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La Tercera Generación de Hogwarts III — capítulo 27
Capítulo 18: De las palabras a los golpes.
Odiaba los hospitales. Nunca traían nada bueno. Ni cuando nacía un niño, el hospital era un lugar para recordar. Se negaba rotundamente a aceptar que sí. Que aquel era el sitio donde todos mejoraban. Claro, visto desde ese punto de vista tan optimista, todo el mundo debería ir allí. Sin embargo, cuanto más tiempo estabas en uno, más grave era aquello por lo que habías venido. Además, aquel infinito pasillo de paredes blancas olía a antiséptico, a pastillas y a enfermos. Se escuchaban susurros, no conversaciones. Los rostros de las personas jamás estaban felices. Jamás. Las sonrisas eran de ánimo, no sinceras. No se podía estar feliz en un hospital. Sobre todo, cuando la persona a la que Louis Weasley quería, llevaba allí más de un mes. En coma.
Chris Nott se había despertado del coma. En el accidente del tren, sufrió una conmoción cerebral que le indujo un coma que había durado hasta aquel momento. Su expresión serena descansaba tranquila. Como si nada hubiese pasado. Como si simplemente hubiese dormido más de la cuenta.
Louis había ido a verle. En Navidad le visitaba todos los días. Quería ver sus ojos al despertar. Saber que estaba bien. Le bastaba con eso. Había despertado hacía una semana. Y los padres de Nott le avisaron aquella mañana. Estaba acostumbrado al rechazo continuo de aquella familia desde que Chris les confesó que estaban juntos. Theodore Nott adoraba a Lucy. Y Louis siempre le había parecido un muchacho demasiado endeble. Nunca lo habían dicho en voz alta, pero el joven Weasley sabía interpretar miradas. No le dolió el hecho de que no le avisasen antes. Theodore Nott, al dar por acabada una clase extra de Defensa Contra las Artes Oscuras, se acercó a Louis y le contó la noticia. El joven se tornó serio. Asintió. Comprendió que aquel hombre le acompañaría. Tenía permiso para salir de Hogwarts con él. Preguntó si Lucy iba a ir y Louis no supo qué decir. ¿Le decía que su prima odiaba a su hijo? Decidió comentárselo a la joven. No obtuvo respuesta. Como siempre.
Estaba esperando en frente de la puerta que escondía a Chris. Sus padres seguramente iban a informarle que habían decidido llamar a su amigo- no le denominaban de otra forma que quizás sonase más adecuada. Quedarían como unos padres tolerantes, aunque lo hacían porque su hijo estaría deseando ver a Louis después de haberlo tenido preocupado durante tantos días. El joven conocía a las enfermeras. Se habían dado cuenta de las tensiones entre el novio del paciente y los padres de este.
Theodore Nott salió de la sala seguido de su esposa. Tenían los ojos llorosos, aun cuando le habían asegurado que su amigo estaba estable y sano. Quizás era por la emoción de poder oír la voz de su hijo de nuevo. Louis no sabía cómo era exactamente aquella familia porque nunca había sido invitado a su gran comedor como lo había sido Lucy un día. No sabía si estaba celoso o simplemente irritado.
Él era el menos Weasley de los Weasley. Nadie pensaba en que los valores de la familia de la Madriguera estuviesen impregnados en él, como lo estaban en los demás miembros. Él era diferente. No era acogedor. No era impulsivo. No era demasiado inteligente. No se dejaba llevar por la pasión. No se preocupaba demasiado por los demás. No tenía ese espíritu familiar Weasley. Sí, era pelirrojo. Pero era más castaño que pelirrojo. Era más individualista que seguidor de: "la unión hace la fuerza". Era egoísta. Demonios, si era Gryffindor era porque no encajaba en ningún otra Casa. No era astuto ni ambicioso. Podría ser celoso y avispado, pero no destacaba en ello. Tampoco era ni excéntrico y para nada sobresalía con sus conocimientos, si es que tenía suficientes. Y no era trabajador ni leal -que se lo preguntasen a Lucy. Podía ser valiente. Sí, eso sí. Podía arriesgar su vida por alguien, en un caso muy extremo. Louis Weasley debería haber ido a Beauxbatons. Encajaría mejor. Encajar, al menos, porque en Hogwarts solo tenía a dos amigos. No hacía más. Y no por su forma de ser. Sino porque no se sentía realmente bien con nadie. Incluso ni con sus hermanas tenía una relación de hermanos. Las quería, pero no tenía con ellas la confianza que Dominique tenía con Victoire o viceversa. Intentaba hacer cosas por ellas, para demostrar que él estaba allí- como hacerle una cabaña a Remus- pero siempre parecía invisible .Por eso siempre había estado con Lucy. Porque era de su edad, su prima, habían crecido juntos y trataba de imitarla en muchos aspectos. Todos creían que tenían personalidades muy parecidas. Lucy lo creía. Pero no era así. Ese parecido era Louis intentando encajar. Y, luego, llegó Nott. Siempre había estado enamorado de él, así que ocultarlo se le daba demasiado bien. No como a Lucy, la primera elegida. Era por su aire misterioso, por su sonrisa retorcida, por su complejidad, por espíritu de liderazgo, por su tenacidad. Lo admiraba. Y al ser su amigo, había comenzado a amarlo. Sí, amar, que sentimiento tan pleno.
-Puedes pasar, Weasley.- le dijo la señora Nott, que, aunque supiese su nombre, parecía incapaz de hacer más cercana su relación.
Louis asintió. Se levantó, haciendo mover su capa por donde pasaba. Abrió la puerta y la cerró tras de sí, ya que los padres del paciente habían seguido el pasillo hasta la salida. Se conocía tan bien aquella habitación que supo exactamente dónde mirar para encontrarse a Chris.
Fruncía el entrecejo y le miraba como si fuese un extraño, con la mirada con la que lo conocía. Le había crecido su cabello negro y le rozaba los hombros. Estaba peinado, no como las otras veces que había ido a visitarle. Tenía un pijama puesto, uno azul celeste que le habrían traído sus padres con botones en la parte superior y con una textura fina. No sonreía como Louis esperaba que hubiese hecho.
La Sanadora que se encontraba extrayendo sangre del brazo de Chris acabó su tarea. Se dio cuenta del silencio que había entre ambos y carraspeó. Miró a Louis con aspecto serio. Se llamaba Beatrice Grant, tenía casi cuarenta años y se pasaba horas charlando con el joven Weasley en Navidad.
-Me temo que los señores Nott no te lo han contado…-suspiró.- Christopher Nott sufre amnesia retrograda.- sentenció. Louis tragó saliva esperando que explicase exactamente en qué consistía aquello.- Cuando el cerebro sufre una lesión, en ocasiones sufre amnesia postraumática en la que pierde memoria sobre los eventos que acontecieron antes del accidente. A menudo, es acompañado por amnesia anterógrada, en la que se dificulta la creación de nueva información. En cambio, el señor Nott padece la retrograda, aquella en la que no recuerda momentos del pasado. Hasta lo que hemos podido deducir, no tiene recuerdos desde hace más de siete años. Le pediría, por lo tanto, que no le sature con información sobre usted, sus amigos o sobre Hogwarts, puesto que, en su mente, aun no le ha llegado la carta de Hogwarts. Sabe que existe la magia, puede reconocer a sus padres y no tiene un comportamiento de niño de diez años, lo cual nos sorprende muchísimo. Tampoco tiene conocimiento sobre los asuntos que conciernen al mundo mágico actual, y esperamos que usted pueda ayudarle, siempre y cuando le dé su tiempo para asimilar todo.
Louis sintió una fría bofetada de sentimientos en su rostro. Respiró con dificultad y se llevó su tiempo para asentir. Respiró fuertemente y tuvo que apartar la mirada de los inocentes y claros ojos de Nott. No sabía hasta qué punto iban a llegar las consecuencias.
-¿Recuperará la memoria?
La Sanadora frunció los labios.
-El tiempo lo dirá.- se marchó de la habitación dejando a la pareja sola.
Desprotegida. Vulnerable. Louis se sintió terriblemente solo. Sin apoyo. Cohibido. Le había costado muchísimo tener tanta confianza con Chris. Cuatro años. No podía arreglarlo en minutos. En semanas. No podría besarlo. No podría abrazarlo. O decirle, simplemente, que lo echaba de menos.
-Así que tú eres mi mejor amigo, ¿no?- Louis alzó la mirada hacia su amigo. Le miraba serio. Algo avergonzado, tal vez. Louis tenía un semblante petrificado.- Mis padres me han hablado de ti. Dicen que te has preocupado mucho por mí. Te lo agradezco… Somos muy buenos amigos, ¿no?
