llevaba de regreso al salón donde el dolor de cicatriz se había hecho insoportable y, también, donde no pudo hacerle frente a Voldemort.

—¿De qué… cómo lo sabes? ¿Voldemort habló para toda la mansión…?

—No. Mi padre me lo dijo. Lo descubrió un poco tarde, si puedo decir. Por eso intentaba llegar a ti antes de que intentaras acabar con Voldemort —se detuvo junto a un desastre decorativo y lo miró con intensidad—. Debo quitarte el Horcrux. Quédate quieto. Y en silencio —amenazó cuando Harry hacía el intento de replicar.

Pasó la mano con lentitud frente al rostro de Harry. Pero cuando llegó a quedar en paralelo a la cicatriz, comenzó a temblar.

—¿Qué haces, Lara? —preguntó Harry con los dientes apretados.

Ella no respondió. Harry empezó a sudar, sus ojos se nublaban, estaba mareado, como si le faltase el oxígeno. Sus pupilas se dilataron y se estrecharon como si estuviese siendo expuesto a cambios de luz. Su cicatriz se abría. Lo sentía. Algo se movía en su interior. Algo era extraído con lentitud, poco a poco, resistiéndose. El zumbido que atenazaba sus oídos se volvió insoportable. Harry temblaba de pies a cabeza, con los ojos en blanco. Ese algo que tenía en su interior lo desgarraba. De repente, no supo por qué, le vino a la mente una película de alienígenas incubados en los estómagos humanos y, para salir, desgarraban la tripa. Solo que a él le abrían la cabeza.

El zumbido desapareció de sus oídos. Abrió los ojos. De su frente escapaba una neblina oscura, atraída irremediablemente por la mano de Lara quien mostraba una expresión de sufrimiento extremo: dientes muy apretados y la cara contorsionada del esfuerzo. Emitió el grito de dolor que Harry mantuvo atorado en la garganta y con un último esfuerzo, la neblina anidó en su mano y la arrancó del cuerpo de Harry. Se tambaleó atrás e intentó cerrar la mano, pero el engendro oscuro informe chillaba, se debatía en fluctuaciones. Quería escapar a la abolición de magia. En un último esfuerzo, Lara cerró la mano y la niebla negra desapareció en una bocanada de humo. Lara retrocedió hasta apoyarse en un butacón. De repente parecía estar débil, sumamente débil. Harry sintió que era lo justo por acabar con un Horcrux a mano limpia. Literalmente. Se acercó a ella y alzó una mano, pero ella lo apartó con brusquedad y se impulsó al frente, señalando a alguien a quien no podía ver.

Harry vio el haz de luz verde y gritó una advertencia. Fue tarde. Aunque el Avada Kedavra perdió poder y potencia en el aire hasta volverse un débil hilo, impactó a Lara por el estómago y la elevó por el aire. La armadura se desprendió de ella en mil esquirlas diminutas, brillantes. La capa fue carcomida por un fuego invisible que la redujo a cenizas. Pareció magnífica, iluminada. La visión solo duró fracciones de segundos, porque a los siguientes era estampada contra una pared y caía sobre escombros que fueron testigos inanimados del vano intento de Harry por luchar ciego de dolor. El muchacho se volteó para apuntarle a Voldemort con su varita,

—Ahora que hemos erradicado las presencias innecesarias, terminemos con esto. No más ceremonias —dijo Voldemort con una sonrisa macabra. Blandió su varita—: ¡AVADA KEDAVRA!

Mas solo salió una bocanada de humo verde.

—¿Qué demonios? —murmuró Voldemort. Volvió a apuntarle a Harry—. ¡Avada Kedavra!

—¡Es inútil! —gritó Harry envuelto en una euforia extraña—. ¡Ella destruyó tu sexto Horcrux y te dejó sin poder mágico! ¡SECTUMSEMPRA!

El corte se abrió en el pecho del Señor Oscuro sin nada que lo produjese, quien miró, sorprendido, cómo el fluido vital escapaba de su cuerpo. Alzó su varita y trató de curarse, pero le fue imposible, porque no tenía magia.

—¡SECTUMSEMPRA! —volvió a gritar Harry y en medio de una ira descomunal, conjuró algo que nunca pensó en hacer—: ¡AVADA KEDAVRA!

