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Harry Potter y el Último Horcrux — capítulo 28

Remus Lupin caminaba aprisa por los pasillos de San Mungo. Aunque solo había ido a la cafetería a buscar sendas tazas de té, había algo que lo preocupaba. Empujó una puerta blanca con un hombro y terminó de entrar. Harry se levantó de la silla como si hubiese tenido un resorte y agarró la taza de té antes de que el brujo se la ofreciese.

—¿Qué haces levantado? —le preguntó Lupin, ceñudo.

—Estoy bien —dijo Harry sentándose de nuevo en la misma silla.

—¿Estás seguro? —insistió el brujo.

Harry asintió.

Habían pasado tres horas desde su encuentro con Lord Voldemort. Tres horas en las que tuvo que permanecer acostado en una cama, examinado por varios curanderos. Eficientes, pero muy preguntones. Querían saber con lujo de detalles cómo murió Voldemort. En realidad, todo San Mungo quería saber. Así que le hacían visitas irritables a la habitación, ofreciéndole confort desde una toalla tibia hasta caramelos, hasta que Lupin se cansó y cerró la puerta en la cara a tres curanderas curiosas.

El mismísimo Ministro de Magia: Rufus Scrimgeour, se había presentado en la habitación media hora atrás.

—¿Estás bien, Harry? —le había preguntado por quinta vez en los dos minutos de visita.

—Sí, señor —contestó Harry también por quinta vez, gélido.

—Has… has hecho una gran hazaña, ¿cierto?

—Eso dicen —dijo Harry encogiéndose de hombros.

—*¡Eso dicen!*Oh mi muchacho, no sabes nada —exclamó Scrimgeour con una sonrisa vacilante—. ¡Has vencido al mago Tenebroso más poderoso de todos los tiempos! ¡Por Merlín! ¡Eres grandioso, Harry!

—Usted no pensaba lo mismo cuando me acusó de tener Horcruxes —masculló.

El Ministro carraspeó.

—Creo que podemos olvidar ese pequeño malentendido y concentrarnos en los hechos actuales, como por ejemplo, tu amiga —cambió de tema. Todo buen político que se respetase siempre tenía los recursos necesarios para llevar por otros derroteros una conversación incómoda. Y Rufus Scrimgeour era un buen político. Y también se respetaba—. Tú ganaste la batalla con apenas unos rasguños. Ella no tuvo tanta suerte.

Harry miró a la cama que tenía al lado. Lara dormía en ella. La muchacha había llegado moribunda a San Mungo. Hasta los curanderos dijeron asombrados que había sido un milagro que se salvara. Pero por suerte la habilidad de Lara de Abolir Magia, aunado al poder de aquella extraña armadura, logró quitarle mucho poder mágico a la maldición asesina de Voldemort.

Pero de todas formas la maldición la había impactado y casi le hace trizas el hígado y el páncreas. Hubiese sido la muerte de Lara si no la hubiesen llevado de inmediato a San Mungo. Ella todavía estaba muy débil y debían limpiar su sangre a causa de las heridas en el hígado. Harry siempre pensó que ella tuvo mucha suerte después de enfrentarse a una horda de mortífagos y servir de escudo humano. Lara simplemente descansaba después de un día muy largo y tedioso.

—Ella me salvó la vida —murmuró Harry—. Por eso está así.

—¡Pero está viva! —dijo Scrimgeour en el mismo tono que debió usar el Dr. Víctor Frankenstein cuando por fin revivió a su monstruo—. Luchó y venció, su nombre será recordado también en el Mundo Mágico…

—No creo que ella quiera eso.

—Deberías preguntarle cuando despierte. Espero ansioso su respuesta… y tú, querido muchacho, si deseas algo... el Mundo Mágico está en deuda contigo. Pide lo que quieras.

—Que me dejen en paz —masculló Harry y se hundió en su cama.

El Ministro quedó estupefacto y después de decir que le enviaba una lechuza para saber de su recuperación, salió de la habitación apresuradamente.

Pero a Harry en esos momentos, mientras observaba el rostro relajado de Lara, lo inquietaba otra cosa.

—Ron y Hermione están bien. Les darán de alta dentro de unas horas —dijo Lupin sacándolo de sus pensamientos—. Quien quiera que los haya curado antes de traerlos aquí, hizo muy buen trabajo.

—Bien, es... perfecto —murmuró Harry. Alzó la cabeza y miró a Lupin para preguntar—: ¿Trajo lo que le pedí?

