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Historia 183757 — capítulo 10
"Había decidido saldar un asunto de orgullo y no se iba a echar atrás. El chico pasó varias veces frente a la casa del actor sin atreverse a llamar.[...] Con este pensamiento tomó coraje y caminó hasta la casa de Pedro Montiel.
Tocó el timbre. ¡Ring...! de combate.
El tipo apareció enseguida, sin dar tiempo para que Manuel se preparara.**"
Liliana Bodoc, "La entrevista"
Maggie y Cass danzaban en las almenas.
Con un tocadiscos animado mágicamente y un gigantesco vinilo negro que rezaba "Música muggle Volumen III: Grandes autores románticos", lo que había comenzado como unos ejercicios de teatro se había vuelto una improvisada pero no por eso caótica sesión de baile.
Se deslizaban con gracia (o casi) a través del espacio, moviéndose con lentitud e inspiradas por las suaves notas que el pianista ejecutaba.
La música finalizó al cabo de unos minutos y, en vista de la hora, Maggie decidió por fin levantar la púa del vinilo.
-¿Y? ¿Estás más relajada ahora?
Ignorando -Maggie no podría decir si deliberadamente o no- sus palabras, Cassie le preguntó:
-¿Qué música era esa?
-Cass.
La pelirroja se dio vuelta. Su amiga estaba mirándola fijamente, su pelo azul profundo - el color había ido cambiando según lo que le producía la música- ondeaba y se enredaba en el fuerte viento que casi impedía que se oyeran mutuamente y era indudable el reproche en su voz.
-¿Qué? No es como si fuera a enfrentarme a Hagrid con Albus como único aliado para convencerlos de que un Malfoy no es malo. Y después ir a una de esas reuniones de todos los primos Weasley para que conozcan a los nuevos amigos de Albus, que ¡sorpresa! Son una fanática de sus padres y el hijo de un ex-mortífago.
A veces a Maggie le resultaba exasperante el comportamiento infantil de su amiga y estaba bastante segura de que no había soltado tantos suspiros en su vida como lo había hecho en el último mes, así que ¿por qué no uno más?
-No entiendo por qué arreglaron todo para el mismo día. Hubieras podido descansar y darte un tiempo antes de sumar la tensión y ansiedad de las dos cosas.
-En realidad Rose decidió que visitáramos a Hagrid hoy. Me parece que es como una última venganza contra Scorp, dejarle todo este nerviosismo. Pero me parece bien; tenemos que sacarnos esto de encima lo antes posible ¡Y encima la semana que viene comienza el período de pruebas!- Era una de las razones de su amistad. A la metamorfomaga le gustaba escuchar, y desde luego Cass ofrecía un gran repertorio a cualquiera que estuviera con ella, pero quizás con Maggie lo hacía más a menudo, porque poseía esa cualidad tan rara y tan apreciable de inspirar confianza y sosiego sin decir una palabra. Aunque a veces era tan madura para su edad que hacía que la pelirroja se sintiera una chiquilla caprichosa -y hay que admitir que no le faltaba razón-; como en ese momento, en el que se reía suavemente de las palabras de su amiga.
-Suerte, entonces.
En silencio guardaron lo que había allí y con sumo cuidado metieron el vinilo en su caja. Estaban a punto de tomar sus respectivos caminos cuando Cassie se dio vuelta y gritó, para hacerse oír por sobre el viento.
-¡Estoy más relajada que antes!
-¡¿Qué?!- con mucho cuidado la brujita dejó sus cosas en el suelo y volvió hacia donde estaba Cassandra.
-Que sí me ayudó a relajarme.
Maggie sonrío y la rodeó con sus infantiles brazos. Cass le devolvió el abrazo con fuerza y se quedaron un rato allí abrazadas, un poco riendo y otro poco calladas, azul marino que comenzaba a aclararse y rojo furioso sacudidos y mezclados por el vientos, antes de susurrar sendos "hasta mañana" y volver cada una a su torre.