-Sí, algo así…- musitó Louis, sin asimilar del todo aquella situación.- Sí, somos muy buenos amigos. Vine aquí en Navidad a verte mucho, no dabas mucha conversación pero al menos sabía que estabas bien- añadió, buscando que sus palabras sonasen a una conversación normal con Chris. No lo era. Probablemente jamás volvería a serlo. Otra cosa en la que Louis no parecía un Weasley: era tremendamente negativo. Pesimista.
Chris esbozó la primera sonrisa sincera. Aquella que daba cuando algún extraño le hacía un cumplido. Extraño. Eran extraños.
-¿Mis amigos sois tú y Lucy, no? Según mis padres.- el joven sonrió.- Me alegro de tenerte como amigo, Weasley.- comentó Chris.
El corazón de Louis se desgarró. Estaba tenso. Nervioso. Era su primera impresión de nuevo. Tenía que dar la talla. Tenía que recuperar a Chris. A su Chris. Le costaba recordar, no porque no pudiese sino porque le dolía, su última conversación con él en el tren. O más bien discusión. Si quería recuperarlo es porque llevaba tiempo temiendo perderle. Discutieron por el difícil y oscuro futuro que Chris veía en su relación. La relación de los sueños de Louis.
Una lágrima estuvo a punto de escaparse de sus ojos.
Tenía que huir de allí. Sin mirar por última vez a Chris salió rápidamente de aquella sala. Dejó al joven Nott solo.
Christopher Nott miró a la ventana de su cuarto. No sabía qué sentir. Ni qué cuestionarse. Le habían dicho que Louis Weasley le sería de mucha ayuda pero, habiendo visto su reacción, dudó de ello. Quizás fuese eso: su primera reacción.
La puerta volvió a abrirse y esperó que fuese una Sanadora que le acompañase a dar una vuelta por los pasillos, ya que tenía las piernas agarrotadas. Tenía muchas ganas de hacer ejercicio o, al menos, de moverse. No sabía si era un deportista o alguien que amase dormir, pero seguramente era lo que debía hacer en ese momento.
Una joven pelirroja entró. Tenía el ceño fruncido. Tenía un rostro dulce, aunque su expresión no mostrase aquello. El pelo liso y retirado de su rostro, enseñando una cara pálida y lisa, con ojos de color avellana que le escudriñaban descaradamente. No tenía ese rostro de preocupación o de lástima que habían tenido todos los demás, era, más bien, como si hubiese sido obligada a ir allí.
-¿Cómo estás?- le preguntó secamente, sin ningún tacto.
Chris dedujo que aquella joven no sabía nada sobre su amnesia, y él no sabía explicarlo tan bien como la Sanadora Grant. Tenía un problema allí.
-Despierto, supongo.- contestó él, nervioso ante aquellos inquisitivos ojos que parecían estar enfadados con él.
-¿Sabes que tu padre me ha obligado a venir? No exactamente obligado, pero sí… Estoy perdiendo clases solo para verte en ese estúpido pijama. No sé ni por qué vengo…- suspiró.
-¿Eres Lucy Weasley?
No necesitaba una respuesta. Realmente planteaba que aquella fuese una afirmación. Examinó mejor a la joven. Si aquella era la prima de su anterior visita, no tenían reacciones similares. Ni actitudes. De hecho, solo se parecían en el castaño rojizo de su pelo. Y solo eso. Los rasgos de la chica eran muchos más redondos que los afilados del joven.
Aquella pregunta descolocó a Lucy. Entornó los ojos. Su cerebro enseguida se puso en alerta. Qué. Estaba. Pasando. ¿SOS? Intuyó que era algo relacionado con su lesión cerebral- Louis se la había contado a pesar de que ella no había pedido el diagnóstico de su ex novio.
-¿Qué te pasa, Chris?- le preguntó, por primera vez desde el accidente, realmente preocupada. Incluso se acercó a él.
-Lo siento.- alcanzó a decir el paciente con una sonrisa de disculpa.- Me temo que no te recuerdo ni a ti ni a Louis Weasley, ni mi supuesta estancia en Hogwarts ni nada desde hace… Mucho tiempo. No sabemos cuánto. -Lucy abrió la boca. Por poco se le cae la mandíbula al suelo.- Por lo menos, sé quién soy y quiénes son mis padres.
-Por las barbas de Merlín…-susurró Lucy.- ¿No recuerdas absolutamente nada? O sea, ¿no sabes quién soy?
-Sé que eres mi amiga.- la joven rio sarcásticamente. Chris se mordió el labio.- ¿O no?
Lucy estuvo a punto de soltar una barbaridad. Pero se contuvo, él no sabía que había sido un capullo con ella y no podía discutir con él cuando él no se acordaba. Qué oportuno. Rompe relaciones. Rompe corazones. Rompe familias. Eso habría sido el karma. Pero un karma bueno porque le hacía inocente de todo lo que había estropeado. Sus crímenes.
-Soy tu ex novia, más bien.- dijo Lucy. Chris abrió los ojos con sorpresa. Contento debía de estar de haber tenido una novia como ella. La joven bufó.- Que te recuperes.- le dijo antes de hacer ademán de abandonarle. No quería estar con él ni un segundo más. No era justo para ella. Con razón Louis había salido de allí como si hubiese visto un fantasma. O a su boggart.
Chris hizo tanto ruido en la camilla al moverse que Lucy se dio la vuelta temiendo que se cayese. No le deseaba nada bueno, pero tampoco nada malo. El joven se estaba levantando. Saliendo de la cama y enseñando su soso pijama de niño de los años 50. Tuvo que contener la risa. El joven la miró a los ojos.
-Acompáñame en mi paseo matutino, si eres tan amable.
Y así era Chris al principio. Tan educado. Parecía que no era capaz de romper un plato, pero allí estaba después de haber roto tantas cosas que no había pegamento en el mundo que lo arreglase. Lucy dudó. Pero temía que se cayese al suelo. No era mala persona. Del todo.
-Claro.- contestó, ayudándole a sostenerse en pie.
Ambos salieron de la habitación hacia un pasillo vacío. Comenzaron a deambular por allí sin un rumbo fijo. Chris se lamió los labios. Ojalá estuviese callado para Lucy.
-¿Por qué ya no estamos juntos?- lo decía con pena, como si le hubiese gustado seguir estando con ella o algo por el estilo, solo porque habría sido la primera persona después de despertar en no haberle tratado como si fuese de cristal.
Tuvo que soltar una risita malvada. No precisamente malvada pero sí traviesa. No se lo iba a decir. Le dejaría a su primo aquel marrón, ya que él lo había hecho.
-Digamos que cambiaste de idea respecto a nuestra relación.- era una forma suave de decir que le ponían los tíos.
-¿En qué sentido? ¿Hice algo?
-No creo que sea hoy el día indicado para contarte cómo me partiste el corazón.- dijo con una sonrisa espléndida. Porque le estaba gustando ese momento más de lo que creía. Era una pequeña venganza justa.
-¿Y nuestro amigo Louis Weasley qué opina? Es decir, éramos tres… Y él tuvo que haber escogido un bando, ¿o estamos bien?
Lucy no pudo evitar reírse de nuevo. Qué perspicaz estaba resultando ser.
-Bueno, yo con él no estoy bien… Pero tú estás estupendamente con él.- contestó bruscamente. Por Merlín, seguro que se había dado cuenta.- Me habéis dejado sola.- añadió para darle más dramatismo (el real) a su situación.
-Ah. Perdón.
Oh. Qué maravilla. Christopher Nott necesitaba tener un accidente, conmoción cerebral, dos meses en coma y amnesia para pedirle perdón por haberse morreado con Louis a sus espaldas antes y después de su relación.
-¿Quieres saber algo más?- preguntó Lucy, esperando cambiar de tema.
Se formó un silencio que duró dos pasillos y medio.
-Sí. Pero no sé cómo contártelo.
-Oh, parece interesante.
-No lo sé.- respondió, pareciendo confuso e inseguro. Era algo que necesitaba contar a alguien que aparentemente confiase en él. Su ex novia no era alguien indicado, pero parecía más receptiva que su amigo.- Tuve una visita poco después de despertarme.
-¿Louis?- preguntó, con sarcasmo e ironía que aún no pillaba Chris.
-No, era una chica.- la mirada asesina de Lucy le sorprendió. O le asustó. Murmuró algo.- Roxanne Weasley, supongo que parte de tu familia, ¿no?
Lucy Weasley se detuvo. Le miró seriamente. Se asustó de pronto. El agarre de la joven en su brazo le hizo daño.
-¿Qué has dicho?- le espetó.
-Roxanne Weasley.
-Explícate.
-Vino a verme… ¿Por qué? ¿Qué pasa con ella?
-¿Vino a verte?- su rostro estaba aterrorizado. - ¿Qué…. Qué te dijo?
-Por eso quería preguntarte… Me dijo que os pusiese a salvo.