Un haz verde que zumbaba su torrente de muerte atravesó como una lanza de luz el pecho de Lord Voldemort. Cayó arrodillado en el suelo. Emitió una risa sin sentido y cayó desplomado sobre el charco de su propia sangre.

Harry aún se mantenía con la varita en alto, sin despegar la vista del cuerpo de Voldemort. Lentamente, su cerebro comenzó a despertar, a recordar dónde estaba, por qué y lo que había hecho. También recordó que no estaba solo. Dio media vuelta y corrió hacia los escombros donde Lara yacía.

—¡Lara...! ¡No, no... por favor... resiste...!

—¡Apártate, Potter!

Harry sintió unas manos que lo aferraron por los hombros y de un tirón lo lanzaron a un lado. Se sentó en el suelo y limpió sus gafas llenas de polvo. La primera impresión, fue que Lupin cargaba a Lara en brazos y la apartaba de los escombros, para dejarla tendida sobre un sofá sin destrozar (milagrosamente). Segundos después, Lupin dejó de ser Lupin. Su cabello se volvió liso, negro, largo, que le llegaba casi por los hombros. Su rostro palideció y le creció una nariz ganchuda. Sus ojos ya no eran castaños, sino negros, como túneles sin final, abiertos de miedo mientras comprobaba el pulso en el cuello de la muchacha.

—Apártese de Lara.

Snape no le prestó atención, encorvado sobre el cuerpo de la muchacha. Harry tardó un par de segundos en percatarse de que el hombre hacía lo posible por contener la angustia. Se deshizo de la capa raída del disfraz de Lupin y cubrió con ella a Lara. Después, dedicó una mirada furiosa a Harry.

—Ella está viva. Apenas —musitó. No parecía importarle que Harry le apuntase con la varita, ni su rostro congestionado, dividido entre la estupefacción y el odio—. Ocúpate de que la traten bien en San Mungo. Después iré a buscarla.

—¿Qué…? Usted… usted no buscará a nadie… ¡Si alguien buscará a Lara es Lupin, su padre!

Snape dejó escapar una risa amarga.

—Sí, estoy al tanto de tal suplantación de paternidad —dijo con acidez—. Pero todo terminó: la misión para la que te cebó Dumbledore todos estos años, la mía y la de ella. Estoy libre para reclamar a mi hija. Vendrá conmigo, como debió ser desde el inicio…

—No sé de qué habla pero juro que…

El gemido cortó la discusión. Lara volvía en sí. Entreabrió los ojos y Snape se apresuró en agacharse junto a ella y sostener su mano.

—¿Dónde estoy? —preguntó ella con voz débil.

—Shhh, no hables —susurró Snape—, guarda fuerzas…

—¿Remus? —apenas murmuró ella.

—No. Lupin era un impostor. Soy tu padre. Tu verdadero padre —dijo Snape con ansiedad, pero la muchacha había vuelto a perder la conciencia. Le besó la frente y se puso en pie—. Llévala a San Mungo. Después la voy a buscar.

Como Harry de forma obstinada mantenía la varita arriba, Snape hizo una floritura en el aire para conjurar un frasco de cristal con un corcho. Apoyó su varita en la sien y tiró con suavidad. Extrajo una larga tira de pensamiento plateado, muy larga. La dejó caer en el frasco y lo tapó con el corcho.

—Espero que esto te convenza, Potter —dijo con frialdad, al dejar el frasco al alcance de Harry—. Ya nos veremos. Los refuerzos del Ministerio no deben tardar en llegar aquí.

Desapareció con un "¡Crack!". Harry miró el frasco con las memorias. Quería aceptarlo pero a la vez, se decía que no le iba a hacer ningún bien saber la verdad. Después de varios minutos de debate interno, recogió el frasco y se lo guardó en el interior de la túnica. Comprobó que Lara siguiese inconsciente pero viva y convocó a su Patronus. Un hermoso ciervo plateado se desprendió de su varita y lo miró con sus ojos brillantes.

—Busca ayuda —dijo.

El ciervo agitó la cabeza y de un salto traspasó la pared. Harry bajó la vista hacia Lara y soltó aire. Tenía que ser mentira.