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Memorias de Idhún IV- Archimago — capítulo 30

En aquel momento, con un rápido movimiento de cuello, me aparté aquel horroroso material de la frente que me inhibía la magia y formulé un hechizo de ataque por el cual Qaydar y Covan salieron volando, chocándose contra la pared.Aproveché la confusión para desatarme las manos y los pies y levantarme.

El Archimago me miró con odio y realizó otro conjuro ofensivo. Me pilló desconcertado, aunque pude levantar una barrera de defensa. Aun así, rozó mi hombro y me produjo dolor.

-¡Por los Seis!- grité.

Qaydar repitió su hechizo al cual yo respondí con otro. El suyo era de fuego; el mio, de hielo. La fusión de ambos conjuros provocó una explosión que agrietó las paredes. El Archimago, el rey y yo salimos heridos de aquella acción, pero no por eso dejamos de pelear.

-¡Detente, hijo del Séptimo! ¡Tu magia negra no podrá conmigo!- dijo el semifeérico.

-¡No soy hijo del Séptimo! ¡Soy Jaenor, hijo de Irial, madre de los humanos!- respondí.

Covan alzó su espada y me señaló con ella.

-¡Tu no eres nadie!- gritó la última palabra.

Acercó el filo de su hoja hacia mi cuello, pero conseguí detenerle en seco gracias a mis reflejos y a un hechizo de parálisis.

-Si no soy nadie,- dije.- entonces soy alguien.

Con la mano libre realicé el mismo conjuro a Qaydar, que no pudo detenerlo a tiempo y se quedó paralizado. Era una situación muy difícil para mi, pues tenía que estar concentrado a los dos hechizos, sobre todo con el Archimago, que luchaba por liberarse.

-¿Dónde está Jack?- pregunté.

-Aaa.- respondieron ambos.

-¿Qué?

-Aaa.

No entendía por qué hacían eso, hasta que supe que era porque estaban paralizados. Totalmente.

-Oh, espera, si no podéis vocalizar.

Entonces pensé cómo mantenerles retenidos para que pudiesen hablar. Me parecieron buena idea las bolas mágicas, pero me surgió un pequeño interrogante. ¿Cómo conseguiría meterles sin que me atacasen? Debía hacerlo muy rápido. Me concentré primero en Qaydar. Le miré fijamente, y con un rapidísimo movimiento de dedos, cerré la mano, dejándole libre por unas décimas de segundo y formulé el otro hechizo.

El Archimago realizó un conjuro de ataque, pero ya estaba metido en la bola y no me alcanzó.

-No.- gritó.- ¡NO!

Sonreí, y repitiendo las mismas palabras que él hacía unos minutos, le pregunté:

-No te esfuerces, Qaydar. Tan solo habla. ¿Dónde está Jack?

-No lo sé.

Cerré un poco la bola mágica para que se sintiese más encerrado. Lo conseguí. Qaydar intentaba empujarla con las manos, pero miraba con miedo cómo se sentía más aprisionado.

-Para.- me ordenó.- ¡Para!

Me detuve, pero no porque me lo dijese él, sino porque le podía matar. Y no quería eso.

De momento.

-¿Dónde. Está. Jack?- pregunté deteniéndome tras cada palabra.

-Oo oo ée.- dijo una voz a mi lado.

Giré la cabeza para ver a Covan. Casi me había olvidado de él, y mi hechizo se había debilitado, pero volví a concentrarme en el conjuro y el rey se quedó quieto completamente.

-¿Qué?- pregunté.

-Déjale libre, no puede hablar.- dijo Qaydar.

-No es tan fácil, Archimago.- respondí.- No voy a caer.

Aun así, realicé el mismo conjuro que con el semifeérico y Covan se quedó encerrado en otra bola, que golpeaba repetidas veces con su espada.

-No lo conseguirás.- comentó Qaydar.- Conozco este hechizo. Es irrompible. Solo lo puede destruir algún mago que esté fuera de ella, o un dios. Y no somos nada de los dos.

-Covan. ¿Dónde está Jack?

-A estas horas, ya debe estar muerto.- respondió desafiante.

"¿Muerto? No, no puede ser" pensé.

-¡Mentira!- grité.- ¿dónde está?

Cerré las bolas aun más para que se sintiesen agobiados. Ya tenían que encogerse para poder estar medianamente cómodos.

-Vale. Vale. Te lo diremos con una condición.- dijo el Archimago.

-¡Ya estamos con las condiciones!- recordé la escena en la que se 'fueron' de la base.- Decidme dónde está si no queréis morir.

-¡Ya estamos con las amenazas!- se burló Covan.

Esa no era la actitud propia de un rey, ni mucho menos. No sé que le ocurría al caballero de Nurgon. Quizá utilizara la sátira para contrarrestar el miedo que sentía, pero no le sirvió conmigo. De nuevo, disminuí el volumen de las bolas, y ellos se sintieron aun más asfixiados.

-No aprendéis, ¿eh?- vi que se sentían muy incómodos.- ¿Dónde. Está. Jack?

-En una habitación.- respondió finalmente Qaydar.

Miré un poco a mi alrededor, pero no supe dónde nos encontrábamos, así que lo pregunté.

-¿Dónde estamos?

-En Nurgon.- dijo Covan.

No conocía mucho el castillo, pero debía salvar cuanto antes a Jack. Tampoco sabía que hacer con mis dos adversarios: si dejarles allí, o llevármeles a algún sitio. Me decanté por la primera opción.

Me acerqué a la puerta, mirándoles constantemente y manteniendo el hechizo de la bola.

-Me voy a buscarle.

-Claro, nosotros te esperamos aquí.- respondió Qaydar.

Sonreí secamente. Otro que utilizaba el sarcasmo para ocultar su miedo.

-Ya. Aun así, prefiero manteneros ocupados.

Abrí la puerta y salí fuera. Cerré la mano para extinguir el conjuro y rápidamente cerré la puerta con otro.

-La puerta está cerrada- dije desde fuera.- Si la tocáis, os quemaréis. Yo que vosotros no lo haría.

No me respondieron, pero sabía que me habían escuchado. Salí corriendo en busca de mi amigo, abriendo puerta por puerta sin éxito. Deseaba que no, pero quizá ya sería demasiado tarde.

Quizá, Jack ya estuviese muerto.