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Historia 183757 — capítulo 8
"[…] al principio no se dijeron nada. Shirley estaba jugando al "Castillo de tiza" y Babú se detuvo para mirarla junto al dibujo trazado en el suelo. Pasaron unos instantes, después la niña puso una piedra en la mano de Babú y con un amable gesto la invitó a jugar".
Elisabetta Gnone, "El Secreto de las Gemelas"
Lo primero que sintió fue el shock de frío.
Mucho más del que habría esperado, si le hubiera dado la opción de esperar algo.
Pero claro; no se la había dado. Ese era el problema.
Lo segundo que pasó por su mente fue el libro, ahora absolutamente arruinado. Probablemente el agua había corrido la tinta y ablandado las páginas. Abrió los ojos pero no pudo encontrarlo, todo estaba demasiado oscuro.
Y lo tercero fue que se hundía.
No sabía nadar, pero intentó desesperadamente subir a la superficie, sin resultados. La capa, la túnica y el uniforme empapados no ayudaban, pero siguió intentando.
Entonces sintió unos dedos largos y huesudos cerrarse en torno a su tobillo. "Grindylow". Sacudió la pierna intentando soltarse pero fue inútil. Poco a poco empezó a quedarse sin fuerzas. La presión por la profundidad de donde estaba le hizo doler la cabeza. El aire se le escapó de los pulmones e instintivamente cerró su boca, pero sabía que no resistiría mucho y entró en pánico. Se removió frenéticamente, haciendo todo lo posible por escapar, incluso intentó soltar el agarre de la criatura, pero sólo acabó con las manos arañadas. Sus pies rozaron unas plantas y sintió los sedimentos del lecho levantarse a su alrededor por el movimiento, la presión por la profundidad causándole dolor en las sienes. Finalmente se agotó y se dejó arrastrar, semi-inconsciente, cada vez más lejos de la superficie…
Hasta que algo grande y grueso rodeó su cuerpo y lo levantó como si no pesara nada. Pero apenas se dio cuenta de nada, en el estado en el que se encontraba, y, al igual que antes se había dejado llevar, ahora se dejó levantar hasta la superficie.
Al principio no reaccionó, ni se dio cuenta de que ya no estaba bajo el agua. Seguía inerte.
Lo primero que sintió fue el shock de frío.
Mucho más del que hubiera imaginado, si alguna vez se le hubiera dado por imaginar cómo sería tirarse al lago a mediados de octubre y después salir en medio del viento de otoño.
Pero eso no era algo que le gustaría imaginar; y mucho menos sentir. Ese era otroproblema.
No pasó nada por su mente después, porque la ráfaga en su piel mojada hizo que despertara e inmediatamente boqueó por aire para hinchar sus pulmones (y por el frío).
Recién entonces se fijó en qué estaba a su alrededor. De color negro violáceo, resbaladizo y tan húmedo como su carga, llegaba a cubrirle desde el pecho hasta poco más arriba de las rodillas. Con delicadeza llevó su cuerpo hasta la orilla y lo depositó con un cuidado increíble para algo de ese tamaño.
* * *
Aquello parado en el umbral de la puerta miró a Cass fijamente. Por un rato que le pareció eterno.
Dio un paso dentro de la habitación, cerca de la luz.
Y se quitó el lodo que le cubría el rostro
* * *
Tenía que agradecer al barro que nadie pudiera ver su cara y Merlín no quiera darse cuenta de quién era. La gente se apartaba de su paso entre cuchicheos, pero no había ninguna risa por el momento, lo que quería decir que él todavía no había contado nada.
Tenía tantas ganas de matarlo.
Cuando dejara de tiritar.
Caminó lentamente (¿de qué otra manera, si apenas podía aguantar el peso de su ropa cargada de agua?) y de igual manera subió las escaleras, maldiciendo, no por primera vez, que su casa se encontrara en una de las torres.
Sin embargo, tenía que agradecer que casi fuera la hora de comer: a esas alturas habría poca gente en la Sala Común, todos estarían aprovechando los últimos minutos fuera de ésta antes del toque de queda. La dama gorda le dirigió una mirada completamente indignada cuando susurró con la voz un poco ronca la contraseña; y se abrió lentamente, como si estuviera reticente a dejar pasar a alguien con esas pintas. *No es mi culpa-*quería gritarle-Yo no me arrojé al agua.
Pero no dijo nada mientras pasaba y entraba a la estancia. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando el ambiente caldeado de la habitación le llegó y no pudo menos que ansiar un baño igual de reconfortante. Con eso en mente subió los escalones.
Uno.El sonido de cuando se chapotea en el barro después de la lluvia. A pesar de que muchos creyeran que se pasaba el día en su habitación, había pocas cosas que considerara tan divertidas.
