Receta para el corazón — capítulo 2
Neville llamó dos días después, avisándole que había una terapeuta llamada Luna Lovegood que era la indicada para llevar el caso de Rose. Hermione estaba feliz, y al recibir el número de la mujer, lo primero que hizo al despedirse de su primo, fue llamarla.
¿Aló?
Buenos días, ¿con la doctora Lovegood?
Sí, con ella misma…
Soy Hermione Granger- se presentó- El doctor Neville Longbottom me dijo que le había comentado sobre mi hija, Rose.
¡Ah, sí! Estoy al tanto del caso de Rose, y estoy dispuesta a ayudarla.
¡Gracias! Estaba pensando en ir dentro de tres semanas, una vez que pida permiso en mi trabajo.
Sí, no hay problema. Apenas tenga la fecha exacta de su llegada a Londres, me llama y coordinamos una cita. Primero, Rose debe visitar al pediatra para que le haga chequeos, ya sabe, para descartar otro problema. En seguida, será derivada a Terapia en donde analizaremos su problema a fondo y veremos cuál será el tratamiento u operación, según sea la gravedad.
De acuerdo, entonces pediré permiso y me vuelvo a contactar con usted para ver sobre la cita.
Exacto.
Perfecto, muchas gracias. Hasta luego.
Hasta luego.
Bien, las cosas iban avanzando. Ahora debía hablar con el editor jefe sobre el problema y pedir unos días libres. Pero, ¿cuántos serían?
Al día siguiente, domingo por la mañana, llevó a Rose al parque para que se distrajera un rato antes de comentarle sobre el viaje. Sabía que Rose no era muy fan de los hospitales, pero tendría que explicarle de buena forma que los doctores le ayudarían a que los dolores de espalda ya acabasen.
Mami, tengo hambre- le dijo Rose, acercándose a ella luego de jugar en la piscina de arena.
Pero acabas de desayunar, mi cielo…
Pero quiero un helado- pidió Rose, haciendo un puchero.
Bueno, creo que un helado no te hará mal, ¿no?- Hermione le tocó la nariz y le besó la frente- Vamos a la heladería.
La heladería estaba a una cuadra del parque, y era la favorita de Rose porque tenía helados de su sabor favorito, menta. Eso le causaba risa a Hermione, ya que la menta era un sabor tan popular que todas las heladerías lo tenían. Pero Rose insistía en que la menta de aquel lugar era la mejor.
Rose pidió dos bolas de helado, como siempre. A Hermione había dejado de preocuparle desde la quinta vez que la niña pedía lo mismo sin pescar un resfrío. Muy aparte de la condición de su columna, Rose era una niña fuerte, y era muy difícil verla enferma.
Hermione sólo pidió una gaseosa, y ambas se fueron a sentar a una de las bancas del parque. Para ese momento, ya había varios niños jugando bajo la supervisión de sus madres.
Mami, ¿por qué ellos sin pueden darse volteretas?
Hermione le acarició la cabeza y le dio un beso.
No todos los niños pueden hacerlo, bebé- le explicó- Hay niños como tú que tienen un pequeño problema en la espalda, y por eso se les hace difícil.
¿Nunca voy a poder?- preguntó Rose, mirándola a los ojos. A Hermione le causó gracia ver la boca de su hija llena de crema verde.
Quiero contarte algo. Iremos a Londres para que una doctora muy buena te cure de esos dolores de espalda, ¿qué te parece?
Los doctores viven en los hospitales, y a mí no me gusta, mami- se quejó Rose, volviendo a hacer un puchero.
Pero esa doctora es muy buena, princesa. Gracias a ella ya vas a poder hacer volteretas, como los otros niños. ¿No te gusta eso?
Rose asistió, pero aún estaba asustada. Hermione la abrazó y le volvió a dar un beso en la cabeza.
El resto del día, Hermione y Rose visitaron a los padres de Hermione y se quedaron hasta la cena, donde su madre preparó pastel de manzana. A las ocho de la noche, se encaminaron a su casa para poder descansar.
