← Memorias de Idhún IV- Archimago · de
Memorias de Idhún IV- Archimago — capítulo 28
Me despertaron al día siguiente tres niños a los que conocía bien.
-¡Jaenor! ¡Jaenor! ¿Dónde está papá/Jack?- dijeron todos a la vez.
Me desesperecé un poco para ver a Erik, Eva y Laura.
-Jack se ha quedado a dormir con los dragones.- respondí bostezando.
-¡Vamos a verle! ¡Vamos a verle!
Noté que me agarraron de la ropa y me tiraron hacia ellos. Como me pillaron desprevenido me caí con un pequeño golpe.
-¡Au!- exclamé.
Los niños enmudecieron y murmuraron que lo sentían con un poco de terror. Mientras me frotaba la cabeza, sonreí para que no se preocupasen.
-Vale, vale. ¿Dónde está vuestra madre?- pregunté.
-Está fuera, con Christian.
-Vamos a verla.
Salimos de mi habitación y de la casa. Fuera, en efecto, estaban los dos adultos.
-Buenos días.- saludé.
-Hola, Jaenor.- su tono de preocupación no me gustó.- me gustaría comentarte algo en privado.
-Em... claro. ¿Qué ocurre?
Victoria se giró hacia Christian y le pidió que se llevase a los niños de allí. Ellos se enfadaron un poco pero siguieron a Christian.
-Bien, verás, Jaenor. Ando preocupada porque creo que Jack está en problemas. Por lo tanto me gustaría que fueses a investigar.
-Claro, acudiré enseguida.- respondí.
Victoria sonrió y me tranquilicé un poco. Desaparecí de allí tras despedirme. Cuando volví a estar estable, vi frente a mi la base de los Nuevos Dragones. Caminé hacia allí y una gran figura vino a recibirme.
-Hola, Jaenor.- el dragón se transformó en un humano.
-Hola, Jack.- respondí.
-¿Dónde están Victoria y compañía?- preguntó él.
-Están en casa. Me han pedido que venga porque estaba preocupada.
Jack frunció levemente el ceño, soprendido.
-¿Preocupada por qué?
-Creía que estabas en peligro.
-¿Yo? ¡Qué va!- sonrió.- estoy más a salvo que nunca.
Yo sonreí también.
-Bueno, pues disfruta.
-Por supuesto.- dijo.
En ese momento, una persona se acercó a nosotros. Era una anciana encorvada y arrugada, que llevaba una túnica desgastada sobre su cuerpo y unas sandalias de piel. Al principio desconfiamos un poco, pero era la típica viejecilla amable.
-Ho... hola, jóvenes.- saludó con voz áspera.- He oído que aquí residen los hijos mayores de Aldún. ¿Acaso es cierto?
-¿Quién le ha dicho eso?- pregunté.
-Nadie, lo he oído en el mercado.- sonrió.- Pero, ¿es cierto que aquí están los... dragones?
Varios rugidos al fondo la dieron la respuesta.
-¡Oh, oh!- la anciana estaba muy entusiasmada.- ¿Puedo acercarme a ellos?
Me pareció curioso que la anciana preguntase si allí estaban los dragones, si se les veía perfectamente. También cómo es posible que los dragones hayan oído a la anciana. Sin embargo, dejé esas dudas a un lado.
-Si la dejan...- comentó Jack.
Aquella divertida abuela se acercó a los dragones. Algunos la miraban con curiosidad, otros con simpatía y otros con desconfianza. Fue mirándolos uno a uno hasta que se detuvo frente a Oganor.
-¿Qué quieres, humana?
El dragón negro era uno de los que la miraban con desconfianza, incluso con cierto desprecio.
-¡Qué hostilidad, dragonzuelo!
La anciana movió el índice de arriba a abajo en señal de desaprobación. Oganor exhaló volutas de humo por las fosas nasales y se alejó de allí volando, dejando una pequeña ráfaga de viento que hizo caer a la anciana al suelo.