—Sí.

Lupin sacó de entre sus ropas un cuenco de piedra pequeño, le dio un toque con su varita y aumentó de tamaño dejando ver realmente lo que era: un pensadero.

—Me encontré con Snape —dijo Harry levantándose y buscado algo en el armario pequeño que había en la habitación—. Me dijo un montón de tonterías. Que Lara era su hija y que vendría a llevársela —cerró el armario y se volteó con una botellita sellada. Dentro de ella, había una especie de sustancia plateada—. Me dio memorias. Está loco, ¿sabe?

—¿Entonces por qué guardas sus memorias?

Harry miró el frasco como si acabase de percatarse de que lo sostenía.

—Me da curiosidad. Aunque podría destruirlas…

—No. Si Snape te entregó las memorias es porque quizás aclaren un par de cosas.

Harry zangoloteó la cabeza, indeciso. Mas al final vertió el líquido plateado en el pensadero. No le sorprendió que Lupin se acercase. Miró al brujo, inquisitivo

—Tú primero —dijo el hombre-lobo.

Harry tomó aire y hundió la cara en el pensadero volcándose dentro de él. No acababa de tocar tierra firme cuando Lupin cayó a su lado.

Estaban en una estancia en penumbras. La primera impresión de Harry era que no había nadie. Las paredes estaban cubiertas de libros, la mayoría con tapas oscuras. La lámpara de techo estaba apagada y la única fuente de luz era la luz de luna que lograba colarse por las rendijas de las ventanas casi cerradas. La habitación era pequeña, con un sofá raído, una mesita desvencijada y un sillón viejo que no estaba vacío.

Había alguien sentado en él. Lupin le puso una mano en un hombro a Harry y lo condujo hasta que los dos quedaran frente al sillón.

Allí dormitaba un hombre. Vestido con ropas oscuras, cargaba sutilmente lo que parecía ser un bulto de telas sobre su pecho, terminando apoyadas en su hombro izquierdo. Harry entornó los ojos. No veía bien con toda esa penumbra. Lupin estaba a su lado, en mutis. Tocaron a la puerta y Harry se sobresaltó.

El hombre del sillón abrió los ojos, oscuros, como túneles sin final. Acarició con suavidad el bulto de telas. Volvieron a tocar a la puerta con insistencia, pero el hombre permaneció en silencio, sin moverse. Tocaron más fuerte. Quien quiera que fuera quería entrar a la casa a toda costa. El hombre por fin se levantó. Los rayos de luna lo iluminaron. Tenía piel cetrina, pelo negro liso, grasoso, que le caía en cortinas enmarcándole la cara y una prominente nariz ganchuda. El hombre, no era otro que un joven Severus Snape. No había soltado el bulto de telas. Snape se acercó al sofá raído y dejó su carga allí. Se enderezó de golpe cuando volvieron a tocar a la puerta. Avanzó por la habitación hasta la puerta y Harry pudo acercarse al sofá. No era un bulto de telas. Era un bebé y estaba despierto. Miraba al techo con unos ojillos aun de un azul muy oscuro. Con incomodidad, intentaba zafarse de las ataduras de telas.

—¿Quién es?

Harry se sobresaltó con el susurro de Snape, quien había abierto una rendija de la puerta y miraba afuera.

—Soy yo, Severus. Abre.

Snape no abrió, por lo que Harry tuvo que moverse para confirmar quien era el visitante. Por la misma rendida por donde se asomaba Snape, se entreveía a un mago alto y delgado, con larga barba plateada que le llegaba casi a la cintura. Tenía nariz curva y ojos azules, vivaces. Albus Dumbledore. Snape gruñó.

—No estoy disponible ahora. Una lástima que vinieras hasta aquí…

—Buenas noches, Severus —lo cortó Dumbledore con cordialidad—. Voy a olvidar tu falta de educación y también diré lo que vengo a…

—Ella ya no está conmigo —atajó Snape.

Dumbledore arqueó ambas cejas. Harry sentía la tensión arremolinarse en el ambiente. Lupin no se había movido del sofá, donde descansaba el bebé.

—¿Dónde la dejaste? —preguntó Dumbledore.

—Lejos.

—Necesito que me digas.

—Lo siento. Por su seguridad, no puedo decirlo.