Dos. Ojalá que no hubiera nadie.
Tres. Quitarse todas esas telas pesadas y el barro que casi le impedía abrir los ojos. El agua caliente. Se estremeció de gusto y siguió subiendo, cada vez más cerca de la puerta
Pegó el oído a la madera y escuchó con atención. Ni una respiración. Bien.
Giró el pomo y le pareció oír un jadeo; pero ya había iniciado el movimiento y de todas maneras ¿qué iba a hacer si había alguien?¿Quedarse afuera hasta que salieran?
Efectivamente había alguien. Pero la figura estaba a contraluz y sus ojos tapados no alcanzaban a distinguir tanto. Dio un paso dentro de la habitación, cerca de la luz. Y se quitó el lodo que le cubría el rostro. Ojalá sea Alice.
* * *
Era Rose.
Había visto su cara tan seguido los últimos días que enseguida la reconoció, aunque todavía tuviera bastante suciedad entre los surcos que habían dejado sus dedos.
* * *
Agh.
Era Cassandra.
Por unos segundos ninguna hizo nada. Hasta que Rose rompió el contacto visual, bajó la cabeza, caminó hacia el baño y cerró la puerta.
Intentó con los dedos ateridos desatar la túnica pero resbalaba una y otra vez, sin conseguir agarrar los hilos.
Cuando estaba en eso (y enfureciéndose internamente) la puerta se abrió y Cass entró. En silencio y evitando mirarla a los ojos abrió la canilla de agua caliente y le indicó que pusiera sus dedos allí. Después si buscó la mirada de Rose y ésta comprendió que estaba pidiendo una tregua. Y aunque el arrepentimiento fuera falso, ya no le quedaba orgullo para negarse. Asintió.
Cassandra la ayudó a desatar la túnica mientras ella recuperaba sensibilidad en los dedos y la dejó en una esquina del baño.
Luego, ante una mueca de dolor y una señal de Rose hacia su tobillo, llenó la bañadera con agua tibia y ayudó a Rose a quitarse los zapatos, para meterle los pies en el agua. La dejó lavándose los pies y las heridas del Grindylow, para volver con unas vendas y una pasta para prevenir infecciones de una cajita descolorida con el emblema del hospital San Mungo que su tía siempre insistía que llevara con ella.
Los puso a un costado por el momento, dejó correr el agua que ya se había ensuciado y salió del baño para que Rose tuviera privacidad al sacarse el uniforme y ducharse.
Unos minutos después oyó un suave golpe y una mano se asomó por la puerta entreabierta:
-¿Me pasas mi albornoz?- Casi había timidez en la voz que salía del baño.
Cass se lo tendió y un segundo después el rostro de la castaña la invitó al baño. Ella se agachó y tomó las vendas y la pomada, e hizo sentar a Rose en el borde de la tina. Con cuidado (algo bastante raro en ella) aplicó el ungüento y después comenzó a vendar. Cuando estaba terminando, rio muy bajito ante un pensamiento pero aun así su "paciente" la escuchó.
-¿De qué te ríes?
Cass pudo ver que pensaba Rose y enseguida se excusó.
-Estaba pensando en nosotras un mes atrás.
La castaña bufó, pero soltó una risa tímida y corta.
-Nadie hubiera pensado que te dejaría hacer esto si vieran como nos tratamos hasta ahora.
La brujita del pelo colorado volvió a mirar abajo y en silencio, avergonzada, cortó las vendas y ató fuertemente los extremos.
-¿Qué ocurre?- Le preguntó Rose con todo el tacto y la cautela que puede tener una niña de once años. La otra se dio vuelta para mirarla a la cara y le repitió las palabras que le dijera dos semanas atrás, después de la clase de vuelo:
-Lo siento. Todo lo que te hicimos con Scorpius, cómo te tratamos.
Decir que no esperaba que aquello volviera a suceder sería mentir. Rose había creído que rechazaría de nuevo sus disculpas, y sin embargo allí estaba, dudando. Si realmente hubiera querido lastimarla no la habría ayudado, ni curado su pie; y en el fondo ya creía en su arrepentimiento. Era momento de dejar el orgullo atrás y perdonar.
-Te perdono- A Cass el alivio le recorrió el cuerpo de pies a cabeza, le desanudó el estómago y la garganta, pudo respirar nuevamente.- Pero hay una cosa que me debes.
-¿Qué cos-
Plaf.
Sintiendo algo pesado en el ojo y temiendo lo peor abrió el otro lo más que pudo, patidifusa y miró a Rose con la boca abierta en un óvalo. Ésta le dio una sonrisa tímida a modo de disculpa ligera y dejó escapar unas risas débiles. Ella misma rió y tuvo que aceptar que se merecía eso.
