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Memorias de Idhún IV- Archimago — capítulo 31
Continuaba abriendo puerta por puerta frenéticamente, gritando al vacío en nombre de mi amigo, cuando me encontré con un anciano que merodeaba por la zona, y me cortó el paso.
-¡Eh! No puedes correr por el castillo. Está prohibido.
-¡Ahora no puedo! Estoy buscando a alguien.
-¿A quién?
-Al último dragón.- respondí.
El hombre, que tendría unos sesenta años, preguntó:
-¿Tú eres el que ha venido con él? ¿El resucitador de dragones?
-Sí, soy yo. Pero necesito encontrarle. O me ayudas, o te vas.
El señor me miró entrecerrando los ojos.
-Me suenas de algo.- comentó.
La frase me sorprendió un poco, pues no sabía de qué podía sonarme a mi aquel anciano.
-¿De qué?
-A una persona. Pero no sé exactamente. Oh, por cierto, Yandrak está en el sótano. Puedes buscarle ahí directamente.
-Gracias. Muy amable.
Bajé rápidamente las escaleras de nuevo en su búsqueda, pero con un pequeño pensamiento acerca de ese hombre. ¿De qué le sonaba?
-Jack. ¡Jack! Dime si me oyes.
Al principio no obtuve respuesta, pero a los pocos segundos escuché una voz que preguntaba:
-¿Jaenor?
Era él. Era la voz de mi amigo. Volví a llamarle, prestando ahora más atención a la procedencia de la voz. Me pareció oírle detrás de una puerta de madera, pero solo era su eco. Sin embargo, otra puerta llamó mi atención. También era de madera, con filigranas talladas en los extremos verticales.
Me horroricé y me disgusté al verla más de cerca. La talla representaba a un dragón y a un shek luchando. Pero el sangrecaliente iba claramente perdiendo. Tenía un ala desgarrada a la cual le faltaba un trozo, mientras que la otra estaba en una posición espeluznante. Caía en picado, pero estaba sujeto en la cola del shek, quien hincaba sus colmillos en el ojo de su adversario. Este, ciego de ira y de dolor intentaba morder a la serpiente, aunque no tenía éxito.
No sabía por qué estaba esa escena en los sótanos de Nurgon, pero no quería saberlo.
-¿Jaenor, estás ahí?
La voz de Jack me devolvió a la realidad.
-Sí, sí, Jack. Ahora te abro.
Pero, cuando fui a empujar la puerta, noté algo que me hizo cambiar de opinión.
-¡Ah!
Grité de dolor y de asombro. Intenté volver a abrirla, esta vez con más cuidado, pero volvió a suceder lo mismo. El pomo de la puerta quemaba. Igual que la que encerraba al semifeérico y al rey.
-¿Asombrado, Archimago?- preguntó una voz burlona.
-¡Qaydar!- grité al reconocerlo.
-Sí, el mismo que has encerrado antes.
Le observé desconfiado, protegiendo la puerta tras la que estaba Jack.
-¿Cómo es posible?
-Un mago tiene sus trucos. Un Archimago, más bien. Veamos cuántos te sabes tú.
Al decir esto creó una bola de fuego que destinó a mi cabeza. Pude esquivarla a duras penas, y contraataqué. Estaba débil del enfrentamiento anterior. Supuse que él también, pero partía con ventaja. Covan estaba con él. Yo me encontraba solo.
Hice crecer rosales alrededor de sus tobillos, y por un segundo funcionó, pero al siguiente ya no había rosales. Tan solo cenizas. Qaydar lo había calcinado.
-Te preguntarás cómo hemos conseguido salir.
Ya se lo había dicho antes, por lo que la respuesta era sí. Shail me había enseñado aquel hechizo, y no se lo había visto realizar a nadie, por lo que suponía que era creación suya. Pero pronto descubrí que no.
