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Memorias de Idhún IV- Archimago — capítulo 26
Cuando salí al exterior, los dragones se veían claramente. Covan acudió a recibirles.
-Pilotos, ¿quienés sois?
Yandrak comenzó a hablar claramente, respondiéndole con firmeza.
-Covan, a Alsan no le hubiese gustado esta forma tuya de actuar.
Hubo algunos murmullos entre los demás pilotos. Casi nadie en Idhún osaría tratar así al rey de Vanissar.
-¿Quién eres para dirigirte así a mi, piloto?
-No soy un piloto. Soy Yandrak, el último dragón.- contestó.
Los murmullos aumentaron de volumen. Pude escuchar algunas frases, como "¡Es Yandrak!" "¿Cómo es posible?" "¿No estaba muerto?"
-Yandrak,- intervino Qaydar.- ¿por qué pilotos vas acompañado?
Un dragón negro rompió filas y se colocó al lado del dorado.
-No somos pilotos. Somos dragones de verdad.
Los murmullos ya se convirtieron en voces sorpresivas y preocupadas.
-Es imposible. Están todos muertos. Esto ha debido de ser obra de algún mago poderoso. Una simple ilusión.
-¿Te atreves a probarlo, Archimago?
Me hice visible y todo el mundo me miró con sorpresa y desconfianza.
-¿Quién eres tú?- preguntó el semifeérico.
-Eso ahora mismo no es imprescindible. Lo importante es que Yandrak está aquí, seguido de docenas de dragones, de los de carne y hueso. Escúchale a él.
Qaydar, Covan y el resto de pilotos observaron con atención a Yandrak.
-Bien, Qaydar. Escucha esto: o abandonáis la base y la conquista, o lucháis contra nosotros.
-Yo no me creo esto. ¿Dónde está Sahil? Esto es obra suya.
-No,- intervine.- no es obra suya. No es una ilusión, es una realidad. Los dragones de verdad están aquí para liberar Idhún de la tiranía. Primero los sheks, luego vosotros. Escoged: abandonad la base y la conquista pacíficamente, teniendo que pagar todos los desperfectos con dinero o mano de obra, o comenzad una guerra.
Nuestros enemigos me miraron asombrados, y luego a Yandrak y su ejército. El Archimago le susurró unas palabras al caballero, cuyos labios formaron una pequeña sonrisa que desapareció rápidamente.
-De acuerdo.- dijo Qaydar.
-De acuerdo, ¿qué?- preguntó Yandrak.
-Abandonamos la base y la guerra y os donaremos mano de obra, a cambio de que no matéis a ninguno de los nuestros.
-¿Osáis exigir la vida cuando vosotros se la habéis arrebatado a miles de personas?- exclamé.
Los pilotos me miraron acobardados y Covan agachó un poco la cabeza, pero el semifeérico no dio muestras de tener vergüenza.
-Si nos matáis, eh... ¿cómo te llamas?
-Jaenor. Jaenor de Vanissar.
-¿Eres de Vanissar?- preguntó Covan.
-Sí, pero no voy a rendir pleitesía a un rey tirano como tú.
-Bueno,- cortó Qaydar.- si nos matáis, Jaenor, también estaréis quebrantando el acuerdo de vida.
El Archimago ya comenzaba a ponerme nervioso, y no iba a aguantar mucho más hasta que ordenase a los dragones acabar con todos ellos.
-¿Qué acuerdo? ¿Qué dices? Iros ya.- al ver que no se movían grité.- ¡vamos!
Ellos ya comenzaron a moverse y a recoger sus cosas.
-No.- dijo Yandrak.- sin recoger nada.
-Pero no tendremos qué comer, ni dónde dormir, ni...- protestó un piloto.
-Id a casa de vuestros familiares. Si no las habéis destruido, claro.
Los pilotos se detuvieron y comenzaron a caminar, iniciando un éxodo y dejando atrás más de diez años de conquista de un mundo llamado Idhún.
Qué fácil había sido, pensé. Pero qué equivocado estaba.