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Pelirroja no es la única maldición de los Potter — capítulo 7

esde que reprobó la mayoría de los exámenes, Rose sabe que tiene que hacer algo para salir del hoyo en el que está metida. Desde el momento en que James pronunció aquella palabra tan despreciable, el mundo de Rose pareció oscurecerse y de pronto estaba hundida en un montón de oscuridad de la que no pudo regresar. Claro, parecía que todo seguía normal. Estudió (o intentó hacerlo) para las pruebas, se rio en el gran comedor con Lily y hasta fingió que no se le hacía un agujero en el corazón cuando vio a James.

Todo eso, al parecer, no sirvió de mucho. Por las noches, Rose cierra las cortinas del dosel de su cama y, después de quitarse la ropa del colegio, abraza la almohada. No llora, llorar significaría que todavía es capaz de sentir algo. Llorar significaría tener a sus amigas consolándola y saber, muy en el fondo de su alma, que lo superará; que en dos semanas estará mejor. Pero los recuerdos la golpean, como martillos detrás de su columna, una y otra vez. Y parece que su corazón podría dejar de latir en cualquier momento.

Rose cierra el libro de un golpe, cansada de pasar horas mirándolo sin poder entender realmente una sola palabra. Suspirando, se recarga en sobre su mano, viendo hacia la izquierda. Ahí, haciendo el tonto, está James; tiene sobre sus piernas a una rubia de Hufflepuff, que ríe muy falsamente. Es la cuarta chica con la que ha salido James en dos semanas, Rose tiene que mirar hacia otro lado. Las lágrimas se pierden en algún punto dentro de sí misma.

Se levanta, tiene que salir de ahí. La señora Price ha comenzado a ordenar los libros a la derecha de Rose, ahora tiene que pasar forzosamente por donde está James. Su corazón late con fuerza, está tentada a subirse a los estantes y saltar al otro pasillo. Si pudiera…

James observa a Rose caer en el pasillo donde está él, y avienta con cierta brusquedad a Lisa McGlaggen, que está en su regazo. Inmediatamente, piensa en lo estúpido que está siendo. No puede demostrar nada por ella, no puede siquiera importarle el hecho de que al parecer se ha desmayado ahí, frente a sus ojos. Él vuelve a sujetar a Lisa por las caderas mientras echa un vistazo hacia enfrente, su corazón latiendo con fuerza.

La señora Price está junto a Rose, y otros dos estudiantes se acercan a ayudarla. James tiene que hacer todo lo posible por no salir corriendo y cargarla él mismo. ¿Por qué se ha desmayado? ¿Está bien, o está enferma? Él quiere saberlo, quiere besar la raíz de su cabello y sus incontables pecas y quiere sentir la suavidad de sus manos, por lo menos una vez más.

―¿Estás temblando? ―pregunta Lisa, con una risita―. ¿Qué no es esa tu prima Rose?

Y es entonces cuando James no lo puede soportar más. Se abalanza hacia adelante, lleno de pánico, y se arrodilla en donde está ella. Es la primera vez desde su ruptura que está cerca de ella. Huele, no a propósito, su perfume de flores mezclado con un olorcillo a hojas y pergamino, como a biblioteca.

―Hay que llevarla a la enfermería ―dice la señora Price, y James está a punto de ofrecerse voluntario para llevarla cuando Jordan Fitzgerald, un Ravenclaw que está un grado por encima de Rose, ya la tiene entre sus brazos. Él la mira y James lo sabe. Le gusta Rose.

Los observa, conteniéndose de golpear al chico, y tiene que dejarlos ir.

¿Cómo ha podido sobrevivir tanto tiempo sin ella?

Cuando despierta, Rose desea no haberlo hecho. Ojalá se hubiese podido quedar ahí, en ese mundo de estupor sordo en el que se puede olvidar de que los sentimientos existen. Ella cierra los ojos, esperando volver a dormir, y se olvida de todo.

Está de pie en un prado lleno de flores, ellas flotan, casi transparentes, como copos de nieve sobre su cabello. Rose alarga la mano: una flor, apenas diminutos pétalos morados, cae sobre ella. Otra mano más grande, cálida, le cierra los dedos sobre la flor. Rose alza la mirada, con el corazón latiéndole tan rápido que escucha su sangre fluir, y se encuentra con la mirada café de él… de James.

Él le sonríe, pero algo en el fondo de Rose hace que le duela amarlo. Hace que, en el fondo de su corazón, recuerde un sentimiento amargo, como si alguien tomara su corazón para abrirlo, lentamente, con cadencia, y dejarlo expuesto.

James acerca su cara a la de Rose, la toma por los brazos, sus manos se convierten en brasas ardientes que la marcan, toda ella, para convertirla en una parte de sí mismo.

Sus labios chocan, finalmente, y es como si los labios de James fueran la luz para un ciego que recupera la vista. Rose bebe de ellos, con sed. Así que cuando él se retira ella da un paso adelante, buscándolo. Pero los ojos de James están fríos y la aparta de un empujón.

Lo mira, buscando saber que está mal. Sus venas parecen hacerse más pesadas cuando lo nota distante.

―¿James?

―No te acerques, Rose, eres repugnante.

No. Esto no puede estar pasando. Él la ama. Es una verdad, y no puede haber otra. James ama a Rose… sí, ¡sí! Pero…

Repugnante.

Se despierta con un grito. Su garganta quema, como alguien que se ahoga. Las lágrimas le manchan las mejillas, por favor, que pare. Quiere que él, nadie más, la envuelva en sus brazos y le diga que ha sido una pesadilla, que la amará por siempre.

Nadie llega.