A la mañana siguiente, Hermione dejó a Rose en la guardaría, esta vez sin la terapeuta. Estaba segura que con o sin ella, Rose iba a estar bien, ya que la profesora tenía conocimiento del estado de Rose.
Condujo luego hasta la editorial. Esta vez fue la primera en llegar, esperando que el jefe llegara también temprano y pusiese hablarle sobre el viaje a Londres.
Lamentablemente, el jefe llegó cuando todos sus compañeros ya estaban ahí. Hermione les comentó a Griselda y Melody sobre el viaje, y ellas estaban alegres por la buena noticia de la próxima mejora de Rose.
Yo estoy segura que Walker va a darte el permiso, amiga- aseguró Griselda, refiriéndose al jefe- Eres una asistente eficiente y jamás has dado problemas. Te irá bien.
Espero que sí, gracias.
Creo que será mejor que vayas ahora, antes de que empiecen a llegar los reportes de bibliotecas- dijo Melody, mirando su reloj de mano- Tienes quince minutos.
Hermione cerró su laptop y se dirigió a la oficina del editor jefe. Se detuvo en la puerta y respiró tres veces antes tocarla.
Adelante.
Cuando ella entró, él estaba mirando hacia la ventana que estaba en sus espaldas, con sus manos sobre su cabeza. Hermione se aclaró la garganta y se presentó.
Señor Walker, soy Hermione.
El editor jefe giró sobre su asiento y colocó los brazos sobre su escritorio. Era un hombre de cuarenta y ocho años, bajo y con bigote. Su padre había fundado la editorial, y ahora él era el jefe. Todos le tenían respeto porque trataba a todos con cordialidad. A Hermione la trataba como si fuese su igual, ya que muchas veces lo había sacado de apuros. Sin embargo, ella prefería seguir tratándolo como su jefe.
Ah, Hermione- dijo Walker, sonriendo- Toma asiento. ¿Qué se te ofrece?
Necesito un favor- dijo Hermione, sentándose en la silla frente al escritorio- Necesito que me dé permiso para ir a Londres.
¿Londres?- preguntó Walker- ¿Se puede saber el motivo?
Usted sabe que tengo una hija, y ella necesita un tratamiento a su columna- explicó Hermione- Tiene escoliosis, y a pesar de haber conseguido a una terapeuta, nada está funcionando. Por eso quiero llevarla a Londres.
Oh, ya veo- dijo Walker- ¿Y por cuánto tiempo?
Hermione se quedó callada. No había pensado en la duración del tratamiento.
Yo creo que podrían ser… dos meses, quizás tres.
Walker movió su cabeza de arriba a abajo, lo que le dio a Hermione una buena sensación.
Tienes el permiso, pero creo que no serán suficientes dos meses. Estos tratamientos pueden alargarse, Hermione.
Ella ni se movió, esperando a que su jefe volviese a hablar.
Ya sé- habló de repente Walker- Te daré el permiso con tiempo indefinido. Tú podrás regresar apenas termine el tratamiento. Mientras tanto, ya contrataremos a alguien por aquí que te reemplace…
¡Muchas gracias!- exclamó Hermione, casi llorando por la enorme suerte que tenía- ¡No sabe lo que esto significa para mí!
No tienes por qué- dijo Walker, sonriendo- Eres una de las mejores aquí, y negarte un permiso tan importante no estaría bien. Espero que tu hija se cure rápido.
Hermione asintió con emoción.
Redacta una carta con la fecha en la que te irás y el motivo del permiso, y se la das a Sanders.
De acuerdo- aceptó Hermione, poniéndose de pie- Y gracias, de nuevo.
Hermione dejó la oficina del jefe y fue, casi corriendo, a contarles la noticia a sus compañeras. Ellas la abrazaron, asegurándole que todo estaría bien.