Lucy se llevó la mano a la boca.
-¿A quién?
-A todos… ¿A salvo de qué?
-Eso es imposible, Chris… Mi prima Roxy está muerta.
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Le despertó una respiración amortiguada. Le daba miedo abrir los ojos porque sentía un mareo demasiado intenso. Y también náuseas. La sensación que normalmente sentía después de que su padre o su madre le llevasen a algún sitio con un hechizo traslador. Exhaló una respiración larga, que transmitía tanta desesperanza que quiso llorar justo en ese momento. Ojalá sus padres le hubiesen hecho vomitar, ya que eso significaría que estaría a salvo por fin. Estaba a punto de desistir y dejarse llevar por la desnutrición, la deshidratación y la monotonía de un prisionero en una minúscula celda.
Abrió los ojos de golpe.
No estaba en su celda.
No estaba en la podrida celda helada en la que había sido prisionero durante incontables días y en los que había sido torturado, interrogado y en la que había sollozado lo que jamás había hecho antes.
Al principio, la luz tenue de la bombilla le cegó.
¿Le habían rescatado?
Abrió los ojos más fuertemente. Se acostumbró a una luz que le habían robado durante todo aquel tiempo y que solo encendían cuando alguien iba a visitarle. Sus pupilas se encogieron, así que entornó los ojos. No vio nada familiar. ¿Y si estaba en algún sitio del Departamento de Misterios Mágicos? Las paredes vacías y desnudas, de un color gris que volvía a transmitirle aquella soledad que ya parecía no afectarle. En mitad de la habitación, a unos pocos metros de él, se encontraba un mueble oculto por una sábana. Hacía frío y tiritaba, pero ya no se daba cuenta de ello; ya era parte de su día a día.
Se levantó a duras penas. Seguía con aquella camisa con sangre reseca y llena de barro y vómitos. Se acomodó un saco de tela que le servía como capa a sus hombros y se retiró el flequillo de su frente, probablemente ensuciando de nuevo su rostro con el barro que se había incrustado en sus manos. ¿De dónde había salido el barro? Al posar un pie para acercarse a aquel mueble, sintió como un dolor punzaba su pierna.
-¡AAAAARGH!- se desgarró y miró mordiéndose el labio con saña, para quizás evitar gritar de nuevo, la sangre que brotaba de una herida abierta. ¿Qué le habían hecho aquella vez? Se apoyó en la pierna sana y siguió acercándose el espejo, mientras aguantaba con rugidos el intenso dolor.
Cojeó hasta el mueble que se alzaba ante él. La respiración se ocultaba tras el mueble. Era relativamente delgado. No podía ser un armario. Era más bien como un cuadro sobre algún podio. La respiración parecía relajada. Albus Potter ya no tenía por qué asustarse. Fuese lo que fuere que estaba ahí detrás no podría hacerle más daño del que le habían inducido. Además, probablemente fuese un cuadro con alguna figura que le vigilase. Pero, si su objetivo era vigilarle, ¿por qué estaba tapado? Albus frunció el ceño con cierta intriga, después de todo era lo más interesante que le había pasado desde, bueno, la visita de su hermana Lily tras la paliza que le propició el que en ese momento supo que era Frank McOrez, no Badmood. O después de saber que Alice trabajaba para ellos. O tras saber que su antigua vecina Carla Marín era buscada por el Clan. Sí, había cosas que tenía que asimilar cuando le rescatasen, si es que lo hacían de verdad.
Retiró la sábana que tapaba el posible cuadro. Pero en vez de un cuadro, se topó con un espejo. Y una figura en su interior serena, respirando y con los ojos cerrados.
Albus se asustó y dio un traspié hacia atrás, apoyándose en el pie malo y cayendo ante aquel joven que acababa de abrir los ojos y le miraba de forma asesina.
-No tengas miedo.- susurró.
El joven Potter se volvió a retirar hacia atrás, tirando de su pierna malherida. Tartamudeó algo ininteligible. Su respiración se volvió demasiado rápida. Casi rozando la taquicardia. Su pecho subía y bajaba conforme observaba al joven que estaba dentro del espejo. No era un cuadro, ya que se mostraba la habitación en la que Albus estaba, solo que él no se veía. La única persona que se encontraba tras el espejo era aquel joven de rasgos rectos, ojos verdes y flequillo rizado.
-¿Qui…Quién eres?- cuestionó Albus, intentando que su voz no sonase tan asustadiza como en realidad estaba.
El joven sonrió. Una cálida sonrisa, real, totalmente fuera de lugar en aquel hostil lugar.
-Me llamo Celius O'Smosthery. -Anunció orgulloso.- Usted debe ser uno de esos experimentos que traen, no sé por qué le han metido aquí… Quizás le estén buscando algún lugar.- Albus le miró con recelo.- ¿Cuál es su nombre, joven?
No sabía si sospechar de él o rendirse ante cualquier interrogatorio novedoso. Suspiró y exhaló de nuevo aire. Se había percatado de que aquel joven tenía ropa anticuada y hablaba con acento británico de hacía demasiado tiempo. Tanto tiempo encerrado le había hecho desarrollar una capacidad intuitiva y analítica de la que él mismo se sorprendía.
-Albus Potter.
-Oh, esto se vuelve interesante. Me suena tu apellido y tu nombre, pero no los logro enlazar. ¿Es Albus por Albus Dumbledure?
Alzó los ojos con estupor. ¿Cómo no podía saber quién era, o, al menos, reconocer su famoso apellido? ¿Y sí a Dumbledure? Si estaba muerto. Es decir, aquel joven quizás ni hubiese nacido cuando murió el director.
-Sí.- respondió.- Mi padre es Harry Potter.- Para más sorpresa, Celius O'Smosthery pareció no reconocer a una de las figuras más significativas de Inglaterra. Por Merlín.- El que derrotó a Lord Voldemort.- añadió, esperando que la mayor hazaña de su padre hiciese mella en el desconocimiento de aquel joven encerrado en el espejo.
-Ah, sí, algo de eso oí.- Albus entornó los ojos con escepticismo, ya que su acompañante lo decía como si él hubiese estado vivo y tenido conciencia de la situación en la época, lo cual era físicamente imposible.- Y dime, ¿qué hace usted aquí?- preguntó de forma jovial. El joven Potter frunció el ceño. Era imposible que desconociese todo aquello.- No soy como ellos, creéme. Ya le gustarían… Puede confiar en mí, soy inofensivo.- Albus bufó, incorporándose y adoptando una figura más cómoda para su pierna.- No tiene buena pinta su herida.
-Y a ti qué te importa.- espetó. Quizás se arrepintiese luego, al fin y al cabo, había sido el más educado e indefenso de todos los que le habían interrogado.- ¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres de mí?- le preguntó, cansado de un juego al que no sabía jugar.
-Nada, joven Albus. Sé exactamente lo mismo que usted.
-Já, dudo eso.- comentó el joven.- Sabrás mucho más que yo, no tienes por qué engañarme.
-Estoy de acuerdo. -Dijo pausadamente Celius.- Pero desconozco el motivo de por qué está aquí, joven Albus.
Algo pasó en ese instante. Un mecanismo que se activó en el subconsciente de Albus, al ver la mirada tranquila y serena de aquel joven. No era que pensase que por fin había topado con una buena persona en mucho tiempo, sino que realmente sabía que estaba diciendo la verdad. Que no tenía ni idea de quién era Albus. Y quizás él podía ayudarle. Quizás era simplemente un prisionero como él, y los habían juntado, porque, como él había dicho antes, le estuviesen buscando sitio… Porque le habían trasladado.
-¿Dónde estamos?
Celius suspiró algo cansado. Aquello le molestó: Albus estaba cansado, no él. Él era el que llevaba encerrado allí tantos días que había perdido la noción del tiempo, pero que a juzgar por el frío, aun no se había ido el invierno. Le miró enfadado. Y, al ver que no parecía responder, decidió liarse parte de la tela que había estado ocultando al joven del espejo para detener la hemorragia de su pierna a tiempo. Se arrastró por el suelo para atraparla y la acercó hacia él. La tela era demasiado gruesa como para rasgarla de un tajo.
-En el Palacio de Loring.- respondió Celius.
Albus se llevó la tela a los dientes. Sabía a polvo y a suciedad. Probablemente se intoxicaría de aquello pero al menos no moriría desangrado. Antes de rasgar la tela con los dientes miró a Celius. Loring. Le sonaba demasiado aquel nombre. De algo de política. No era de Inglaterra. Entornó los ojos. El Ministro de Francia. El actual Ministro de Francia. Rasgó la tela con los dientes y desgarró un trozo. Necesitaba hacer otro corte para que funcionase.
-¿Por qué el Ministro de Francia me ha secuestrado en su Palacio?- preguntó, preparando la siguiente sección de la tela que tenía que cortar con los dientes.