* * *
A pesar de lo que le había dicho a su amiga, la bola en el estómago tenía un tamaño enorme. Ella deseó que fuera proporcional a su altura, pero entonces no hubiera sido justo para Scorpius que la pasaba por varios centímetros, "*pero no a Rose"*fue la ridícula respuesta de su mente, desesperada por distraer su atención de la gigantesca puerta de roble enfrente suyo, que en ese momento se le antojaba más grande que la del castillo y más atemorizante que el bosque prohibido.
Sobre ella recaía además el haber dejado a Scorpius abandonado a su suerte, ya que hacía diez minutos que debería haber estado allí. No quería ni imaginar la mirada que le iba a echar el rubio cuando entrara.
"La puedo sentir desde aquí" se dijo con un escalofrío. Pero lo cierto es que se la estaban dedicando desde allí mismo, porque Scorpius había estado dudando sobre si entrar o no por más tiempo que ella misma y ahora se aparecía a su lado, escalofriante en su túnica negra, sus ojos plateados destellando peligrosamente.
-¿Pensando en abandonarme?- Le susurró y Cass sorprendida e intimidada negó levemente con la cabeza, tragando con fuerza. Su amigo la miró un segundo arqueando su ceja derecha y luego un ligero brillo de diversión recorrió sus ojos
-Bien- Él se situó a su lado y juntos miraron a la puerta. Scorp se veía relajado y calmo, pero ella, que había empezado a conocerlo bien en los últimos meses supo que estaba, si no clavado como una estaca en el suelo por el pánico, aterrorizado como el ratón entre las garras del león.
Pero en la fábula el ratón convencía al felino de dejarlo escapar y se volvían amigos.
"Sólo hay que esperar el mismo final".
Pero antes de que llegaran a tocarla la puerta se abrió y allí se asomó una cabeza azabache, acompañada de la luz naranja y el calor que sólo puede producir un buen fuego. Además había cierto olor a ¿té y café?
-¿Qué hacen aquí afuera? ¡Estaba a punto de salir a buscarlos!- Su mejor amigo estaba sorprendido de verlos allí, prácticamente temblando de frío (aunque dudaba de que sólo fuera por eso).
-Eh…- A ninguno se le ocurrió que decirle a Albus que habían estado a punto de echarse atrás, pero él lo adivinó igualmente o se compadeció de su enrojecida piel y decidió dejarlos pasar.
Apenas entraron se estremecieron de pies a cabeza y después de unos instantes se les antojaron excesivas las bufandas -y en el caso de Cass, el gorro que tenía tan calado que le tapaba media frente- y Scorpius depositó todo lo mejor que pudo en el alto gancho de atrás de la puerta. Recién entonces le dieron una mirada al salón y descubrieron que había alguien a quien no habían esperado. Alguien con cabello castaño tirando a rojizo casi tan enmarañado como el de la chica que acababa de entrar a la cabaña y ojos que miraban fijamente y sin desprenderse la gigantesca taza que le calentaba las manos; pero ninguno de ellos necesitaba verlos para saber que esa era Rose Weasley.
Justo entonces se dio vuelta la figura agachada frente al fuego y aunque pareció que iba a decir algo, enmudeció al reparar en los dos chiquillos que se frotaban las manos y orientaban sus narices y mejillas coloradas hacia donde se encontraba, pero cuyos ojos espiaban a la otra niña que allí se encontraba. Hagrid no pudo menos que compadecerse del patético aspecto que ofrecían, uno altísimo y cuya túnica negra no hacía más que resaltar la palidez de su cutis y por ende las manchas rojas que lo decoraban, y la otra menuda, un poco encorvada, con una nube de pelo rojo en derredor de su carita pecosa, que estaba casi del mismo tono.
Y entonces también le surgió la culpa. Rose y Albus le habían explicado todo y Hagrid no podía menos que sentirse despreciable por haberse dejado engañar por el parecido físico y tratar así a alguien que nadie tenía que ver con lo que hubiera hecho su padre, más aún, un niño de apenas once años.
Entonces Albus los invitó a sentarse y él se dispuso a poner el agua en la tetera. Y apenas pudo mirar los infantiles ojos plateados que tendría que aprender a separar del recuerdo de Draco Malfoy cuando le tendió a su hijo una taza de té. Y Scorpius, que la recibía, se hubiera contentado con la vergüenza y el arrepentimiento que arrebolaban el rostro del hombre y que volvían su mirada huidiza, y con el té fuerte que esta vez venía de sus manos directamente y no con Al como intermediario, pero tendría más que eso.