-El conjuro que has utilizado para encerrarnos es el mismo que he utilizado con Yandrak. Supongo que Shail te lo ha enseñado. Bien, a él se lo expliqué yo. Y a mi nadie, por lo que puedo decir que soy su orgulloso creador. Lo que no le dije fue el contrahechizo, que he usado para escapar. Podría volver a hacerlo para salvar a Jack, pero no es necesario. Ya no caerá sobre nosotros la losa del arrepentimiento tras haber acabado con la vida del último dragón.
-Kirtash sí que tuvo remordimientos para matar al último unicornio, y no lo hizo.- repliqué.- ¿Acaso eres más inhumano que Kirtash?
-Acabar con la vida del último draón es diferente a matar al último unicornio. Los dragones fueron creados para odiar, y odiada morirá toda su raza. Los unicornios, en cambio, fueron creados para amar todo lo que les rodeaba, y desaparecerán amados. Dentro de, espero, mucho tiempo.
No le entendí muy bien el final, así que dirigí mi atención a Covan. Quizá a él le podía persuadir.
-Covan, a Alsan no le gustaría que acabases con la vida de Yandrak, a quien con tanto esmero cuidó y protegió.
Me pareció ver que el rey vacilaba, pero seguramente fueran imaginaciones mías.
-No vamos a cambiar de opinión respecto a la muerte de Yandrak,- cortó Qaydar.- cuando muera, Idhún será nuestro.
-Victoria dijo, que si amenazábais de muerte a cualquiera de sus seres queridos, no tendrá piedad con vosotros.- dijo una voz débil.
-Yandrak, Lunnaris no está aquí para protegerte. Morirás, y encerraremos al unicornio en un lugar del que no podrá escapar, y en el que estará a nuestro servicio para siempre.- respondió Covan.
No me podía creer lo que acababa de decir el rey de Vanissar. Horrible es ya que encierres a alguien contra su voluntad para que esté a tu servicio por el resto de sus días, pero aún peor es que ese alguien sea un unicornio. La criatura más perfecta de Idhún.
-¡Como puedes decir eso, malnacido! Subestimas a Lunnaris. Ella seguro que sabe ya lo que estáis tramando, y de un momento a otro se presentará aquí.
-Calla, mago.- escupió Qaydar.
El semifeérico realizó un hechizo ofensivo básico, que además iba dirigido a mis pies. Lo detuve sin apenas esfuerzo, pero comprendí de repente que era para distraerme. Covan desenfundó su espada y la dirigió contra mi. La detuve con otro bloqueo, pero Qaydar aprovechó la ocasión para lanzar un hechizo que yo conocía, pero que no pude rechazarlo. Me vi encerrado en una bola mágica.
-¡No! ¡NO!- grité pataleando la bola.
El Archimago dejó de mirarme y se acercó a la puerta tras la que se encontraba Jack. Con un breve gesto, abrió la puerta y el cuerpo de mi amigo, que estaba apoyado en ella, se derrumbó.
-Ay.- se lamentó.
Qaydar le levantó del suelo con la mano libre y lo puso con un fuerte golpe entre él y la pared.
-Bien, dragón. Tus servicios aquí han terminado.
Dejé de observar la escena, pálido, y metí la cabeza entre las piernas, esperando el momento en el que Yandrak, el último dragón de Idhún, aquel que derrotó a Ashran y se acercó a la muerte en Umadhún, junto docenas de proezas más, caería abatido por el último Archimago, aquel que quería encerrar al unicornio para aprovecharse de su poder, aquel que habló con los dioses y propició el mayor desastre que Idhún había visto jamás, y aquel que quiere conquistar Idhún tras haberlo defendido del ataque del Nigromante.
Oí un fogonazo y pensé "Ya está, Yandrak ha muerto". Levanté un poco la cabeza, sollozando sitiéndome ruin y cobarde por haber abandonado a mi amigo cuando se iba con la muerte, y vi la escena en la que Jack estaba tumbado en el suelo, sin que su caja torácica se moviese.
Pero no fue así.