-¡Ay, ay!- gritó la mujer.- ¡creo que me he roto algo!
Jack acudió en su ayuda mientras yo le reproché a Oganor lo que había hecho.
-¡Ten más cuidado! ¡Los cuerpos humanos son frágiles, y los ancianos aun más!
El dragón se giró hacia mi e hizo ademán de atacarme, pero se lo pensó dos veces y siguió volando.
-Bah, humanos.- dijo solamente.
Me acerqué a Jack y la anciana y me coloqué de cuclillas.
-Gracias. Oh, gracias, jóvenes.- dijo ella.- Tomad, por vuestra ayuda,
Tras levantarse, la mujer sacó de su bolso dos frascos con un líquido rojo dentro.
-¿Qué es esto?- pregunté.
-Es un remedio casero que te hace ser mucho más fuerte, tener la fuerza de un dios.
Jack abrió mucho los ojos, y me hizo creer que estaba pensando en la llegada de los Seis a Idhún, por lo que la devolvió el frasco.
-No, por favor. Si es por lo que ocurrió hace algunos años, no es tan fuerte. Esta bebida, además, te hará ser mucho más inteligente.
-Bueno.- dije yo mientras Jack bebía.- ¿de dónde has sacado esto?
-Lo he comprado en el mercado.- respondió la anciana, que miró a Jack.- ¿qué tal te sientes?
El hombre sonrió, exhuberante.
-¡Oh, por los Seis! Me siento más fuerte que nunca.
La anciana sonrió, y cogió el frasco vació que le tendía Jack.
-¿Y tú no quieres?- preguntó mirándome.
Moví la cabeza de un lado a otro, en señal de negación.
-No, gracias. No me hace falta.
La anciana me miró, extrañada, pero insistió un poco más agitando el frasco.
-¿Seguro?
Lo aparté con delicadeza y sonreí forzosamente.
-Que no, de verdad.
Ella dejó de agitarlo y se lo guardó en el bolsillo.
-Tú te lo pierdes.- dijo solamente.
Se acercó a Jack y le susurró unas palabras al oído. No sé exactamente qué dijo, pero mi amigo sonrió. La anciana caminó hacia los dragones, que la miraban con curiosidad y les tendió el frasco. Necesitó varios, pero me pareció extraño que no usase más de diez, si allí había más de veinte dragones y los frascos apenas llegasen a los quinientos mililitros. Los dragones bebieron poco a poco.
Me acerqué a Jack mientras observaba a la anciana con los dragones.
-Un poco pesada la vieja, ¿no?- le dije familiarmente.
-¡Qué va! Me ha pedido dar de beber a los dragones y he accedido.
-Pero Jack, tú no eres el jefe. No tienes ese derecho de controlarles a todos.
Él me miró un poco enojado.
-Ya, pero soy el único que sabe de qué va esto.
La anciana se acercó a nosotros con todos los frascos vacíos.
-Ya está. Me he quedado sin líquido, pero bastará con lo que les he dado.
-Bastará, ¿para qué?- pregunté.
La mujer se arrimó un poco más a nosotros y dijo en voz baja:
-He oído en el mercadillo también que expulsasteis a los Nuevos Dragones, y que sus líderes planean vengarse.
-¿Qaydar y Covan?- preguntó Jack bostezando.
-Sí- respondió la abuela con una sonrisa siniestra.- Qaydar, Covan y todos los pilotos.
En ese momento, decenas de personas salieron de la nada, y la amable abuelita sufrió una metamorfosis. Su lugar lo ocupó un hombre semifeérico al que yo conocía bien.
-¡Qaydar!- grité.
-¿Qa... ahh... Qaydar?- bostezó mi amigo.
-¡Ja, ja, ja!- rio el Archimago.
Rozó con la yema del dedo índice la frente de Jack, y este cayó duramente al suelo desmayado.
Miré con horror la escena. Victoria y Christian estaban en lo cierto. Nos habían tendido una trampa.