Sentía la atenta mirada de Celius sobre él.
-Dudo que antes estuviese aquí.- contestó.- Loring es miembro del Clan, supongo que sabrás algo de esta comunidad de asesinos. Si le tiene aquí es porque sus jefes quieren.
Albus puso los ojos en blanco ante aquella obviedad.
-Gracias, Sherlock, yo también he llegado a esa conclusión.- el joven pareció no entender ni la referencia ni la ironía.- Me refiero a la razón por la que estoy aquí.
Celius ladeó la cabeza. Parecía pensativo mirando directamente a los ojos a Albus. Su expresión cambió a intrigado.
-¿Por qué cree usted?
El aludido se encogió de hombros.
-Mi padre.- Utilizó de nuevo sus dientes para rasgar la gruesa tela. -Aunque…- dijo con la respiración entrecortada por el esfuerzo.- Aunque creo que no solo por eso, ¿sabes? Creo que no es solo por mi padre, sino por lo que supone para el mundo mágico. -Separó el trozo de tela del resto y lo examinó mejor.- Si yo no estoy a salvo, nadie lo está, ¿no? El miedo se propaga más rápido que las batallas. Es más efectivo, diría yo. -Acercó el trozo de tela a su herida en la pierna y lo rodeó con sumo cuidado.- Pero sigo sin entender por qué me preguntaron por mi antigua vecina.
-Quizás es importante para el Clan.- añadió al instante Celius, intrigado en lo que aquel endeble muchacho podía significar para el Clan, seguramente.- En ocasiones, nunca se sabe los verdaderos objetivos del Ojo.
Albus ató con fuerza el trozo de tela a su pierna. Retiró la mirada y gimió. En seguida la tela se empañó de sangre. Miró a Celius con la mandíbula apretada. Realmente le dolía.
-Por lo visto la llevan buscando mucho tiempo.- Albus supuso que quizás se le malinterpretaría y creería que era Ivonne.- Se llama Carla Marín.
Contempló con atención la reacción de su acompañante. Se había sobresaltado. Abrió la boca con sorpresa, pero no sorpresa buena, sino como una de las peores noticias que jamás le habían contado. Soltó en voz baja una maldición y buscó repentinamente la mirada de Albus, que le observaba con curiosidad.
-Prométeme que la encontrará usted antes.
-Eso si me sacan de aquí antes…
-¿Qué le dijo sobre ella?
Albus frunció el entrecejo. De pronto, se acobardó. Como si su subconsciente le hubiese dicho que había hecho algo malo y que afectaba a la única persona en mucho tiempo que parecía ser buena persona y, de alguna forma, era amable con él.
-Le dije algo de Ivonne… -Se mordió el labio, quizás arrepentido de lo que creía que era información sin importancia.- Que vivió en un castillo con una anciana y que ahora estaba a salvo con una amiga…
-¡Por las entrañas de Merlín…!-se lamentó escandalizado Celius.- Le ha acercado a ella… Le ha dado una pista de su escondite…
-¿Qué… Qué pasará cuando encuentren a Ivonne? ¿Y cómo la conoce?- preguntó Albus acusándole.- No sabía quién era mi padre, ¿cómo sabe quién es Ivonne?
Celius le miró con furia. No precisamente hacia él pero quizás sí hacia algo exterior que no estaba muy lejos de donde se encontraban.
-Yo ayudé a Ivonne a huir.
-¿Del Clan?
Albus recibió una mirada de horror.
-Del mundo, de todos nosotros.
-¿Por qué? ¿Qué hizo Ivonne?
-No lo entiende, joven Albus… No es lo que ha hecho, sino lo que hará….Si la encuentran, si la encuentran me temo que será el fin de todo lo que conocemos.
La mirada que le lanzó le asustó. A Albus se le encogió la barriga y se le quitaron todas las ganas de comer que había estado almacenando tanto tiempo. Ese joven parecía decir la verdad. Y solo por eso, sintió el miedo más horrible que jamás sintió.
-¿Y qué hay que hacer para evitarlo?
-Dejar que siga escondida.
-¿Qué hará? ¿Por qué todo el mundo piensa que es tan poderosa?
Celius abrió los ojos ante aquella pregunta.
En seguida, la puerta de la celda se abrió y el hombre que Albus conocía por Theodore, el que era un hombre lobo, entró en y buscó al joven con la mirada. No se inmutó ante la presencia de Celius, como si ya estuviese acostumbrado a él. Miró a Albus con una sonrisa demasiado sarcástica.
-Ya tienes tus aposentos preparados, princesa.
Le cogió del pelo y lo arrastró por el suelo, mientras Albus gritaba, no solo del dolor que le infligía el agarre desde su cabeza, sino porque su pierna chocaba con el suelo con fuerza.
La tortura continuaba, al parecer.
Le arrastró a lo largo de un pasillo que parecía interminable, y del cual pudo observar, no como en el antiguo lugar en el que lo tenían preso que le tapaban los ojos con un saco en la cabeza, como el pasillo era de mármol y sobre él colgaban cuadros de supuestas personas ilustres que Albus nunca antes había visto. Parecían pinturas del Renacimiento, según lo que decían los guías de la National Gallery, pero dibujaban a personajes que parecían de una época mucho anterior, como sacados de una mitología. Uno de ellos le llamó bastante la atención por el gigante martillo que tenía en su mano.
Su torturador, un hombre que parecía simplemente seguir órdenes y que, debía admitir, era nada más que un matón sin cerebro, se detuvo en frente de una puerta exactamente igual que todas las anteriores que habían pasado: blanca y sin nada el especial. Aunque quizás su particularidad fuese que sería su hogar durante mucho tiempo.
Al abrirla se sorprendió al ver una mesa repleta de comida. Ya había olvidado el olor a la carne asada, a las patatas fritas o a salsas que se le hacían la boca hambre. Su estómago en seguida rugió.
-¿Es todo para mí?- sonó demasiado ilusionado y no se arrepintió de ello.
Theodore sonrió, realmente sonrió como si le hiciera gracia la expresión de Albus y aquello le pilló por sorpresa al joven porque pudo ver en aquel hombre alguien sincero, aunque ya lo intuyese.
-Claro que es para ti, te estás quedando en los huesos, princesa.- le contestó, sin dejar de sonreír.
Albus se levantó del suelo a duras penas, bajo la divertida mirada de Theodore. Sus ojos echaban chispas de felicidad. Jamás estuvo tan feliz de ver una mesa llena de comida. Por poco se le escapaban las lágrimas. No volvería a quejarse de las comilonas que ponía la abuela Molly en la Madriguera.
Se acercó a la carne, que ya no le importaba si era de ternera, de pollo o de caballo. Se moría de hambre. Literalmente. Miró a Theodore. A él también se le caía la baba. No sabía a qué había venido aquel banquete de la nada. Pero no iba a ser tonto e iba a aprovecharlo. Quizás era la única comida que disfrutaría en su vida, ¿quién sabía?
-Puedes comer, si quieres.- le ofreció Albus a Theodore. Aquel robusto hombre le miró extrañado. Supuso que le parecería raro que aquel endeble muerto de hambre le diese de comer al que se había encargado de decorar su cara con heridas.- Aunque esté muerto de hambre, dudo que acabe todo.
No pareció dudar ni un instante ante la invitación y arrancó un muslo de pollo y se lo metió con saña en la boca. Cerró los ojos disfrutando del momento. Cuando acabó miró a Albus, que no había probado ni un bocado. Definitivamente aquel hombre era demasiado idiota como para entender que Albus se estaba asegurando de que la comida no estuviese envenenada. Y no lo estaba, gracias a Merlín.
-Come, niño, o acabaré con toda la carne y no te traeré más.
Albus asintió rápidamente. Cogió con las manos un puñado de carne troceada, seguramente de ternera por la blandura, y se la llevó a la boca. Sus papilas gustativas ya habían olvidado el placer de comer algo tan rico. Gimió del gusto de comer algo así. Volvió a coger más carne. Y después patatas, tras mojarlas en una extraña salsa que olía de maravilla. Theodore también seguía comiendo sin parar, como si su dieta tampoco le dejase gozar del sabroso arte culinario.
-¿A qué ha venido esto?- preguntó Albus, intrigado y masticando un trozo de carne.- ¿Por qué me alimentáis ahora?
Theodore se encogió de hombros. Acabó de masticar otro trozo de carne con salsa y se chupó los dedos.
-Has cambiado de residencia, has cambiado de dueño. Y este dueño es más raro que un perro verde.- comentó, riéndose de su propio chiste. Observó la expresión seria de Albus, que realmente exigía una explicación tras haberle ofrecido su comida. Lo estaba comprando y no se daba cuenta.- Loring es un bastardo envidioso que hace todo lo contrario a lo que hacen sus hermanos.- sentenció, cortando un muslo de pollo, mojándolo en salsa y llevándoselo de nuevo a la boca.- Así que si Tristán McOrez no te da de comer, Loring te da un banquete. No le busques otro sentido y come, niño, o me lo acabaré yo todo.
