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Memorias de Idhún IV- Archimago — capítulo 35

-¡Te mataré, humano! ¡Por Rodul juro que te mataré!

Oganor alzó el vuelo y volví a crear un tornado, el cual volvió a desetabilizarle. El dragón rugía enloquecido y batía las alas con fuerza, hasta que pudo desasiarse del fuerte viento. El odio también me dominó a mi y, abriendo la mano, formulé otro hechizo, esta vez de hielo.

Un bloque de hielo apareció súbitamente frente a Oganor, y este, asustado, trató de evitar el choque, pero fue en vano. El cuerpo del dragón se deslizó hacia el suelo tras el fuerte golpe que se dio. Cerré la mano y el bloque desapareció, pero volvió a resurgir en forma de semiesfera. Alrededor de Oganor se formó una circunferencia de hielo que fue subiendo hasta el techo y acercándose cada vez más.

El dragón gruñó e intentó alzar el vuelo, pero tenía un ala quebrada y rugió de dolor. Observé cómo la semiesfera se iba formando hasta que, de repente, una bola de fuego apareció y derritió mi formación de hielo.

Furioso, miré de un lado a otro para descubir quién había deshecho mi hechizo, pero no identifiqué a ningún sospechoso, por lo que volví a atacar a Oganor. Con un conjuro terrestre, el suelo comenzó a temblar y empezaron a caerse cosas que estaban situadas en la parte de arriba de la base. Una de ellas fue un gran trozo de madera que se derrumbó sobre el cuerpo de Oganor y le provocó un dolor pequeño, dejándole inconsciente.

Después, silencio. Tan solo cortado por mi respiración exhausta.

-¿Has matado a un dragón?- preguntó Rodul lentamente.

"¿Lo he matado?" pensé. Podría haberlo hecho. Pero un trozo de madera caído de un pequeño terremoto no acababa con la vida de un dragón.

-No, no lo he hecho. Pero puedo mataros a vosotros.

-No te atreverás.- amenazó Rodul.

-¿Eso crees?- pregunté.- En el primer gran ataque a los Nuevos Dragones, Yandrak, Kirtash, Victoria, Shail y yo asesinamos a docenas de ellos.

-¿Fuiste tú quien destruyó una flota entera de dragones con tan solo una onda de hielo?

-Sí.- asentí.- iban a atacar Kosh, y yo lo evité. ¿Hay algún problema?

Rodul parecía muy enfadado. La conversación le disgutaba ampliamente.

-¡Por supuesto que sí!- gritó.- ¡Muchos de los nuestros murieron! ¡Humanos! ¡Yan! ¡Seres vivos!

-¿Quieres acompañarles?- pregunté.

Una pequeña bola de fuego levitaba sobre mi mano derecha. En cualquier momento podía convertirse en algo grande y dirigirse al cuerpo de Rodul.

-¿Quieres tú?- preguntó una voz desconocida desde un lugar desconocido.

Miré de un lado a otro, atónito y desconfiado. Su voz me recordaba a alguien.

-¿Quién osa dirigirse a mi sin dignarse a aparecer?- pregunté.

Detrás de Rodul se deslizó una persona que su presencia me sorprendió hasta límites insospechados.

-¿Qaydar? ¿Qué haces tú aquí?

Mi asombro no podía ser más grande. ¿Dónde estaba Victoria?

-Lo mismo digo yo. ¿Qué pensabas, que iba a morir sin más?- rio.- Ah, por cierto. Tengo que enseñarte algo.

El Archimago se giró y ordenó a unos hombres a unos escasos metros detrás de él:

-¡Traed al rehén!

Qaydar volvió a centrarse en mi y, con una sonrisa malvada, comentó:

-Está un poco mal, quizá no pase de esta noche, pero te la muestro igual.

Mis horribles sospechas se hicieron realidad cuando los hombres trajeron un cuerpo femenino arrastrándolo por el suelo.

-¡¡VICTORIA!!- grité.

Comencé a correr hacia ella, pero Rodul me detuvo. Era más fuerte que yo, por lo que físicamente no podía ganarle.

-Espera, hombre, espera.- dijo Qaydar riendo.- que aun hay más.

Fruncí el ceño, extrañado, y me vino otra persona a la mente, otra persona con la que solía estar.

Los hombres que habían traído a Victoria, que ahora yacía moribunda en el suelo, tenían en ese momento en su poder el cuerpo de Christian.

-Apareció en el momento exacto.- continuó Qaydar.- Además, él es más vulnerable a esto.

Del bolsillo de su túnica sacó una piedra que yo ya había visto en algún momento y que no me gustaba en absoluto.

-La piedra de Erea- prosiguió.- capaz de destruir lenta y dolorosamente a los sheks y, según estudios recientes, a los unicornios y sus elegidos.  Esto último no lo sabíamos hasta que caíste en nuestro poder. Probamos con otro mago a ver si le causaba el mismo dolor, pero no le ocurrió nada.

Así que supusimos que la luz de un unicornio vivo brillaba con fuerza en tu interior, y buscamos a otra persona que tenía la misma fuente mágica que tú: la semiyan Kimara. Y funcionó.- sonrió de forma siniestra.

"Oh, no" pensé. "Primero Jack y yo, luego Victoria, Christian y Kimara. ¿Qué clase de 'personas' son?"

-¡Traed a la semiyan!- ordenó Qaydar.

Observé con horror cómo los hombres que habían traído a Victoria y Christian arrastraban por los suelos a una polvorienta Kimara.

-Pero, ¡Kimara es de los vuestros!- grité.- ¿Cómo le podéis hacer esto?

-La semiyan es una traidora. Lo demostró cuando se unió a vosotros. ¡Pronto estará muerta!

La última frase que pronunció trajo consigo un recuerdo a mi mente.

-Qaydar, ¿tú no te morías?

El Archimago me miró con interés y malicia. La intriga me pedía saber cómo había logrado escapar.

Cómo había huido de la Muerte.