Ese día, las tres fueron de nuevo a comer al café a la vuelta de la esquina. Hermione estaba emocionada, y no esperaba el momento para ir con Rose y contarle sobre el viaje.
Mientras esperaba fuera de la guardería, apoya sobre su auto, Hermione llamó a su madre. La mujer le contestó luego de cuatro timbradas y, al enterarse de la noticia, se puso muy feliz, e invitó a Hermione y a Rose a que fueran a almorzar con ellos. Hermione tenía la barriga llena, pero igual aceptó la invitación.
Rose fue la cuarta niña en salir de la guardería. Esta vez, caminó hacia su madre y se colgó de su cuello.
¿Te fue bien?- le preguntó Hermione, mientras le aseguraba el cinturón alrededor de su cuerpo.
Sí- dijo Rose- Hoy dibujamos árboles y manzanas.
¿Ah sí?
Ajá, y también animales. Mi llama no se parecía a la de Dylan, pero la maestra dijo que estaba bien.
Bueno, quiero que me enseñes esa llama cuando vayamos a la casa de los abuelos, ¿sí?
¡La casa de los abuelos! ¡Sí!
Hermione puso el CD de música preferido de Rose, y fueron cantando hasta llegar a la casa de sus padres.
Su madre estaba afuera, regando el césped, cuando ellas llegaron. Rose se quitó rápidamente el cinturón de seguridad y se bajó para ir con su abuela, quien la recibió con un fuerte abrazo.
Hermione se unió a ellas y, juntas, entraron a la casa.
Bien, ¿y las buenas nuevas?- preguntó su padre, al aparecer en la sala.
Hermione se inclinó para estar a la altura de Rose y le habló.
Mi amor, ¿te acuerdas lo que te dije de Londres?
Sí- dijo Rose, entristeciéndose- ¿Irán los abuelos también?
Los aludidos se miraron entre ellos. A continuación, el abuelo se le acercó a la niña y también se inclinó.
La abuela y yo iremos luego de ustedes, reina. Tenemos varias cosas que hacer, pero apenas nos desocupemos, te alcanzaremos.
No me gustan los hospitales.
Bueno, pero ahí te vas a curar, y te van a cuidar bien. No vas a estar sola- dijo la abuela, sonriéndole.
Rose levantó los hombros y se resignó a ir.
Las siguientes tres semanas pasaron muy rápido. El día anterior al viaje, Hermione y Rose llegaron a su casa para terminar de hacer las maletas. El avión partía a las siete de la mañana, así que todo debía estar listo esa misma noche.
Las cosas de Rose ya estaban en dos maletas, una grande que contenía su ropa y zapatos, y otra pequeña que tenía sus crayolas y dibujos. Hermione, en cambio sólo tenía una maleta grande en la cual no entraban todas sus cosas. Decidió, luego de intentar meter todo, que necesitaría regresar para recogerlas.
Rose durmió con ella esa noche, acompañada también con su peluche favorito. Hermione estaba nerviosa, y casi ni había pegado un ojo. Estaba pensando en todo lo que había ocurrido desde que Rose nació, y cómo tuvo que encargarse ella sola, porque su novio la había dejado.
Había arriesgado tanto por él, y a él no le había importado. Hermione sentía como si él hubiese jugado con ella, y a la mínima razón para ser responsable, se había esfumado.
Y Rose tenía sus mismos ojos azules y grandes que alteraban muchas veces a Hermione. Su hija nunca le había preguntado por su padre, pero Hermione sabía que eso no iba a ser por mucho. Rose iba a crecer e iba a necesitar una figura paterna que le diera lo que Hermione no podía, tal y como su padre se lo había dado a ella, sin desmerecer a su madre. Para Hermione, cada uno tenía un rol que no lo hacía mejor que el otro, pero que lo hacía importante, y era justo eso lo que Hermione odiaba: que Rose no tuviese la suerte de tener en ese momento a un padre que le diera la valentía para enfrentar el tratamiento.