—¡Ah, Severus, claro que puedes decirlo! ¿No sería mejor discutir esto al abrigo de tu casa? Es una noche lluviosa y mis huesos ya no son jóvenes, ¿podemos calentarnos en el hogar, con una taza de té, quizás…? —con delicadeza, sin irrumpir, sin parecer una violación a la propiedad, Dumbledore logró abrir la puerta lo justo para entrar en la casa. Snape le bloqueó el paso, con los labios apretados en una raya fina de tensión—. ¿Por qué estás tan a oscuras, Severus?

Dio la impresión de que Snape iba a abalanzarse sobre Dumbledore cuando éste alzó su varita. Hubo un estallido y la lámpara de techo se encendió, pero acto seguido, el bebé empezó a llorar. Harry se apartó cuando Snape fue hacia el sofá y cargó al bebé que lloraba para apretarlo contra su pecho susurrándole palabras de consuelo.

—Eres un fantástico Occlumens —dijo Dumbledore con voz queda—. ¿Por qué no la has dejado en otro lugar, como acordamos?

Snape lo miró con fiereza. El bebé había dejado de llorar al mero contacto con el brujo.

—Es mi hija. Está segura conmigo.

—No es cierto. Ella está en peligro. Entrégame al bebé.

En los ojos negros de Snape surgió un brillo feroz. Cubrió al bebé con sus brazos, pero Harry vio que lo hacía con su propia vida.

—No.

—No seas terco, Severus —dijo Dumbledore con brusquedad—No la vas a poder criar solo. Sé que te afectó la muerte de Florence... pero ella...

—Ella hubiese querido que criara a nuestra hija.

—No será permanente. La vas a volver a ver.

Snape estrechó los ojos y su voz escapó ronca, fiera:

—¿Qué dices?

—La vas a volver a ver. Antes de que cumpla los diecisiete. Dos días antes de su decimoséptimo cumpleaños. La citaré en la base de operaciones de la Orden del Fénix, sea cual sea en el futuro. Pero ahora, entrégamela.

—No.

Dumbledore emitió un suspiro de derrota.

—Como quieras —dijo—. Pero creo que te ves cansado. Déjame prepararte un té. Tengo entendido que casi acabaste de llegar de donde estaba Voldemort. ¿Dónde la tenías?

—Le doy poción para dormir cada vez que salgo. No puedo arriesgarme a que mi hija se quede despierta.

—No es la forma correcta de atender a un bebé.

—Nadie me tiene que decir cómo atender a mi hija.

—Muy bien. Entonces, estás cansado. Voy a prepararte ese té.

Snape hizo un gesto afirmativo con la cabeza. A Harry le dio mala espina ese té que iba a preparar Dumbledore, pero miró a Lupin.

—¿Ese bebé... es Lara? —preguntó al brujo.

Lupin asintió en silencio.

—Entonces...

—No es mi hija. Snape tenía razón.

—¿Pero entonces por qué...?

—Después hablamos, Harry.

Dumbledore había regresado con una taza de humeante té y se lo tendió a Snape.

—Yo la sostengo —dijo Dumbledore.

Snape lo miró con recelo y se las ingenió para cargar al bebé con un brazo y agarrar la taza con la mano libre. Se bebió la infusión de golpe y acto seguido el recipiente escapó de sus manos, estrellándose contra el suelo. Snape sacudió la cabeza, aturdido, puso los ojos en blanco y todo se volvió negro, excepto por Harry y Lupin, quienes seguían parados en medio del aire.

Hubo un estallido de luz y volvieron a aparecer en la pequeña estancia, donde estaba Snape dormido en el sillón, sosteniendo un bulto de tela en sus brazos. Cargó mejor el bulto de tela. El sol entraba a raudales en la estancia, iluminando todo. Snape terminó de despertarse, pero cuando miró a las telas, parpadeó y empezó a respirar con dificultad.

—¿Lara? —llamó—¿Lara…?

Snape desenvolvió las telas sobre sus piernas, pero al suelo rodó un tocón de madera.

—¡NO! —gritó—. ¡HIJA! ¡LARA!

Harry y Lupin se apartaron cuando Snape sacó su varita y empezó a buscar desesperado por toda la estancia. Agitó su varita contra uno de los libreros y este se descubrió revelando una escalera oculta. Harry y Lupin corrieron tras Snape. Llegaron a una habitación con una gran cama, y cortinas carcomidas en las ventanas. En una esquina, había una cuna. Snape corrió hacia allí y la miró con los ojos muy abiertos.