-Supongo que me merecía eso, ¿estamos en paz, ahora?
Esta vez pudo distinguir un borrón marrón claro, seguido de uno oscuro aproximándose a su hombro. Lo esquivó como pudo, aunque le dejó un rastro en la manga blanca.
Aspiró fuerte por la boca antes de volver a ver a Rose, esta vez riendo más fuerte, intentando por educación taparse la boca con la palma.
-¡Eso sí que no me lo merecía!-chilló, divertida a pesar de todo, y al tiempo que lo decía agarró un poco del barro del piso para después lanzárselo a Rose con una puntería que la sorprendió a ella misma.
Los pobres elfos domésticos tendrían mucho que limpiar en el baño aquella noche.
Al cabo de un rato, Rose y Cass estaban tiradas en el piso, riendo, perdonados los percances de los días anteriores. Se fueron calmando poco a poco, respirando por la boca para no sentir el olor nauseabundo que tenía todo a su alrededor, incluyendo a la persona a su lado.
-
Ah… Me duele la cara de tanto reírme.
-
¿No te duele por esa caída de recién?- Aunque su pelo alternaba negro y rojo, la sonrisa pícara de Cass era clara como el agua.
Hubo más risas, que volvieron a apagarse más tarde y reinó un silencio pacífico, mientras el reloj marcaba las ocho, hasta que la pelirroja lo rompió mientras se incorporaba sobre sus codos para poder ver mejor a su interlocutora:
-Realmente lo siento Rose, todo lo que pasó. Gracias por perdonarme.
-Ya te dije que estaba bien.
Se quedaron calladas otro rato, una aliviada de haber hecho las paces y asombrada de haberse podido divertir tanto con la niña a su lado, quién le daba vueltas a una pregunta en su cabeza, hasta que le ganó la curiosidad:
-¿Puedo saber cómo acabaste cubierta en el lodo del lago?
La expresión de Rose se oscureció y frunció el ceño.
-Deberíamos ducharnos. ¿Quieres ir primero?
* * *
Unos minutos más tarde, enfundada en una bata y envuelto su pelo húmedo en una toalla, Cassie esperaba sentada en su cama a Rose, lista para un interrogatorio completo sobre lo sucedido, aunque tenía sus sospechas (y no le gustaban para nada).
Al poco rato la chica en cuestión salió acomodándose el camisón (ya era demasiado tarde para bajar y de todas formas ninguna de las dos tenía mucha hambre) y al tiempo que se sentaba, quitaba las pantuflas y metía en la cama reparó en los brillantes ojos que la seguían y preguntó, aun sabiendo la respuesta:
-¿Qué?
-¿Cómo acabaste en el agua?
Rose suspiró: conocía muy bien la tozudez de su compañera.
-Ya sabes cómo. Malfoy. Yo estaba leyendo enfrente al lago y me hizo levitar hasta el centro para soltarme allí.
-¿De verdad hizo eso?- El bufido de Rose la hizo corregirse-Nunca pensé que llegaría a tanto, pero estaba realmente enojado por lo que pasó con Hagrid. No debiste haberle mentido.
-¡Yo no le mentí!-Ahora fue Cass la del bufido sarcástico.
-Le dijiste a Hagrid que Scorpius te había lastimado el brazo.
-¡Yo sólo quería proteger a Hagrid!
-¡Scorpius es bueno! Está enojado contigo y por eso hace esas cosas. Tú también lo hiciste sentir mal y lo humillaste.
-Él me estuvo molestando todo este tiempo. Yo tengo por qué creer que no sea como los demás Malfoy.
Allí estaba aquello de lo que había advertido a su amigo hace unos días. Maggie tenía razón.
-Hagamos un acuerdo ¿sí? Yo le pido a Scorpius que deje de hacerte estas cosas y tú le hablas a Hagrid. Después dejemos este tema porque no me apetece volver a pelearme contigo. ¿Estás de acuerdo?-La pequeña sonrisa conciliadora en los labios de Cassandra le recordó a la que Hugo ponía cuando quería convencerla de algo.
-Sabes que no nos llevaremos bien incluso suponiendo que lo consiguieras.
-Ajá.-La sonrisa se ensanchó, la seguridad de la victoria instalada en ella
Rose suspiró, como quien sabe las cosas que sucederán pero se ha rendido a ellas.
-Está bien. Hablaré con Hagrid el viernes. Pero cumple lo tuyo.
Con una solemnidad delatada en su falsedad por la profunda reverencia con la mano en el esternón y la picardía relampagueando en sus ojos azul pálido, Cass le sonrió traviesa:
-Palabra de bruja.
Rose le creyó.
Y porque no tenía nada mejor que hacer hasta que sus compañeras volvieran de la cena, preguntó:
-¿Quieres que te ayude con la redacción?