El estómago de Albus protestó ante aquello. Asintió y siguió comiendo, aunque supo que pronto tendría que parar o vomitaría por tal atracón al que su estómago que había disminuido no estaba acostumbrado.
-¿Qué planea hacer conmigo?- cuestionó el muchacho, realmente preocupado por su salud y por su estado deteriorado.
Theodore volvió a encogerse de hombros.
-Supongo que me mandará torturarte un poco.- el joven casi se atraganta con la carne al recordar las torturas violentas de su acompañante. Le miró con cierto recelo.- No te lo tomes como algo personal, es mi trabajo.
-¿Te pagan?- recibió una negativa con la cabeza.
-Disfruto torturando, pequeño.- la sonrisa sádica que le dedicó le quitó las ganas de comer por un momento. Pero su estómago decía que aún no había llegado a su cupo.- Tranquilo, niño, dejaré que te haga la digestión. Me caes bien, chaval.
-¿Por qué perteneces al Clan?
Se encogió de hombros y siguió comiendo. Albus no esperaba un argumento ideológico sólido como el que quizás le daría Octavio Onlamein, o Frank McOrez, o Tristán McOrez…De este no esperaba mucho, y en ese momento, le estaba hasta cayendo bien. Era como una bestia cuyo dueño oscilaba entre el que le daba más de comer.
-Es lo único que conozco. Tampoco me interesan mucho sus ideas y todo el rollo de un mundo mejor. Bla bla bla. Todos dicen lo mismo, ¿no? Yo sé que estoy seguro y tengo lo que quiero con ellos… ¿Para qué pedir más?
-¿Siempre ha sido hombre lobo?- preguntó, quizás metiéndose en asuntos peligrosos. Lo miró con seguridad. Realmente esperando una respuesta que aclarase su origen. Desde que Ted fue mordido, le interesaban aquellas criaturas.
-Sí.- respondió.- Nací hombre lobo.- el joven lo miró con cierta admiración. Observó mejor su apariencia física, tenía la piel peluda, desprendía un olor a sangre, a mugre y a sudor, y su voz era áspera y brusca.- No es nada increíble… Mordí a mi hijo cuando tenía casi veinte años y jamás me lo perdonó. Le dije que era porque siendo hombre lobo desde pequeño le haría más poderoso… Pero no se lo tomó muy bien. - Le dio el que parecía el último bocado a un trozo de ternera.- Se tomó como objetivo convertir a todos los niños que existían en hombres lobo… Idiota, mi familia nunca destacó por la inteligencia, desde luego.
Albus entornó los ojos con cierta curiosidad.
-Conozco esa historia.- captó la atención de Theodore, quien le miró con cautela.- Su hijo, conozco la historia de su hijo. Se unió después a Voldemort y lideró a los Carroñeros en la Batalla Final, ¿verdad? Su hijo fue Fenrir Greyback.
El hombre asintió con serenidad. Después le miró frunciendo el ceño.
-¿Por qué habla de él como si estuviese muerto?
-Bueno, cayó por el precipicio del Viaducto y murió. - recordó Albus.
-Bobadas, el inútil está encerrado en Azkaban.- dijo con desaprobación.- El día que escape matará a su hijo por haberse convertido en auror.
Albus quedó petrificado ante aquel comentario. Intentó no parecerlo para no sonar sospechoso.
-¿Greyback tuvo un hijo?
-Seguramente fruto de una violación…-escupió las palabras, de nuevo con desaprobación.- Le mordió justo al nacer, para que pareciese que era hombre lobo nato. Y lo abandonó, como todos los niños a los que mordió en su época. Pobre criatura…
-¿Lo conoce?-preguntó Albus, demasiado intrigado como para dejar que se escapase aquella conversación. Al final aprendería más cosas dentro de su celda que en Hogwarts.
-Pues claro, lo vigilo como si fuese mi hijo… Una pena que lo cogiesen en Hogwarts y lo reformasen… Mi nieto debería estar en nuestras filas, no protegiendo al castillo. -suspiró. -Puede que sea un depredador pero los lobos somos muy sensibles con nuestra familia… Mi hijo me odió y mi nieto nos ha traicionado a todos… Supongo que no es su culpa, él no sabe nada.
Albus asintió e hizo como si no hubiese descubierto que el mejor amigo de Ted Lupin, Alexander Moonlight, era el hijo de Fenrir Greyback. No pudo evitar poner los ojos como platos.
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Necesitaba enfriarse. Había estado soñando con una pelea que no le salió bien y que le indujo en una maldición imperdonable. Quería moverse pero su rabia le detenía. Impotencia, sí, esa era su peor pesadilla. Se miró al espejo. Su rostro aun le devolvía rasgos más suaves de los que querría. Ni con moratones o la ceja rota se iban. Quería salir de aquel sitio por un momento y aliviar la rabia acumulada que sentía.
Antes de salir de su habitación, James, como no, le retuvo. Le miró con una amenaza tras su mirada. Su primo debía aprender a alejarse de él cuando tuviese problemas de ira o saldría algún día herido y no precisamente porque no se lo hubiese buscado. Sabía que se preocupaba por él, pero debía entender que si quisiese una niñera ya la hubiese pedido hacía mucho tiempo. Además, debía ser él el que necesitaba alguien que le vigilase: los gritos de por la noche eran falta de un psicólogo, y Fred Weasley no tenía tiempo para gilipolleces. Y tampoco es que sirviese de ayuda. Sí, sabía que había cambiado. Que su madre le miraba con lástima (lo cual odiaba demasiado) y a su padre le irritaba. Era mejor si salía de su casa. Claro que sí. Aquella maldita casa llena de recuerdos de Roxanne. Ni siquiera se habían dignado a retirar su taza rosa del desayuno que nadie jamás volvería a usar. Entendía que querían recordarla, pero aquello era infligir dolor innecesario.
-¿Dónde vas?- le preguntó muy serio James.
El estúpido se hacía el que no sabía que iba a correr, a buscar pelea o simplemente a estrellar su puño con algo duro que le destrozase los nudillos de nuevo. Le hubiese gustado espetarle alguna obscenidad pero tampoco quería más problemas con James. Era buena persona, pero mal amigo. Era decir, ¿no podía dejarle en paz? Él hacía lo que le viniese en gana. Por muy ilegal que fuese.
Probablemente le habría dirigido una mirada ruda por la respuesta que recibió del rostro de su compañero de cuarto.
-Voy a entrenar.
Qué excusa más mala. Pero, bueno, él no destacaba por la inteligencia, esos eran los hijos del tío Ron. Niñatos repelentes. Antes les hubiese querido más, pero, de nuevo, no tenía tiempo para estupideces. Tanto libro jamás les ayudaría a encontrar a Albus. Porque era aquello, si encontraba a Albus supondría que había ganado. Que aquellos capullos no eran invencibles como se creían.
-Entrenamos en el mismo equipo, ¿recuerdas?
Qué perspicaz podía llegar a ser James a veces. Bufó y le encaró, no pensaba hacerlo, pero si iba a seguir por ese camino, no había otra salida.
-¿Por qué no te vas con tu hermanita?- James le dirigió una mirada de enfado y salió de la habitación.
Fred se encogió de hombros con despreocupación y le siguió. Cuando pasó ante él, no planteó pedirle disculpas ni ninguna ñoñada por el estilo. Comenzó su carrera hacia el bosque. Quizás hoy no era día de encontrar a alguien con quien pelearse. Quizás porque ninguno le seguiría el juego, por desgracia. Así jamás aprenderían a defenderse. Los hechizos de defensa no servían para atacar, como su propio nombre indicaba. Que se dejase de idioteces Ted Lupin. Necesitaban hechizos útiles. Y si no los enseñaba él, los aprendería por su cuenta. Maldita sea, necesitaba encontrar a Albus.
Sabía por qué deseaba buscarlo con tanta fuerza. No lo admitiría en voz alta, pero nadie lo sabría si pensaba en ello. Por Roxanne. Porque si acababan con Albus, significaba que Roxanne les había prevenido para nada. Ella no se habría dejado asesinar. Había llegado a aquella conclusión hacía mucho tiempo. Sobre todo dentro de los propios muros del castillo, Roxanne se había dejado matar. Cuando McGonagall se dejó matar, fue nada más que para aclararse aquello. Les avisaba de algo, solo que no sabía qué. Pero murió para protegerles a todos. Así que si Albus también moría, su último deseo no se cumpliría… Y él no podía dejar que aquello ocurriese. Tenía que protegerles a todos… Seguir la advertencia de su hermana que le costó la vida. Después de todo, sus últimas palabras hacia él fueron ese mismo día: Ten cuidado, hermanito. No se lo había dicho a nadie. Roxanne sabía que iba a morir. Y él lo supo antes de que ocurriese. Pudo haberla salvado.