El brujo emitió un grito de angustia que hizo retumbar toda la habitación y empezó a sacar todo lo que había dentro de la cuna, lanzándolo a todas partes. Volcó el mueble y empezó a lanzarlo todo al suelo, emitiendo horribles alaridos como un lobo herido, llamando a su hija.

—¡MI HIJA! ¡SE LA HAN LLEVADO! ¡MI HIJA! —aullaba como si de repente hubiese perdido la cabeza. Cayó sobre la cama, y sollozó—. Mi niña... Me la han quitado...

Harry sintió pena por Snape. Lupin no decía nada. Parecía impactado de ver a Snape en ese grado de locura.

—Dumbledore —murmuró de repente con voz ronca—. Él tiene a mi niña... ¡ÉL TIENE A MI HIJA!

Snape fue a su armario y lo abrió de una patada. Descolgó una larga capucha negra y se la puso. Hubo un "Crack" y todos desaparecieron de la habitación destrozada.

Harry se encontró de repente frente a las rejas de Hogwarts y pudo ver a Snape entrar corriendo.

—Vamos, Harry —dijo Lupin—. Debemos seguirlo.

Harry y Lupin siguieron la loca carrera de Snape que los llevó directo al despacho de Dumbledore. Cuando ellos llegaron, ya Snape había abierto la gárgola y corría escaleras arriba. Harry y Lupin lograron alcanzarlo en las escaleras. El brujo abrió la puerta del despacho de una patada y entró. Dumbledore estaba de espaldas a él, pero se dio vuelta al sentir el estruendo.

—¡Ah! ¡Severus! Que gusto en...

—¡MI HIJA! —bramó Snape agarrando a Dumbledore por el pecho de la túnica y con un brillo de locura en sus ojos negros—. ¡QUIERO A MI HIJA! ¿DÓNDE ESTÁ? ¡DEVUELVEME A MI HIJA!

—Ella está en un lugar seguro. Ya no es tuya —dijo Dumbledore con frialdad.

Hubo un estallido de luz y Snape salió despedido por el aire hasta aterrizar sentado en una silla.

—¡ENTREGAME A MI HIJA, ALBUS DUMBLEDORE! —rugió removiéndose frenéticamente, pero parecía atado por cuerdas invisibles.

—Olvida que tienes una hija —repitió Dumbledore arreglándose la túnica como si nada estuviese sucediendo—. Es por su seguridad y por la tuya. Olvídala.

Sacó la varita y se acercó al brujo.

—Olvídala —repitió al apuntarle.

—¡NO!

Snape volcó la silla al realizar una especie de pirueta. El hechizo que parecía contenerlo se rompió y se levantó de nuevo con su varita en alto. Ambos brujos mantuvieron las posiciones. Hasta que Snape, derrotado por los ojos azules, retrocedió con lentitud hacia las escaleras.

—Esto no termina así —siseó.

Todo quedó negro de nuevo y él y Lupin cayeron en otro lugar.

Había una mesa y el corazón de Harry dio un vuelco. Sirius estaba allí, joven, hermoso, con la silla recostada en dos patas. Al lado de él, estaba Lupin. Pero era un Lupin más joven y lucía menos demacrado que el que estaba a su lado. El joven Snape también estaba allí con apariencia sombría. Dumbledore se había levantado y los tres brujos presentes en la sala lo miraron. Snape con un poco de hosquedad.

—Remus, Sirius, después tengo que hablar con ustedes —dijo Dumbledore—. Lo que más urge, es para ti, Severus. Es sobre tu hija.

El rostro del brujo se iluminó.

—¿Me la va a devolver? —preguntó con esperanzas.

—Severus, tu hija... Lara Snape... está muerta —dijo Dumbledore despacio.

Snape no pareció capaz de reaccionar por algunos minutos. Soltó una risa nerviosa y se aferró a la mesa.

—Usted como siempre, con sus bromas —dijo.

—Me temo que no, Severus. Lara murió ayer, de un paro respiratorio. No se pudo hacer nada.

Snape se levantó pero las fuerzas le fallaron. Retrocedió con un par de trompicones, se llevó las manos a la cabeza con la mirada vacía. Harry vio que la expresión de Sirius ya no era de desprecio, sino de pena. El joven Lupin había bajado la cabeza contra la mesa, como una especie de muestra de respeto.

