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Memorias de Idhún IV- Archimago — capítulo 29
Vi que el cuerpo de mi amigo caía inerte al suelo, tan solo por el simple roce de la yema del dedo del Archimago.
-¿¡Qué le has hecho, maldito!?- grité.
Me agaché para ver si Jack estaba bien. No tenía ninguna herida ni nada, tan solo parecía estar inconsciente.
-Le he gastado toda la energía. Tranquilo, no está muerto. Tan solo está dormido. Igual que el resto de los dragones.
Me giré hacia estos seres y descubrí con horror que estaban casi todos dormidos, y los que no luchaban contra el sueño en un vano intento de victoria. Entre ellos estaban Daskein, Pursadrak y Oganor.
-Y tú,- continuó Qaydar.- no sé quién eres, pero lo voy a descubrir.
Me cogió de la ropa y tiró de mi, haciéndome caer al suelo. Intenté resistirme, pero el semifeérico era demasiado fuerte, por lo que realicé un rápido hechizo ofensivo. El Archimago gritó cuando su mano comenzó a arder, pero rápidamente sacó algo del bolsillo y me lo colocó en la frente.
Estaba helado. No sabía qué material era, pero con él no podía hacer ninguna clase de magia. Me sentía vacío, como si me faltase algo.
-¿Qué... qué es esto?- conseguí decir.
-Así no molestarás más.- respondió Qaydar.
En ese momento me desmayé, debido a aquel material que me anulaba la magia. No sabía qué iban a hacer con los Antiguos Dragones, incluyendo a Yandrak.
Desperté, o, más bien, me despertaron a golpes en una sala oscura. La luz tan solo llegaba desde un candelabro. Aquel lugar estaba muy seco, hecho con piedra, y entonces fue cuando les vi. Estaba sentado en una silla. Ellos, de pie, amenazantes. Qaydar y Covan. Para comenzar con el interrogatorio, el semifeérico preguntó:
-¿Qué eres?
Intenté hablar, pero no me salían las palabras. Intenté recordar un hechizo de ataque pero continuaba con aquel horrible material en la frente.
-¿Qué eres?- repitió.
Intenté levantarme, pero no podía. Estaba atado tanto por las manos como por los pies.
-No te esfuerces, Jaenor. Tan solo habla. ¿Qué eres?
Le miré a la cara, concretamente a los ojos, intentando intimidarle. Él se separó de mi y por un breve momento pensé que lo había conseguido, pero un bofetón en la mejilla me dijo lo contrario.
-No le agredas.- dijo Covan.- le necesitamos consciente.
Noté el sabor del hierro en la boca y supe que estaba sangrando. El Archimago me levantó la barbilla con fuerza y ahora fue él el que dirigió su mirada hacia mi.
-¿Qué eres?- era la cuarta vez que lo decía.
No supe qué responder. ¿Era un Archimago? ¿Era un humano? ¿Era un ser superior? No le contesté. Qaydar se separó de mi, pero esta vez no me pegó. Simplemente caminó frente a mi con lo brazos juntos tras la espalda.
-¿Te niegas a hablar?
-No, no es eso.- respondí.
Estaba aterrorizado. Yo, aquel que había expulsado a los Nuevos Dragones de Kosh y de Raheld (aunque hubiesen vuelto). Yo, aquel que no tenía miedo a nada tras aquel mágico suceso con Lunnaris, ahora tenía más miedo que un bebé frente a un perro rabioso. El Archimago se giró hacia mi y colocó sus manos encima de mis brazos, apretándolos contra el reposabrazos con fuerza. No pude evitarlo, puesto que estaba inmóvil, así que grité de dolor.
-Qaydar, no le agredas. Le necesitamos consciente.- repitió Covan.
-Si no habla, habrá que amenazarle y torturarle.- casi gritó el semifeérico.
-Déjame.- Covan apartó al otro hombre, que profirió palabras malsonantes.- No te quejes. No sabes torturar.
El caballero dejó de prestar atención a las injurias del mago y se centró en mi.
-¿Qué eres?- ya iban cinco veces.
-No... no lo sé.
Qaydar resopló, pero Covan no mostró impaciencia.
-Nosotros tenemos todo el día. Yandrak, quizá, no.- dijo.
Al escuchar el nombre de mi amigo mis sentidos sufrieron un despertar repentino.
-¿Qué le habéis hecho? ¡¿Qué le habéis hecho!?- grité intentando levantarme, pero no podía.
-Nosotros no hemos hecho nada malo. Tan solo le hemos dado una cama donde descansar. Qué pena que solo llegue el aire desde las rendijas de la puerta. Oh, espera, si no hay rendijas, está cerrada por completo. Vaya, qué descuido. Solo el tiempo decidirá cuándo acabar con su vida.
-¡No! No le dejéis morir. Es el último dragón de Idhún.
-No, no lo es.- respondió él.- Está su hijo. Y todos los dragones resucitados. Por cierto, ¿sabes quién los resucitó?
Sí que lo sabía. Lo que no sabía era si decirle la verdad, o mentirle. Si le mentía, podría descubrirme y matarme o asesinar a Jack. Si le respondía correctamente, podría utilizarme para otros fines, o puede que la Tríada me tachara de traidor. Después de este frenético momento de pensamientos dispares, respondí:
-Fui yo.
Al final saldría la luz, pensé. Saldría que yo soy el Archimago al que Lunnaris le otorgó la magia, aunque por error. Que fui yo quien resucitó a los dragones, después de que Ashran los hubiese matado a todos.
-¿Cómo que fuiste tú?- preguntó Qaydar.
-Yo resucité a los dragones.
El Archimago y el caballero me miraban atónitos y furiosos. No comprendían que un simple joven humano tuviese tanta capacidad mágica.
-¿Qué eres?- preguntaron por enésima vez.
Entonces ya sabía qué responder, por lo que, con el semblante serio y desafiante, respondí:
-Soy un humano. Soy un Archimago. Soy Jaenor.