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Historia 183757 — capítulo 7
"Pronto entendió que de ese modo era imposible. Los sideresios se acercaban. Sus voces atronaban en los pasillos… No demorarían mucho en abrir la puerta del observatorio de Zabralkán."
"Los días de la sombra", Liliana Bodoc.
Por quinta vez en un minuto, Cass se metió un mechón de pelo en la boca y lo masticó hasta que se dio cuenta de lo que estaba haciendo; entonces lo escupió sabiendo que se lo volvería a encontrar entre los dientes en unos segundos.
Se encontraba acostada boca abajo en su cama, con los pies apoyados en la almohada, parcialmente enterrada por papeles, libros y materiales de escritura.
Había dejado la tarea para el último momento -de nuevo- y la cháchara de Alice no la ayudaba a concentrarse en los setenta centímetros de su redacción sobre las plantas acuáticas descritas en el capítulo tres de Mil Hierbas y Hongos Mágicos, haciéndola replantearse sus planes de convertirla en su mejor amiga, dado lo mucho que deseaba que se callara en ese preciso momento. Cassie se preguntó si eso sentía la gente cada vez que ella hablaba demasiado. Y se sacó el pelo de la boca.
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¿Sabes dónde está Dolly?
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Creo que en el club de Gobstones.
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Entonces ya debe de estar por salir, ¿te molesta si la voy a buscar?- Cass negó con la cabeza mientras tachaba otra frase- ¡Perfecto entonces! ¡Hasta luego!
"Finalmente. El profesor Longbottom no parece una de esas personas que hablan todo el tiempo, no sé de dónde habrá sacado Alice esos discursos; ¿tal vez de su madre? No creo porque es más callada, la vi en el Callejón Diagón cuando fui a comprar mi varita… El señor Ollivander me había asustado con las cosas raras que dice y sus ojos como de pez; por el color nada más se parecen a los de Scorpius un poco, ¿estarán emparentados? No creo, además Scorp lo hubiera mencionado supongo, pero se lo podría preguntar, aunque últimamente no hace otra cosa que quejarse de Rose. Qué raro. A ella no la vi en todo el día. Uy ya me estoy mordiendo el pelo de nuevo. A lo mejor debería hablar menos, ¿molesta tanto cuando lo hago? Es que me distraigo y termino diciendo cualquier cosa. Merlín, ya son las seis, en dos horas tenemos que ir a comer y yo acá pensando en todo menos en Herbología. Al final no hago nada ni aunque Alice no esté." Se ató el pelo en un rodete y prosiguió con su redacción.
* * *
Ya había pasado una hora y media. Sólo había escrito cuarenta centímetros. Y por más que revisara una y otra vez el libro, no encontraba información para completar lo que le faltaba. Para colmo, la hoja estaba llena de garabatos y dibujos en los márgenes, así que tendría que empezarla de nuevo "pero así quizás pueda rellenar espacio con frases más largas" pensó. Tomó otro rollo de pergamino y -esta vez con lápiz- comenzó la redacción. "Tendré que pasarla cuando termine. Rose escribió tres rollos iguales a este. ¿Cómo lo hace? Yo ni siquiera puedo encontrar la información suficiente."
De repente escuchó un ruido parecido a un chapoteo, o al sonido cuando se salta sobre barro durante la lluvia (y lo conocía bastante bien). Prestó más atención.
Después hubo otro. Y otro más. Cada vez más cerca, cada vez más fuerte. Como si alguien o algo subiera por la escalera. Eran lentos, como si a eso le pesara cada paso. Ahora se podían escuchar agua chorreante golpeando la vieja madera de las escaleras
Cassandra se quedó muy quieta, casi sin atreverse a respirar. Quizás fuera a causa del cansancio sumado a lo que había leído toda la tarde, pero su imaginación construyó un monstruo de barro y plantas, recién salido del lago, subiendo trabajosamente las escaleras, esperando a poder asfixiarla con sus dedos de barro probablemente entrelazados con Nectris Pinnata E se dio cuenta de que los pasos se habían dejado de oír, sólo el ruido del agua al romper contra el suelo.
Justo enfrente de su puerta. Y un charco que crecía por debajo y se filtraba en la habitación.
A Cass se le entrecortó la respiración. No debía haber nadie en la Sala Común a esa hora. Y de todas maneras las habitaciones estaban lo suficientemente separadas como para que el ruido de una no molestara a las otras. Si pudiera gritar, claro, porque cada gota que caía le robaba aire del pecho.
Entonces, la puerta se abrió.