Vio a una melena rubia y rizada dirigiéndose hacia afuera del castillo. Hacia donde él iba. Zoe McOrez. Oh, sí. McOrez. Descendiente de los McOrez que se llevaron a Albus. Un miembro del Clan del Ojo dentro del castillo. Con inmunidad encima. ¿Quién demonios había permitido aquello? ¿McGonagall? ¿Dumbledure? Por Merlín, igual era el legado de Ryddle.
La siguió por el puente. Iba muy decidida. Y, seguramente, sabía que la estaba siguiendo, a él no la engañaba. Igual iba a una de sus malditas misiones del Clan del Ojo como hacía Cross antes de ser expulsada o algo peor de Hogwarts. ¿Y si iba a ver a Albus? Tendría la oportunidad perfecta de hacerles pagar a todos. Esbozó una sonrisa lobuna y aceleró su paso.
Hasta que Zoe McOrez se dio la vuelta, se puso las manos en jarras y alzó las manos ante él.
-¿Qué buscas, Weasley?- preguntó con una sonrisa siniestra.
El joven frunció el entrecejo, intentando pasar como un inocente transeúnte. Aunque solo estuviese él. Al pie del bosque. Y claramente se veía que la estaba siguiendo.
-Estaba seguirte a donde sea que tengas a Albus.- dijo de forma despreocupada, como quien dice que va a tomarse una cerveza de mantequilla.
-Qué pena que ya no lo tengamos en el sótano de mi casa.- comentó ella como si nada.- Sería una pena que no vieses como lo torturamos y se desangra solo, ¿no? -Fred rugió y se acercó a él. Zoe señaló hacia la izquierda, lo que descolocó a Fred.- ¿Ves ese de allí? Es Shacklebolt y creo que nos está vigilando.
El joven ladeó la cabeza en una mezcla de irritación y sarcasmo.
-Por supuesto que está vigilando… -Zoe McOrez señaló ahora hacia otro lugar opuesto.- ¿Qué es…Moonlight vigilando?
Fred se quedó petrificado al ver que señalaba el árbol en el que en su momento colgó el cuerpo desangrado y roto de su hermana hacía casi un año. Tembló de ira. De esa rabia incontrolable. Y peligrosa.
-Deberías haber visto cómo pedía que no se la matase…-se calló de pronto, dándose cuenta del terrible error que había cometido y que no pasó desapercibido para Fred que lanzó sus manos hacia su cuello y apretó su agarre entornando los ojos y temblando de rabia.
-¡LA MATASTE TÚ, ZORRA!- le gritó, mientras seguía apretando el agarre. Los ojos de Zoe McOrez le miraron asustada, realmente asustada ante la rabia que había desatado en Fred Weasley.- ¡AHORA TE MATO YO A T…!
-¡WEASLEY!- le gritó Shacklebolt.- Expelliermus.
Fred fue lanzado hacia otro lado. Se arrastró por el suelo. Se levantó y no se inmutó cuando Shacklebolt intentó detenerle con un brazo. Volvió a propinarle un puñetazo en la nariz de Zoe McOrez que salió disparada hacia atrás.
-TE VOY A MATAR.- sentenció Fred con los ojos desorbitados, sacando su varita.
-Petrificus totalus.- formuló Shacklebolt, mirándolo con reproche y con los ojos algo nerviosos. Le indicó a Zoe McOrez que se marchase, y esta se dirigió al castillo rápidamente, por primera vez en mucho tiempo, asustada de verdad ante aquel ataque de ira. Se había descubierto. Y un auror el Hogwarts lo sabía. ¿Estaba en peligro bajo los muros más seguros del mundo?
-¿Qué hace, Shacklebolt? ¿No ha escuchado que ha confesado que asesinó a mi hermana? ¡¿NO LO HA ESCUCHADO?! ¡¡PORQUE ESTABA BIEN CERCA, SHACKLEBOLT!!
-Contrólese, señor Weasley.- le advirtió.- Me temo que no lo he escuchado. Soy un auror, no tengo porque meterme en las conversaciones de todos los estudiantes…
-¡PUES DEBERÍA! ¡HA CONFESADO QUE HA ASESINADO A MI HERMANA! ¡POR LOS HUEVOS DE MERLÍN, ES LA PERSONA QUE ESTABAN BUSCANDO! ¡DEBERÍA HABERME DEJADO MATAR A ESA ZORRA!- vociferó mientras sus puños temblados temblaban y se le hinchaban todas las venas del cuello.
Shacklebolt se rascó el cuello. Y miró con algo de seria preocupación a aquel alumno.
-Me temo que su afirmación no nos es válida teniendo en cuenta su condición.
-¿QUÉ CONDICIÓN NI QUÉ DEMONIOS?
-Esa que está mostrando ahora mismo, señor Weasley. Ha sido declarado inestable emocionalmente ante todos los profesores y alumnos.
-¿¡QUÉ?!
-Sus padres le declararon inestable al comienzo del curso escolar. Me temo, que, por lo tanto, su declaración no nos sirve incluso si es cierta.
-Eso no puede ser cierto…-le espetó.- ¿¡MIS PADRES?! Qué cojones…
-Modere su lenguaje, señor Weasley.
-¿Y qué pretende hacer entonces?
-Nada.
El joven soltó una carcajada sarcástica.
-¡PUES CLARO! ¡Así cómo pretenden hacer las cosas bien…!- le encaró al antiguo Ministro de forma amenazadora.- Que sepa que por su culpa una asesina está suelta…-Sintió como unos fuertes brazos le aprisionaban. Sintió una inyección en el cuello. Otro auror. ¿Lo estaban drogando como a un demente? Por Merlín…
Mataría a Zoe McOrez. Aunque fuese lo último que hiciese.
Sintió cómo alguien le arrastraba a pasos lentos hacia el castillo, lo cual dejaba mucho que desear de aquellos aurores que podrían haberle lanzado un hechizo para que fuese levitando. Supuso que le llevarían a enfermería, dónde dirían que tenía una taquicardia o algo por el estilo. O tal vez simplemente que eran sus problemitas de ira que todo el mundo parecía saber. ¿Se sentía traicionado? Podía ser. Tanto Sue como James podían haberle avisado de que se había corrido la voz por el castillo de que no podía controlarse o algo por el estilo. Con razón todos los novatos de Hogwarts huían de él. ¿Tan malo era tener que desatarse de vez en cuando?
Efectivamente, acabó entrando en la enfermería. A pesar de estar drogado, porque notaba como su cuerpo le pesaba más de lo normal y sus movimientos eran torpes a la par que sin sentido, podía sacudirse para soltar el agarre de los aurores. En vano. Por Merlín, escoltado por aurores. ¿En esto se había convertido? Sus padres estarían lejos de orgullosos de él cuando se enterasen, pero, la verdad, es que no pretendía impresionarles. Ni a ellos ni a nadie. Si no podía controlarse era porque tenía demasiados sentimientos internos que se acumulaban y se resistían. Ya no podía permitirse hacerlo, de todos modos; y no porque tenía una reputación que no sabía si mantener, sino porque ya no le salía llorar, le salía rugir. Una pena, suponía, porque sabía que Sue estaría encantada de ser su hombro amigo, o James, tener un amigo que se mostrase tan destrozado como él. Parecían estar deseando que Fred se derrumbase. Y no les daría jamás el gusto.
Lo tumbaron en una camilla. Un auror le sujetaba las piernas y el otro los brazos, impidiendo que Fred saltase para zafarse del agarre. Como si fuese un perro con rabia, por Merlín. Les miraba con odio. El remedio estaba en dejarle en paz, maldita sea. Rugió para que le oyesen. No le importaba nada ya, ni sus apariencias ni las consecuencias que aquello pudiese tener.
¿Es que no se habían enterado?
Joder. La asesina de Roxanne vivía bajo el mismo techo y… ¿No podían hacer nada porque él estaba incapacitado? ¿Qué clase de broma absurda era aquella?
Sintió de nuevo un pinchazo, aquella vez en el vientre. No percibió un mareo inmediato, pero aquellos aurores se marcharon. James, su primo Potter, el que le había ocultado que le habían señalado con una cruz de "Inestable", estaba allí, viéndole con desaprobación. Claro, él no tenía que lidiar con el hecho de que su hermana había sido asesinada por una maldita y zorra alumna de Hogwarts. Él estaba tranquilo porque su hermano estaba secuestrado pero como era hijo de Harry Potter sabía que al final estaría a salvo. Por supuesto, él jamás le entendería. Era un idiota mimado, ¿no? Sí, claro que lo era. Joder, parecía un tipo bueno y decente y es que lo era. ¿Qué hacía quejándose de su mejor amigo?