Todo volvió a ser negro y, esta vez, cayeron en una habitación pequeña con dos camas personales, dos mesitas de noche y un armario. Harry estudió al hombre que estaba sentado en el borde de una de las camas. Llevaba una capucha negra que le ocultaba todo el rostro.

La puerta se abrió y entró una niña con expresión vacía, neutra. Era muy pálida, menuda, de ojos esmeraldas. Harry contempló a Lara con once años de edad unos segundos antes de que alguien más entrara. Dumbledore apareció detrás de la niña y miró con fijeza al hombre que se había levantado. El extraño se fue a acercar a la niña, pero Dumbledore se interpuso.

—Ve afuera —dijo a la niña—. Vendrás cuanto te lo ordene.

La niña sin una réplica salió de la habitación.

—Devuélvemela.

Harry pudo reconocer la voz de Snape. Sintió rechinar la puerta y se volteó. Había un ojo esmeralda asomado por la rendija.

—Por favor, Albus, devuélvemela —suplicó—. Devuélveme a mi pequeña. Por favor... no era necesario apartarla de mí… pude criarla, es mía, devuélvemela…

—Confundes todo. Esa niña no es Lara. Tu hija está muerta.

—Me mentiste, no es cierto, no está muerta —musitó Snape, rabioso—. Investigué. Encontré los papeles de este orfanato, ¡aquí, en Alemania, tan lejos de mí! ¡Ella es mi Lara, mi hija, mi pequeña! ¡No te pertenece…!

—Ves lo que deseas ver. Ella no es tu hija. Es Katleen Hug. Es hija de un viejo amigo fallecido. Regresa a Londres, olvida a tu hija. Ella está muerta.

Snape masculló algo y desapareció con un "crack" a la vez que todo comenzaba a desvanecerse. Esta vez, el despacho de Dumbledore se reconstruyó alrededor de ellos. Harry vio a su profesor de Pociones más cercano a lo que conocía. Dumbledore parecía fatigado hundido en un butacón. Sobre un portabrazos descansaba su mano negra, marchita.

—… eso te pido, Severus.

—Después de todo lo que me has hecho aún esperas más servicios de mi parte —dijo Snape con los dientes apretados—. ¿Para qué contemplar el futuro, si le queda tan poco? Podría terminarlo aquí y ahora. Así le ahorro el dolor a usted y a los que le rodean quienes siempre terminan sacrificados como corderos.

—No es el momento. Debo mostrarle al muchacho… lo que él debe saber.

—Por supuesto. Tu caballo en el tablero del juego. El jaque mate de la coz que has planeado todos estos años. Mientras nosotros, tus peones, corremos de un lado a otro del campo para jugar nuestros sucios papeles.

—Pacta sunt servanda, en especial, el que nos une, Severus. El que hiciste, hace dieciséis años atrás para proteger a los tuyos, para proteger a tu amiga Lily, no te deja opción…

—¿Y mi hija estaba incluida? ¿Arrebatármela era una de las obligaciones?

—Prometiste servirme hasta el final y necesitaba a tu hija. Por desgracia, la pequeña no sobrevivió. Supéralo. Tal desgracia no disolvió nuestro pacto y como diría un buen jurista: contractus lex. Si lo rompes, ambos sabemos qué sucederá.

Snape apretó los labios en una fina línea.

—Que así sea, Dumbledore. Acataré tus órdenes…

El entorno comenzó a difuminarse, esta vez, para ir quedando en blanco. Lupin le puso una mano en un hombro a Harry y presionó.

—Es hora de regresar.

Harry sintió como sus pies despegaban de la oscuridad en que estaba parado y salió del pensadero dando una voltereta en cámara lenta junto con Lupin. Mientras él se acostumbraba a estar de regreso en la realidad, el brujo tomó el pensadero y, con su varita, regresó las memorias a la botella.

Harry se sentó en su cama y contempló a Lara dormir. Su cabeza era un torbellino. Las memorias de Snape habían resultado ser un golpe en el estómago, un cambio de perspectiva, un giro total en los acontecimientos, mayor que la confesión del brujo al término de la batalla. Sin embargo, Harry no dejaba de preguntarse qué podría ser lo correcto para Lara. ¿Saberlo, o no? ¿Qué consecuencias podría traer la verdad? ¿Cuáles continuar la mentira? Sin percatarse, ya estaba sumido en una vorágine de reflexiones las cuales esperaba resolver pronto o quizás, corría el riesgo de ser abatido por una crisis de nervios.

Esperaba no colapsar antes de hallar la solución.