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Memorias de Idhún IV- Archimago — capítulo 32
Jack sí estaba tumbado en el suelo, pero sus pulmones estaban en funcionamiento. Estaba vivo. O Qaydar había decidido no matarlo, o alguien le había salvado. Sucedió la segunda.
Al lado del hombre se situaban dos botas. Casi no se veían puesto que estaban ocultas tras una larga túnica blanca. Esta se dividía en tres partes, dos brazos y una cabeza. Una de las manos sujetaba con firmeza un báculo encendido en la punta. La cabeza tenía el pelo largo, castaño como las hojas de otoño, a juego con sus ojos, entrecerrados, fieros. Unos labios prietos, en tensión, mostraban una actitud ofensiva. Toda la ira de los dioses se reflejaba en el rostro de la mujer.
-No toques a Jack- dijo con firmeza.- nunca más.
La ira de los ojos de Victoria contrastaba completamente con el terror irracional de los de Qaydar y Covan.
Observaba atónito la escena que ocurría frente a mi. Jack, desmayado. Victoria, desafiante. Qaydar y Covan, aterrorizados. De repente, la mujer alzó el báculo, y pronunciando un hechizo arcano, del cual entendí "muerte" y "fuego" atacó al Archimago y al rey.
El impacto fue pleno. Un haz de luz roja iluminó la sala y un calor sofocante la inundó, provocando llamas en los cuerpos de Qaydar y Covan.
-¡Ah!-gritaron aterrorizados.
El Archimago pronunció un hechizo por el cual dejó de estar ardiendo y su piel se volvió azulada. Conocía aquel hechizo, era casi el mismo que utilicé cuando incendié la ciudad de Kosh. Pero él no parecía que estuviese preparado para contraatacar.
Un hechizo ofensivo invocado por un unicornio no es fácil de repeler y salir vivo. Qaydar sí pudo hacerlo, por algo era un Archimago, y también sobrevivió. Pero no como yo lo hice. De su pelo salían volutas de humo, a la par que goteaba. En su cara había restos de cenizas, pero también de hielo. El resto del cuerpo estaba igual. Quemado y helado. Fuego y hielo.
-¿Por qué no sano?- se preguntó Qaydar.
Victoria sonrió. Era una sonrisa siniestra.
-La pregunta correcta es: ¿por qué no estás muerto?
Qaydar se miró las manos, humeantes y heladas. Me preguntaba cómo era posible tal contraste de sensaciones en el cuerpo. Creía que era porque el hielo le quemaba. Victoria había transformado el frío agradable en frío helado.
-Tus grandes poderes te han salvado, Archimago.- continuó Victoria.- pero estás malherido. No sobrevivirás mucho tiempo. Te aprisionaremos hasta que llegue tu hora. Después, liberaremos Idhún.
Qaydar agachó la cabeza, abatido, y comenzó a llorar suavemente. Cómo había cambiado su estado en unos minutos, pensé.
-En cuanto a ti, Covan, rey de Vanissar, serás desterrado. Tu armadura te ha salvado también, pero estás herido. Si mueres en pocos días, serás enterrado bajo los suelos de la fortaleza.
Covan tampoco estaba bien. Su rostro había sufrido la peor parte. Lo tenía negro, carbonizado. Su armadura reflejaba el mismo color. Intentó moverse, y gritó de dolor.
Yo observaba la escena con interés, con terror incluso. Tras la caída de Qaydar, el hechizo que me retenía había desaparecido, pero me mantenía quieto, sin intervenir. Casi podría decirse que si intervenía podría alterar los sucesos. Solo cuando Covan volvió a gritar tras intentar moverse de nuevo, me atreví a acercarme a ella.
-Hola, Jaenor.- me saludó un poco más relajada.- Por favor, llévate a Jack a casa. Iré enseguida.
Asentí y recogí a mi amigo del suelo. Como se había desmayado, tenía que cargar con él. Pasé su brazo detrás de mi cuello y dirigí una última mirada a Victoria.
-¿Qué vas a hacer con ellos?
-A Qaydar lo encerraré, hasta que muera. Nadie os hace daño a Jack ni a ti. A Covan lo encerraré también. Él tiene más posibilidades de sobrevivir. Si sobrevive le preguntaremos al pueblo vannisardo quién quiere que les gobierne.
-¿Estás segura de que Qaydar va a morir?
-Una vez estuve a punto de matar a Christian, ¿recuerdas?
En mi cabeza aparecieron imágenes de aquel día en el que la Tríada me contó cómo Jack estuvo a punto de morir a manos de Christian, y Victoria también casi mató a este último.
-Sí, recuerdo.
-Bien. Después de que Jack apareciese cuando Christian estaba moribundo, estuve tres días curándolo.
-Sí, me lo contasteis.
-Con Qaydar necesitaría cinco días.
La respuesta me asombró un poco.
-Pero, ¡si a Christian le clavaste Domivat ardiendo! A Qaydar tan solo un hechizo ofensivo, aunque poderoso.
-Jaenor, el poder de Domivat estaba tenñido de dolor y la fuerza de los dragones. El poder del báculo de Ayshel, en cambio, portaba la furia y la ira de los dioses. Christian es un shek, pero es muy resistente, por tanto pudo sobrevivir hasta que comencé a curarle. En cambio, Qaydar es humano. Aunque sea un Archimago, no posee la semidivinidad de dragones o sheks. Es débil ante los elementos, y más cuando le ha cogido desprevenido. Por eso la pregunta correcta era por qué no está muerto.
-¿Ibas a asesinarles?- pregunté.
Victoria rio secamente.
-Casi mato a Christian, que le amo. Cómo no voy a asesinar a Qaydar, si le odio. Y más ahora que quería conquistar Idhún.
-¿Y Covan? ¿Él por qué no muere?
-Las armaduras de los caballeros de Nurgon están fabricadas con un metal que protege del fuego,- intervino Covan.-pero bajo él, la piel sufre. Es por eso por lo que no puedo moverme. La armadura me ha protegido directamente del fuego, pero mi piel está irritada bajo ello, y me escuece al moverme.
-Serás llevado a un juicio, rey Covan. El pueblo decidirá a quién tener por rey, porque, repito, serás desterrado por los actos que has llevado a cabo.
En ese momento, Jack despertó. Fue algo brusco, pues abrió los ojos rápidamente y giró la cabeza a todos lados.
-¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?- preguntó.
-Llévatelo a casa.- me pidió Victoria.- Como dije antes, iré enseguida.
Asentí, y tras pronunciar un hechizo de teletransportación, Jack y yo desaparecimos de allí.