-Lo siento, Fred. Debí de habértelo dicho hace tiempo…-se excusó James. Su voz le calmó y dejó de sacudirse. O la droga hizo efecto más rápido del que esperaba.- ¿Qué ha pasado esta vez?
El joven aludido desvió la mirada hacia otro lado. No sabía si confesarle lo que sabía, ahí, de nuevo en frente de dos aurores que creían que debido a su "inestabilidad" no decía cosas coherentes. Lo más lógico sería esperar, aunque eso supusiese decirle a James cualquier estúpida mentira y recibir una mirada de lástima y pena porque era un niño que había perdido a su hermana y estaba enfadado con el mundo porque se la habían arrebatado -que también.
-Lo de siempre.- respondió con simpleza, para evitar más cuestiones. Los aurores se marcharon, al verle relajado con la presencia de su amigo o con la inyección del calmante. James se sentó en un sillón al lado, quizás esperando la "verdadera" explicación. Eso era lo que siempre hacían cuando el otro estaba en enfermería. Se sentaban al lado y esperaban que el otro se recuperase. Eran amigos y familia, su unión era muy fuerte. Miró de pronto a su camilla de la derecha y se extrañó. O más bien, se preocupó.- Oye, tío, ¿esa es la prima Molly?
Yacía en la camilla con expresión serena, recta y, aparentemente durmiendo. Lo cierto era que con esa prima en particular no tenían mucha relación. Era decir, que igual estaba allí por gripe, por una enfermedad terrible o porque estaba en coma; y ellos ni idea. Joder, tenían a saber cuántas primas, no podían estar al tanto de todas. Sobre todo de aquella que ni hablaba con ellos. James se levantó del sillón con intención de ir a verla.
Una enfermera, cuyo nombre no tenía ni idea pero todo el mundo parecía conocerla porque era muy buena -y vieja - ¿Claire? ¿Claudia? ¿Clarisa?, se interpuso en el camino de su primo.
-¿Es familiar?- preguntó con una sonrisa afable. James asintió. Si bueno, de sangre por supuesto que era familiar.- Bien.- dijo asintiendo, como si hubiese estado esperando que alguien viniese a verla. ¿En serio Lucy no había ido a verla? Por Merlín, todo el mundo pasaba del culo de Molly. Pobre. Igual tenía hasta suerte. -Vino anoche diciendo que en su cuarto no podía dormir y que necesitaba una pastilla para coger sueño. Y ahí lleva todo el tiempo… Es como si no hubiese dormido en mucho tiempo, ¿habéis visto las ojeras? -No, lo cierto era que Fred desde la camilla no veía las ojeras que Molly pudiese tener. Tampoco le interesaban los problemas de su prima. Que serían relacionados con estudios o algún chico que se pelease por ella, vaya idiota.
James se acercó a Molly. Cómo si le importase aquello. Por primera vez en toda su vida, entendía a Molly y quería que la dejasen en paz. ¿Tan difícil era conseguir aquello? Parecía ser que sí. Dado ese afán por su familia de meter las narices donde no debían.
Se percató de que su primo había dado un respingo y se había echado hacia atrás. Al parecer, Molly había despertado, si es que la tenía que despertar, joder, pobre chica.
Aquello se escapó de lo normal.
Molly comenzó a tener convulsiones, su pecho se rebotaba y todo el resto del cuerpo temblaba. Fred se asustó y se levantó de un salto, notando sus músculos demasiado relajados como para responderle, para lo que tuvo que apoyarse en James. Contempló como los ojos de su prima lloraban. Una espuma blanca empezó a salir de su boca a borbotones. La escupía sorprendida.
-¡Dame esa inyección de allí!- gritó con desesperación hacia Fred, indicándole una jeringa que había al lado de su camilla. Antes de tendérsela hacia la enfermera, esta le miró con preocupación.- ¿Es epiléptica?
Lo que faltaba.
-No, no es.- respondió con seguridad James. Su rostro estaba crispado por la preocupación. Sujetaba a Molly con delicadeza, mientras esta seguía vomitando blanco. ¿Cuándo había cambiado James?- ¿Qué le pasa, Clare? ¿Le ha pasado antes?
Clare, nombre de abuela adecuado para aquella enfermera, pareció tener más dudas que los dos primos. Negó con la cabeza con nerviosismo y se acercó a la joven. Le inyectó aquella jeringa.
Molly lanzó un aullido. ¿Aullido? Molly lanzó un aullido. Y después gimió, rugió y se encogió sobre sí misma. Temblando, con toda la espuma blanca manchando su cabello, su rostro y sus ropas. Miraba a la nada con temor.
Poco a poco se relajó. Ninguno de los tres se movió hasta que aquella joven se durmió de nuevo. Al hacerlo, respiraron aliviados. ¿Qué demonios acababa de ocurrir? Tanto Fred como James miraron, en busca de explicaciones a Clare.
-Nunca antes he visto o he leído sobre un suceso similar.- dijo, como asimilando para ella misma todo aquel proceso.
-¿Nada? ¿No se parece a nada que haya visto antes? Porque antes ha dicho epilepsia.- señaló James de manera perspicaz.
-Eso.- corroboró Fred, sintiéndose algo inútil allí, con la droga entornándole los ojos. Le pesaban como cuatro o cinco toneladas.
Clare negó con extrañeza.
-En la epilepsia no se aúlla, señor Potter.- dijo con algo de temor.- Y tampoco puede ser una conversión a licántropo porque no tiene ninguna mordida, ni se ha convertido, claro… Es algo nunca visto… Lo siento, no sé qué puede ser.
Molly se removió y miró a Fred con los ojos casi sin abrirlos del todo.
-Quié-én eres…-musitó. Y cerró los ojos.
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No es que la matarían, pero sí que dejarían de confiar en ella como habían hecho hasta entonces. ¿Era una traidora? La mujer suspiró mientras evitaba las miradas de los transeúntes de aquella zona residencial de las afueras de Londres. No, no era una traidora, jamás lo había sido y jamás lo sería. No estaba colaborando con ellos. Ellos colaboraban con ella. Clandestinamente, por supuesto. Pero aquello tenía una historia de tras fondo demasiado arraigada en el pasado.
Llegó a su destino. La mansión de Cayo McOrez.
Según le habían contado, había sido construido hacía cincuenta años, poco después de que su dueño naciese, como futuro regalo por parte de su madre, Zahra McOrez, quien provenía de una rica y prestigiosa familia danesa. Y por supuesto, aquello se reflejaba en la ostentosidad de fachada y de los jardines. Era una mansión blanca impoluta, difícil de mantener en una ciudad tan húmeda y gris como las cenizas de las que parecía estar compuesto Londres. Sin lugar a dudas, debía de tener un limpiado constante y un cuidado incesante de aquellos jardines, cuya vegetación predominante eran las rosas blancas y las violetas, que impregnaban el lugar de elegancia y delicadeza. Aquella mansión se extendía a lo largo de una amplia llanura en la que sobresalía como la culminación de aquel lugar. No se iba muy desencaminado si se pensaba que tenía un aspecto similar a un Capitolio o a la Casa Blanca. Para nada se trataba de una rica casa de campo típica de la campiña inglesa. Su decoración, más clásica, y sus estatuas, más dadas a un neoclasicismo, con motivos mitológicos, y cada uno suponía una obra de arte digna de admirar.
Y aquello solo era el exterior. La mujer sintió como desde el portero la identificaban y le dejaban entrar sin preguntar nada. No hacía falta, sabían quién era ella. Y, seguramente, sabrían a qué venía, ataviada en una gabardina beige y con un rostro duro de desafío, de enfado o de exigencia. Ella podía llegar a temerles, pero había algo mucho más fuerte que el miedo al salir herida, y era el miedo a perder a alguien a quien amas. Lo sabía muy bien, había sufrido ya varias batallas a lo largo de su vida y aquella era una que no se podía permitir perder.
Se adentró en el frío jardín, ya que a pesar de tener una belleza exuberante, no era acogedor y las estatuas la miraban como la intrusa que era. Corrió escaleras arriba a la entrada y un hombre vestido de negro, como si quisiese imitar el uniforme de auror, le abrió la puerta tranquilamente. Parecía que no suponía ninguna amenaza el hecho de que ella entrase allí, de que pudiese conocer el interior de aquella mansión o de que se entrometiese en planes que pudiesen afectarle a ella directamente. Quizás realmente creyesen que ella era una traidora a los suyos y por eso no la miraban con recelo o con algo de incomodidad. O tal vez fuese porque ella ya había estado allí antes de que los planes de los dueños de aquella mansión se interpusiesen en la seguridad de la familia de aquella mujer que transmitía una seguridad en sí misma inquebrantable.