Porque después de un rato de estar todos callados sin decir nada, sorbiendo el té despacio para no quemarse, Hagrid se aclaró la garganta y se disculpó.
No fue una gran disculpa, de esas largas y que parecen casi un discurso, y que al final siempre suenan un poco falsas. Fue una simple, en voz baja y humilde que comenzó con un titubeo y "quería pedirte…" y acabó con un "Scorpius" dudoso e inseguro.
Pero al final eso fue mucho mejor.
* * *
Y aunque el evento anterior la había relajado, Cass aún quería salir corriendo y esconderse bajo las pesadas mantas de su cama. Aunque lo cierto es que una parte era por el frío. Cada vez hacía más y la pequeña botella de vidrio con un bonito fuego morado que Scorpius le había enseñado a conjurara no hacía el mejor de los trabajos protegiéndola.
De la otra parte prefería no acordarse.
Pero como siempre, su cerebro no era el más fiel de sus aliados.
Una ráfaga de aire frío la hizo arrebujarse más en su capa y, viendo a sus compañeros, tuvo que agradecer a su tía Anne. En el momento en que ella le escribió contándole que había quedado en Gryffindor ésta le tejió una bufanda amarilla y bordó, idéntica a las que proveía el colegio -incluso tenía el escudo bordado- pero, para citar la carta que estaba adjunta con el paquete "Me acuerdo de lo que eran las bufandas: finas como un pañuelo, además de que ya empezó a refrescar y hasta el uno de octubre no aparecen en los armarios. Usa ésta siempre que vayas a salir afuera." Y ella había comprobado el día anterior que tenía razón. Esa mañana se habían levantado y descubrieron las bufandas, pero ninguna se comparaba a la suya, suave, gruesa y abrigada.
Y mientras la acariciaba se cruzó con otra pelirroja que conocía de vista (y de las explicaciones de Albus). Intentó fingir que no la había visto, caminar más lento y no ser reconocida, pero de nuevo su mente se encargó de recordárselo:" ¿cuantos enanos cubiertos de pelo escarlata puede haber en Hogwarts?". Definitivamente no muchos. Molly Weasley esbozó una sonrisa amable y la saludó con una mano mientras se acercaba a ella.
-¿Cómo estás?- Sus ojos marrones eran tan cálidos como su voz y su ondulado cabello anaranjado, atado en una media cola. Cass fue consciente como nunca de sus grandes ojos azul pálido, saltones e incoloros a su juicio, y de su indomable mata de pelo.-No deberías estar muy nerviosa, no es nada importante. Albus no los habría invitado si hubiera pensado que lo pasarían mal.
La niña asintió porque era lo único que podía hacer, y siguieron caminando juntas, hasta que se les sumó Albus, que llegaba con Scorpius. Cassie se pegó a ellos instantáneamente, y tal como lo hiciera en la Selección, el azabache tomó su helada mano y la apretó para darle ánimos.
Los cuatro siguieron caminando hasta que llegaron a un aula vacía, tras lo cual se sentaron a esperar. Poco a poco llegaron las otras personas a quienes estaban esperando: Una rubia, una pelirroja, un moreno y dos azabaches. Victoire Weasley, Dominique Weasley, Fred Weasley, Lucy Weasley y James Potter.
Como aclaración (aunque creo que se habrá notado) autores románticos refiere a compositores del período Romántico musical (siglo XIX) y no a autores de canciones de amor. En mi cabeza sonaba el Nocturne (Op. n 2) de Chopin. Es bastante conocido, pero aquí dejo el link, por si quieren escucharlo.
https://www.youtube.com/watch?v=9E6b3swbnWg
(¿no está contra las reglas no?)
Cualquier cosa me fijo y si no lo saco.
Ah también perdón por lo corto que es el capítulo. Iba a ser más largo pero decidí quedarme una parte para desarrollarla un poco mejor (y sí, sé que sólo hay una de las cosas que te prometí, Sherezade, pero no estaba convencida del todo con lo que había escrito, y creo que ya aprendí lo que debo hacer con eso).
¡Hasta la próxima!
Diana