Nadie tuvo que guiarla hasta el salón en el que se encontraba Cayo McOrez. Él la estaba esperando con una sonrisa de suficiencia en su rostro. Su rostro, que parecía el de una persona amable y con un gran corazón, reposaba en sus manos, y la escudriñaba desde sus ojos rasgados de color marrón oscuro. A aquella mujer nunca le gustó cómo la miraba Cayo McOrez, se sentía desnuda y vulnerable, y jamás lo había sido.
-Devuélvemelo.- le espetó.
Sus ojos de color avellana les miraban con desafío. Exigían aquello que le habían arrebatado, y cuya ausencia le dolía todas las noches y no le dejaba dormir. Su cabella lacio y rojizo no había sido cubierto, como muchas otras veces hacía para ocultar su identidad. Y su belleza, aquella belleza que algunas envidiaban en su infancia, era tan arrebatadora como siempre lo había sido, sin verse truncada por la edad.
-Si hubieses venido una semana antes, podrías haberlo visto. Estaba justo en los sótanos de aquí abajo.- le comentó con cierta sorna.- Me temo que las condiciones quedaron claras.
-Las condiciones que pusiste no eran razonables, sabías que no lograríamos encontrarla… ¡Devuélveme a Albus!- le gritó, aumentando el ritmo de su respiración.
Cayo McOrez sonrió ante la expresión desesperanzadora de la joven.
-¿O qué?
-Te recuerdo que fui yo la que os permití que vuestros hijos estuviesen en Hogwarts, la que les dio inmunidad y la que aún no ha hecho oficial vuestro apellido…
-No nos importa ser descubiertos, Ginevra Potter.
La mujer, de pronto, se irritó. ¿Cómo que no le daban importancia? Claro que lo hacía, aquello era un farol. Si Ginny Potter decía algo al respecto, si decía que eran ellos los que habían secuestrado a su hijo y que ellos eran criminales, les apresarían y no escaparían.
-No debisteis haber cogido a mi hijo, ¡me prometiste que mi familia estaría a salvo de vuestros asuntos! ¡Eran intocables!- gritó a cierta distancia de aquel cruel hombre.
-Que yo sepa Albus no ha muerto aún, querida. Está sano y salvo, solo que no contigo. El trato era que mientras no nos molesten estarían seguros… Y solo hacemos daño cuando alguien nos oculta algo o resulta una amenaza… Y, por lo que hemos descubierto, tu hijo es bastante interesante.- lo dijo como un cumplido, lo que perturbó la mente de Ginny, que imaginaba a su hijo moribundo en una sucia celda, sin comer, sin apenas vivir.
-Tenéis un mes para traérmelo de vuelta.- les ordenó con autoridad Ginny.
McOrez rio.
-Estoy seguro de que tu hijo mayor dará con su paradero antes… ¿Sabías que James es un joven muy prometedor? Oh, y su hija, su agridulce Lily, qué niña has criado, Ginevra…
-¡Deja a mi familia en paz! -le gritó.
-Puedes irte, Ginevra, no sé para qué has venido si sabes que no te daremos a tu hijo hasta que no Ivonne no salga a la luz.
-¡No sabemos ni quién es Ivonne para empezar…!- dijo Ginny, exasperada.
-Noto cierta falta de comunicación entre Harry Potter y tú, Ginny. -le dijo con cierta ironía.- Puedes marcharte.
Ginny Potter abrió la boca con indignación y se dio la vuelta rápidamente. Volvió sobre sus pasos hacia la entrada de nuevo. No podía creer que le hubiesen negado aquella petición que anhelaba. No era que ella tuviese muchísima autoridad, pero de ella dependía su anonimato. Tal vez les daba igual aquello, pero en Ginny Potter estaba el poder de encarcelar a Cayo McOrez y él lo sabía. Lo tenía atado. Ella era una infiltrada allí y solo ella de los suyos lo sabía. No tenía pensado contárselo a nadie porque suponía empezar una historia que comenzó cuatro años después de la batalla final contra Lord Voldemort. Cuando una antigua alumna, una Slytherin odiosa y superficial a la que odiaba, acudió a ella en secreto pidiéndole ayuda. Se había casado con Cayo McOrez buscando las riquezas que él le prometía, pero se había topado con una sociedad más antigua y mucho más oscura que a la que ella misma perteneció con los mortífagos. Y sintió la necesidad de huir de aquel lugar, pero se encontró sola en su búsqueda por salir de la luz, y pensó en la única persona en el mundo que quizás podría hallar algo de bondad en el oscuro corazón de aquella muchacha: Ginny Weasley. Siempre la había envidado, por su belleza, por su coraje y por su valentía, y era la joven perfecta para ser su aliada, para poder huir de aquel mundo. En cambio, las cosas se torcieron y Ginny le aconsejó que siguiese al lado de Cayo, para poder controlarlo y para vigilarlo. Ella les ayudaría a introducirse en Inglaterra, con la condición de saber sus planes. No era una condición oficial, pero Cayo sabría que todo lo que le contase a su mujer, acabaría en el conocimiento de Ginny Weasley. Y esta, arriesgando su posición como una de las líderes del antiguo Ejército de Dumbledure, mantendría en secreto tal alianza, hasta que, a causa de los bandos diferentes a los que pertenecían, se rompiesen.
Aquella muchacha asustadiza se acercó a Ginny Potter antes de salir por la puerta principal, llevándose con ella de nuevo el secreto de aquel encuentro así como su desesperación por tener en sus brazos a su hijo Albus. Sabía que no le harían daño, que era nada más que un títere político para asustar a Inglaterra, pero no podía dejar que lo torturasen como sabía que estaban haciendo. Quizás Harry nunca le perdonase no contarle aquello, pero ella estaba haciendo mucho más que lo que su marido hacía por traer de vuelta a su hija. Parecía mentira que hubiese sido el héroe que todos aclamaban.
-Ginny, espera.- le pidió una mujer demacrada por la edad, a pesar de que tan solo fuese un año mayor que la señora Potter.- Tu hijo está bien. Tiene una herida en la pierna que intenta curarse, ha adelgazado muchísimo… Pero es valiente, se lo aseguro, está viviendo y lo alimento como puedo. Sí, es cierto que le dan palizas… Pero no puedo hacer más, lo siento.
-Gracias, Pansy.- le dijo con sinceridad Ginny Potter.
Jamás pensó que Pansy Parkinson, aquella joven repelente que siempre se metía con la familia, se doblegase ante ella o considerase a la "traidora de sangre" Ginny Weasley como la única amiga que jamás tuvo. Sus rasgos torcidos y brutos de su rostro eran una copia exacta de la cara de su hija, Zoe McOrez, en cambio, no había legado nada a su hijo, Frank McOrez, cuya belleza y elegancia claramente pertenecía a la familia de su marido.
Ambas se miraron con lástima, la una, pensando en el pobre hijo moribundo de la pelirroja, y, la otra, lamentándose por el estado y por lo que había sido una mujer vivaz pero que se había convertido en una de las pocas personas que había vivido en su propia carne la crueldad incansable del Clan del Ojo.
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Queridos lectores (fantasmas, que se acumulan, y mis dulces comentaristas que echo de menos):
Bueno, antes de pediros vuestra más sincera opinión… Varios aspectos a mencionar. En primer lugar, la presencia de Greyback en Azkaban, J.K no especifica si murió o si sobrevivió a la caída, y teniendo en cuenta que el cuerpo del hombre lobo es mucho más resistente al humano, podríamos deducir que hay más probabilidades de que siga vivito y coleando, y en Azkaban -una prisión esta vez sin dementores, cabe añadir. Y, por otro lado, la aparición estelar (que siempre ha sido la madre de Zoe y de Frank) de Pansy Parkinson, al no mencionar nada (JK) sobre su futuro, yo lo he moldeado lo mejor que he podido… Y, oh, sí, Ginny está de por medio, ¿qué os ha parecido eso?
Bueno, en general, ¿cómo os habéis quedado? Hay varias cosas… Primero un Albus que cada vez se adapta mejor al adjetivo "astuto" que le declara Slytherin, más que Gryffindor, habría que evaluar su progreso como personaje para que veáis que la elección del Sombrero era la adecuada. ¿Celius sabe más de lo que cuenta? ¿Qué leches hará Ivonne? OMG ¿Alexander Moonlight hijo de Greyback y nieto de Theodore? ¿Fred inestable emocional, cómo lo afrontará a partir de ahora? ¿Qué diablos le pasa a Molly Weasley? ¿Y qué demonios hace Ginny con Pansy? Aparte de lo ya indicado… ¿Qué se trae Ginny Potter entre manos?
Más y más misterios en el próximo capítulo… Capítulo 19… La acción empieza a resurgir.
Con cariño,
-A.